Vecinos, enemigos y algo más Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Trato hecho también —dijo—. Aunque te aviso de que se me da fatal pedir ayuda o admitir que algo me ha dado miedo. Va a ser un proceso.

—Tenemos tiempo.

—Una última cosa —añadió Hugo, con una media sonrisa que no encajaba del todo con su seriedad habitual—.

Si vamos a intentarlo, quiero que sepas que no se me da bien esto.

Lo de las relaciones. Sara me lo decía constantemente: que trataba las emociones como si fueran un formulario que rellenar y archivar lo antes posible.

—Yo tampoco vengo con un historial precisamente brillante. Mi última relación seria terminó convirtiéndose en una fusión empresarial hostil.

—Suena traumático.

—Lo fue, un poco. Así que no esperes que yo tampoco sepa hacer esto bien a la primera.

—Entonces estamos en igualdad de condiciones.

—Aterradoramente igualados, sí.

Se quedaron un momento más de pie en el rellano, sin tocarse, sin decir nada más, con esa sensación incómoda y a la vez agradable de haber puesto nombre a algo que llevaba semanas sin necesitarlo.

—Bueno —dijo Marta, al fin—. Voy a fingir que entro en mi casa con dignidad.

—Yo voy a fingir que no te he estado mirando mientras lo intentabas.

—Qué caballeroso.

—Es lo que hay.

•

La llamada de Marbex llegó dos días después, un martes por la mañana, mientras Marta hacía cola en el supermercado con una cesta que contenía, fundamentalmente, cosas baratas y una tableta de chocolate que se había prometido no comprar.

—¿Diga? —contestó, con el corazón ya acelerado por el prefijo de la ciudad que reconocía de memoria.

—Marta, soy Elisa, de recursos humanos de Marbex. Llamo para confirmarte que queremos ofrecerte el puesto de responsable de marketing de contenidos. ¿Podrías empezar el lunes que viene?

Marta dejó la cesta en el suelo del supermercado, ajena por completo a la cola que se formaba detrás de ella, y dijo que sí tantas veces seguidas que la mujer al otro lado del teléfono se rio antes de colgar.

Salió a la calle con la cesta olvidada dentro del supermercado —tuvo que volver a por ella, avergonzada, cinco minutos después— y marcó el primer número de su lista de contactos favoritos, que no era el de Cova.

—¿Sí? —contestó Hugo, con el tono cauto de quien no espera llamadas a media mañana en un día libre.

—Me han dado el trabajo.

Hubo un silencio breve, cargado de algo que a Marta le costó nombrar, antes de que él contestara.

—Enhorabuena. En serio. Te lo mereces.

—Gracias por... no sé, por lo del otro día. Por decirme que sonaba comedida en vez de graciosa. Me ayudó más de lo que crees.

—Me alegro.

—¿Vienes esta noche a celebrarlo? Voy a pedir comida tailandesa, cantidades industriales, y necesito compañía para no comérmelo todo yo sola por pura ansiedad de éxito.

—Tengo turno hasta las diez.

—Puedo esperar hasta las diez.

—Entonces ahí estaré.

Marta colgó con una sonrisa que le duró todo el trayecto de vuelta a casa, y solo entonces se acordó de llamar a Cova, que tardó exactamente cuatro segundos en preguntarle si Hugo había sido el primero en enterarse, y otros dos en confirmar, satisfecha, que ya lo sabía.

—No te ofendas —le dijo Marta—, pero necesitaba decírselo a alguien que no fuera a preguntarme inmediatamente por el sueldo, las condiciones y si el contrato era indefinido.

—Me ofendo un poco, mira. Pero lo entiendo. Es la ley no escrita de las cosas nuevas: al primero que se lo cuentas es a quien de verdad te importa la respuesta.

—Qué filosófica te has vuelto.

—Es el efecto Nando. Me está contagiando la costumbre de analizarlo todo como si fuera un informe policial.

—Ojalá me contagiara a mí solo un poco de su capacidad para no ponerse nervioso por nada.

—Dale tiempo. Un mes de convivencia con Freud y ya casi pareces una persona funcional.

•

El domingo siguiente, cuando su madre llamó a las diez en punto, Marta le contó lo del trabajo nuevo con un entusiasmo que hacía meses que no sentía al hablar con ella.

—¿Marketing de contenidos? ¿Eso qué es exactamente, hija?

—Es parecido a lo que hacía antes, mamá. Pero en una empresa que valora lo que hago, no solo lo que puede quitarme.

—Bueno, bueno, no hace falta ponerse así. Me alegro mucho, de verdad. ¿Y sueldo fijo, contrato normal, todo eso?

—Todo eso, mamá.

—Menos mal. Se lo voy a contar a tu tía, que llevaba meses preguntando.

Marta sonrió, acostumbrada ya a que las buenas noticias, en su familia, se midieran siempre en términos de qué se le podía contar a la tía, y decidió que por una vez no le importaba.

—¿Y el vecino? —preguntó su madre, con ese tono despreocupado que nunca lo era del todo—. ¿Sigue prestándote el perro?

—Sigue.

—¿Solo el perro?

—Mamá.

—Pregunto por preguntar.

—Estamos saliendo, mamá. Desde hace poco. No quería contártelo hasta estar segura de que no era una tontería pasajera.

Se hizo un silencio al otro lado de la línea que a Marta le pareció, contra todo pronóstico, cargado de una emoción genuina.

—Me alegro mucho, hija. De verdad. Llevabas mucho tiempo sin sonar así de contenta al teléfono.

—Yo también me alegro, mamá.

Colgó con una sensación cálida en el pecho que no recordaba haber sentido en mucho tiempo hablando con su familia, y se quedó un rato mirando el techo del salón, pensando en lo distinto que sonaba todo cuando por fin tenía algo bueno que contar.