Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) XXXVI Nikita
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XXXVI Nikita

El teléfono vibra sobre la mesita de noche como una alarma de incendio.

Son las nueve de la mañana. Llevo tres días en Nueva York, tres días durmiendo en este apartamento vacío que sigue oliendo a nuevo y a soledad, tres días contando las horas hasta que la jueza decidiera mi futuro. Tres días que se han sentido como tres años.

El nombre de mi padre parpadea en la pantalla.

Mi corazón se acelera. Lo sé antes de contestar. Lo sé por el pitido insistente, por la urgencia que hay en cada vibración. Esto es lo que he estado esperando. Lo que he estado temiendo.

Acepto la llamada.

—¿Dime?

—Nikita —la voz de mi padre suena distinta. No tiene el filo de siempre, no hay tensión en sus palabras. Suena casi... aliviado—. Te has librado.

Las palabras tardan un segundo en llegar a mi cerebro. Como si hubiera un desfase entre lo que oigo y lo que entiendo.

—¿Qué?

—Te han absuelto. La jueza ha dictado sentencia hace una hora. Falta de pruebas, contradicciones en la declaración de la denunciante, y un informe pericial que demuestra que las acusaciones eran parte de una estrategia de competencia desleal.

Me siento en la cama. Las sábanas están frías. Mis piernas no responden.

—¿Una estrategia de competencia desleal? —repito, y mi voz suena hueca, como si hablara desde el fondo de un pozo.

—Los Winchester querían hundirnos. Sabían que el escándalo mancharía el apellido Volkov, que los inversores se asustarían, que perderíamos contratos.

Y tú eras el eslabón más fácil, Nikita. El hijo que siempre ha estado en las fiestas, el que no se toma nada en serio.

Pensaban que caerías como una pieza de dominó.

Cierro los ojos. La imagen de Chloe Winchester en el juzgado, con su traje crema y su sonrisa de victoria, se proyecta detrás de mis párpados. Su mirada de «he ganado». Su forma de ocupar el espacio como si la sala le perteneciera.

Pero no ha ganado.

—Con lo que no contaban era que… —continúa mi padre, y hay algo en su voz que nunca había oído antes. Orgullo, quizá— eres gay.

Abro los ojos.

—¿Qué?

—El abogado ha presentado pruebas. Testimonios de gente que te conoce, que sabía que no te interesaba la chica. La defensa argumentó que nunca hubo agresión porque no había deseo. Chloe Winchester no era tu tipo, y todos los que te conocemos lo sabíamos.

—Pero eso es... —no sé cómo terminar la frase.

—¿Una invasión de tu intimidad? Sí. Lo sé. No me gusta, pero ha funcionado. La jueza ha considerado que la acusación carecía de base.

Me levanto de la cama. Camino hacia la ventana. Central Park se extiende abajo, blanco y silencioso, cubierto por la nieve de diciembre. Las ramas de los árboles se inclinan bajo el peso. Un grupo de niños corre tras un perro en la distancia.

Soy libre.

La palabra flota en mi cabeza, pero no termina de anclarse.

Llevo tanto tiempo esperando este momento que no sé cómo sentirlo.

Debería estar celebrando. Debería estar saltando.

Pero solo hay un silencio dentro de mí, un espacio vacío que está empezando a llenarse con algo que no había sentido en mucho tiempo.

Esperanza.

—Nikita —la voz de mi padre me trae de vuelta—. ¿Estás bien?

—Sí —respondo, y esta vez es verdad—. Estoy bien.

—Tu madre está en camino. Quiere verte. Y yo... bueno. Yo también.

—Gracias, papá.

No sé qué más decir. Nunca hemos tenido este tipo de conversación. Nunca hemos hablado de sentimientos. Pero la palabra «gracias» se siente como un puente, pequeño y frágil, pero real.

—No me des las gracias. Es lo mínimo que podía hacer.

Cuelgo.

El móvil sigue caliente en mi mano. La pantalla se apaga. Mi reflejo aparece en el cristal de la ventana, y por primera vez en mucho tiempo, no veo a un extraño. Veo al chico rubio con los ojos verdes que siempre ha estado ahí, solo que ahora sus ojos tienen luz.

Soy libre.

Las palabras ya no flotan. Se anclan. Se instalan en mi pecho como un latido.

Me visto rápido. Chaqueta negra, la de siempre, la que me hace sentir yo mismo. La que llevaba aquella mañana en la entrada de la facultad, cuando Bruno me esperaba con un café de vainilla en la mano.

Bruno.

El nombre se enciende en mi mente como un faro. Necesito llamarlo. Necesito contárselo. Necesito ver su cara cuando sepa que todo ha terminado.

Pero mis dedos se detienen sobre el teclado.

No.

No puedo llamarlo así, sin preparación. No puedo soltarle la noticia por teléfono, como si fuera cualquier cosa. Necesito hacerlo bien. Necesito que sepa que, aunque el juicio haya terminado, lo que siento por él no ha cambiado. No ha cambiado ni cambiará.

Llamo a Lena.

El teléfono suena una, dos, tres veces. Mi corazón late al mismo ritmo.

—¿Dime? —su voz es somnolienta. Son las nueve de la mañana de un día de vacaciones. Probablemente estaba durmiendo.

—Lena, soy Nikita.

—¿Nikita? —hay un cambio en su tono, alerta—. ¿Qué pasa? ¿Estás bien?

—Sí. Sí, estoy bien. Me han absuelto.

Silencio al otro lado. Luego, un grito.

—¡¿Qué?! ¡No me digas! ¿En serio?

—En serio. El juez ha dictado sentencia hace una hora. Han declarado que las acusaciones eran parte de una estrategia de los Winchester contra mi familia. Y mi abogado argumentó que soy gay, que no había deseo, y la jueza lo ha aceptado.

—Joder, Nikita —su voz se quiebra—. Joder, eso es increíble. Es... es maravilloso.

—Lo sé.

—¿Lo has llamado? ¿Has llamado a Bruno?

—Todavía no.

—¿¡Qué!? ¿Por qué no?

Me siento en el borde de la cama. La madera cruje bajo mi peso.

—Porque no sé cómo hacerlo. No quiero llamarlo por teléfono, Lena. Necesito verlo. Necesito mirarlo a los ojos cuando le cuente que todo ha terminado.

—Entonces ve. Ve ahora. ¿Qué estás esperando?

—No sé si está en casa. O con su familia. O...

—Te digo yo dónde está —me interrumpe ella—. Está en Central Park. Me dijo que quería dar un paseo después de desayunar. Le encanta ver la nieve.

Central Park.

El lugar donde escribimos aquella canción juntos. El lugar donde, por primera vez, sentí que alguien me veía sin necesidad de que me pusiera una armadura.

—Gracias, Lena —digo, y mi voz sale más firme de lo que esperaba—. De verdad. Por todo. Por ayudarme cuando no sabía qué hacer. Por estar ahí para Bruno cuando yo no podía. Por...

—No me des las gracias, Nikita —me interrumpe, y hay una sonrisa en su voz—. Solo ve a buscarlo. Y no lo hagas esperar.

—No lo haré.

—¿Y si no estás a la altura de lo que sientes? —pregunto, y la pregunta sale antes de que pueda detenerla—. ¿Y si lo estropeo todo?

—No se trata de estar a la altura, Nikita —dice Lena, y su voz es seria—. Se trata de intentarlo. Y lo que sientes, lo que sientes de verdad, no se estropea con un intento. Se estropea con el miedo.

Cuelgo. La pantalla se apaga.

Guardo el móvil en el bolsillo. Cojo las llaves del apartamento. Salgo a la calle.

El aire de diciembre es frío y cortante. Los copos de nieve caen lentamente, como si el cielo estuviera esparciendo migas de pan sobre la ciudad. Las calles están llenas de luces de Navidad, de guirnaldas que titilan en los escaparates, de árboles que brillan en las ventanas.

Camino rápido. Mis pies conocen el camino de memoria. El metro, la salida en West 4th Street, las calles que llevan al parque.

El corazón me late tan fuerte que creo que va a saltar del pecho. No es miedo. No es la ansiedad que sentí en el juzgado. Es otra cosa. Es la mezcla de todas las emociones que he estado guardando durante meses, y que ahora, al saber que soy libre, se desatan como un río que rompe un dique.

Entro en Central Park.

El parque está cubierto de nieve. Las ramas de los árboles se inclinan bajo el peso blanco, y las farolas proyectan círculos de luz amarilla sobre los senderos. Las huellas de los paseantes se mezclan con las de los perros y los pájaros. El lago está congelado, y algunos niños patinan en el borde.

Busco a Bruno entre la gente. Entre las parejas que caminan cogidas de la mano, los padres que tiran de trineos, los jóvenes que hacen fotos. Y entonces lo veo.

Está sentado en un banco, cerca del lago. Lleva la sudadera gris, la de siempre, con la capucha levantada para protegerse del frío. Las manos metidas en los bolsillos, la mirada perdida en el horizonte. La nieve se posa sobre sus hombros, sobre sus pestañas, sobre el mundo que lo rodea.

Parece una postal. Parece un sueño.

Me acerco con pasos lentos. La nieve cruje bajo mis zapatillas. Él no se da cuenta de que estoy aquí. Está tan absorto en sus pensamientos que el resto del mundo ha dejado de existir.

Me siento a su lado en el banco.

No dice nada. Solo gira la cabeza y me mira. Sus ojos marrones se encuentran con los míos, y en ellos veo una pregunta. La misma que había en su mirada aquella mañana en la entrada de la facultad, cuando me despedí sin saber si volvería a verlo.

—Hola —digo.

—Hola —responde.

El viento mueve la nieve alrededor de nosotros. El lago brilla bajo la luz gris del mediodía.

—Me han absuelto —digo, y las palabras salen solas, sin filtro, sin ensayo—. El juicio ha terminado. No soy culpable. Era una estrategia de los Winchester contra mi familia. Y mi abogado argumentó que soy gay, que no había deseo, y la jueza lo ha aceptado.

Bruno se queda en silencio. Sus ojos recorren mi cara como si estuviera buscando una mentira, una grieta en mi determinación. Pero no la encuentra. Porque no la hay.

—¿De verdad? —pregunta, y su voz es apenas un susurro—. ¿Estás libre?

—Sí —respondo, y esta vez hay una sonrisa en mis labios—. Estoy libre. No tengo que volver a California nunca más. No tengo que esperar una sentencia. Todo ha terminado.

Bruno no dice nada. Solo me mira. Y en sus ojos, en su mirada, veo todo lo que no me ha dicho. La alegría que no sabe cómo expresar. El alivio que no sabe cómo mostrar.

Pero no necesita decirlo.

Porque entonces, sin saber muy bien quién da el primer paso, nos abrazamos aliviados.

No es la misma sensación que la primera vez. No es torpe ni descoordinado. Es seguro. Es firme. Es la certeza de que, pase lo que pase, estamos juntos.

Cuando nos separamos, Bruno tiene una sonrisa que no había visto antes. Es una sonrisa auténtica, de esas que llegan a los ojos y se quedan allí —como si de la noche a la mañana hubiera perdido esa timidez que tanto le caracterizaba—.

—¿Quieres hacer algo? —pregunto, y hay un brillo en mis ojos que no sabía que existía.

—No lo sé —responde, y su voz es más ligera de lo que la he oído nunca—. ¿Qué te apetece?

—¿Has comido castañas asadas alguna vez?

—No.

—Pues vamos. Hay un puesto al lado del zoo. Las mejores de Nueva York.

Bruno se ríe. Es una risa corta, cálida, que se eleva en el aire frío.

—¿Y eso? —pregunto, sonriendo.

—Nada —dice—. Es que pareces un turista.

—Soy un turista. Llevo tres meses en Nueva York y no he visto nada. Solo el campus, mi apartamento y el juzgado.

—Pues entonces —dice Bruno, levantándose del banco—, te toca hacer turismo. Yo seré tu guía.

Me levanto. Nuestras manos se encuentran. No sé quién la alarga primero. Solo sé que, de repente, estamos caminando cogidos de la mano, como una pareja más, en medio del parque nevado.

El puesto de castañas asadas está al lado del zoo. Un hombre mayor, con un gorro de lana y una barba canosa, remueve las castañas en un gran recipiente de metal. El olor a castañas tostadas y a madera quemada se eleva en el aire frío.

—Dos bolsas —digo, y el hombre sonríe.

—Buena elección, joven. Las castañas calientan el alma.

Pago. Cojo las dos bolsas de papel marrón. El calor se cuela a través del papel y calienta mis manos. Bruno coge la suya y la abre con cuidado.

—Huelen bien —dice.

—No están mal.

Cogemos una castaña cada uno. La mordemos. El sabor dulce y ahumado se deshace en la boca.

—Están buenas —admite Bruno.

—¿No te lo había dicho?

Caminamos. El parque se extiende frente a nosotros, blanco y silencioso. Las luces de Navidad titilan en los árboles, en las farolas, en los edificios que bordean el parque. La ciudad que nunca duerme, esta noche parece estar respirando más despacio.

—Nikita —dice Bruno, y su voz es baja, casi un susurro.

—¿Sí?

—¿Y ahora qué?

—¿Cómo que ahora qué?

—Ahora que has sido absuelto. Ahora que no tienes que volver a California. Ahora que... —se detiene, buscando las palabras—. Ahora que todo ha terminado. ¿Qué pasa con nosotros? No me queda claro cómo pillarte y, a veces, es frustrante.

Me detengo. Él también. Nos miramos. La nieve sigue cayendo, los copos se posan sobre sus pestañas, sobre su nariz, sobre esa sonrisa que se está formando en sus labios.

—Ahora —digo, y mi voz es más firme de lo que esperaba—, ahora podemos empezar. Ahora vamos a estudiar juntos, como prometiste.

Bruno me mira. En sus ojos, en su mirada, veo todo lo que no me ha dicho. El miedo a que todo sea demasiado bueno para ser verdad. La esperanza de que no lo sea.

No sé cómo hacer algo que nunca he hecho pero mientras lo pienso simplemente aprendo a disfrutar del proceso.

—¿Quieres que vayamos a ver cómo iluminan el árbol, bueno, todo Manhattan, mañana por la noche? —pregunto.

No responde pero puedo ver una sonrisa que va de oreja a oreja que no puede disimular y un brillo en los ojos que parece que sea él quien vaya a iluminar la ciudad.