Capítulo 4
El primer paseo con Freud fue, en opinión de Marta, una encerrona con correa.
—No tira —le había prometido Hugo, entregándole el arnés en el portal a las ocho de la mañana, con el uniforme ya puesto y las llaves del coche en la mano—. Solo necesita que le marques quién manda desde el principio.
—¿Cómo se marca eso exactamente?
—Con seguridad. Los perros y la gente detectan la duda igual de rápido.
—Qué comentario más siniestro para las ocho de la mañana.
Hugo esbozó algo parecido a una sonrisa, la segunda que Marta le había visto en total, y se marchó dejándola sola en la calle con un pastor belga de mirada inquietantemente inteligente que la evaluó de arriba abajo antes de decidir, con generosidad, caminar a su lado sin protestar.
—Bueno, Freud —le dijo, mientras bajaban hacia el parque—. Parece que tú y yo vamos a pasar tiempo juntos. Espero que no le cuentes a tu dueño todo lo que digo, porque pienso quejarme mucho de él.
El perro la miró con una expresión que a Marta le pareció, injustamente, muy parecida a la de Hugo cuando no estaba de acuerdo con algo pero prefería no discutirlo.
Los paseos se convirtieron en rutina más rápido de lo que ninguno de los dos había previsto.
Dos veces por semana, a veces tres cuando el turno de Hugo se complicaba y le mandaba un mensaje escueto —«¿puedes con Freud hoy?
te compenso»— que Marta respondía siempre que sí, en parte porque necesitaba el aire libre, en parte porque, aunque tardó en admitírselo a sí misma, empezaba a esperar con cierta ilusión esos minutos de conversación breve en el portal cuando él llegaba a recoger al perro.
—¿Qué tal la entrevista de Marbex? —le preguntó él, una tarde, apoyado en el marco de la puerta mientras Freud bebía agua ruidosamente.
—Mal.
—¿Mal de verdad o mal exagerado?
—Mal de verdad. El puesto era junior y me hicieron sentir que estaba sobrecualificada y desactualizada al mismo tiempo, lo cual es un logro considerando que son cosas contradictorias.
—Lo siento.
—No pasa nada. Cuarenta y ocho.
—¿Cuarenta y ocho qué?
—Rechazos. Llevo la cuenta.
Hugo se quedó callado un momento, mirándola con una atención que ya no tenía nada que ver con actas ni con ordenanzas municipales.
—Eso son muchas veces que te han dicho que no.
—Sí.
—¿Y sigues intentándolo?
—¿Qué otra opción tengo?
—Podrías rendirte.
—No lo dices en serio.
—No —admitió él—. No lo digo en serio. Solo quería oír cómo sonaba dicho en voz alta, para comprobar que efectivamente no es una opción para ti.
Marta lo miró, sorprendida por la observación, más sorprendida todavía por lo bien que se sintió que alguien se diera cuenta de algo así sin que ella tuviera que explicarlo con detalle.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Alguna vez te has planteado rendirte con algo?
La pregunta pareció incomodarlo de una forma distinta a las bromas habituales. Se apartó del marco de la puerta, como si necesitara espacio para pensar la respuesta.
—Una vez —dijo—. Hace tres años. Un compañero y yo entramos en una situación que se complicó más de lo previsto. Él decidió esperar refuerzos, seguir el protocolo al pie de la letra. Yo pensé que había una ventana de tiempo que se estaba cerrando y quise entrar antes.
—¿Qué pasó?
—Tenía razón él. El protocolo existía por algo que yo no había valorado bien. Nadie salió gravemente herido, por suerte, pero podría haber sido muy distinto. Desde entonces no me fío de mi instinto tanto como antes. Prefiero las normas. Las normas no fallan por exceso de confianza.
—Pero tú tampoco fallaste por eso. Fallaste por querer ayudar más rápido.
—Da igual el motivo. El resultado pudo ser el mismo.
Marta se apoyó en la pared, procesando aquello, entendiendo de pronto la carpeta azul, el acta, la insistencia en los horarios, no como rigidez gratuita sino como una manera concreta de no volver a equivocarse de la misma forma.
—Por eso lo de Sara —dijo, sin pensarlo del todo, y se arrepintió en cuanto vio la expresión de él cambiar.
—¿Quién te ha hablado de Sara?
—Doña Pura. Ya sabes cómo es.
Hugo suspiró, resignado a la idea de que en aquel edificio ningún secreto sobrevivía más de una semana.
—Sara decía que prefería el trabajo a ella. No estaba del todo equivocada.
—¿Y era verdad?
—Era más fácil que fuera verdad. Así no tenía que reconocer que el problema no era el trabajo, era que había dejado de intentarlo con ella mucho antes de que se fuera.
Fue la primera vez que Hugo le contaba algo real sin que ella tuviera que arrancárselo con sarcasmo, y Marta sintió que aquello pesaba más que cualquier chiste que se hubieran cruzado hasta entonces.
—Gracias por contármelo —dijo, con una sinceridad poco habitual en ella.
—No sé por qué lo he hecho.
—Yo tampoco sé por qué te cuento mis rechazos laborales a un tipo que hace tres semanas me amenazaba con un acta.
—Puede que los vecinos, con el tiempo, se conviertan en otra cosa.
—Qué peligro tienes cuando bajas la guardia, Robocop.
—No me llames así.
—Te queda bien.
—Me queda ridículo.
—Por eso te queda bien.
Freud, ajeno por completo a la tensión que se había instalado entre los dos, decidió en ese momento sacudirse el agua encima de ambos, lo cual rompió el momento con una eficacia que ningún guion humano habría logrado.
•
Los paseos siguientes trajeron su propia colección de escenas que Marta empezó, sin proponérselo del todo, a archivar con el mismo cuidado con el que antes archivaba los correos de rechazo.
Un martes, Hugo apareció en el portal todavía con el chaleco antibalas puesto, cansado de un modo distinto al habitual, y en vez de darle instrucciones sobre el perro se quedó apoyado en la pared, callado, hasta que ella le preguntó qué había pasado.
—Un aviso de violencia doméstica que se complicó más de lo que debería —dijo, sin dar detalles, y Marta no se los pidió, aunque sí le tocó el brazo un segundo, un gesto pequeño que ninguno de los dos comentó después.
Otro día fue ella la que llegó con la cara descompuesta, después de que Marbex le confirmara por correo que, pese a la buena segunda entrevista, el puesto se lo habían dado a otra candidata «con perfil más senior».
Hugo, en vez de decir algo consolador y vacío, se limitó a coger la correa de Freud y decir «vamos a dar una vuelta más larga hoy», y caminaron los tres en silencio hasta que a Marta se le pasaron las ganas de llorar en mitad de la calle.
—No hace falta que digas nada —le dijo ella, en un momento del paseo.
—No iba a decir nada. Se me da fatal consolar a la gente. Prefiero caminar hasta que se me ocurra algo útil que decir, y normalmente para entonces ya no hace falta decirlo.
—Es una filosofía extrañamente sensata.
—Once años de trabajo me han enseñado que el silencio incomoda mucho menos de lo que la gente cree.
Ella se rio, floja, cansada, agradecida sin saber muy bien cómo decirlo, y siguieron caminando hasta que el frío de la noche los obligó a volver.
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Doña Pura, mientras tanto, había decidido que su nueva misión vital consistía en encontrar excusas para que Marta y Hugo coincidieran, algo que ejecutaba con el sigilo de un elefante en una cristalería.
—Hugo, cielo, ¿le puedes subir esta caja de folletos a Marta? Pesa mucho para mí.
—Doña Pura, la caja pesa dos kilos.
—A mi edad todo pesa, criatura. Sube y ya está.
En el rellano, cargado con la caja que efectivamente no pesaba nada, Hugo se encontró con Marta, que abrió la puerta con una ceja levantada antes de que él dijera una sola palabra.
—Doña Pura otra vez —dijo él, a modo de explicación.
—Ya me lo imaginaba. La semana pasada me hizo bajar un paquete tuyo que, según ella, había llegado a su puerta por error. Vive en el bajo. Tu paquete estaba en el tercero.
—Es una casamentera encubierta con carnet de presidenta de comunidad.
—Al menos es coherente en su método.
Se quedaron un momento en la puerta, sin ninguna caja de folletos de por medio que justificara seguir hablando, hasta que Hugo carraspeó y dio un paso atrás.
—Nos vemos en la reunión de la fiesta.
—Ahí estaré.
—¡Freud! —protestaron los dos a la vez, y se rieron, la misma risa, casi al unísono, algo que ninguno de los dos comentó pero que ambos notaron.
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Un sábado por la mañana, camino del parque, Freud se paró en seco frente al escaparate de una pastelería, con la testarudez absoluta de un perro que ha decidido que ese es, a partir de ahora, el centro de su universo.
—No le voy a comprar nada, es un perro policía, no un niño de cinco años —le dijo Marta, y sin embargo, diez minutos después, salía de la pastelería con una napolitana para ella y una galleta canina de aspecto sospechosamente elegante para Freud, que la aceptó con una dignidad que hacía pensar que era él quien le hacía el favor.
Al volver, se encontró a Hugo en el portal, recién llegado del gimnasio, con una camiseta pegada al cuerpo por el sudor que Marta se esforzó, con poco éxito, en no mirar más de la cuenta.
—Le has comprado una galleta a mi perro.
—Tu perro me ha manipulado emocionalmente frente a un escaparate. No ha sido cosa mía.
—Es bueno en eso.
—Se nota que ha tenido un buen maestro.
—¿Insinúas que yo también te manipulo emocionalmente?
—Insinúo que los dos tenéis la misma cara de perro apaleado cuando queréis algo y no os lo dan a la primera.
Hugo se rio, una risa completa esta vez, sin frenar a medio camino, y Marta pensó que era la primera vez que la oía reírse así, sin ironía de por medio, y que le gustaba mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.
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La fiesta de la comunidad se acercaba, y con ella las reuniones de planificación que doña Pura insistía en supervisar personalmente «para que no se líen», aunque en la práctica se limitaba a repartir pastas de té y comentar, con una sutileza que no engañaba a nadie, lo bien que se les veía trabajando juntos.
—Doña Pura, el catering no tiene nada que ver con los permisos de sonido —le dijo Marta, una tarde, mientras Hugo revisaba unos papeles del ayuntamiento sobre la mesa coja del trastero.