Vecinos, enemigos y algo más Capítulo 6
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Capítulo 6

El día de la fiesta amaneció con un cielo despejado que doña Pura interpretó, sin ningún tipo de base meteorológica, como una señal personal del universo a su favor.

Cova se presentó a las ocho de la mañana con dos cafés y una determinación clara: no pensaba perderse el evento que llevaba semanas anunciándole como «la fiesta donde probablemente pase algo», una predicción que había hecho con tanta insistencia que a Marta ya le resultaba sospechosa.

—¿Por qué estás tan segura de que va a pasar algo? —le preguntó, mientras se recogía el pelo frente al espejo del recibidor.

—Porque lleváis semanas rondando el tema sin resolverlo del todo. El trastero fue un aviso. Hoy hay guirnaldas, alcohol y una excusa perfecta para que baje la guardia. Es matemática pura.

—Eres una simple observadora externa con demasiadas ganas de que mi vida amorosa avance más rápido que la tuya.

—Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez.

Marta se rio, se puso los pendientes que Cova le había insistido en prestarle —«para la ocasión», había dicho, sin especificar cuál era exactamente la ocasión que ameritaba pendientes— y bajó al patio ya con el nudo en el estómago de quien intuye, sin quererlo reconocer del todo, que su amiga podría tener razón.

Desde las nueve de la mañana, el patio interior se convirtió en un hervidero de actividad coordinada con la precisión de una operación militar, aunque con menos jerarquía de la que a Hugo le habría gustado.

—Las mesas van pegadas a la pared del fondo, no en el centro —indicó Marta a dos vecinos que cargaban tablones—. Si las ponéis en el centro, nadie va a poder bailar luego.

—¿Quién ha dicho que vaya a haber baile? —preguntó Hugo, apareciendo con una caja de material de sonido bajo el brazo bueno.

—Yo lo he dicho. Es mi parte del trato. Tú te encargas de los permisos, yo me encargo de que la gente se lo pase bien.

—Los permisos incluyen el baile, técnicamente.

—Ves, por eso te necesito a ti. Yo solo pienso en la diversión, tú piensas en la letra pequeña que hace que la diversión sea legal.

El primer contratiempo llegó a media mañana, cuando el equipo de sonido que Ramón había conseguido prestado de un primo suyo decidió, sin previo aviso, dejar de funcionar por completo.

—Esto no emite ni un pitido —anunció Ramón, golpeando el altavoz con la palma de la mano, un gesto que no solucionó absolutamente nada—. Y la fiesta es dentro de seis horas.

—Déjame ver —dijo Hugo, arrodillándose junto al aparato con el mismo gesto de concentración que Marta le había visto usar semanas atrás debajo de un lavabo.

—¿También sabes de sonido? —preguntó Marta, genuinamente sorprendida.

—Mi padre no solo tenía un taller de fontanería. También reparaba equipos de música los fines de semana. Aprendí de todo un poco antes de decidir que prefería perseguir gente con malas intenciones.

—Empiezo a pensar que no hay nada que no sepas arreglar.

—Hay muchas cosas que no sé arreglar. Pero los altavoces con un cable suelto sí entran dentro de mis competencias.

—¿Como qué cosas no sabes arreglar?

Hugo se quedó pensando un momento, con las manos todavía dentro del altavoz.

—Las conversaciones incómodas. Las despedidas. Decirle a alguien que me importa sin sonar como si estuviera leyendo un parte oficial.

—Se te da mejor de lo que crees, la verdad.

—Llevo practicando contigo. Supongo que algo se me habrá pegado.

Diez minutos después, con el cable correctamente conectado y una regañina cariñosa al primo de Ramón por no revisar el material antes de prestarlo, la música volvió a sonar, y Marta se quedó mirando a Hugo con una expresión que él interpretó, correctamente, como admiración disimulada a medias.

—¿Qué? —preguntó él, notando la mirada.

—Nada. Que cada vez que pienso que ya sé todo lo que hay que saber de ti, apareces arreglando algo más.

—Once años como policía. Se aprende a improvisar.

—Se lo dije a la de la floristería —anunció doña Pura, supervisando el montaje de las mesas en el patio interior—. Cuando yo organizo algo, no llueve.

—Usted no ha organizado nada, doña Pura —le recordó Marta, cargando una caja de vasos de plástico—. Lo hemos organizado Hugo y yo.

—Con mi supervisión.

—Con su supervisión, sí.

El patio, que durante el resto del año era un espacio gris de bicicletas oxidadas y contenedores mal aparcados, se había transformado en algo que hasta la propia Marta encontraba sorprendentemente digno: guirnaldas de luces colgando entre los balcones, mesas cubiertas con manteles de papel, y un puesto de empanadas de la chica del mercado de Vallecas que ya despertaba un interés considerable entre los primeros vecinos en llegar.

Hugo apareció a media tarde, sin uniforme por una vez, con una camiseta que Marta no le había visto antes y una lista en la mano que repasaba con la misma seriedad con la que revisaba un parte policial.

—Los permisos están en orden. El límite de sonido lo hemos negociado hasta las doce. He hablado con los dos bares de la esquina para que no haya coches mal aparcados en la puerta durante el evento.

—Te has tomado esto muy en serio.

—Me tomo todo muy en serio. Es mi única velocidad.

—Ya lo he notado.

El vecino del segundo, Ramón, se acercó con dos cervezas y se las entregó sin preguntar, como si llevara toda la vida repartiendo bebidas en fiestas de la comunidad, lo cual, probablemente, era cierto.

—Buen trabajo, los dos —dijo, señalando con la botella las guirnaldas de luces—. El año pasado la barbacoa acabó con la policía municipal de verdad llamando la atención por el ruido. Este año tenemos a la policía dentro organizándolo. Es una mejora considerable.

—Gracias, Ramón —dijo Hugo, sin poder evitar una sonrisa.

Doña Pura circulaba entre las mesas con una copa de vino en la mano y el aire triunfal de un general revisando las tropas después de una victoria decisiva, deteniéndose en cada grupo de vecinos el tiempo justo para recordarles, con distintas variaciones de la misma frase, que aquella fiesta jamás habría existido sin su intervención providencial.

—Se lo dije a Marta desde el principio —le contaba a la vecina del cachorro, que asentía con la paciencia de quien ya ha oído la misma historia tres veces esa noche—.

Dos personas que discuten tanto por una tontería, digo yo, tienen que sentir algo el uno por el otro.

La química no se disimula, criatura, se nota en el tono de voz.

Marta, que pasaba cerca cargando una bandeja de vasos vacíos, fingió no haber oído nada, aunque el gesto de la sonrisa que se le escapó la delató por completo.

La chica del quinto —con el cachorro ya bastante más adiestrado, gracias en parte al contacto que Hugo le había pasado— dejaba que los vecinos más pequeños lo acariciaran, mientras el taxista Ramón organizaba, sin que nadie se lo pidiera, una improvisada mesa de juegos de cartas que terminó reuniendo a media comunidad alrededor antes de que dieran las diez.

—¿Ves? —le dijo la chica del quinto a doña Pura, señalando al cachorro, que en ese momento se dejaba acariciar por tres niños a la vez sin ladrar ni una sola vez—. Te dije que solo necesitaba tiempo.

—Reconozco cuando me equivoco, criatura —concedió doña Pura, con una dignidad que no le costaba ningún esfuerzo mostrar cuando la ocasión lo merecía—. El perro ha mejorado mucho. Casi tanto como cierta pareja de vecinos que yo me sé.

—Doña Pura.

—Ya me callo, ya me callo.

No se calló, por supuesto, y durante el resto de la noche encontró la manera de mencionar, en al menos cuatro conversaciones distintas, lo acertada que había sido su intuición al emparejar a Marta y Hugo en la organización de la fiesta, cada vez con más detalles inventados sobre su propia clarividencia.

—Esto está saliendo mejor de lo que había imaginado —le dijo Marta a Hugo, sentándose un momento a su lado en un banco apartado del bullicio principal, con los pies doloridos después de horas repartiendo empanadas.

—Baja las expectativas. Todavía queda hora y media de fiesta y cualquier cosa puede pasar.

—Qué optimismo tan contagioso.

—Es profesional. Llevo doce años esperando a que las cosas se tuerzan justo cuando parecen ir bien.

—Pues esta noche relájate. Te lo mereces. Los permisos están en orden, nadie ha llamado a la policía municipal de verdad, y hasta doña Pura está contenta.

—Doña Pura siempre está contenta cuando puede atribuirse el mérito de algo.

—Cierto.

•

Fue pasadas las diez cuando Marta la vio: una mujer de melena oscura y ropa impecable, parada en el borde del patio con la incomodidad de quien sabe que no debería estar allí pero tiene una razón, real o inventada, para justificarlo.

—Esa es Sara —le dijo Ramón, en voz baja, siguiendo la mirada de Marta—. La ex de Hugo. Todavía tiene trasteros aquí, de cuando vivía en el edificio. Viene una o dos veces al año a recoger cosas.

—Qué casualidad que haya elegido justo hoy.

—La vida tiene ese sentido del humor tan particular.

Marta observó, con una punzada de algo que no le gustó reconocer como celos, cómo Sara se acercaba a Hugo y cómo él, al verla, se ponía tenso de una manera que Marta ya sabía reconocer.

—Hola, Hugo.

—Sara. No sabía que ibas a venir hoy.

—Necesitaba unas cajas del trastero. Me han dicho que había fiesta. No quería colarme sin avisar.

—No pasa nada.

Se quedaron los dos de pie, con esa incomodidad particular de la gente que ha compartido una vida y ya no comparte nada más que la logística de recoger cajas de un trastero, hasta que Sara reparó en Marta, que se había quedado a una distancia prudencial, sin saber si acercarse o desaparecer discretamente hacia el puesto de empanadas.

—Tú debes de ser la vecina —dijo Sara, con una sonrisa que Marta no supo del todo cómo interpretar—. Doña Pura me ha puesto al día por el camino, por si tenía alguna duda de si seguía cotilleando igual.

—Marta —dijo, tendiéndole la mano, decidida a no dar el numerito que probablemente todos esperaban.

—Un placer. Cuida bien de Freud. Yo nunca supe estar a la altura de sus horarios, ni de los de su dueño.