Vecinos, enemigos y algo más Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Lo dijo sin mala intención aparente, más como una constatación resignada que como un dardo envenenado, y sin embargo se quedó flotando en el aire con un peso que Marta sintió en el estómago mucho después de que Sara se despidiera con las cajas bajo el brazo y desapareciera calle abajo.

—¿Estás bien? —le preguntó Ramón, que había presenciado la escena a distancia prudencial, con la discreción de quien lleva toda la vida observando a la gente desde el asiento delantero de un taxi.

—Sí. No sé. Es raro conocer a la persona con la que alguien estuvo a punto de casarse. Te hace preguntarte muchas cosas que preferirías no preguntarte en mitad de una fiesta.

—No te compares. Sara se fue porque necesitaba algo distinto de lo que Hugo podía darle en ese momento de su vida. Eso no dice nada de ti. Lo llevo observando doce años desde el segundo piso, algo se me habrá pegado del oficio.

—Gracias, Ramón.

—De nada. Ahora ve a buscarlo antes de que doña Pura le monte una encuesta sobre lo que acaba de pasar.

—Lo siento —dijo Hugo, en cuanto se quedaron solos—. No sabía que iba a venir.

—No pasa nada. Aunque ahora entiendo mejor por qué el acta de incidencias te resultaba tan reconfortante.

—¿Estás bien?

—Estoy bien. Un poco celosa, para ser sincera, lo cual es ridículo porque llevamos exactamente nada de tiempo siendo lo que sea que somos.

—No es ridículo.

—Un poco sí.

Hugo la miró entonces con una intensidad que hizo que a Marta se le olvidara, por un momento, la música de fondo, las guirnaldas, doña Pura contando su versión de los hechos a cualquiera dispuesto a escucharla.

—Sara se fue porque yo elegí el trabajo antes que a ella, una y otra vez, hasta que dejó de tener sentido que se quedara —dijo—.

Contigo no he tenido que elegir nada. Simplemente ha ido pasando, sin que yo hiciera ningún esfuerzo especial por evitarlo, y eso, viniendo de mí, es la declaración más grande que puedo hacer sin que me tiemble la voz.

—Te está temblando un poco la voz.

—Cállate.

Se apartaron de la fiesta sin decírselo el uno al otro, caminando hacia el rincón más oscuro del patio, donde las guirnaldas de luces ya no llegaban y el ruido de la música quedaba reducido a un murmullo lejano.

El aire de la noche olía a empanadas frías y a césped recién regado, y por encima de las tapias del patio se veía un trozo de cielo con más estrellas de las que Madrid solía permitirse mostrar.

Hugo le apartó a Marta un mechón de pelo de la cara, un gesto pequeño, deliberado, y ella sintió el pulso acelerársele de un modo que no tenía nada que ver con el vino que había bebido esa noche.

—Si te beso ahora —dijo él, en voz baja—, no va a sonar ningún teléfono de por medio.

—Eso espero, porque como interrumpa esto otra vez la comisaría, presento yo la denuncia.

—Qué manera más bonita de pedirlo.

—Cállate tú.

Él sonrió, y entonces la besó, despacio, con una mano en su mejilla y la otra en la cintura, sin ninguna prisa, como si llevara semanas queriendo hacerlo con la misma paciencia exacta con la que redactaba sus informes.

Marta le devolvió el beso con menos paciencia y más entusiasmo, agarrándose a la tela de su camiseta como si temiera que el momento se le escapara entre los dedos si no lo sujetaba con algo físico.

Cuando se separaron, la música seguía sonando al fondo, la fiesta seguía su curso sin ellos, y Marta pensó que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba pensando en absolutamente nada más que en el instante presente.

Se quedaron un momento más en aquel rincón oscuro, sin prisa por volver, con las frentes casi tocándose y las manos todavía enredadas en la ropa del otro.

Marta notó el olor de su piel, jabón sencillo y algo de sudor de una noche entera moviendo mesas, y decidió que le gustaba mucho más que cualquier colonia cara que hubiera imaginado en las primeras semanas de vecindad.

—Bueno —dijo, con la voz un poco tomada—. Eso ha estado muy por encima de las expectativas.

—¿Tenías expectativas?

—Unas cuantas. Desde el trastero, para ser exactos.

—Podría haber cerrado el trato mucho antes, entonces.

—Podrías. Pero admite que la espera le ha dado más dramatismo.

—Nunca se me ha dado bien el dramatismo.

—Se te acaba de dar bastante bien, la verdad.

Volvieron a la fiesta cogidos de la mano, sin ninguna intención de disimularlo, lo cual provocó que doña Pura, al verlos aparecer, soltara la copa de vino sobre la mesa con tanta emoción que estuvo a punto de tirarla.

—¡Lo sabía! —anunció, a un volumen que hizo que varios vecinos se giraran a mirar—. Lo supe desde el primer acta de incidencias. Nadie escribe con tanto detalle sobre una vecina a la que le es indiferente.

—Doña Pura, por favor —dijo Hugo, sintiendo que se le subían los colores por primera vez en mucho tiempo delante de todo el vecindario.

—No te avergüences, criatura, es maravilloso. Voy a contárselo a la del cuarto, que llevaba una apuesta con la del sexto sobre si duraríais hasta Navidad.

—¿Había una apuesta? —preguntó Marta, entre la risa y la incredulidad.

—Todo el edificio tenía una apuesta, hija. La discreción, en esta comunidad, es un concepto puramente teórico.

Ramón se acercó a felicitarlos con una cerveza más en cada mano, y el resto de la noche transcurrió entre bailes improvisados, la música bajando puntualmente a las doce como marcaba el permiso, y una sensación general, compartida por Marta y por Hugo aunque ninguno lo dijera en voz alta, de que aquella fiesta había servido para mucho más de lo que doña Pura había planeado originalmente.

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Al día siguiente, con el patio todavía lleno de sillas por recoger y guirnaldas colgando torcidas, Marta bajó a ayudar con la limpieza y se encontró a Hugo ya allí, apilando mesas con la misma disciplina metódica de siempre, aunque con una sonrisa que no se le borraba de la cara ni siquiera cargando peso.

—Buenos días, vecina.

—Buenos días, agente. ¿Ya tienes ganas de escribir un acta sobre el estado en que ha quedado el patio?

—Estoy valorándolo. El nivel de confeti por metro cuadrado roza lo delictivo.

—Qué gracioso te has vuelto de un día para otro.

—Será el efecto secundario de anoche.

Doña Pura apareció poco después, con una bata de flores y el pelo todavía sin peinar, para supervisar la operación de limpieza con el mismo rigor que había aplicado a la organización del evento.

—Buenos días, tortolitos —les dijo, sin ningún tipo de sutileza—. Espero que durmierais bien.

—Doña Pura —protestó Marta, sintiendo que se le subían los colores.

—¿Qué? A mi edad ya se puede decir lo que se piensa sin que nadie se escandalice. Y lo que pienso es que anoche esta comunidad ganó una pareja estable y perdió, por fin, dos vecinos que discutían por tonterías. Yo lo llamo una victoria en toda regla.

Ramón, que pasaba cerca cargando una bolsa de basura, se rio lo suficientemente alto como para que varios vecinos más se giraran a mirar, y Marta decidió que lo mejor que podía hacer era concentrarse en apilar sillas y dejar que doña Pura disfrutara de su momento de gloria sin más interrupciones.