Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) XXXVIII Val #3
96%

XXXVIII Val #3

Y yo me quedo clavado en el sitio, con las manos aún aferradas a la mesa y el corazón latiendo en la garganta.

Salgo de la sala antes de que nadie pueda detenerme. El pasillo está vacío. La luz de los fluorescentes parpadea. Camino hacia la salida con pasos automáticos, sin saber muy bien adónde voy, solo sé que necesito aire. Aire que no huela a papel viejo y a derrota.

La puerta del juzgado se abre y el sol gris de Los Ángeles me golpea la cara. Respiro hondo. Una vez. Dos. El aire sabe a gasolina y a humo, pero es mejor que el silencio de la sala.

—Nikita.

La voz de mi padre me alcanza desde atrás. Me giro. Está en el umbral, con el bastón en una mano y el móvil en la otra. Su cara es un mapa de arrugas que no recuerdo haber visto antes.

—¿Qué? —pregunto, y mi voz suena más cortante de lo que pretendía.

Mi padre se acerca. Se detiene a un metro de mí, la distancia justa para que parezca que está cerca sin estarlo.

—¿Cómo sabía el abogado sobre mi orientación sexual? — pregunto con un toque de rabia en su voz.

—Se lo dije yo, hijo.

—Y ¿por qué? —pregunto—. ¿Quién me ha pedido permiso para contarlo?

Mi padre me mira. Por un instante, veo algo en sus ojos que no había visto antes. Incomodidad, quizá. O algo parecido a la culpa.

—No era una cuestión de qué querías, Nikita. Era una cuestión de qué necesitabas. Y necesitabas ganar.

—No has ganado tú —digo, y mi voz tiembla—. Has ganado tu puta guerra contra los Winchester. Yo solo he sido el peón que habéis sacrificado.

—No digas eso.

—¿Qué quieres que diga? —suelto, y la rabia me quema la garganta—. ¿Que me alegro de que hayan usado mi orientación sexual para ganar un juicio? ¿Que me alegro de que ahora todo el mundo sepa que soy gay sin que yo haya decidido contarlo?

—Nadie lo sabrá. El abogado lo ha presentado como prueba confidencial.

—¿Y crees que eso importa? —respondo, y mi voz se quiebra —.

¿Crees que la gente no va a hablar? ¿Crees que en la universidad no van a susurrar?

«¿Has oído lo de Nikita? Que es gay, que por eso no pudo hacer nada con la chica».

Me han desnudado delante de un juzgado entero, y tú no has hecho nada para evitarlo.

Mi padre guarda silencio. El viento mueve las ramas de los árboles de la calle, y el ruido del tráfico llena el espacio entre nosotros.

—No era una cuestión de lo que querías —repite, pero esta vez su voz es más baja, casi cansada—. Era una cuestión de supervivencia.

—La supervivencia no vale nada si pierdes lo que eres.

Me giro. Camino hacia la acera sin mirar atrás. Mis pasos son rápidos, decididos, como si pudiera huir de todo esto si camino lo suficientemente lejos.

—Nikita —llama mi padre—. El coche está en la esquina.

—Tú no tienes que venir conmigo.

—No. Pero el coche te llevará al aeropuerto. He reservado un billete para esta noche.

Me detengo. No me giro.

—¿Por qué?

—Porque mañana a primera hora el juzgado notificará el veredicto. La jueza ya ha decidido. Y has ganado, Nikita. No tienes que volver a California nunca más. Vuelve a Nueva York. Vuelve a tu vida.

El móvil vibra en mi bolsillo.

No quiero mirarlo.

Pero lo saco.

Bruno.

«Mi abuela dice que la valentía no es no tener miedo. Es tenerlo y seguir adelante. No sé si estás bien. No sé qué ha pasado en California. Solo sé que espero que estés bien. Y que si necesitas algo, aquí estoy.»

Leo el mensaje una vez. Dos. Tres.

Las lágrimas me queman los ojos, pero no caen. No aún.

—Tienes razón —digo, y mi voz es apenas un hilo—. Voy a volver.

Guardo el móvil. Me giro hacia mi padre. Su rostro, iluminado por la luz gris de la tarde, tiene una expresión que no había visto en años. No es orgullo. No es alivio. Es algo más parecido a la esperanza.

—¿Y el juicio? —pregunto—. ¿Qué pasa si la jueza cambia de opinión?

—No va a cambiar. He hablado con el abogado. El veredicto es favorable. La acusación ha sido desestimada. Eres libre. Pero mañana tendremos la resolución sellada.

Libre.

La palabra flota en el aire entre nosotros como una burbuja que podría estallar en cualquier momento.

—No me siento libre —digo.

—Lo sé. Pero lo estarás.

No sé si es verdad. No sé si alguna vez podré sentirme libre después de que hayan usado mi vida privada como un arma en un juicio. Pero sé una cosa: Bruno me está esperando. Y eso es más de lo que he tenido en mucho tiempo.

Subo al coche. El cuero está frío. El olor a limpiador me envuelve mientras el coche arranca. Las calles de Los Ángeles pasan tras la ventanilla, borrosas e irreales.

Saco el móvil otra vez. Abro el chat con Bruno.

Escribo: «Gracias. No sé si soy valiente. Pero tu mensaje me ha ayudado. Estoy en California. El juicio ha terminado. No sé qué va a pasar. Pero tu fragmento me ha recordado qué es verdaderamente la valentía. Así que voy a intentarlo. Porque quizá, cuando todo esto termine, pueda volver.»

Pulso enviar.

La respuesta no tarda en llegar.

«Vuelve cuando puedas. Yo estaré aquí.»

Apoyo la cabeza contra la ventanilla. El frío del cristal se cuela hasta mis huesos.

Pero el corazón, por primera vez en días, late más despacio.

Porque hay un lugar al que volver.

Y un nombre que me espera.

Bruno.