Capítulo 5
El edificio de la calle Alcántara amaneció, esa mañana, con la misma tranquilidad de siempre, ajeno por completo a que dos de sus vecinos llevaban desde la noche anterior repasando mentalmente una escena que ninguno de los dos sabía todavía cómo nombrar.
Marta durmió mal, lo cual no era ninguna sorpresa, porque llevaba desde el trastero comunitario repasando la distancia exacta de dos centímetros como si fuera un problema de física que necesitara resolver antes de poder cerrar los ojos.
Se levantó a las cuatro de la madrugada a beber agua, volvió a la cama, se levantó otra vez a las cinco convencida de haber oído pasos en la escalera que resultaron ser, con toda probabilidad, el vecino del cuarto volviendo de su turno de reponedor de supermercado, y a las seis decidió que dormir era, oficialmente, una batalla perdida.
A las siete y media ya estaba despierta, con la camisa azul —la de verdad, la suya, porque la blusa prestada de Cova olía todavía a la casa de Cova y no le pareció el día adecuado para pedirle prestado nada más— colgada del pomo del armario, lista para la segunda entrevista de Marbex.
—Repite conmigo —le dijo Cova por teléfono, a modo de calentamiento matutino—: soy una candidata sólida con experiencia demostrable.
—Soy una candidata sólida con experiencia demostrable.
—Y no pienso en ningún vecino mientras respondo a las preguntas.
—Y no pienso en ningún vecino mientras... Cova.
—Tenía que intentarlo.
—Es que no puedo prometerte eso. Anoche estuve a punto de besarlo. Es un poco difícil borrar eso del disco duro solo porque hoy tenga una entrevista.
—Nadie te pide que lo borres. Solo que lo aparques dos horas. Es lo que se llama compartimentar, algo que la gente con vidas funcionales hace constantemente.
—Qué envidia me da la gente con vidas funcionales.
—Ve. Vas a estar genial. Y luego me lo cuentas todo, con pelos y señales, incluida la parte del casi beso que todavía no me has contado con el detalle que merece.
Colgó y se miró al espejo un momento más de lo estrictamente necesario, respiró hondo, y salió de casa con la sensación extraña de llevar dos batallas distintas libradas al mismo tiempo dentro del cuerpo.
La sala de espera de Marbex tenía plantas de plástico que fingían ser reales con bastante convicción y una recepcionista que le ofreció café en un vaso de cartón con el logo de la empresa, un detalle que a Marta le pareció, en su estado de nervios acumulados, casi conmovedor.
La entrevistó esta vez un panel de tres personas: la directora de marketing, un hombre de recursos humanos que apenas habló, y una mujer joven del equipo de contenidos que resultó ser, para sorpresa de Marta, quien más preguntas hizo y con más interés genuino.
—Vimos tu portfolio de la etapa en la startup —dijo la directora, hojeando unos papeles—. La campaña de lanzamiento del producto B2B tuvo un alcance considerable para el presupuesto que manejasteis. ¿Cómo lo conseguisteis?
Marta sintió que algo se le encogía en el pecho al oír mencionar, en voz alta y sin ningún tono acusatorio, el trabajo del que Álvaro se había apropiado sin dudarlo en cada entrevista posterior a su marcha.
—Fue estrategia, sobre todo. Y algo de suerte —dijo, decidiendo en el último segundo no entrar en detalles sobre quién había firmado, después, esa campaña con su nombre—.
Identificamos un nicho que nadie más estaba atacando y nos volcamos en él con todo lo que teníamos, que no era mucho, pero era constante.
—¿Y por qué dejaste la empresa, si la campaña funcionó tan bien?
La pregunta que llevaba semanas temiendo llegó, al fin, en el peor momento posible, con las tres personas del panel mirándola con expresión neutra, profesional, esperando una respuesta que sonara convincente sin sonar amargada.
—Decidimos, de mutuo acuerdo, seguir caminos separados —dijo, con la fluidez de quien lo ha ensayado un centenar de veces frente al espejo—.
Las startups en fase de crecimiento a veces necesitan redefinir sus equipos fundadores, y yo preferí buscar un entorno donde mi trabajo se valorara por lo que es, no por a quién beneficia en un comunicado de prensa.
Se hizo un silencio breve, y por un momento Marta pensó que se había pasado de sincera, hasta que la mujer del equipo de contenidos asintió con una media sonrisa que no necesitaba palabras.
—Eso lo entendemos perfectamente aquí —dijo—. Bienvenida a un sitio donde no hace falta ser el fundador para que se note tu trabajo.
El hombre de recursos humanos, que apenas había hablado durante toda la entrevista, levantó la vista de sus notas por primera vez.
—Una última pregunta, un poco menos convencional —dijo—. ¿Qué es lo que más echas de menos de tu antiguo trabajo, y qué es lo que menos?
Marta se tomó un segundo antes de contestar, decidida a no dar la respuesta ensayada que había preparado para todo lo demás.
—Lo que más echo de menos es la sensación de estar construyendo algo desde cero, esa energía de los primeros meses en que todo parece posible.
Lo que menos echo de menos es haber confundido esa energía con la certeza de que la persona con la que lo construía me trataría como a una socia y no como a un recurso prescindible.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino el tipo de silencio que sigue a una respuesta que nadie esperaba y que, precisamente por eso, resulta más convincente que cualquier frase ensayada.
—Gracias por la sinceridad —dijo la directora, cerrando la carpeta con una sonrisa que a Marta le pareció, contra todo pronóstico, genuina—. Te llamaremos pronto.
Le preguntaron después por cómo gestionaría una campaña con presupuesto reducido y plazos imposibles, que era, pensó Marta con cierta ironía, un resumen bastante preciso de su vida entera durante el último año, y contestó con tanta soltura que ni ella misma se lo creyó del todo hasta que estuvo fuera del edificio.
Salió con la sensación extraña de haber hecho algo bien por primera vez en mucho tiempo, y lo primero que hizo, antes incluso de llamar a Cova, fue mirar el móvil por si Hugo le había escrito algo sobre Freud. No le había escrito nada. Se sintió un poco ridícula por la decepción.
Caminó de vuelta sin rumbo fijo, disfrutando de la sensación poco habitual de no tener nada urgente que resolver durante un par de horas, y sin darse cuenta terminó pasando por la calle donde había estado la oficina de la startup, ahora ocupada por una cadena de comida rápida que no tenía nada que ver con el logo minimalista que ella misma había diseñado en su día.
Se quedó un momento mirando el escaparate, esperando sentir algo parecido a la nostalgia, o al dolor antiguo que aquel lugar solía provocarle, y descubrió, con una sorpresa genuina, que no sentía prácticamente nada. Solo curiosidad por saber qué tipo de hamburguesas servían.
—Bien —se dijo a sí misma, en voz alta, ganándose la mirada extrañada de una señora que pasaba con la compra—. Eso es progreso.
•
Se cruzaron esa tarde en el rellano, los dos con las llaves ya en la mano, en ese punto exacto entre entrar en casa y quedarse fuera hablando que ninguno de los dos parecía capaz de resolver con naturalidad desde el trastero.
—¿Qué tal la entrevista? —preguntó él, sin rodeos.
—Bien. Creo. Es raro no saber si algo ha ido bien hasta que te lo confirman por escrito.
—Seguro que ha ido bien.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque cuando algo te sale mal, no te haces la digna al contarlo. Te haces la graciosa. Y ahora mismo no estás siendo graciosa, estás siendo comedida. Eso es buena señal.
Marta lo miró, sorprendida otra vez por lo bien que la estaba empezando a leer aquel hombre que hacía tres semanas apenas sabía cómo se llamaba.
—¿Cómo tienes el brazo? —preguntó ella, señalando un rasguño reciente en su antebrazo que no recordaba de la fiesta.
—Un aviso de anoche. Nada grave. Un tipo que no quería que le retiráramos el coche mal aparcado se lo tomó más a pecho de lo razonable.
—¿Y eso lo dices así, tan tranquilo?
—Es el trabajo. Pasa todos los días, en distintos grados.
—Suena a que debería preocuparme más de lo que lo hago.
—O a que deberías acostumbrarte, como me he acostumbrado yo. Depende del día.
Marta guardó ese comentario en algún sitio de la cabeza, sin saber todavía que iba a volver a él antes de lo que pensaba.
—Deberíamos hablar de lo del trastero —dijo ella, porque alguien tenía que decirlo y prefería ser ella antes de que doña Pura organizara una encerrona formal con acta incluida.
—Deberíamos.
—¿Y bien?
Hugo se apoyó en el marco de su puerta, con las llaves todavía en la mano, buscando las palabras con el mismo cuidado con el que redactaba sus actas.
—No me arrepiento de que sonara el teléfono, si es lo que estás pensando. Me arrepiento de que sonara justo entonces.
—Eso es sospechosamente sincero para venir de ti.
—Estoy intentando ser sincero. Es agotador, la verdad, no sé cómo lo hace la gente que lo practica a diario.
Marta se rio, y el gesto le sirvió para bajar un poco la guardia.
—Vivimos en el mismo edificio —dijo—. Si esto sale mal, no hay escapatoria posible. Nos vamos a cruzar en el ascensor durante el resto de nuestras vidas, o hasta que uno de los dos se mude, y no tengo presupuesto para mudarme a ningún sitio en los próximos diez años.
—Lo sé.
—Así que, si vamos a intentar algo, propongo que lo hagamos con cuidado. Sin prisa. Sin que se entere todo el edificio antes de que lo sepamos nosotros.
—Doña Pura ya lo sabe. Doña Pura probablemente lo supo antes que nosotros.
—Entonces sin que se entere el resto del edificio.
—Trato hecho.
—Y otra cosa —añadió Marta, más seria de repente—.
Si esto va a ser algo, quiero que me cuentes las cosas de tu trabajo que dan miedo, no solo las que suenan bien en una anécdota de sobremesa.
No para agobiarte. Para que no me entere de las cosas importantes por Nando, o por una llamada a media noche.
Hugo la miró un segundo de más, procesando la petición con la seriedad de quien entiende exactamente de dónde viene.