Capítulo 4 #2
—He conseguido un contacto para las empanadas —anunció Marta, ignorando la puntualización de doña Pura, mientras extendía una lista escrita a mano—. Una chica que monta un puesto en el mercado de Vallecas. Barato y bueno, que es la combinación que casi nunca existe.
—¿Y la música? —preguntó Hugo, sin levantar la vista de los permisos—. Porque como haya un solo altavoz que supere los decibelios permitidos, tendré que ser yo quien lo apague, y prefiero evitarme esa ironía en concreto.
—Relájate, Robocop. He hablado con el ayuntamiento y el límite es más generoso de lo que crees para eventos autorizados de un día.
—¿Has llamado al ayuntamiento?
—Sé investigar cosas. Once años de marketing me han enseñado, como mínimo, a leer letra pequeña.
Hugo la miró con una expresión que Marta no supo interpretar del todo, algo a medio camino entre la sorpresa y algo más cálido que no llegó a nombrar.
—Se te da bien esto —dijo.
—¿El qué?
—Organizar. Convencer. Todo lo que hacías antes de que un imbécil con acento de charla TED decidiera que no te necesitaba.
—Vaya. No sabía que estuvieras escuchando cuando hablo de Álvaro.
—Escucho más de lo que aparento. Es una habilidad profesional.
—Ya, ya. Pero hay que coordinarlo todo, ¿no? Mejor si os quedáis un rato más para repasarlo con calma. Yo tengo que subir a dar de comer al gato.
Salió con una rapidez sorprendente para sus ochenta y dos años, dejándolos solos en la sala con las pastas de té a medio terminar y la sensación compartida de haber sido, evidentemente, manipulados.
—Nos ha dejado tirados a propósito —dijo Hugo.
—Con una intención bastante evidente.
—Bastante.
Se quedaron un momento en silencio, más cerca de lo que la mesa coja justificaba, sin que ninguno de los dos hiciera el gesto obvio de apartarse.
—Deberíamos repasar lo de los permisos —dijo Marta, sin ninguna urgencia real en la voz.
—Deberíamos.
Ninguno de los dos se movió hacia los papeles.
Hugo la miraba de una forma que ya no intentaba disimular como cansancio o irritación, y Marta se descubrió fijándose en un detalle absurdamente concreto: una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda que nunca antes había notado, y las ganas repentinas de preguntar de dónde venía.
El trastero olía a polvo y a las pastas de té a medio comer, y por la rendija de la puerta entraba el ruido lejano de un televisor de algún piso, pero todo eso quedó reducido a fondo, a decorado, frente a la distancia exacta que los separaba: la manga de la camisa de Hugo rozando el brazo de Marta sobre la mesa, el modo en que él había dejado de fingir que miraba los papeles, la respiración de ella un poco más rápida de lo que le habría gustado admitir.
—Marta.
—¿Qué?
—Si esto sale mal, seguimos siendo vecinos. Vamos a tener que cruzarnos en el portal el resto de nuestras vidas o hasta que uno de los dos se mude.
—¿Esto qué?
—Lo que sea que esté pasando ahora mismo, que no tengo ni idea de cómo llamarlo pero que tampoco pienso fingir que no está pasando.
Marta sintió que el corazón le daba un vuelco poco profesional para alguien que llevaba semanas repitiéndose que aquel hombre solo era el vecino cascarrabias del segundo.
—Podemos intentar no estropearlo —dijo, en voz baja.
—¿Eso es un sí a algo?
—Es un sí a intentarlo con cuidado.
Hugo se inclinó, muy despacio, dándole tiempo de sobra a ella para apartarse si quería, tiempo que Marta no utilizó.
Estaban a un par de centímetros, con las pastas de té enfriándose sobre la mesa coja y el cartel amarillento de prohibido fumar como único testigo, cuando el móvil de Hugo empezó a sonar con el tono específico que él había asignado a la comisaría.
Los dos se apartaron de golpe, como si los hubieran pillado haciendo algo mucho más grave que estar a punto de besarse en un trastero comunitario.
—Tengo que cogerlo —dijo él, ya con el teléfono en la oreja y la voz reconvertida en el tono profesional que Marta empezaba a reconocer.
Ella asintió, recogió las tazas con manos que no estaban del todo firmes, y salió del trastero antes de tener que escuchar de qué trataba la llamada, sabiendo, con una certeza incómoda, que algo entre ellos acababa de cruzar una línea que ninguna acta ni ninguna ordenanza municipal iba a poder deshacer.
Subió las escaleras despacio, sin coger el ascensor, en parte por la costumbre que había ido copiando de Hugo sin darse cuenta y en parte porque necesitaba esos minutos de más para poner un poco de orden en lo que fuera que le estaba pasando por dentro.
Se llevó la mano al pecho, casi sin querer, como si pudiera sentir físicamente la distancia de dos centímetros que había estado a punto de desaparecer.
Al llegar a su piso, el móvil vibró. Un mensaje de un número desconocido que resultó ser Marbex.
«Nos gustaría ofrecerle una segunda entrevista para el puesto. ¿Podría el viernes a las diez?»
Marta se quedó mirando la pantalla, con la misma sensación de vértigo que le había dejado el casi beso de hacía cinco minutos, preguntándose cómo era posible que un solo martes pudiera contener, al mismo tiempo, la primera buena noticia laboral en un año y la primera vez en mucho tiempo que algo, o alguien, conseguía hacerle olvidar por completo la cuenta de sus fracasos.
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—A ver si lo entiendo —dijo Cova, esa misma noche, con una copa de vino que ya iba por la mitad—. Estabais a dos centímetros, en un trastero, con pastas de té de por medio, y lo único que os ha faltado ha sido que sonara música de violines.
—Sonó el teléfono de comisaría. Es lo opuesto a los violines.
—¿Y qué vas a hacer?
—No lo sé. Tengo la segunda entrevista de Marbex el viernes. Tengo que centrarme en eso.
—Puedes centrarte en las dos cosas. No es un examen de selectividad.
—Para mí últimamente todo es un examen de selectividad.
Cova le sirvió más vino sin preguntar, un gesto de cariño que no necesitaba palabras.
—Solo digo una cosa —añadió— y luego lo dejo. Llevas un año dejando que Álvaro decida cómo te sientes contigo misma. A lo mejor no pasa nada por dejar que, por una vez, alguien te haga sentir bien sin que tengas que analizarlo hasta la extenuación.
Marta no contestó, pero guardó la frase en algún sitio, para pensarla más tarde, cuando estuviera sola y no tuviera que fingir que le daba igual.
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—Así que casi la besas en el trastero de la comunidad —resumió Nando, al día siguiente, con la sonrisa de quien lleva esperando ese resumen desde hacía semanas.
—Sonó el teléfono. No pasó nada.
—Pero ibas a que pasara.
—Iba a ver qué pasaba. Es distinto.
—Es exactamente lo mismo, solo que con más excusas.
Hugo se quedó callado, revisando un parte que no necesitaba tanta atención como le estaba dedicando.
—Es complicado —dijo, al fin—. Es mi vecina. Vivimos en el mismo edificio. Si sale mal, no hay manera de evitarnos.
—Y si sale bien, tienes vecina para el resto de tu vida sin tener que cambiar de piso. Todo son ventajas.
—Tú lo ves todo muy simple.
—Es que a veces es simple, Hugo. Sois tú y ella los que os empeñáis en llenarlo de procedimiento.
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El domingo siguiente, cuando su madre llamó a las diez en punto, Marta le contó lo de la segunda entrevista antes incluso de que le preguntara.
—¿Ves como no había que rendirse? —dijo su madre, con ese tono de victoria que usaba cada vez que algo le daba la razón, aunque fuera a medias.
—No me he rendido en ningún momento, mamá.
—Ya, ya. Bueno, y aparte de la entrevista, ¿qué tal por ahí? ¿Sigues teniendo problemas con el vecino ese de la música?
Marta dudó un segundo de más, un segundo que su madre, con el radar prodigioso de todas las madres, captó al instante.
—Marta.
—¿Qué?
—¿Qué te pasa con ese vecino?
—Nada. Me está prestando el perro. Digo, yo le presto un paseo al perro. Es un intercambio de servicios.
—Ya.
—¿Qué significa ese «ya»?
—Significa que llevas cinco minutos hablándome de un vecino sin que yo haya insistido nada, y eso, hija, en cuarenta años de conocerte, no lo habías hecho nunca con nadie que no te importara.
Marta no supo qué contestar, y por primera vez en meses agradeció que la conversación telefónica no permitiera que su madre le viera la cara.
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Esa misma tarde, mientras preparaba la ropa para la segunda entrevista, le llegó un mensaje de Hugo, tan escueto y directo como todo lo que hacía.
«¿Mañana Freud a las ocho? Turno cambiado, entro antes.»
«Ahí estaré», contestó ella, y se quedó mirando la pantalla más tiempo del que la brevedad del mensaje justificaba, preguntándose en qué momento exacto habían pasado de intercambiar actas de convivencia a intercambiar mensajes sobre un perro con la naturalidad de dos personas que llevaban mucho más tiempo conociéndose.
Añadió, después de dudarlo, un segundo mensaje.
«Suerte con lo que sea que hagas mañana, aunque no me hayas contado qué es.»
La respuesta tardó unos minutos en llegar, lo suficiente como para que Marta se arrepintiera un poco de haberlo enviado.
«Guardia nocturna. Nada especial. Gracias de todas formas.»
Se quedó mirando el móvil, con esa sensación extraña de estar construyendo, mensaje a mensaje, paseo a paseo, algo que no tenía nombre todavía pero que ya pesaba más de lo que ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir.
La entrevista del viernes le pareció, por primera vez en semanas, un motivo de nervios distinto: no el miedo de siempre a otro fracaso, sino las ganas concretas de tener algo bueno que contarle a alguien cuando todo terminara.
Cuarenta y ocho rechazos habían llegado antes de esa noche. Marta cerró la libreta de espiral, la dejó en el cajón donde guardaba las cosas que ya no necesitaba mirar todos los días, y por primera vez en mucho tiempo se durmió sin repasar la lista entera de todo lo que le faltaba por conseguir.