XXXVIII Val #2
Escuchar.
Y estar, aunque duela.
Sobre todo cuando duele.
XXXVIX
Nikita
La madera del banco es fría bajo mis dedos. Demasiado fría para ser real. O quizá soy yo, que he perdido la capacidad de sentir otra cosa que no sea este nudo en el estómago que lleva días creciendo, días apretándose, días robándome el aliento.
El juzgado huele a desinfectante y a papel viejo.
Huele a derrota, incluso antes de que empiece.
A mi izquierda, mi abogado repasa sus notas con los dedos manchados de tinta.
A mi derecha, una fila de bancos vacíos separa nuestro lado del de la acusación.
La sala no es grande, pero parece un abismo.
Como si el suelo se hubiera estirado para recordarme lo lejos que estoy de todo lo que quiero conservar.
La jueza aún no ha entrado.
El silencio es denso. Solo se oye el zumbido de los fluorescentes y el roce de las plumas contra el papel de los secretarios. Mi padre está en la primera fila, con el bastón apoyado contra la rodilla y la mirada
fija en la nada. No me mira. No sé si es porque no quiere verme o porque no soporta la incertidumbre. Pero sé que está aquí. Y eso, de alguna manera, es más de lo que esperaba.
—¿Estás bien, Nikita?
La voz de mi abogado me saca del pozo donde estaba cayendo. Se llama David, tiene cuarenta y pocos años y una forma de hablar que parece siempre estar en control. Pero hoy, en el temblor de sus dedos, veo que no lo está. No del todo.
—¿Y si no lo estoy? —respondo, y mi voz suena como si no fuera mía. Como si la hubiera alquilado para la ocasión y el dueño se hubiera olvidado de recogerla.
—Entonces finges. Como en los ensayos. Como en la fiesta. Como siempre.
Sonrío. Es una sonrisa amarga, de las que no llegan a los ojos. Él no sabe que estoy harto de fingir.
La puerta lateral se abre.
La jueza entra. No es una mujer alta ni imponente.
Lleva una túnica negra que le cae sobre los hombros como si fuera una segunda piel, y unas gafas de lectura colgadas del cuello que apenas usa.
Cuando se sienta, su mirada barre la sala con la misma indiferencia con la que el carnicero barre los restos del mostrador.
—Señor Volkov —dice, y mi nombre suena a diagnóstico—. ¿Está preparado para declarar?
Me pongo de pie. O intento hacerlo. Mis piernas tiemblan. Mis manos, que he estado manteniendo ocultas bajo la mesa, se aferran al borde de madera como si fuera mi única ancla al mundo. —Sí, Su Señoría —respondo.
La frase sale automática. Ensayada. Pero por dentro, las palabras se enredan con la misma facilidad con la que se enredaban en la garganta de Bruno aquella primera vez que nos miramos.
El abogado de la acusación, un hombre de pelo plateado y traje azul, se pone de pie y camina hacia el centro de la sala. Sus pasos resuenan en el suelo de madera como cuentas de un rosario.
—¿Dónde se encontraba la noche del veintitrés de septiembre del año pasado, señor Volkov?
—En mi casa. En Los Ángeles.
—¿Estaba solo?
—Había una fiesta. Pero yo estaba en mi casa.
—¿Y quién más estaba en su casa?
—No lo sé. Gente. Mucha gente.
El abogado asiente, como si la respuesta le confirmara algo que ya sabía.
—¿Conoció a Chloe Winchester esa noche?
—Sí.
—¿Cómo?
—Llegó a la fiesta.
—¿La había invitado?
—No.
—¿Y entonces cómo entró?
—No sé. Las fiestas son así. La gente entra. Se cuela. No siempre sé quién está invitado.
El abogado sonríe. Es una sonrisa que no transmite nada bueno. —Pero usted la vio, ¿verdad? La vio y decidió acercarse a ella. —Sí.
—¿Por qué?
—Porque era guapa. Y estaba sola.
—¿Y qué pasó entonces?
Las palabras se atascan en mi garganta. No es la primera vez que cuento esto. Lo he ensayado. Lo he repetido en mi cabeza cientos de veces. Pero cada vez que lo digo en voz alta, siento que estoy confesando algo que no es verdad, aunque sé que es la única versión que tengo.
—Bailamos —digo al fin—. Hablamos. Y luego… y luego fuimos a mi habitación.
—¿Quién sugirió ir a la habitación?
—Ella.
—¿Y usted la siguió?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque quería seguir conociéndola.
El abogado asiente. Luego se acerca un paso más. Su sombra cae sobre mí como una losa.
—¿Y qué pasó en la habitación?
Cierro los ojos.
Los abro.
—Empezamos a besarnos. Y luego… ella empezó a tocarme. Y yo… yo me detuve.
—¿Por qué?
—Porque no quería.
—¿No quería qué?
—No quería seguir. No quería tener sexo con ella. —¿Y qué hizo ella cuando usted se detuvo?
—Se enfadó. Dijo que la había engañado. Que la había hecho creer que quería algo más.
—¿Y luego?
—Luego se fue.
—¿Y usted?
—Me quedé. En mi habitación. Solo.
El silencio se alarga. El abogado de la acusación vuelve a su sitio y susurra algo a su asistente. Luego se gira y me mira con la misma frialdad con la que un entomólogo mira a un insecto en una caja de cristal.
—Señor Volkov —dice, y su voz se vuelve más lenta, más deliberada, como si estuviera saboreando cada sílaba—. ¿Es usted homosexual?
La pregunta cae en la sala como una bomba de humo. No el estruendo, sino el silencio que la sigue. El silencio que pesa, que se extiende, que se cuela por las grietas de la madera y se instala en cada rincón.
Siento el calor subirme por el cuello. Mis dedos, aún aferrados al borde de la mesa, se vuelven blancos. No esperaba esta pregunta. No aquí. No así. No delante de mi padre, delante de los secretarios, delante de la jueza que anota todo en su libreta como si yo fuera un experimento.
Miro a mi abogado. David tiene la mandíbula apretada, los ojos fijos en mí. No dice nada, pero en su mirada leo una advertencia silenciosa: «Cuidado con lo que dices».
—No es relevante —respondo, y mi voz suena más firme de lo que esperaba, aunque por dentro el corazón me late como un pájaro atrapado en una jaula.
—Es muy relevante, señor Volkov —replica el abogado de la acusación, y da un paso hacia mí.
Su sombra se alarga sobre el suelo de madera como un dedo acusador—.
Porque si usted es homosexual, la naturaleza del encuentro con mi clienta cambia radicalmente.
¿Por qué se sentiría atraído por una mujer si no es su orientación?
—No hace falta ser heterosexual para encontrar a alguien guapo —digo, y la frase sale con un filo que no sabía que tenía—. Se puede reconocer la belleza sin querer acostarse con ella.
Un murmullo recorre la sala. La jueza levanta una mano y el murmullo se apaga.
—Señor Volkov —dice el abogado, y ahora su tono es casi paternal, casi amable—. ¿Le gustan las mujeres?
—No —respondo, y la palabra sale antes de que pueda detenerla.
—¿Y los hombres?
El silencio se alarga.
—Sí —digo, y esta vez mi voz no tiembla.
El abogado asiente. No sonríe. No muestra ninguna emoción. Solo anota algo en su libreta y vuelve a su sitio.
—No tengo más preguntas, Su Señoría —dice.
La jueza me mira por encima de sus gafas. Sus ojos grises no revelan nada.
—Señor Volkov —dice—. ¿Desea añadir algo más a su declaración?
Respiro hondo. Las palabras que he estado guardando durante meses, durante años, se agolpan en mi garganta. Podría decir que no. Podría callarme y esperar. Pero el recuerdo de Bruno, su voz diciendo «aquí estoy», su mensaje en mi teléfono, me empuja a hablar.
—Sí —digo, y me pongo de pie. Las piernas me tiemblan, pero no me siento—.
Quiero decir que no soy el monstruo que ella ha pintado.
Que no soy el hijo rico que abusa de su poder.
Que soy solo un chico que no sabe cómo manejar su soledad.
Y que ella me usó. Me utilizó para hacer daño a mi familia.
Y yo caí en su trampa porque no supe ver lo que era.
Pero no soy un agresor. Nunca lo he sido.
Y sé que usted no tiene por qué creerme. Pero es la verdad.
La jueza me mira fijamente. Luego mira al abogado de la acusación. Luego anota algo en su papel.
—Visto para sentencia —dice—. Las partes serán notificadas en un plazo de cuarenta y ocho horas.
Se levanta.
La sala se pone en pie.
El ruido de los bancos al moverse me golpea como una ola.