Vecinos, enemigos y algo más Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—¿Y le dijiste que era policía como si fuera el as en la manga? —La voz de Cova sonaba distorsionada por el altavoz del móvil, con el ruido de fondo de su bar de siempre.

—No, me lo dijo él, todo digno, como si fuera Batman revelando su identidad secreta.

—Qué dramático.

—Lo es. Un metro noventa de dramatismo con cara de anuncio de colonia cara.

—Marta.

—¿Qué?

—Llevas describiéndolo dos minutos y todavía no me has dicho que es horrible.

Marta se quedó callada un segundo, sentada en el suelo del salón, rodeada de los trozos del jarrón que todavía no había recogido.

—Es horrible —dijo, sin mucha convicción—. Es un cascarrabias reglamentista con un palo tan metido en el culo que probablemente le sirva de columna vertebral.

—Ajá.

—Cova.

—¿Qué?

—Tengo la entrevista de Marbex el jueves. Es la única que me han dado en tres semanas. No puedo permitirme que se me note en la cara que llevo un año sin curro, ni que se me note nada, básicamente, así que necesito que dejemos de hablar de mi vecino y hablemos de qué me pongo.

—Ya has cambiado de tema tres veces en dos días para no hablar de la entrevista. ¿Sabes lo que significa eso?

—Que soy una mujer ocupada con muchas prioridades.

—Que te da miedo.

—Obviamente me da miedo, Cova, es la única entrevista que he conseguido desde que Álvaro decidió que la empresa que fundamos juntos funcionaba mejor sin mí en la ecuación.

Se hizo un silencio breve, de esos que Cova sabía dejar cuando el sarcasmo dejaba de ser suficiente escudo.

—Te vas a poner la camisa azul —dijo finalmente Cova—. La que te hace parecer una persona que tiene su vida resuelta aunque esté mintiendo.

—Es un buen plan.

—Es el único plan. Y Marta.

—¿Qué?

—Baja la música antes de las diez. Aunque solo sea para que el poli buenorro no vuelva a subir.

—No es buenorro.

—No he dicho que lo sea. Lo has pensado tú solita.

Marta colgó sin darle el gusto de una respuesta, aunque se quedó mirando el móvil un rato más de lo necesario antes de empezar a recoger los trozos del jarrón.

•

El día de la entrevista, Cova se presentó en su piso a las ocho de la mañana con dos cafés y una bolsa de ropa, decidida a supervisar personalmente lo que llamaba «la puesta en escena».

—La azul no. La azul huele a que llevas un año sin comprarte ropa.

—Es que llevo un año sin comprarme ropa.

—Por eso mismo. Ponte esta.

Le lanzó una blusa color crudo que Marta no recordaba tener, probablemente porque no era suya, sino de Cova, que llevaba prestándole prendas «de emergencia» desde la universidad con la generosidad despreocupada de quien nunca ha tenido que preocuparse demasiado por el dinero.

—¿Y si me preguntan por qué dejé Marbex... digo, por qué dejé la anterior empresa?

—Dices lo que ensayamos. «Decidimos, de mutuo acuerdo, seguir caminos separados para dar espacio a nuevas etapas de crecimiento.»

—Suena a nota de prensa.

—Suena a que tienes el control de la narrativa. Que es justo lo que necesitas que crean.

Marta se miró al espejo del recibidor, con la blusa prestada y una capa de máscara de pestañas que llevaba sin usar desde la última entrevista fallida, y por un momento le pareció ver a alguien que sí tenía su vida resuelta, aunque solo fuera durante los cuarenta minutos que iba a durar la farsa.

—Vas a estar bien —dijo Cova, ya en la puerta, con una seriedad poco habitual en ella—. Y si no sale bien esta, saldrá la siguiente. Cuarenta y siete no es un número final, es solo el número de hoy.

—Qué frase más digna de galleta de la suerte.

—Me la he currado toda la noche, así que un poco de respeto.

•

Su madre llamaba todos los domingos a las diez de la mañana, con la puntualidad de quien lleva cuarenta años levantándose a la misma hora para ir a misa aunque ya no vaya. Ese domingo no fue diferente, salvo por el tema de conversación, que sí lo fue.

—¿Y qué tal la búsqueda, hija?

—Bien, mamá. Tengo una entrevista el jueves.

—¿En marketing otra vez?

—En marketing otra vez.

—Porque tu prima Elena me contó que en su empresa buscan gente para atención al cliente. Con lo espabilada que eres tú, seguro que...

—Mamá, tengo un máster.

—Ya lo sé, hija, pero un máster no da de comer.

Marta cerró los ojos y contó hasta tres, una técnica que había perfeccionado a lo largo de los años para sobrevivir a las llamadas dominicales sin decir algo de lo que luego tuviera que disculparse en Navidad.

—Estoy bien, mamá. De verdad. Tengo ahorros.

Era mentira, o casi. Tenía ahorros en el sentido en que tenía una cifra en una cuenta que disminuía cada mes con la regularidad de una marea, pero no le pareció el momento de entrar en detalles con una mujer que consideraba que hablar de dinero por teléfono traía mala suerte.

—Lo de Álvaro fue una pena —dijo su madre, con ese tono que mezclaba lástima genuina con una curiosidad que no disimulaba del todo—. Erais un buen equipo.

—Éramos socios, mamá. No una pareja de baile.

—Ya sabes lo que quiero decir.

Lo sabía. Lo que su madre quería decir era que Álvaro se había quedado con la empresa que habían fundado juntos, con los clientes que Marta había conseguido a base de currárselo durante tres años, y con la narrativa de que la salida de Marta había sido «de mutuo acuerdo», una frase que sonaba mucho más digna en un comunicado de prensa que en la realidad, que consistía en una reunión de cuarenta minutos en la que le explicaron que la empresa «necesitaba una nueva dirección estratégica» y que agradecían «enormemente» su contribución.

—Estoy bien —repitió, más para sí misma que para su madre—. De verdad.

—Bueno, hija. Y come algo de verdura, que te noto la voz cansada.

—Como verdura, mamá.

—Y sal un poco. No puede ser bueno estar todo el día encerrada con el ordenador y los currículums.

—Salgo, mamá. Anteayer bailé en el salón hasta que rompí un jarrón.

—¿Cómo que rompiste un jarrón? ¿El de la abuela?

—Ese mismo.

—Ay, Marta, con lo que costaba encontrar cerámica así ahora.

—Lo sé, mamá. Lo sé.

Colgó diez minutos después, con la sensación familiar de haber sobrevivido a algo sin haber ganado nada, y se quedó mirando el techo del salón durante un buen rato, hasta que oyó, muy débil, unos pasos en el piso de abajo que reconoció sin necesidad de pensarlo.

•

Se cruzaron dos días después en la escalera, ella bajando con la bolsa de basura, él subiendo con una bolsa del supermercado de la que asomaba, de forma casi cómica, un paquete de café y nada más, como si aquel hombre se alimentara exclusivamente de cafeína y sentido del deber.

—Vecina.

—Agente.

—¿Ya no soy Robocop?

—Depende del día.

—¿Hoy qué toca?

Marta lo miró un segundo, sopesando la respuesta, antes de decidirse por la sinceridad, algo que empezaba a hacer con él con más facilidad de la que le hacía sentir cómoda.

—Hoy toca vecino normal. Disfrútalo, no creo que dure.

—Qué generosa.

—Lo soy, cuando me da la gana.

Siguieron cada uno su camino, y Marta tardó en darse cuenta de que había bajado media escalera sonriendo sin ningún motivo evidente, lo cual, decidió, era mucho más preocupante que cualquier discusión sobre horarios de descanso.

Tiró la basura, subió de nuevo, y al pasar por delante de la puerta de él —cerrada, silenciosa, con un felpudo que decía «bienvenido» en un tono que no encajaba nada con el carácter de su dueño— se preguntó, no por primera vez esa semana, qué aspecto tendría el salón de un hombre capaz de recitar ordenanzas municipales de memoria.

Decidió que probablemente sería aburridísimo, ordenado hasta la exasperación, y que no tenía ningún interés en comprobarlo.

Se mintió a sí misma con bastante convicción.