Vecinos, enemigos y algo más Capítulo 8
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Capítulo 8

Llevaban casi un mes de esa nueva versión de ellos mismos, hecha de paseos con Freud, cenas improvisadas y una discreción que ya solo servía para guardar las formas delante de doña Pura, cuando llegó la noche que Marta tardaría mucho tiempo en olvidar.

Esa tarde, antes del turno, Hugo y Nando habían compartido coche patrulla como cada semana, con la radio puesta y esa complicidad silenciosa de quien lleva años trabajando codo con codo.

—Te veo raro —dijo Nando, en un momento muerto entre avisos—. Más callado de lo normal.

—Estoy bien.

—Ya, claro. Es solo que últimamente sonríes solo mirando el móvil y ahora tienes cara de estar resolviendo un acertijo. ¿Qué pasa?

Hugo tardó un momento en contestar, con la mirada puesta en la calle, en los coches aparcados, en todo lo que no fuera la cara de su compañero.

—Marta me pidió que le contara las cosas de este trabajo que dan miedo. No solo las anécdotas bonitas.

—¿Y eso te preocupa?

—Me preocupa que si empiezo a contarle todo lo que de verdad me da miedo, no vaya a poder parar. Llevo doce años guardándomelo para mí solo. No sé hacerlo de otra manera.

—Puedes aprender. No hace falta que lo cuentes todo de golpe. Empieza pequeño.

—¿Desde cuándo eres tan sabio con estas cosas?

—Desde que conocí a Cova. Algo se pega, ya te lo dijo Marta seguramente.

Hugo sonrió, un poco a su pesar, y la conversación quedó ahí, interrumpida por un aviso rutinario que, unas horas después, dejaría de ser rutinario.

•

Hugo tenía turno hasta las dos, algo habitual, y Marta se había acostumbrado a dormirse sin esperar mensajes, confiando en que a la mañana siguiente habría un «buenos días» esperándola en la pantalla del móvil.

Esa noche, sin embargo, se despertó a la una y media con el sonido de una llamada, y al ver el nombre de Nando en la pantalla, algo en el estómago se le encogió antes incluso de contestar.

—Nando, ¿qué pasa?

—Marta, tranquila, está bien, está bien, pero ha habido un incidente en el turno. Hugo está en el hospital, nada grave, un golpe fuerte durante una intervención, pero he pensado que preferirías saberlo por mí antes que por un mensaje suyo intentando quitarle importancia.

—Voy para allá.

—Te espero en la entrada de urgencias.

Colgó y se quedó un segundo sentada en el borde de la cama, con el corazón latiéndole tan fuerte que le costaba distinguir sus propios pensamientos, hasta que el cuerpo, por pura inercia, reaccionó antes que la cabeza: se puso lo primero que encontró, cogió las llaves y salió del piso sin ni siquiera coger el bolso entero, solo el móvil y la cartera metidos en el bolsillo del abrigo.

El trayecto hasta el hospital lo hizo en un taxi que le pareció el más lento de la historia de la ciudad, repasando mentalmente todas las conversaciones que había tenido con Hugo sobre su trabajo, todas las veces que él había dicho «no pasa nada» sobre turnos, sobre riesgos, sobre cicatrices que ella todavía no le había preguntado de dónde venían, y entendiendo, de golpe, por qué Sara se había pasado años con el estómago encogido cada vez que sonaba el teléfono a horas intempestivas.

Lo encontró en urgencias con un vendaje en la cabeza y un brazo en cabestrillo, discutiendo con la enfermera sobre si de verdad hacía falta quedarse en observación toda la noche.

—Estoy bien —fue lo primero que le dijo, en cuanto la vio entrar, con esa costumbre suya de minimizar cualquier cosa que pudiera preocupar a otra persona.

—No estás bien. Tienes la cabeza vendada y un brazo que no se mueve solo.

—Es una fisura, no una fractura. Y la cabeza es solo un punto de sutura. Exagerado, todo esto.

—Hugo.

—¿Qué?

—Cállate un momento y déjame tener miedo, que llevo cuarenta minutos en un taxi imaginándome cosas mucho peores.

Él se calló, y por primera vez desde que ella había entrado, algo en su expresión se ablandó lo suficiente como para dejar ver, debajo de la fachada de «no pasa nada», el cansancio real de alguien que también había tenido miedo, aunque le costara admitirlo.

Nando apareció por el pasillo de urgencias unos minutos después, todavía con el chaleco reflectante puesto, y al ver a Marta sentada junto a la camilla le dedicó un gesto de la cabeza que decía, sin palabras, que había hecho lo correcto llamándola.

—Le he dicho que no hacía falta molestarte —dijo Hugo, señalando a su compañero con la mano buena.

—Y yo le he dicho que se equivocaba, como casi siempre que decide algo sobre lo que tú necesitas o no necesitas —contestó Nando, sin inmutarse—. Voy a por café. ¿Alguien quiere café malo de máquina de hospital?

—Yo sí —dijo Marta, agradecida por la excusa de normalidad en mitad de tanto vendaje.

Cuando Nando se alejó, Hugo se quedó mirando a Marta con una expresión que no era la habitual mezcla de ironía y control.

—Un tipo se puso violento durante un desalojo. Nada que no hubiera visto antes. Solo que esta vez me pilló mal colocado y me llevé un golpe que podría haber evitado si hubiera seguido el protocolo al pie de la letra, en lugar de intentar resolverlo más rápido.

—¿Otra vez lo mismo?

—Otra vez lo mismo.

Marta se sentó en el borde de la camilla, con cuidado de no rozarle el brazo, y le cogió la mano buena entre las suyas.

—¿Sabes lo que pensé en el taxi, viniendo hacia aquí?

—dijo, con la voz todavía temblorosa por los restos del susto—.

Pensé en todas las veces que me has dicho «no pasa nada» sobre este trabajo, y en que yo me lo creía, como una tonta, porque necesitaba creérmelo para poder dormir tranquila.

Y ahora mismo, viéndote así, no puedo seguir fingiendo que no pasa nada.

—No quiero que finjas nada.

—Pues entonces vamos a dejar de hacerlo los dos.

Nada de minimizar. Nada de «es solo un punto de sutura».

Si te duele, si te da miedo, si algún día llegas a casa y necesitas quedarte callado media hora antes de poder hablar, lo acepto.

Pero no me pidas que finja que esto no me remueve por dentro, porque no puedo.

—Entiendo ahora por qué Sara acababa así —añadió, en voz baja, sin ninguna intención de reproche—. No es que no aguantara los horarios. Es que esto —señaló el vendaje, el cabestrillo, la sala de urgencias entera— da mucho miedo cuando quieres a alguien.

—Lo sé.

—Y no te voy a pedir que dejes el trabajo, ni que dejes de hacer lo que haces, porque sé que es importante para ti y sería una hipocresía viniendo de alguien que se ha pasado un año defendiendo su derecho a no rendirse.

Pero necesito que sepas que esto —repitió el gesto hacia el vendaje— me va a dar miedo cada vez, y que no pasa nada por decírtelo en voz alta.

Hugo la miró con una expresión que Marta no le había visto antes, algo parecido al alivio, como si llevara años esperando que alguien le dijera exactamente eso sin exigirle, a cambio, que renunciara a la mitad de quien era.

—Sara nunca me lo dijo así —dijo—. Me lo dijo como un ultimátum. Tú me lo estás diciendo como un hecho que hay que sostener entre los dos.

—Porque no quiero que elijas entre el trabajo y yo. Quiero que sepamos los dos que esto va a doler de vez en cuando, y que vamos a aguantarlo juntos de todas formas.

—Eso es mucho más maduro de lo que esperaba a la una y media de la madrugada en una sala de urgencias.

—Soy una caja de sorpresas.

•

Nando pasó por la sala de espera antes de que les dieran el alta, con dos cafés de máquina y una expresión que oscilaba entre la preocupación y el alivio de haber comprobado con sus propios ojos que su compañero seguía de una pieza.

—Os llevo a casa —dijo, sin dar opción a discutirlo—. No pienso dejar que cojáis un taxi después de la noche que habéis tenido.

—Estoy bien para caminar, Nando.

—Tienes un brazo en cabestrillo y cara de no haber dormido nada. Sube al coche.

Durante el trayecto, Nando y Marta cruzaron una mirada por el retrovisor que no necesitó palabras: los dos sabían, sin decirlo, lo cerca que había estado esa noche de ser mucho peor de lo que había sido, y los dos decidieron, también sin decirlo, no mencionarlo delante de Hugo, que ya tenía suficiente con procesar el golpe en la cabeza.

—Cuídalo bien —le dijo Nando a Marta, en voz baja, mientras Hugo se despedía torpemente de Freud desde la puerta del coche—. Es más frágil de lo que aparenta, aunque se muera antes que admitirlo.

—Lo sé. Empiezo a conocerlo bastante bien.

—Me alegro. Se merece a alguien que lo conozca así.

Marta guardó esa frase de Nando, dicha sin dramatismo alguno en un aparcamiento de hospital a las tres de la madrugada, en el mismo sitio donde guardaba las cosas que de verdad importaban.

•

Hugo recibió el alta a media mañana, con instrucciones de reposo relativo y una receta de analgésicos que prometió, sin mucha convicción, tomarse religiosamente.

Marta lo acompañó a casa, y en cuanto cruzaron la puerta de su piso, Freud se lanzó a recibirlos con un entusiasmo que no tenía en cuenta, en absoluto, el brazo en cabestrillo de su dueño.

—¡Freud, cuidado! —Marta se interpuso a tiempo para evitar el impacto directo, y el perro, algo confuso por la falta de acceso a su celebración habitual, se conformó con apoyar la cabeza contra la pierna sana de Hugo con una delicadeza sorprendente, como si entendiera, a su manera, que algo no iba del todo bien.

—Hasta el perro se porta mejor que tú con las normas de reposo —dijo Marta, acomodando cojines en el sofá con una eficiencia que no sabía que tenía hasta ese momento.

—El perro no tiene que ir a trabajar mañana.

—Tú tampoco. Te han dado la baja, Hugo.

—Una baja de tres días. Es prácticamente nada.

—Es exactamente lo que necesitas, así que vas a sentarte en ese sofá y yo voy a hacer de enfermera un rato, aunque se me dé fatal, porque es lo que se hace cuando alguien a quien quieres se ha dado un golpe en la cabeza intentando salvar el mundo sin refuerzos.

Hugo se quedó callado un momento, sorprendido por la palabra que se le había escapado a Marta sin ningún tipo de preámbulo.

—¿Alguien a quien quieres?