Vecinos, enemigos y algo más Capítulo 1
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Vecinos, enemigos y algo más

Vecinos, enemigos y algo más

Por Megan Galan

© inepub.com

Capítulo 1

El edificio de la calle Alcántara tenía ciento veinte años, seis plantas, un ascensor que crujía como si protestara cada vez que alguien osaba usarlo, y una comunidad de vecinos que se conocía entre sí con la intimidad forzosa de quienes comparten portal desde hace generaciones.

Marta llevaba allí catorce meses, los suficientes para saber el nombre de la mitad de sus vecinos y los suficientes también para que la otra mitad supiera de ella mucho más de lo que a Marta le habría gustado.

El correo llegaba siempre a las seis y media de la tarde, como si el algoritmo de recursos humanos supiera exactamente cuándo hacía más daño.

«Lamentamos informarle de que, tras un exhaustivo proceso de selección, hemos decidido continuar con otros perfiles más ajustados a las necesidades actuales del puesto.»

Cuarenta y siete. Marta llevaba la cuenta en una libreta con espiral que ya no tenía tapa, y ese correo era el cuarenta y siete.

En algún momento había dejado de doler como un golpe y había empezado a doler como una gotera: constante, previsible, imposible de arreglar sin gastar dinero que no tenía.

Cerró el portátil de golpe. El gesto no sirvió de nada porque el rechazo seguía existiendo, solo que ahora en la oscuridad de una pantalla apagada, pero necesitaba hacer algo con las manos que no fuera escribir otra carta de presentación fingiendo un entusiasmo que llevaba meses sin sentir.

—Vale —dijo en voz alta, a nadie, porque vivir sola tenía esas cosas: hablabas contigo misma y nadie te llamaba loca, aunque probablemente lo fueras un poco—. Vale. Plan B.

El plan B, como casi siempre, consistía en subir el volumen de la música hasta un nivel que cualquier persona sensata habría calificado de insensato, y bailar sin ningún propósito estético hasta que el cuerpo dejara de sentir vergüenza propia. Funcionaba. No arreglaba nada, pero funcionaba.

Antes de la música, sin embargo, hubo un intento más digno de sobrellevar la noticia: se sirvió una copa de vino que no le apetecía, se sentó con las piernas cruzadas en el sofá y trató de escribir, con la calma que exigían los manuales de búsqueda de empleo, un mensaje de agradecimiento a la persona de recursos humanos que la había rechazado.

Lo borró tres veces. La cuarta versión sonaba tan falsa que hasta ella misma se rio al releerla en voz alta, y decidió que ya había cumplido con la parte razonable del duelo laboral del día.

Le dio al play. Un tema de los noventa que su madre odiaba empezó a sonar por el altavoz bluetooth que había sobrevivido, milagrosamente, a la mudanza y a dos desahucios sentimentales.

Movió los brazos, la cabeza, después las caderas, con esa falta total de técnica que solo se permite una cuando está convencida de que nadie mira.

El jarrón de cerámica que había heredado de su abuela —feo, pesado, indestructible según la leyenda familiar— resultó no ser tan indestructible. Cayó de la estantería con un golpe seco que sonó, en el silencio del edificio, como el fin del mundo.

—Mierda.

Se agachó a recoger los trozos, todavía con la música puesta, y por eso tardó unos segundos en oír los golpes en la puerta. Tres golpes, espaciados, sin urgencia pero sin paciencia tampoco. El tipo de golpe que sabe que va a ser atendido.

Bajó el volumen con el móvil y abrió la puerta con un trozo de cerámica todavía en la mano, como si fuera un arma improvisada contra lo que fuera que la esperase al otro lado.

Lo que la esperaba era un hombre. Alto, con el pelo corto y una expresión que parecía calculada para no dar ninguna información sobre lo que estaba pensando.

Llevaba una camiseta gris de manga corta y unos vaqueros, ropa de estar por casa, pero se mantenía de pie con la espalda tan recta que resultaba raro, casi antinatural, en alguien vestido así a esas horas.

—Son las once y media de la noche —dijo él, sin saludar.

—Es un dato objetivamente correcto —contestó Marta.

—He salido de currar a las siete de la mañana. Entro otra vez a las cinco.

—Eso explica la cara.

Algo se movió en la mandíbula del hombre, un músculo que se tensó y se soltó, como si estuviera decidiendo si merecía la pena. Decidió que sí.

—Vivo justo debajo. Y llevo veinte minutos oyendo cómo mueves muebles con la música a un volumen que, te lo digo con cariño, roza lo delictivo.

—¿Con cariño? No lo he notado.

—Es la única versión de cariño que me queda a estas horas.

Marta se cruzó de brazos, todavía con el trozo de jarrón en la mano, lo que restaba cierta autoridad a la postura.

—Vale. Perdón por el volumen. Ha sido un mal día.

—Los vecinos de abajo no tenemos por qué enterarnos de tus malos días.

Aquello encendió algo que llevaba toda la tarde acumulándose, cuarenta y siete correos de rechazo comprimidos en la garganta.

—Perdona, ¿tienes algún manual de convivencia que quieras pasarme? Porque por lo visto tienes muy claro lo que me toca sentir y a qué volumen.

—Lo que tengo claro es el horario de descanso que marca la ordenanza municipal, que va de las diez de la noche a las ocho de la mañana. Y llevas superándolo, por lo menos, tres noches esta semana.

—¿Lo llevas apuntado?

—Soy policía. Apuntar cosas es básicamente mi trabajo.

Aquello la frenó en seco, un segundo, no más. Bastó para que él notara la pausa y para que decidiera no regodearse en ella, lo cual, pensó Marta después, fue casi un acto de generosidad.

—Vale, agente —dijo, cargando la palabra con toda la ironía que le cupo—. Tomo nota. A partir de las diez, silencio de convento.

—No hace falta que lo digas así.

—¿Cómo quieres que lo diga?

—Como una persona normal diría que va a bajar el volumen. Sin el numerito.

—El numerito me sale gratis y a estas alturas del día es lo único que me sale gratis, así que perdona si no pienso reprimirlo por ti.

Él la miró entonces con algo parecido a la curiosidad, algo que se apagó casi tan rápido como había aparecido.

—Buenas noches —dijo, y se dio la vuelta antes de que a Marta le diera tiempo a decidir si aquello era una tregua o una retirada táctica.

Cerró la puerta y se quedó mirando el trozo de jarrón que todavía tenía en la mano, como si esperara que le explicara qué acababa de pasar.

—Robocop —murmuró, y le pareció que el mote le sentaba bien.

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Se sentó en el suelo, entre los trozos del jarrón, y sin proponérselo se le vino a la cabeza la última reunión con Álvaro, ocho meses atrás, en una sala de juntas que ella misma había ayudado a decorar cuando la empresa todavía cabía en un piso compartido y no en una oficina con vistas.

—Necesitamos que la marca hable con una sola voz —había dicho él, con ese tono de charla TED que había ido puliendo a medida que crecían las rondas de inversión—, y creo que esa voz, a partir de ahora, tiene que ser la mía.

—Fui yo quien escribió el manual de marca, Álvaro.

—Lo sé, y te lo voy a agradecer siempre. Pero los inversores quieren ver una cara al frente, y estadísticamente...

—No me sueltes una estadística. Suéltame la verdad.

La verdad, que tardó semanas en articular con esa claridad, era que la habían apartado con la misma eficacia con la que se elimina una línea de código que ya no encaja en el proyecto: sin dramatismo, sin gritos, con un finiquito calculado al céntimo y un comunicado interno que hablaba de «reestructuración natural del equipo fundador».

Lo peor no había sido perder la empresa.

Había sido descubrir, después, lo fácil que le había resultado a Álvaro convertirla en una anécdota, un capítulo cerrado de su propia historia de éxito, mientras que a ella le costaba un año entero levantarse cada mañana sin sentir que llevaba un cartel invisible con la palabra fracaso.

Por eso no llamaba a nadie cuando algo se rompía.

Por eso prefería el volumen de la música al de sus propios pensamientos.

Y por eso, se dijo, mirando la puerta por la que acababa de salir un desconocido con carpeta mental de ordenanzas municipales, no pensaba dejar que un vecino con complejo de autoridad le hiciera sentir todavía peor de lo que ya se sentía.

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Hugo bajó las escaleras —nunca cogía el ascensor si podía evitarlo, una manía que ni él mismo sabía explicar del todo bien— pensando que la vecina del tercero B tenía la habilidad particular de hacerle sentir que había perdido una discusión que, técnicamente, había ganado.

Tenía razón. La ordenanza existía, los horarios existían, y él llevaba una guardia de doce horas encima que le pesaba en los hombros como si fuera de plomo.

Y aun así había algo en la forma en que ella se había plantado en la puerta, con un trozo de cerámica en la mano y la barbilla alta, que se le había quedado enganchado en algún sitio incómodo.

Entró en su piso, silencioso, ordenado, con cada cosa exactamente donde la había dejado esa mañana porque así era como él necesitaba que fueran las cosas después de un turno de doce horas viendo cómo el mundo decidía, una y otra vez, no seguir ningún tipo de orden.

Se sirvió un vaso de agua y se sentó en el sofá sin encender la televisión.

Por la ventana entraba todavía, muy débil, el eco de la música que había estado sonando hacía un rato.

Pensó en la cara de ella al abrir la puerta, la mezcla exacta de cansancio y desafío, y decidió que no tenía ningún interés en analizar por qué se acordaba de esos detalles con tanta precisión.

Nando le había dicho una vez que Hugo tenía «una alergia severa al caos».

No era mentira. El caos, en su experiencia, siempre terminaba costando algo: un compañero herido, una investigación mal cerrada, un padre que no volvía a casa.

Prefería, con mucho, las normas. Las normas no te decepcionaban.

Las normas, si las seguías, funcionaban.

Puso la alarma para las cuatro y cuarto y se tumbó, sin poder evitar pensar, unos segundos más de los que le hubiera gustado admitir, en el nombre que no le había preguntado a la vecina del tercero B.

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