Vecinos, enemigos y algo más Capítulo 3
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Capítulo 3

La tubería del baño llevaba semanas haciendo un ruido raro, un gemido metálico que Marta había decidido ignorar con la misma estrategia que aplicaba a los extractos bancarios: si no lo miras, técnicamente no existe.

La estrategia falló a la una y cuarto de la madrugada, con un estruendo que la sacó de la cama antes de que su cerebro terminara de procesar qué estaba pasando. Cuando llegó al baño descalza, el agua ya le cubría los tobillos.

—No, no, no, no —repitió, como si el conjuro sirviera para algo, mientras buscaba la llave de paso sin saber siquiera si existía una llave de paso independiente en aquel piso construido en una época en la que, sospechaba, la fontanería se resolvía con fe y buena voluntad.

Antes de eso, mientras el agua seguía subiendo, había llamado a tres fontaneros de urgencia sacados de una búsqueda desesperada en el móvil.

El primero no contestó. El segundo le pidió ciento veinte euros solo por desplazarse, más lo que costara la reparación.

El tercero, más amable, le confirmó lo mismo con otras palabras, como si la amabilidad hiciera menos doloroso el número.

—Ciento veinte euros —había repetido ella, en voz alta, mirando el charco que le llegaba ya a los tobillos, calculando mentalmente cuánto le quedaba en la cuenta y en qué orden exacto iban a dejar de pagarse las cosas ese mes si gastaba eso en una avería.

Encontró algo parecido a una llave detrás de la lavadora, la giró con las dos manos, y el chorro se convirtió en goteo. Fue un alivio que duró exactamente los segundos que tardó en oír los golpes en la puerta.

Se quedó un instante descalza sobre las baldosas mojadas, con el corazón todavía acelerado por el susto, calculando mentalmente si el seguro del hogar que pagaba cada mes sin saber muy bien para qué serviría, por fin, de algo.

Esta vez no eran tres golpes espaciados. Eran golpes seguidos, urgentes, con una voz al otro lado que no se molestaba en disimular la irritación.

—¡Abre, joder, me está entrando agua por el techo!

Marta abrió la puerta y se encontró con Hugo empapado de cintura para arriba, con el pelo pegado a la frente y una expresión que no necesitaba ninguna carpeta azul para transmitir lo que estaba sintiendo.

—Se ha roto una tubería —dijo ella, innecesariamente, porque el agua que seguía cayendo del techo de él probablemente ya se lo había explicado con más elocuencia que cualquier frase.

—Ya me he dado cuenta.

—He cerrado la llave de paso.

—Pues no ha sido a tiempo. Tengo el salón encharcado y una estantería con libros que se están convirtiendo en papilla mientras hablamos.

—Lo siento.

—No quiero que lo sientas. Quiero que hagas algo.

—¿Como qué? No soy fontanera.

—Ya lo sé. Yo tampoco, pero al menos sé cómo cortar el suministro general del edificio en lugar de una llave que evidentemente no funciona.

Bajaron juntos al sótano, ella con una toalla enrollada en los hombros porque el frío de la madrugada empezaba a colarse por debajo de la ropa mojada, él con una linterna del móvil y una sucesión de improperios entre dientes que Marta decidió no tomarse como algo personal, aunque en el fondo sabía que en parte sí lo eran.

Cortar el agua fue rápido. Lo lento fue todo lo demás: subir, evaluar los daños, descubrir que el techo del salón de Hugo tenía una mancha nueva con forma vagamente de continente desconocido, y que dos cajas de libros —«primeras ediciones», aclaró él, con un tono que dejaba claro que aquello dolía más que cualquier otra cosa del incidente— estaban empapadas sin remedio.

—Voy a llamar a un fontanero de urgencia —dijo Marta, aunque el corazón le dio un vuelco al pensarlo, porque un fontanero de urgencia a la una de la madrugada era, con toda seguridad, más dinero del que tenía en la cuenta.

—A estas horas te van a cobrar una fortuna.

—Ya lo sé.

Algo en su voz debió de delatarla, porque Hugo la miró un segundo de más antes de suspirar, ese tipo de suspiro que anuncia una decisión que a uno mismo le sorprende estar tomando.

—Tengo caja de herramientas. Y sé arreglar una tubería, si es lo que creo que es. Deja que le eche un vistazo antes de que llames a nadie.

—¿Sabes de fontanería?

—Mi padre tenía un taller. Aprendí de todo un poco antes de decidir que prefería perseguir gente con malas intenciones a arreglar calentadores.

Subieron al piso de Marta, donde el desastre parecía menos apocalíptico pero igual de húmedo.

Hugo se remangó la camiseta empapada —un gesto práctico, sin ninguna intención, que Marta observó de todas formas con una atención que le pareció, incluso a ella misma, ligeramente excesiva— y se metió debajo del lavabo con la linterna entre los dientes.

—Pásame la llave inglesa. La del mango rojo.

—No tengo caja de herramientas.

—¿En serio?

—He vivido de alquiler toda mi vida adulta. Nunca me ha hecho falta.

—Pues te hace falta ahora.

—Genial. Lo apunto en la lista de cosas que necesito y no puedo pagar. Va justo debajo de «abogado laboralista» y encima de «terapia».

Lo dijo en broma, con ese tono que usaba para todo lo que le dolía de verdad, pero Hugo, desde debajo del lavabo, no se rio.

—¿Va todo bien? —preguntó, sin sacar la cabeza, lo cual, de algún modo, hizo más fácil que Marta contestara con sinceridad.

—No especialmente. Llevo un año sin trabajo fijo. Vivo de un paro que se me acaba en tres meses y de los restos de unos ahorros que se suponía que eran para una entrada de piso que ya no va a existir nunca. Así que no, la fontanería no es mi prioridad número uno esta semana.

Hugo salió de debajo del lavabo con la llave inglesa en la mano y algo distinto en la cara, algo que ya no era la irritación del principio.

—¿Por eso lo del jarrón, la música, todo eso?

—Fue un mal día dentro de un mal año. Ya te lo dije.

—No me lo dijiste así.

—No suelo contarle mis fracasos laborales a la gente que me pone denuncias en juntas de vecinos.

Aquello sacó, por primera vez, algo parecido a una sonrisa en Hugo, pequeña, casi involuntaria.

—No fue una denuncia. Fue un acta.

—Perdona, señor procedimiento. Un acta.

—¿Y por qué policía? —preguntó Marta, más por llenar el silencio que por curiosidad real, aunque la respuesta terminó interesándole más de lo esperado.

—Mi padre quería que llevara el taller. Mi madre quería que fuera abogado. Yo quería algo que no fuera ni una cosa ni la otra, y me presenté a las oposiciones casi por rebeldía.

—Menuda manera de llevar la contraria.

—Funcionó. Once años después, sigo sin arrepentirme.

—¿Ni un poco?

—Hay días. Este, por ejemplo, en el que mi vecina me ha inundado el salón, iba camino de arrepentirme bastante, pero se me ha pasado al descubrir que sabe hacer chistes mientras yo tengo la cabeza metida debajo de un lavabo.

Volvió a meterse debajo del lavabo, y durante un rato solo se oyó el roce metálico de la herramienta y alguna palabrota contenida cuando algo no encajaba a la primera.

Marta se sentó en el borde de la bañera, envuelta todavía en la toalla, mirándolo trabajar con una concentración que le resultaba, en contra de toda lógica, bastante atractiva.

Los antebrazos de Hugo, tensos por el esfuerzo, tenían una cicatriz fina cerca de la muñeca que ella se preguntó de dónde vendría, aunque no tuvo el valor de preguntarlo en voz alta.

—Listo —dijo él, al fin, saliendo con las manos manchadas de grasa—. Era una junta suelta. Aguantará hasta que venga alguien de verdad a revisarlo como es debido, pero de momento no deberías tener más sustos.

—Gracias.

—De nada.

—En serio. No tenías por qué hacerlo.

—No, no tenía. Pero tampoco quería pasarme la noche esperando a un fontanero mientras mi salón se convierte en piscina.

—Qué manera más bonita de decir que te ha dado pena.

—No me ha dado pena.

—Claro que sí. Pero puedes quedarte con tu orgullo de poli duro, no se lo voy a contar a nadie.

—Vete a la mierda, Marta.

Lo dijo sin ninguna agresividad, casi con cariño, y a ella le sorprendió lo mucho que le gustó oír su nombre en su boca por primera vez, aunque fuera envuelto en un insulto suave.

Se quedaron un momento en silencio, ella todavía envuelta en la toalla, él secándose las manos con el trapo, y por primera vez desde que se conocían no hizo falta ninguna réplica ingeniosa para llenar el espacio entre los dos.

—Lo de tu salón —dijo ella, cambiando de tema porque no confiaba en su propia cara en ese momento—. Lo pago. No sé cómo, pero lo pago. Dame tiempo.

—No hace falta que...

—Sí hace falta. No quiero deberte nada.

Hugo se quedó pensando un momento, secándose las manos con un trapo que había sacado de algún sitio.

—Tengo un perro —dijo, al fin—. Un pastor belga retirado del cuerpo, se llama Freud, y con mis turnos no siempre puedo sacarlo tanto como debería. Si quieres, en vez de dinero que no tienes, me lo paseas un par de veces por semana durante un tiempo. Lo llamamos empate.

—¿Le has puesto Freud a un perro policía?

—Analiza a la gente mejor que cualquier psicólogo que haya conocido. Me pareció justo.

Marta se rio, una risa auténtica, la primera en varios días, y por un segundo el baño encharcado y el año entero de fracasos pareció un poco menos insoportable.

—Trato hecho —dijo—. Pero como el perro me juzgue, romper el trato.

—Freud juzga a todo el mundo. Es lo primero que tienes que saber de él.

Antes de irse, Hugo se quedó un momento en la puerta, con la caja de herramientas ya cerrada bajo el brazo.

—Una cosa más —dijo—. Lo de tu situación. No hace falta que se entere todo el edificio, si no quieres.

—¿Ni siquiera doña Pura?

—Especialmente doña Pura.

—Te lo agradezco.

—No es un favor. Es sentido común. Yo tampoco cuento por ahí ciertas cosas de mi vida.

—¿Como qué?

—Como que a los treinta y cuatro años sigo sin saber cocinar nada que no sea pasta y todavía tengo pesadillas con el examen de ascenso a subinspector.

Marta sonrió, un gesto pequeño y genuino que le costó, después, quitarse de la cabeza.

—Es un intercambio justo. Yo te doy mis fracasos, tú me das los tuyos.

—Trato hecho.

•

—Espera, para el carro —dijo Cova, al día siguiente, con la voz llena de una alarma que a Marta le pareció completamente desproporcionada—. ¿Que se te ha inundado el piso, se le ha inundado el suyo, y la solución ha sido que te ofrezcas a pasear a su perro?

—Fue él quien lo ofreció. Yo solo dije que sí.

—¿Y no se te ha ocurrido pensar que eso es, técnicamente, una excusa para veros dos veces por semana?

—Es un intercambio de servicios. Como Airbnb, pero con menos glamour y más pelo de perro.

—Marta.

—¿Qué?

—Llevas media conversación defendiendo a un hombre al que hace tres semanas llamabas cascarrabias reglamentista.

—Sigue siendo un cascarrabias reglamentista. Solo que también sabe arreglar tuberías y tiene un perro que se llama Freud.

—Eso no ayuda a tu caso.

—No hay ningún caso que defender. Es un vecino que me ha hecho un favor. Fin de la historia.

—Si tú lo dices.

—Lo digo.

Cova no insistió más, pero Marta notó, incluso a través del teléfono, la sonrisa que se guardaba para sí misma, esa que reservaba para cuando sabía que tenía razón y prefería esperar a que los hechos se la dieran sin necesidad de discutir.

•

Ya en su piso, con dos cajas de libros arruinados y una mancha nueva en el techo, Hugo se preguntó por qué había ofrecido lo del perro en lugar de simplemente aceptar el dinero, o directamente no aceptar nada y dejar que el asunto se cerrara con un «no pasa nada, ya está arreglado» que habría sido lo más sencillo.

La respuesta, que prefirió no examinar demasiado, tenía que ver con la cara que había puesto Marta al hablar del paro, del abogado laboralista, de la terapia que no podía permitirse.

Había reconocido algo en esa lista de necesidades pospuestas, algo que él mismo llevaba años posponiendo bajo la excusa de los turnos, y que no tenía ningunas ganas de nombrar en voz alta a la una y media de la madrugada, con la ropa todavía mojada y el salón oliendo a tubería vieja.

Freud levantó la cabeza desde su cama en el rincón, atento, como si supiera que se hablaba de él.

—No me mires así —le dijo Hugo—. Solo es un préstamo de tiempo. No significa nada.

El perro bostezó, profundamente poco convencido, y volvió a apoyar la cabeza entre las patas.