Vecinos, enemigos y algo más Capítulo 7 #2
34%

Capítulo 7 #2

—Entonces tendré que improvisar, como con todo lo demás desde que te conozco.

—Se te ha dado bastante bien improvisar, hasta ahora.

—Tengo una buena maestra.

—Mi padre le da palmadas en la espalda a todo el mundo, hasta al cartero. No te emociones demasiado.

—Déjame disfrutar del momento, anda.

El resto de la comunidad, mientras tanto, había asumido la nueva situación con un entusiasmo que oscilaba entre lo entrañable y lo agotador. Ramón se había autoproclamado su casamentero honorario extraoficial, un puesto que se disputaba abiertamente con doña Pura en cada cruce de escalera.

—Yo los vi primero discutir con verdadera pasión —alegaba Ramón, ante quien quisiera escucharlo—. Eso cuenta como mérito propio.

—Yo fui quien los puso a organizar la fiesta juntos —replicaba doña Pura, sin ceder terreno—. Sin mí, seguirían escribiéndose actas.

Marta, que asistía a estas discusiones con una mezcla de vergüenza y ternura, había aprendido a subir las escaleras más rápido los días que quería evitar convertirse en el tema de conversación del rellano, aunque rara vez lo conseguía.

—Hija, ¿es cierto que vais a mudaros juntos? —le preguntó una vecina del cuarto, una tarde, con una naturalidad que sugería que el rumor ya llevaba días circulando.

—Llevamos mes y medio, señora Encarna. No hay ninguna mudanza planeada.

—Ah, bueno. Es que doña Pura decía...

—Doña Pura dice muchas cosas.

—Eso también es verdad.

Hasta la eterna guerra del contenedor amarillo, que llevaba meses envenenando las juntas de vecinos, encontró una resolución inesperada gracias a la nueva reputación de Marta y Hugo como la pareja capaz de arreglar cualquier conflicto doméstico.

Doña Pura les encargó, medio en broma medio en serio, que mediaran en el asunto antes de la siguiente reunión.

—Es una caja de pizza, doña Pura —le recordó Marta—. No hace falta un tratado de paz.

—Es un síntoma de algo más grande, criatura. La falta de civismo empieza siempre por el cartón mal doblado.

Al final, la solución llegó de la mano de Hugo, con un cartel plastificado que colocó junto a los contenedores explicando, con el mismo rigor que aplicaba a sus actas, cómo debía desmontarse correctamente una caja de pizza. El problema, para sorpresa general, se resolvió en menos de una semana.

—A veces la gente solo necesita que alguien le explique las normas sin gritarle —le dijo Hugo a Marta, satisfecho con el resultado.

—O sin ponerle un acta encima.

—Eso también, sí.

•

La primera cita de verdad —con reserva, con mantel, sin perro de por medio— tuvo lugar dos semanas después, en un restaurante pequeño que Cova había recomendado con la insistencia de quien necesita vivir indirectamente la vida amorosa ajena porque la propia lleva un tiempo estancada.

—Es raro —dijo Marta, a mitad de la cena—. Verte sin carpeta azul. Sin ordenanza municipal de por medio. Sin denuncias, ni actas, ni goteras.

—¿Prefieres la versión con carpeta?

—Prefiero las dos versiones, la verdad. Aunque esta me gusta especialmente, porque no me estás mirando como si estuviera a punto de infringir alguna norma.

—Nunca te he mirado así.

—La primera noche que nos vimos me miraste exactamente así.

—La primera noche que nos vimos tenías un trozo de jarrón en la mano, en actitud claramente amenazante.

—Era defensa propia preventiva.

—Contra un vecino que venía a pedirte, con toda la educación del mundo, que bajaras la música.

—Con toda la educación del mundo, y a las once y media de la noche, con cara de haber dormido tres horas en total esa semana.

—Eso es cierto.

Se rieron los dos, con esa facilidad ya instalada entre ellos que hacía que hasta las discusiones antiguas sonaran, ahora, como anécdotas cariñosas en lugar de heridas.

—Nando quiere conoceros a ti y a Cova juntos —dijo Hugo, cambiando de tema—. Lleva semanas insistiendo. Dice que necesita comprobar con sus propios ojos que existes de verdad y que no me he inventado una vecina para dejar de salir con él los viernes.

—Suena a una encerrona en toda regla.

—Es exactamente eso. Doña Pura le ha dado ideas.

—Doña Pura debería cobrar comisión.

Quedaron esa misma semana los cuatro, en un bar cerca de la comisaría donde Nando trabajaba media vida y donde, en cuestión de veinte minutos, quedó demostrado que Cova y Nando compartían un sentido del humor tan parecido que Marta y Hugo terminaron reducidos al papel de espectadores de su propia cita doble.

—Así que tú eres la del jarrón —dijo Nando, nada más sentarse, señalando a Marta con el tenedor antes incluso de que llegaran las bebidas—. Llevo semanas oyendo hablar de un jarrón como si fuera una escena del crimen.

—Era de mi abuela. Descanse en paz el jarrón.

—Hugo escribió un acta sobre ese jarrón, ¿lo sabías? La leí. Tiene una precisión casi poética.

—Nando —advirtió Hugo, sin mucha convicción.

—Es un cumplido. En serio. Nunca había visto tanto detalle en un informe sobre ruido nocturno. Casi lloro.

—¿Tienes copia de todos los partes que ha escrito Hugo en doce años, o solo te sabes ese de memoria por algún motivo especial? —preguntó Marta, mitad divertida, mitad alarmada.

—Me lo enseñó él mismo, orgulloso, la semana siguiente. Como quien enseña una foto de su primer día de universidad.

—Eso no es cierto —protestó Hugo, sin mucha convicción.

—Es completamente cierto y los dos lo sabemos.

Cova, que llevaba toda la cena estudiando a Nando con una atención que no se molestaba en disimular, decidió intervenir.

—¿Y tú qué? ¿Llevas mucho tiempo aguantando a este cascarrabias en el coche patrulla?

—Ocho años. Once, si cuentas la academia. He visto evolucionar a Hugo de novato nervioso a subinspector con complejo de manual de estilo, y déjame decirte que esta versión, la de ahora, la del hombre que sonríe solo mirando el móvil, es completamente nueva para mí.

—¿Sonríe solo mirando el móvil?

—Como un adolescente. Es preocupante y también entrañable a partes iguales.

—Voy a matar a Nando —dijo Hugo, sin ninguna intención real de hacerlo, mientras Marta se reía lo suficiente como para atraer la atención del camarero.

—Me cae bien —le susurró Hugo a Marta, con Nando y Cova enfrascados en una discusión sobre cuál era el mejor bar de tapas de todo Madrid—. Es peligroso lo bien que me cae.

—Cova siempre ha tenido ese efecto en la gente. Cuidado, o te la vas a quedar tú también.

—Prefiero quedarme contigo.

—Buena respuesta.

—He tenido tiempo de ensayarla.

Al despedirse esa noche, ya en la puerta del bar, Cova le dio un abrazo a Marta más largo de lo habitual.

—Me gusta para ti —le dijo, en voz baja, sin el sarcasmo habitual—. Se le nota que te mira como si no pudiera creerse la suerte que ha tenido.

—A mí también me cuesta creérmelo, la verdad.

—Pues empieza a creértelo. Te lo mereces, después de todo lo que ha pasado.

Marta la abrazó un poco más fuerte, agradecida, y volvió a casa esa noche con la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, tenía a su alrededor exactamente las personas que necesitaba.