Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) Epílogo
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Epílogo

Bruno 2 meses después

El aroma a vainilla y canela flota en la cocina del apartamento de Nikita como si siempre hubiera estado aquí.

Como si esta cocina, con sus encimeras de mármol blanco y sus electrodomésticos de diseño que nadie usa, hubiera estado esperando el momento de llenarse de harina, de azúcar moreno, de mantequilla derretida y de mis manos manchadas de masa.

Mis dedos amasan la mezcla con la misma seguridad con la que hace dos meses apenas podía sostener un vaso de agua sin que temblara.

La abuela Harmony me mandó la receta por correo electrónico la semana pasada, con una nota que decía: «Ya es hora de que aprendas a hacerlas tú, Brunito. Y no olvides la canela. Mucha canela.»

Sonrío mientras espolvoreo el polvo marrón sobre la masa. «Mucha canela», susurro, imitando su voz. Las galletas de avena de la

abuela Harmony. Las de la abuela Daphne. Las de todas las mujeres de mi familia que antes de mí horneaban para celebrar, para consolar, para decir «estoy aquí» sin necesidad de palabras.

Ahora soy yo quien hornea.

La cocina es silenciosa salvo por el zumbido del horno que se calienta y el crujido de mis manos contra la madera de la tabla.

El apartamento de Nikita en el Upper East Side sigue siendo demasiado grande para una sola persona, demasiado elegante para ser un hogar de verdad, pero algo ha cambiado desde aquella Nochebuena en Central Park.

Ahora hay fotos en la nevera —las que mi madre me obligó a imprimir, las de la granja, las de aquella noche bajo el árbol de Navidad —.

Hay una manta de lana en el sofá, la que Zoa tejió para Lena y que Lena, a su vez, dejó aquí porque «este sitio necesita un poco de calidez».

Hay una taza de cerámica con un gato negro junto al fregadero, casi idéntica a la del reloj de la abuela Harmony.

Y hay yo. A menudo.

—¿Qué hora es? —una voz ronca llega desde el pasillo, y el ruido de unos pies descalzos sobre el parqué precede a la figura de Nikita, que aparece en el marco de la puerta de la cocina.

Lleva los calzoncillos grises, el pelo rubio revuelto, los ojos aún medio cerrados por el sueño y una expresión que intenta ser de enfado pero se convierte en ternura al verme.

Se estira como un gato perezoso tensando cada músculo de su cuerpo que me derrite, los brazos por encima de la cabeza, y la luz de la mañana de febrero entra por los ventanales de la cocina y dibuja su silueta.

—Huelo a vainilla —dice, y su voz sigue siendo un susurro—. Y a ti.

—Hueles a sueño —respondo, sin dejar de amasar—. Son las nueve.

—¿Las nueve? —se acerca y mira por encima de mi hombro la masa de galletas. Su aliento cálido roza mi cuello—. ¿Desde cuándo estás despierto?

—Desde las siete.

—¿Y no me has despertado?

—Necesitabas dormir. Anoche no pudiste cerrar los ojos.

Es verdad. Lo vi. Me quedé despierto un rato más, escuchando su respiración en la oscuridad, sintiendo cómo se movía inquieto entre las sábanas.

Los exámenes finales. Los resultados. Hoy.

Nikita no lo ha dicho, pero sé que lleva días sin dormir bien.

Como aquella primera vez en la terraza de su fiesta, cuando me confesó que el silencio de su apartamento era demasiado grande.

Pero ahora ya no está solo.

—Las galletas —dice, cambiando de tema, y mete un dedo en la masa—. Tienen buena pinta.

—Si no me las manchas.

—Demasiado tarde.

Se chupa el dedo con una sonrisa que parece la de un niño atrapado en el acto. Y entonces se acerca, me rodea con los brazos desde atrás, y apoya la barbilla en mi hombro. Huele a sueño, a la colonia que lleva siempre, y a algo más. A hogar. A nosotros.

—Huele a hogar —dice, como si hubiera leído mi pensamiento. —Es la vainilla.

—No. Eres tú.

Me giro en sus brazos y lo beso. Un beso suave, con sabor a harina y a canela, a esa promesa de todos los días que hemos construido juntos desde aquella Nochebuena.

Sus labios son cálidos, sus manos se enredan en mi espalda, y durante un segundo el mundo se reduce a esto: a su cuerpo contra el mío, al olor de las galletas en el horno, a la certeza de que estamos vivos.

—Las galletas —murmuro contra sus labios.

—Que se quemen —responde, y me besa otra vez.

Pero el timbre del apartamento corta el momento. El sonido se cuela por la cocina, insistente, y Nikita suspira.

—Zoa —dice, sin necesidad de preguntar—. Siempre tan puntual.

—Y Lena. Y mis padres.

—¿Puedo ponerme algo de ropa antes de que llegue más gente?

—Eso sería lo correcto.

Me guiña un ojo y desaparece hacia el dormitorio. Yo abro la puerta.

Zoa está en el umbral con una bolsa de papel en la mano. Lleva un jersey color crema y el pelo suelto sobre los hombros. Detrás de ella, Lena sostiene una caja de donuts de la tienda de la esquina y una sonrisa que ilumina todo el pasillo.

—¡Bruno! —grita Lena, abrazándome—. Hueles a galletas.

—Estoy haciendo las de la abuela Harmony.

—No me digas. ¿Y me vas a dar una? Porque si no, me voy a llevar el recuerdo de este olor en la memoria y nunca te lo perdonaré.

—Entra —digo, y las dos pasan.

—¿Qué tal las notas? —pregunta Zoa, dejando la bolsa en la mesa de la cocina.

—Todavía no han salido.

—¿A qué hora?

—A las once. He hecho el cálculo. Diez minutos de retraso por servidor, tres por ansiedad, y al menos dos intentos de inicio de sesión fallidos por la doble verificación antes de que el enlace funcione, siempre y cuando no me pida que cambie la contraseña.

—Lo has cronometrado —dice Lena, riéndose.

—Lo he cronometrado.

El horno suena. Me giro y saco la bandeja de galletas. El aroma se intensifica, envolviéndonos como una manta. Las galletas están doradas, perfectas, con esas pequeñas burbujas en la superficie que la abuela Harmony dice que son el sello de las buenas.

—Están perfectas —dice Zoa, asomándose.

—La abuela Harmony se sentiría orgullosa.

—Y la abuela Daphne también.

Sonrío. Sí. Ellas también.

—Llamad a los demás —digo—. La mesa está preparada.

La mesa del salón es amplia, de cristal y acero, demasiado minimalista para mi gusto, pero Nikita la ha llenado con servilletas de tela que compró la semana pasada, y platos blancos de los que nunca usamos, y un centro de mesa que parece más bien improvisado pero que tiene su encanto.

Pongo la bandeja de galletas humeantes sobre la superficie, y el aroma a canela y a vainilla se mezcla con el olor a café recién hecho y a esperanza.

Mamá y papá llegan justo después. Mi madre lleva un jersey azul, el mismo de aquella cena de sushi que lo cambió todo, y su sonrisa es más ancha de lo que recuerdo.

Mi padre la sigue, con una chaqueta de lana y una expresión que ya no es la del hombre ausente, sino la del que está aprendiendo a estar.

—Brunito —dice mamá, abrazándome—. Huele a tu abuela.

—He usado su receta.

—Lo sé. Lo sé porque la casa entera huele a hogar.

—Y a canela —añade Enzo, y su voz es más ligera que antes.

—Siéntense —digo, señalando la mesa—. Las galletas están recién hechas.

Nikita aparece en el marco de la puerta del salón. Se ha puesto unos pantalones negros y una camisa blanca, pero aún tiene el pelo despeinado. Nos mira a todos, a la mesa, a las galletas, a las tazas humeantes, y por un instante veo algo en sus ojos que no había visto antes.

Sorpresa, quizá. Como si no terminara de creer que esto está pasando. Que hay alguien aquí.

—Pasa —digo.

—Ya voy.

Se acerca a la mesa y se sienta a mi lado. Su mano, bajo la superficie, encuentra la mía y la aprieta.

—Por las notas —dice Zoa, alzando su taza de café. —Y por todo lo demás —añade Lena.

Levantamos las tazas. Las galletas de avena esperan en la bandeja, y el aroma a vainilla y canela es tan denso que casi podemos saborearlo en el aire.

—Me han dado la beca —dice Lena de repente, con la voz temblorosa—. La beca completa. Puedo hacer continuar con la carrera. Puedo coger un piso compartido y... y librarme de mi madre durante una larga temporada.

El silencio se alarga un segundo. Luego Zoa suelta un grito y se lanza sobre ella, abrazándola. Lena ríe y llora al mismo tiempo.

—¿Cuándo te han llamado? —pregunto.

—Hoy. Hace una hora. He querido esperar a decíroslo aquí.

—Es increíble —dice Nikita—. Lena, es increíble.

—Lo sé —responde, y sus ojos brillan—. Por primera vez, siento que puedo ser yo misma. Sin vivir con miedo. Sin tener que esconderme. Sin tener que...

No termina la frase. No hace falta.

Val la mira desde el otro lado de la mesa. Sus ojos, azules y cálidos, se posan en ella como si estuviera viendo un reflejo de sí misma. Sonríe.

—Lo has conseguido —dice—. Todo tu esfuerzo... ha valido la pena.

—Y tú —dice Lena, y se gira hacia Enzo—, ¿cómo va el periódico?

—He reducido horas —responde, y hay un orgullo nuevo en su voz—. Ahora trabajo de verdad desde casa dos días a la semana. Y estoy aprendiendo a dejar espacio para lo importante.

Mi madre pone su mano sobre la de él. Sus dedos se entrelazan. Y en el gesto pequeño, casi imperceptible, veo todo lo que han construido en estos dos meses. Todo lo que han recuperado.

—Y tú, Brunito —dice Val, mirándome—. ¿Qué tal la última clase de Motivación y Emoción?

—Hoy veremos las notas.

—¿Y Nikita?

—Él también.

Nikita aprieta mi mano. Sé lo que está pensando.

Lo sé por la tensión que recorre su brazo, por la forma en que su mandíbula se aprieta apenas un segundo.

El juicio quedó atrás, pero las sombras no se van de la noche a la mañana.

Los exámenes, la universidad, su futuro.

Todo eso sigue pendiente. Todo eso sigue asustándolo.

—Voy a la terraza —dice, levantándose—. Un momento.

Lo veo alejarse hacia el ventanal de cristal que da a Central Park. El parque está cubierto de nieve, como aquella noche, y la luz de febrero es blanca y fría. Se apoya en la barandilla y mira hacia abajo.

—Voy a ver qué le pasa —digo, y me levanto.

—Ve —dice Zoa—. Nosotros cuidamos las galletas.

Camino hacia él. El frío de la terraza me golpea la cara, y el viento mueve mi pelo. Nikita no se gira, pero sé que me ha oído.

—Oye —digo, apoyándome a su lado en la barandilla—. ¿Qué pasa?

—Las notas.

—Lo sé. Estamos todos nerviosos.

—No es eso —dice, y su voz es baja, casi un susurro—. Es que tengo miedo, Bruno. Miedo de que no salga bien. Miedo de que todo esto... —señala el apartamento, la mesa llena de gente, las galletas, la vida que hemos construido—... se desmorone. Miedo de que no sea suficiente. De que no lo merezca.

Le cojo la mano. La suya está fría.

—Mira —digo, y señalo hacia dentro—. ¿Ves eso?

Él mira. Ve a Lena riendo con Zoa. Ve a mis padres hablando en voz baja, sus manos casi tocándose. Ve la bandeja de galletas humeantes, las tazas de café, la luz de la mañana que entra por los ventanales.

—Eso es nuestro —digo—. Todo eso es nuestro. No depende de unas notas, Nikita. No depende de nada más que de nosotros.

—¿Y si no lo logro?

—Entonces lo intentarás otra vez. Y otra. Y cuantas veces haga falta. Pero no vas a perder esto. Porque esto no se pierde con un suspenso. Esto se pierde cuando dejas de intentarlo.

Nikita me mira. Sus ojos verdes tienen esa luz de aquella noche en la terraza, la que dijo que no dormía bien. Pero ahora hay algo más. Hay esperanza.

—Bruno —dice—. ¿Y si todo esto es demasiado bueno para ser verdad?

—Entonces será verdad. Y nosotros la haremos real.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque he pasado diecinueve años teniendo miedo. Y ahora sé que el miedo no desaparece. Solo se aprende a compartir. Y yo estoy aquí, Nikita. Para compartirlo. Para todo.

El móvil vibra en mi bolsillo. Lo saco. Es la notificación de la universidad. Las notas.

—Han llegado —digo.

Nikita se queda en silencio. Su mano aprieta la mía.

—No lo mires —dice—. No ahora.

—¿Por qué?

—Porque si es malo, quiero que este momento dure un segundo más.

Sonrío. Es una sonrisa pequeña, frágil, pero es nuestra.

—Entonces esperamos —digo—. Pero con galletas. Y con ellos.

Señalo hacia dentro. Y Nikita, lentamente, asiente.

—Vainilla para dos —murmura, y la frase es tan ingeniosa, tan nuestra, que siento que el nudo en mi garganta se afloja para siempre.

—Vainilla para dos —repito—. Y para todos los que quieran compartirla.

Nos giramos. Entramos en el salón. La mesa nos espera con sus galletas humeantes y sus tazas de café. Zoa levanta la suya.

—¿Las notas? —pregunta.

—Todavía no —dice Nikita.

—¿Y bien?

—Bien —respondo—. Porque pase lo que pase, tenemos esto.

El móvil vibra otra vez. Y esta vez, Nikita no lo ignora. Lo saca. Lo mira. Su cara se transforma.

—¿Qué? —pregunto.

—Aprobado —dice, y su voz se quiebra—. Aprobado. —Yo también —digo, mirando mi pantalla—. Aprobado.

—¡Y yo! —grita Lena desde el otro lado de la mesa—. ¡Las cinco asignaturas!

El salón estalla en un coro de alegría. Mi madre abraza a mi padre. Zoa salta del sofá. Nikita me mira, y sus ojos tienen la luz de todas las estrellas que hemos visto desde aquella primera noche en la terraza.

—Lo hemos conseguido —dice.

—Sí —respondo—. Y esto es solo el principio.

El aroma a vainilla y canela sigue flotando en el aire. La bandeja de galletas de avena humea en el centro de la mesa. Y yo, Bruno, el chico de la sudadera gris, el que tenía fobia social, el que escribió una carta a su madre y nunca la envió, estoy aquí.

Con una familia.

Con un amor.

Con una vida que hemos escrito juntos.

Porque las historias más bonitas no son las que nos cuentan, sino las que tenemos el valor de escribir nosotros mismos.

Y esta historia, la nuestra, huele a vainilla.

A nosotros.

A final feliz.

Y a todo lo que está por venir.

—Gracias —dice Nikita, y su voz es apenas un susurro contra mi oído.

—¿Por qué?

—Por estar. Por quedarte. Por no huir cuando todo era difícil. —Para eso están los idiotas que se enamoran.

—¿Y si no sé cómo hacerlo?

—Entonces aprendemos juntos.

—¿Y si tengo miedo?

—Entonces lo tenemos juntos.

Él sonríe. Y yo, con una galleta de avena en la mano y el aroma a vainilla llenando el aire, siento que el mundo, por una vez, no duele.

Porque el amor no es complicado. Son las personas las que lo complican. Pero cuando encuentras a alguien dispuesto a descomplicarlo contigo...

Entonces todo es posible.

Y nosotros, Bruno y Nikita, acabamos de empezar.