Capítulo 2
La junta de vecinos se celebraba el primer martes de cada mes en el trastero reconvertido en «sala comunitaria» que había en el bajo, un espacio con seis sillas plegables, una mesa coja y un cartel amarillento que prohibía fumar desde una fecha en la que fumar dentro de un edificio todavía era negociable.
Presidía doña Pura, ochenta y dos años, viuda, con una memoria prodigiosa para las deudas de comunidad ajenas y una habilidad especial para convertir cualquier punto del orden del día en una disección moral del vecindario.
Marta llegó cuando ya se discutía el punto dos —la eterna guerra del contenedor amarillo, en el que alguien seguía tirando cartón sin desmontar, un crimen que doña Pura consideraba comparable a un delito fiscal—, y se sentó junto a Ramón, el vecino del segundo, taxista nocturno que había desarrollado, con los años, la habilidad de dormir con los ojos entreabiertos durante las reuniones más largas.
—¿Me he perdido algo? —susurró.
—Doña Pura acusa a alguien de tirar una caja de pizza sin desmontar. El culpable, según sus cálculos, vive en un piso par.
—Eso reduce la lista a la mitad del edificio.
—Por eso lleva ya veinte minutos con el tema.
En el otro extremo de la mesa coja, Hugo escribía algo en su libreta con una concentración que a Marta le pareció exagerada para un asunto de cartón mal doblado.
—Punto tres —anunció doña Pura, ajustándose las gafas—. Antes de las incidencias de convivencia con nombre y apellido, tenemos que hablar del perro del quinto.
Una vecina joven, con el bebé dormido en un portabebés que llevaba pegado al pecho como una segunda piel, se removió incómoda en su silla.
—Es un cachorro. Está aprendiendo.
—Lleva aprendiendo tres meses y sigue ladrando a las siete de la mañana —dijo doña Pura—. Yo no digo nada, que conste, solo lo dejo constar.
—Eso es literalmente denunciarlo —murmuró Marta a Ramón, que asintió sin abrir del todo los ojos.
La discusión sobre el cachorro se alargó lo suficiente como para que Marta empezara a entender el funcionamiento profundo de aquellas reuniones: no importaba tanto el asunto en sí como la oportunidad de airearlo delante de testigos.
Cuando por fin se cerró el punto, con la promesa poco convincente de la vecina joven de «trabajar en ello», doña Pura pasó al siguiente asunto sin perder el ritmo.
Marta, que había llegado tarde a propósito para minimizar el tiempo de exposición pública, notó cómo Hugo, sentado dos sillas más allá con una carpeta azul perfectamente ordenada sobre las rodillas, se erguía un poco más.
—Como secretario de la comunidad —dijo él—, tengo que dejar constancia de una incidencia de ruido nocturno reiterado en el tercero B.
Todas las cabezas giraron hacia Marta con esa lentitud colectiva propia de los vecindarios pequeños, donde cualquier escándalo, por menor que sea, equivale a entretenimiento gratuito.
—¿Reiterado? —repitió Marta—. Fue una vez.
—Ha sido tres veces en dos semanas, según mi registro.
—¿Tienes un registro?
—Tengo una libreta.
—Claro que la tienes.
Doña Pura carraspeó, encantada con el giro que estaba tomando la reunión.
—El descanso es sagrado, criatura. A mi edad, cualquier ruido después de las diez me hace pensar que me están entrando a robar.
—No la estaban robando, doña Pura —intervino Hugo, con una paciencia que sonaba entrenada—. Era música.
—Peor. La música sin permiso es un allanamiento acústico.
Un vecino del segundo, cuyo nombre Marta nunca lograba recordar, soltó una risa que intentó disimular como tos. Marta decidió que le caía bien.
—Miren —dijo, intentando sonar razonable—, tuve un mal día. Bajé el volumen en cuanto me lo pidieron. No creo que haga falta convertirlo en un punto del orden del día con acta y todo.
—El acta protege a todos —dijo Hugo, sin levantar la vista de su carpeta—. Incluida a ti, si algún día alguien te acusa de algo que no hiciste.
—Qué considerado.
—Es mi trabajo ser considerado con los procedimientos.
—Tu trabajo es ser policía. Esto es un trastero con sillas plegables.
—Los procedimientos no entienden de trasteros.
Marta se inclinó un poco hacia delante, decidida a no dejar que aquel hombre se llevara la última palabra en algo que, técnicamente, era su salón y su música y su vida.
—Ya que estamos documentando incidencias —dijo, con un tono demasiado dulce para ser sincero—, ¿alguien más ha notado que el coche del secretario lleva aparcado en la plaza de visitas desde hace nueve días? Porque yo sí. También llevo una libreta. Es mental, pero existe.
El silencio que siguió fue, para Marta, profundamente satisfactorio. Hugo levantó por fin la vista de la carpeta.
—Se me averió el coche.
—Nueve días.
—El taller tenía lista de espera.
—Nueve días de allanamiento vehicular, diría yo. Habría que dejarlo en acta.
Doña Pura, que disfrutaba de cualquier conflicto como quien disfruta de una buena serie, dio un golpecito en la mesa con los nudillos.
—Bueno, bueno. Ya que los dos parecen tener tanta energía para las normas, he decidido algo.
Marta y Hugo la miraron a la vez, con la misma expresión de sospecha.
—Este año, la fiesta de la comunidad la organizan ustedes dos.
—¿Qué? —dijeron los dos, al unísono, lo cual empeoró notablemente la propuesta a ojos de ambos.
—Cada año se pelean los mismos cuatro vecinos por quién organiza la barbacoa de septiembre y cada año acaba siendo un desastre. Ustedes dos, evidentemente, tienen tiempo y ganas de discutir sobre normas de convivencia. Aprovechémoslo.
—Yo tengo turnos —empezó Hugo.
—Yo tengo una entrevista de trabajo el jueves y una vida —añadió Marta.
—Perfecto —dijo doña Pura, dando el asunto por zanjado con la autoridad de quien lleva presidiendo la comunidad desde que existía la peseta—. Se ven bien organizados los dos. Seguro que llegan a un acuerdo.
La reunión continuó con otros puntos —una gotera en el garaje, el contenedor de reciclaje que alguien seguía usando mal, la posibilidad remota de instalar un ascensor nuevo algún día en un futuro que nadie creía real— pero Marta ya no escuchaba.
Estaba demasiado ocupada calculando cuántas semanas de su vida acababa de perder por culpa de un jarrón roto y un hombre con carpeta azul.
Al terminar, mientras los vecinos se levantaban entre el ruido de sillas plegables, Marta vio cómo la vecina joven del cachorro se acercaba a Hugo, visiblemente incómoda todavía por la reprimenda de doña Pura.
—Perdona lo del perro —le dijo la chica—. Sé que las quejas también te llegan a ti como secretario.
—No hace falta que te disculpes conmigo. El cachorro tiene tres meses, no una orden judicial en contra.
—¿En serio?
—En serio. Si quieres, te paso el contacto de un adiestrador que usamos a veces en la unidad canina. No es caro y funciona.
La chica se lo agradeció con un alivio genuino, y Marta se quedó observando la escena con una sensación extraña, la de estar viendo una versión de Hugo que no encajaba del todo con el hombre de la carpeta azul y el acta de incidencias, o que quizá encajaba perfectamente y ella todavía no había aprendido a leerlo bien.
•
Al salir, Hugo la alcanzó en el portal, algo que ella no esperaba y que la hizo detenerse con la mano ya en el picaporte de la puerta de la calle.
—Oye —dijo él, con la carpeta ahora bajo el brazo—. Lo de la fiesta. Podemos intentar dividirnos las tareas para que no tengamos que vernos más de lo estrictamente necesario.
—Es la propuesta más romántica que me han hecho en meses.
—No pretendía que fuera romántica.
—Ya, eso ha quedado clarísimo.
Él respiró, como quien decide, de manera consciente, no responder al cebo.
—Yo me encargo de los permisos y del tema de seguridad. Tú, si quieres, del catering y la decoración.
—Qué previsible. La chica organiza flores y el poli organiza el orden público.
—No es previsible, es lógico. Yo tengo contactos para los permisos. Tú, según he oído, trabajabas en marketing. Se te dará mejor lo otro.
Aquello la sorprendió lo suficiente como para bajar, por un momento, la guardia.
—¿Has preguntado por mí?
—Doña Pura habla mucho. Yo simplemente estoy presente cuando lo hace.
—Ya.
Se quedaron un momento en el portal, sin saber muy bien cómo cerrar la conversación, hasta que él rompió el silencio con algo que no sonaba del todo a él.
—Siento lo del acta. Podría habértelo dicho en privado, sin montar numerito delante de todo el edificio.
—Pero no lo hiciste.
—No.
—¿Por qué?
Hugo se quedó pensándolo un segundo de más, como si la respuesta sincera le costara más esfuerzo del que estaba dispuesto a admitir en un portal a las nueve de la noche.
—Porque si empiezo a hacer excepciones, dejo de saber dónde está el límite. Y prefiero no tener que averiguarlo.
—¿Y qué límite es ese exactamente? —preguntó ella, sin poder contenerse—. Porque desde fuera, lo que parece es que prefieres las normas a tener que decidir nada por ti mismo.
—O prefiero no equivocarme en cosas que importan.
—Todo el mundo se equivoca. Es gratis y viene de serie con estar vivo.
—Ya lo sé.
—Pues no lo parece.
Hugo se metió las manos en los bolsillos, un gesto que a Marta le pareció, por primera vez, deliberadamente defensivo.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo él, cambiando de tono—. ¿Por qué te afecta tanto que me equivoque yo? Ni siquiera me conoces.
—No me afecta. Me da curiosidad. Es distinto.
—Ya, claro.
—Además —añadió ella, buscando terreno más seguro—, alguien tiene que hacerte notar cuando te pasas de rígido. Doña Pura no va a hacerlo, está demasiado ocupada casándonos con la mirada.
Aquello le arrancó a Hugo algo parecido a una risa, corta, casi contenida a tiempo.
—Eso sí lo he notado.
—Es bastante evidente. Nos ha puesto a organizar una fiesta juntos por un jarrón roto. No hace falta ser policía para atar cabos.
Marta no supo qué contestar a eso, así que hizo lo único razonable: se despidió con un gesto seco y salió a la calle, dejando la frase de Hugo dándole vueltas en la cabeza mucho más rato del que estaba dispuesta a reconocer.
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—¿Sara? —repitió doña Pura, dos días después, encantada de que alguien por fin le preguntara directamente en lugar de conformarse con las insinuaciones—.
Una chica muy guapa, muy arreglada siempre.
Estuvieron a punto de casarse, ¿sabes? Se fue de un día para otro, con las maletas hechas y todo, mientras él estaba de guardia.
—Qué fuerte.
—Yo creo que ella necesitaba a alguien más presente, y él, pobre, con esos horarios... En fin, criatura, no todos servimos para todo. Desde entonces no le he visto traer a nadie a casa. Hasta ahora, que te tiene a ti subiendo y bajando con el perro.
—Yo no subo y bajo con nadie, doña Pura, paseo a un perro.
—Ya, ya. Lo que tú digas.
Doña Pura le sirvió más té con la sonrisa satisfecha de quien sabe que ha sembrado una semilla y solo le queda esperar, y Marta se marchó de allí con la sensación incómoda de llevar encima información que no había pedido pero que, para su propia sorpresa, no dejaba de darle vueltas en la cabeza durante el resto del día.
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Sara se había ido hacía dos años con una frase que Hugo todavía podía repetir palabra por palabra, como si la llevara grabada en algún sitio del cuerpo que no había cicatrizado del todo: «Estás más casado con el turno que conmigo, y por lo menos el turno nunca te pide que cambies.»
No se había equivocado del todo. Hugo había elegido el trabajo tantas veces, en tantas cenas canceladas y aniversarios cambiados de fecha, que en algún momento dejó de ser una elección y se convirtió en una identidad.
Las normas del cuerpo, al menos, eran previsibles.
Sara no lo había sido, y su marcha, aunque dolorosa, había confirmado algo que Hugo sospechaba desde hacía tiempo: era más fácil que la gente se fuera cuando dejabas de intentar retenerla con nada que no fuera procedimiento.
Por eso la carpeta azul. Por eso el acta. Por eso la ordenanza citada de memoria como quien recita un salmo. No era rigidez porque sí. Era la única forma que había encontrado de que el mundo, al menos dentro de las paredes de su portal, se mantuviera en su sitio.
Lo que no tenía ninguna explicación razonable era por qué, al subir las escaleras hacia su piso, se sorprendió pensando en la risa que había soltado el vecino del segundo cuando Marta lo dejó en ridículo con lo del coche.
O en la cara de ella al decir «es la propuesta más romántica que me han hecho en meses», con ese tono que no sabía si era burla, defensa o las dos cosas a la vez.
Decidió que estaba cansado. Era la explicación más simple y, por tanto, la que eligió creerse.
Apagó la luz del salón y se quedó un momento a oscuras, escuchando el silencio del edificio, preguntándose si en el piso de arriba Marta estaría también despierta, dándole vueltas a la misma conversación, aunque prefirió no seguir tirando de ese hilo.
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—¿Y dices que te dejó en ridículo delante de toda la comunidad? —Nando se reía tan fuerte que dos agentes más jóvenes se giraron a mirar desde la máquina de café de la comisaría.
—No me dejó en ridículo. Señaló un hecho objetivo sobre mi coche.
—Delante de una viuda de ochenta años y un taxista.
—Delante de siete vecinos, para ser exactos.
—Hugo, llevas doce años en el cuerpo. Te he visto desactivar una pelea de bar de quince personas sin levantar la voz. ¿Y una vecina con un jarrón roto te tiene escribiendo actas como si fueras el secretario del Congreso?
—Es una cuestión de procedimiento.
—Es una cuestión de que te gusta.
—No me gusta.
—Te pones así de digno cuando te gusta algo y no quieres admitirlo. Te pusiste igual con el ascenso a subinspector, antes de aceptarlo.
Hugo no contestó, lo cual, en el código particular que ambos habían desarrollado en años de compartir coche patrulla, era casi una confirmación.
—Organiza la fiesta de la comunidad con ella —dijo Nando, ya sin reírse—. Y luego me cuentas si sigues pensando que solo es una cuestión de procedimiento.