Epílogo II
Nikita 7 años después
El espejo me devuelve la imagen de un hombre que apenas reconozco.
No por el traje blanco —impecable, de corte clásico, el que Bruno eligió personalmente en una tienda del SoHo—, ni por el pelo rubio, ahora un poco más largo y con algunos reflejos color chocolate que a Bruno tanto le gustan.
Es la mirada. Esa forma de mirarme que he aprendido a lo largo de los años, la que ya no busca aprobación en ningún espejo.
—Vas a arrancarte la corbata, Nikita. Déjala en paz, por favor.
Lena está apoyada en el marco de la puerta, con una copa de champán en la mano y esa sonrisa suya que no ha cambiado en siete años. Bueno, quizá sí. Ahora es más ancha. Más segura. Como ella.
—No está bien —digo, y vuelvo a ajustarme el nudo—. Está torcida.
—Está perfecta. La has recolocado cuatro veces en los últimos cinco minutos. —Se acerca y me pone una mano en el hombro—. Bruno no va a fijarse en la corbata, Nikita. Va a fijarse en ti.
—¿Y si se fija en la corbata? —pregunto, y mi voz suena más insegura de lo que pretendía—. ¿Y si está torcida y piensa que no me he esforzado?
—Llevas siete años esforzándote, Nikita. Todos los días. La corbata es lo de menos.
Respiro hondo. La habitación —una estancia amplia, casi tan grande como el salón de nuestro apartamento— huele a madera vieja y a flores frescas. Las paredes de piedra del caserío que Harmony nos cedió para la ceremonia guardan siglos de historias. Y hoy, nosotros añadimos la nuestra.
—¿Está nervioso? —pregunta Lena, y no es una pregunta.
—No —miento.
—Mientes fatal.
Sonrío a pesar de todo. Lena siempre ha sabido leer mis silencios, igual que Bruno. Quizá por eso es mi mejor amiga. Quizá por eso está aquí, con su vestido malva, el escote pronunciado y esa abertura lateral que llega hasta su cadera y que se ha convertido en su seña de identidad.
—Es el día más importante de mi vida —digo—. Y tengo miedo de estropearlo.
—No vas a estropearlo. —Deja la copa en una mesita y me agarra las manos—. Mira. Llevas siete años construyendo esto. Siete años superando el juicio, la universidad, los miedos. Siete años amando a Bruno. Esto no es más que el siguiente paso.
—¿Y si no estoy a la altura?
—Nikita. —Su voz es firme, como la de una hermana mayor—. Has montado un gabinete de psicología desde cero. Has ayudado a decenas de personas. Has aprendido a ser vulnerable. Has aprendido a pedir ayuda. Y has amado a Bruno en sus días buenos y en sus días malos. ¿Qué más quieres?
No respondo. Pero ella tiene razón. Como siempre.
—Es la hora —dice Lena, y su sonrisa se hace más amplia—. ¿Listo?
—Listo —respondo, y esta vez es verdad.
Salgo de la habitación. Lena camina a mi lado, y el roce de su vestido contra el suelo de piedra es el único sonido que acompaña nuestros pasos. Atravesamos el portón de madera del caserío, y la luz de la tarde nos golpea como un abrazo cálido.
El camino de arbustos está decorado con flores de vainilla.
Las pequeñas orquídeas blancas, con su perfume dulce y característico, bordean el sendero como si el propio camino hubiera decidido vestirse de fiesta.
Harmony las plantó hace tres años, cuando Bruno y yo empezamos a hablar de esto.
«Para cuando llegue el día», dijo. Y hoy, ese día ha llegado.
La pequeña plaza donde nos esperan está decorada con un arco de lirios. Los pétalos morados y blancos se mecen con la brisa, y detrás de ellos, recortado contra el cielo de la tarde, está Bruno.
No me ve. Está de espaldas, con la mano derecha cogida de la de Zoa.
Lleva un traje claro, casi blanco, que le sienta como si hubiera nacido con él.
El pelo oscuro, más largo que cuando nos conocimos, cae sobre su frente en ondas suaves.
Y aunque no puedo ver su cara, sé que está nervioso.
Lo sé por la tensión de sus hombros, por la forma en que aprieta los dedos de Zoa.
Zoa me mira desde detrás del arco. Lleva un vestido color lavanda, sencillo y elegante, y el pelo recogido en un moño que deja ver su nuca. Cuando me ve, asiente. Un gesto pequeño, casi imperceptible. Pero lo suficiente para decirme que todo está bien.
Harmony está de pie frente a Bruno, con una sonrisa que ilumina todo el jardín.
Lleva el mismo delantal floreado de siempre —porque dice que los delantales son para las ocasiones importantes— y el pelo blanco recogido en un moño desordenado.
Tiene sesenta y nueve años, y sigue horneando galletas de avena cada domingo.
Avanzo por el camino de flores de vainilla. Mis pasos son firmes, aunque el corazón me late tan rápido que temo que se oiga. Lena se coloca a un lado, junto a Zoa, y las dos me miran con una expresión que no sé leer. Orgullo, quizá. O emoción. O las dos cosas.
Llego a escasos centímetros de Bruno. Pongo mi mano sobre su hombro, y siento cómo su cuerpo se tensa bajo la tela del traje.
Se gira.
Sus ojos marrones se encuentran con los míos, y durante un segundo, el mundo se detiene.
El viento deja de mover las flores. El canto de los pájaros se apaga.
Solo existe él, con sus ojos llenos de lágrimas y una sonrisa que no necesita permiso para existir.
—Hola —dice, y su voz es apenas un susurro.
—Hola —respondo.
Y entonces, sin saber muy bien quién da el primer paso, rompe a llorar.
No es un llanto contenido. Es un llanto de esos que salen del alma, los que no se pueden controlar, los que llevan años esperando su momento. Las lágrimas ruedan por sus mejillas, y yo, con el corazón en la mano, le limpio una con el pulgar.
—No llores —digo, aunque yo también estoy a punto de hacerlo.
—No puedo evitarlo —responde, y su voz se quiebra—. Eres tan perfecto.
—Tú también.
—Mientes.
—Miento fatal por lo visto.
Se ríe. Esa risa suya, la que me derrite desde el primer día, la que he escuchado en las mañanas de resaca, en las noches de insomnio, en los momentos en los que todo parecía imposible.
Y entonces, sin pensar, me inclino y lo beso.
Un beso suave, rápido, porque la ceremonia no ha empezado y no quiero adelantarme.
—¿Estás listo? —pregunta Harmony, y su voz es la misma de siempre. Cálida. Firme. Como una manta vieja.
—Sí —respondemos los dos a la vez.
La ceremonia es corta. Harmony oficia con la misma naturalidad con la que hornea galletas, y sus palabras, sencillas y profundas, se cuelan en mi pecho como una caricia.
—Hoy celebramos el amor —dice, y sus ojos recorren el pequeño círculo de personas que nos acompañan: Lena, Zoa, Val, Enzo, algunos amigos de la universidad, la pequeña comunidad que hemos construido a lo largo de estos siete años—.
No el amor de las novelas, el que siempre sale bien, sino el amor de verdad, el que duele y el que sana, el que se construye día a día, el que se elige cada mañana.
Bruno aprieta mi mano. Sus dedos, los mismos que temblaban cuando escribía apuntes en clase, ahora están firmes.
—Bruno —dice Harmony, y su nieto alza la cabeza—. ¿Quieres a Nikita? No como idea, no como proyecto, no como posibilidad. ¿Quieres a Nikita como es, con sus miedos y sus sombras, con su luz y su fragilidad?
—Sí —responde Bruno, y su voz es firme—. Lo quiero. Lo he querido desde aquella primera clase, cuando se sentó a mi lado y no supe qué hacer con él.
—Y tú, Nikita —dice Harmony, y sus ojos se posan en mí—. ¿Quieres a Bruno? No como el chico gris que salvabas, no como el proyecto que te ayudó a crecer, sino como el hombre que ha elegido ser.
—Sí —respondo, y las palabras salen solas—. Lo quiero. Lo he querido desde aquella noche en la terraza, cuando me dijo que no dormía bien y supe que era él.
—Entonces, con el poder que me concede ser su abuela y vuestra testigo, os declaro unidos en matrimonio.
El abrazo llega antes de que pueda pensar. Bruno se lanza contra mí, y sus brazos me rodean con una fuerza que no sabía que tenía. —Te quiero —dice contra mi cuello—. Te quiero tanto, Nikita. —Yo también —respondo—. Siempre.
La celebración es un estallido de alegría. El banquete, preparado por las manos expertas de Val y los amigos de la granja, se extiende bajo un toldo de flores. La música, las risas, las copas que chocan en brindis infinitos.
Pero en un momento, cuando el sol empieza a ponerse y las luces de la fiesta parpadean entre los árboles, Bruno me coge de la mano y me lleva a un lado. Estamos solos, junto al arco de lirios que ya ha empezado a marchitarse.
—Tengo algo que contarte —dice.
—¿El qué?
—El gabinete —su voz tiembla, pero no de miedo—. Esta semana hemos recibido la licencia. Podemos abrirlo oficialmente el mes que viene.
—¿De verdad? —pregunto, y mi voz sale más alta de lo que pretendía.
—De verdad. Bruno será el psicólogo clínico. Yo seré el especialista en psicología afirmativa. Atenderemos a todo el mundo. A quienes tengan miedo, a quienes no sepan pedir ayuda, a quienes necesiten que alguien les escuche. —Mi voz se quiebra—. Como hiciste tú conmigo.
Bruno me mira. Sus ojos marrones, los mismos que me miraron aquella primera mañana en la entrada de la facultad, brillan con una luz que no había visto antes. No es miedo. No es ansiedad. Es certeza.
—Espero que no lo hayas hecho por mí —sonríe.
—Te prometí que estudiaríamos juntos, ¿recuerdas? Que si no te daban una beca, te ayudaría con tus notas.
—La promesa de estudiar juntos —respondo, y aprieto su mano —. Sí, la recuerdo.
Y en la distancia, mientras el sol se pone sobre el jardín de Harmony, suena la música de la fiesta y las risas de los que nos quieren, siento que el nudo que llevaba en la garganta, ese que he cargado durante años, se ha deshecho por completo.
No sé qué va a pasar mañana. No sé si el gabinete tendrá éxito, si podremos ayudar a quienes lo necesiten, si los fantasmas del pasado volverán a visitarnos. Pero sé una cosa: estamos juntos.
Y eso, aunque no sea suficiente, es un comienzo.
—Por cierto —dice Bruno, mientras nos unimos a la fiesta—. Las galletas de la abuela Harmony están buenísimas.
—Todas las galletas de Harmony lo están.
—No, estas son especiales. Son las de la receta que me pasó. Las que horneé aquella mañana, antes de las notas del semestre.
—¿Las de la abuela Daphne?
—Las mismas. Pero con un toque nuevo.
—¿Cuál?