Capítulo 7
—Así que ya está —resumió Cova, la mañana después de la fiesta, sentada en la cocina de Marta con dos tazas de té y una expresión de quien lleva semanas esperando un titular como ese—. Os habéis besado. En una fiesta de la comunidad. Delante de guirnaldas.
—No fue delante de nadie. Nos apartamos.
—Da igual el escenario, Marta, el titular es el mismo.
—El titular es que estoy saliendo con mi vecino, que hace un mes me ponía denuncias por el volumen de la música, y que ahora tengo que ir a trabajar el lunes a un sitio nuevo intentando no parecer la persona que soy en realidad, que es alguien que se ha pasado el fin de semana sonriendo como una idiota sin motivo aparente para cualquiera que no supiera el motivo.
—Motivo que sí tenías.
—Motivo que sí tenía.
Cova le dio un sorbo al té, observándola con el cariño particular de las amigas de toda la vida que llevan esperando, sin decirlo en voz alta, a que a la otra le pasara algo bueno después de un año entero de que no le pasara nada bueno.
—¿Y qué reglas os habéis puesto? Porque sois los dos tan de manual que seguro que hay reglas.
—Discreción, de momento. Que no se entere todo el edificio a la vez, aunque doña Pura ya lo sepa, lo cual básicamente significa que se va a enterar todo el edificio en cuestión de días de todas formas.
—¿Y luego?
—Y luego, no sé. Ir despacio. Los dos venimos de sitios que se rompieron por ir demasiado rápido, o por no ir a ningún sitio en absoluto. Queremos hacerlo bien.
—Me alegro mucho por ti, ¿sabes? —dijo Cova, dejando por un momento el sarcasmo a un lado—. Llevaba un año viéndote intentar levantarte cada mañana con la cara de quien va a la guerra, y ahora tienes cara de otra cosa. De alivio, casi.
—Todavía tengo cara de guerra la mayoría de los días. Solo que ahora hay ratos en medio que no lo son.
—Con eso basta para empezar.
•
El lunes, Marta empezó en Marbex con una mezcla de nervios y determinación que no sentía desde su primer día en la startup, cuando todavía creía que las cosas buenas duraban si te las currabas lo suficiente.
La oficina era luminosa, el equipo parecía razonable, y su jefa directa, una mujer de mediana edad con fama de exigente pero justa, le asignó desde el primer día una campaña de tamaño considerable, lo cual Marta decidió interpretar como un voto de confianza y no como una encerrona.
Los primeros días fueron un torbellino de nombres nuevos, contraseñas que se le olvidaban constantemente y una máquina de café que tardó tres intentos en aprender a manejar sin inundar la sala de descanso, un detalle que le hizo pensar, con una sonrisa que nadie a su alrededor entendió, en cierta tubería de cierto baño de cierto edificio de la calle Alcántara.
—¿Todo bien por ahí? —le preguntó su jefa, al verla sonreír sola frente al ordenador.
—Todo bien. Recordando una anécdota doméstica.
—Me gusta la gente que sonríe sola en el trabajo. Suele significar que no está pensando en renunciar.
Por las noches, cuando los horarios coincidían, Hugo la esperaba en el portal con Freud, y los tres paseaban juntos por las calles ya casi vacías, ella contándole los detalles de su nuevo trabajo con el entusiasmo de quien lleva mucho tiempo sin tener nada bueno que contar, él escuchando con la atención concentrada que aplicaba a todo, incluidas las cosas que, según él mismo admitía, no entendía del todo bien.
—Explícame otra vez qué es un embudo de conversión —le pidió una noche, sinceramente perdido.
—Es la manera en la que la gente pasa de ver un anuncio a comprarte algo. Como una persecución policial, pero con menos sirenas y más formularios.
—Eso lo he entendido perfectamente.
—Mentira.
—Mentira —admitió él, y los dos se rieron lo suficientemente alto como para que Freud levantara la cabeza, alarmado, antes de decidir que no había ninguna amenaza real y volver a concentrarse en olisquear un árbol.
•
La tercera semana en Marbex trajo la primera crisis real: un cliente importante adelantó la fecha de lanzamiento de una campaña sin previo aviso, y Marta se encontró a las nueve de la noche todavía en la oficina, rodeada de tazas de café vacías y un powerpoint que se negaba a cuadrar de ninguna manera razonable.
«Voy a llegar tarde, no me esperes despierto», le escribió a Hugo, sintiéndose culpable sin motivo real, como si acostumbrarse a que alguien la esperara fuera todavía un lujo del que no sabía disfrutar sin sentir que debía disculparse.
«¿Has cenado?», contestó él, sin ningún reproche.
«No hay tiempo.»
Veinte minutos después, un mensajero apareció en la recepción de Marbex con una bolsa de comida tailandesa y una nota escrita a mano, con la letra recta y ordenada de quien redacta actas para vivir: «Come algo.
La campaña va a seguir ahí dentro de quince minutos, tú no vas a rendir igual sin comer. »
Marta se quedó mirando la nota más tiempo del razonable, con una sensación cálida instalándose en el pecho que no tenía nada que ver con el cansancio acumulado, y por primera vez en años sintió que tenía a alguien de su lado en las trincheras del trabajo, no solo en las celebraciones.
Terminó la campaña pasada la medianoche, agotada pero satisfecha, y al llegar a casa se encontró a Hugo despierto, sin haber cumplido su promesa de no esperarla, sentado en el sofá con Freud dormido a sus pies y un capítulo de una serie policial pausado en mitad de una persecución.
—Te dije que no me esperaras.
—Y yo no te hice caso. Es una de mis pocas rebeldías conocidas.
—Qué rebeldía tan doméstica.
—Me pega, ¿no crees?
Un sábado sin turnos ni entregas, Hugo se presentó en casa de Marta con una bolsa de la compra y una determinación poco habitual en él.
—Voy a cocinar —anunció, como si fuera una declaración de guerra.
—¿Sabes cocinar algo que no sea pasta?
—He estado practicando. Nando me ha pasado una receta de su madre. Es un riesgo calculado.
El resultado, después de cuarenta minutos de ruidos preocupantes procedentes de la cocina y una alarma de incendios que sonó brevemente sin motivo aparente, fue un guiso que, para sorpresa de los dos, resultó comestible, incluso bueno.
—No está mal, agente.
—¿Solo no está mal?
—Está bastante bien. No se lo digas a Nando, que se le va a subir a la cabeza saber que su receta ha sobrevivido a tus manos.
—Le voy a mandar una foto ahora mismo.
—Traidor.
—Es mi mejor amigo. Tiene derecho a saber que por fin he conseguido algo comestible.
Marta se rio y lo dejó hacer, observando cómo tecleaba el mensaje con el brazo todavía algo torpe por el gimnasio de esa mañana, pensando en lo fácil que resultaba ya la convivencia de pequeños momentos como aquel, comparado con lo forzado que había sido, apenas dos meses atrás, cruzarse con él en la escalera sin que ninguno de los dos supiera muy bien qué decir.
Cenaron en el suelo del salón, sin mesa de por medio, con Freud vigilando cada bocado con la esperanza silenciosa de que cayera algo al suelo, y Marta pensó que aquella noche sencilla, sin fiestas ni sobresaltos ni crisis laborales, era exactamente el tipo de normalidad que llevaba un año entero sin saber que echaba de menos.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Hugo, ya con los platos vacíos apartados y la espalda apoyada en el sofá.
—Dispara.
—¿Te imaginas esto dentro de un año? No digo mudarnos juntos ni nada tan dramático. Solo... esto. Cenas en el suelo. Paseos con Freud. Doña Pura inventándose versiones cada vez más exageradas de cómo nos conocimos.
Marta se lo pensó un momento, sorprendida por la pregunta viniendo de un hombre que hacía dos meses apenas admitía tener sentimientos.
—Sí —dijo, al fin, con una sinceridad que la sorprendió a ella misma—. Me lo imagino. Es la primera vez en mucho tiempo que me imagino algo a un año vista sin sentir pánico.
—Eso es un progreso considerable, viniendo de la mujer que llevaba una libreta de rechazos.
—Cuarenta y ocho, para ser exactos. Aunque últimamente he dejado de contar.
—Buena señal.
—La mejor señal que he tenido en mucho tiempo.
•
El domingo siguiente, Marta lo llevó a comer a casa de su madre, un paso que ninguno de los dos había planeado con tanta antelación pero que llegó de forma natural después de una llamada en la que su madre, sin darle demasiadas opciones, decidió que ya era hora de conocer «al vecino ese».
—No hace falta que te pongas nervioso —le dijo Marta, en el ascensor del bloque de su madre, notando cómo él se ajustaba el cuello de la camisa por tercera vez en dos minutos—. Es solo comida y preguntas incómodas. Sobrevivirás, eres policía.
—Enfrentarme a delincuentes armados es más sencillo que esto.
—Exagerado.
La comida transcurrió mejor de lo que ambos temían, con la madre de Marta interrogando a Hugo sobre su trabajo con un interés que rozaba lo profesional, y su padre, hombre de pocas palabras, limitándose a asentir cada vez que Hugo mencionaba algo relacionado con la seguridad del barrio, como si aquello fuera la única credencial que necesitaba para aprobar la relación.
—Así que policía —dijo su padre, en un momento de la sobremesa—. Buen trabajo. Estable.
—Todo lo estable que puede ser, sí.
—Mejor eso que un empresario de los que se llevan las empresas por delante —añadió su madre, con una mirada cómplice hacia Marta que no dejaba lugar a dudas sobre a quién se refería.
—Mamá.
—Solo digo la verdad, hija.
Al salir, ya en la calle, Hugo respiró como quien acaba de completar una misión de alto riesgo.
—Ha ido bien, ¿no? —preguntó Marta, cogiéndolo del brazo bueno.
—Ha ido sorprendentemente bien. Tu padre me ha dado una palmada en la espalda al despedirse. Interpreto eso como una aprobación oficial.
—Y a mi madre le has caído tan bien que ya está pensando en la próxima comida familiar. Prepárate, porque la siguiente vendrá con la tía incluida, y esa sí que hace preguntas de verdad.
—¿Peores que las de hoy?
—Mucho peores. Te lo advierto con tiempo para que vayas entrenando.
—Con lo que se me da entrenar para interrogatorios, no debería preocuparme tanto.
—Esto es distinto. Esto es familia. No hay manual de procedimiento que valga.