Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) XXXV Zoa #2
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XXXV Zoa #2

El ruido de la puerta del baño nos hace girar la cabeza. Bruno aparece en el marco, con las manos aún húmedas y el pelo ligeramente despeinado.

—¿Qué estáis tramando? —pregunta, y hay una sonrisa en sus labios que no necesita permiso para existir.

—Nada —dice Lena, demasiado rápido.

—Tramáis algo —insiste Bruno, sentándose en el sofá—. Lo sé porque tenéis caras de conspiración.

—No tenemos caras de conspiración —respondo, intentando sonar ofendida—. Tenemos caras de… de gente que está planeando una tarde perfecta.

—¿Una tarde perfecta?

—Sí. Primero, vamos a comer las galletas de jengibre que he horneado. Luego, vamos a ver una película navideña. Y luego, si os portáis bien, os daré los regalos.

Bruno arquea una ceja.

—¿Regalos?

—Sí. He dicho que este año hacíamos regalos. Y no me vengas con excusas.

—No iba a poner excusas.

—Pues bien. Primero las galletas.

Sirvo las galletas en un plato de cerámica blanca, las que tienen forma de estrellas y de árboles de Navidad. El aroma a jengibre y a canela llena el salón. Bruno coge una y la muerde con cuidado. Lena hace lo mismo.

—Están buenísimas —dice Bruno, y su voz tiene un tono que no había oído antes. Como si se hubiera permitido disfrutar sin culpa.

—Lo sé —respondo—. Soy una crack.

Lena se ríe. Esa risa suya que parece una cascada de campanas de cristal. Bruno la mira, y en sus ojos hay algo que no sé leer. Algo que parece estar a punto de asomarse, de salir, de ser.

—Bueno —digo, cambiando de tema—, ¿qué película queréis ver?

—La que tú quieras —responde Bruno.

—Pues una de Navidad. De esas cursis con final feliz.

—Siempre cursis —murmura Lena, pero hay una sonrisa en sus labios.

Pongo la película. Una de esas que no miramos nunca pero que sirven para llenar el silencio. En la pantalla, una familia se reencuentra en Nochebuena. En el sofá, Bruno y Lena se sientan juntos, tan cerca que sus hombros casi se tocan.

Y yo, sentada en la butaca, con la taza de té en las manos y la mirada fija en ellos, siento que el mundo, por un momento, deja de doler.

La película termina. Los créditos suben por la pantalla. Bruno se estira en el sofá, con los ojos entrecerrados. Lena bosteza. Yo me levanto y recojo las tazas vacías.

—Bueno —digo—, ¿qué tal si os doy los regalos?

—¡Sí! —exclama Lena, incorporándose en el sofá—. Llevo toda la tarde esperando.

—Pues no te hagas ilusiones —digo, sonriendo—. No he comprado nada caro.

Cojo los regalos de debajo del árbol. Tres paquetes envueltos en papel de regalo rojo y dorado, con lazos de tela verde. Los coloco sobre la mesa de centro.

—Este es para ti, Bruno —digo, dándole el paquete más pequeño.

Bruno lo coge con cuidado. Lo desenvuelve lentamente, como si cada capa de papel fuera un misterio que no quiere desvelar demasiado rápido.

Dentro hay un libro. La portada es de un azul intenso, con un título en letras plateadas: «El arte de ser frágil».

—Es de la abuela Harmony —digo—. Me lo envió la semana pasada. Dijo que era para ti. Que te ayudaría a entender que la fragilidad no es debilidad.

Bruno sostiene el libro entre las manos. Sus dedos recorren la portada como si estuviera leyendo el título en braille.

—Gracias —dice, y su voz es apenas un susurro—. Se lo diré cuando vaya a verla.

—Lo sé. Ahora tú, Lena.

Le doy el regalo más grande. Un paquete que parece un cojín, envuelto en papel rojo con un lazo dorado enorme.

Lena lo abre con impaciencia. Dentro hay una manta de lana. De color gris, con un bordado en la esquina: «Para los días de lluvia».

—Es igual que la de Harmony —dice Lena, y su voz se quiebra —. La que tenía en el porche.

—Sí —respondo—. La he hecho yo. Bueno, la he tejido. Me llevó dos semanas, pero quería que tuvieras algo que te recordara que siempre hay un lugar donde refugiarte.

Lena aprieta la manta contra su pecho. Sus ojos brillan. No sé si son lágrimas o luz.

—Gracias, Zoa —dice—. De verdad.

—No me des las gracias. Para eso están las amigas.

—Y este —digo, tomando el último regalo—, es para las dos. Bueno, para los tres. Pero es para todos.

Abro el paquete. Dentro hay una caja de madera, pequeña y sencilla, con una inscripción en la tapa: «Las cosas que importan».

Dentro hay tres llaveros. Cada uno con una letra: una B, una L y una Z.

—Para que siempre recordéis que, aunque estemos lejos, estamos juntos —digo—. Y para que nunca olvidéis que tenéis una casa aquí.

Bruno coge el llavero con la B. Lo sostiene entre los dedos como si fuera un tesoro.

—No sé qué decir —dice.

—No hace falta que digas nada —respondo—. Solo que estéis aquí. Y que sepáis que siempre lo estáis.

El salón se queda en silencio. Pero no es un silencio incómodo. Es un silencio lleno de todo lo que no hace falta decir.

Bruno guarda el llavero en el bolsillo de su chaqueta. Lena se envuelve en la manta nueva. Yo me siento en la butaca, con la taza de té vacía en las manos y una sonrisa en los labios.

—Bueno —digo, rompiendo el silencio—, ¿qué tal si os cuento lo que he pensado para esta tarde?

—¿El qué? —pregunta Bruno, con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

—He estado pensando en los exámenes finales —digo, y mi tono es casual, como si no estuviera a punto de cambiar el rumbo de su vida—. Los de Psicología. ¿El doctor Harrison no dijo que iban a ser difíciles? Y Nikita ha estado fuera durante semanas. No ha podido estudiar.

Bruno se tensa. Lo noto en la forma en que sus hombros se encogen, en la forma en que sus manos se aferran al borde del sofá.

—¿Y? —pregunta, y su voz es más baja de lo que quería.

—He pensado que podrías ayudarlo. Que podríais estudiar juntos. Aquí, en mi casa. Yo puedo preparar té y galletas mientras vosotros repasáis los apuntes.

Bruno me mira. En sus ojos hay una mezcla de sorpresa y de algo que no sé leer.

—¿Estudiar juntos? —repite—. ¿Aquí?

—Sí. Es un buen sitio. Tranquilo. Sin distracciones. Y yo puedo encargarme de que no os falte nada.

—Pero no sé si Nikita querrá…

—Ya lo he hablado con él —interrumpe Lena, y su voz es firme —. Me llamó ayer. Me dijo que necesitaba ponerse al día. Y yo le sugerí que estudiara contigo. Le pareció bien. Además, tengo entendido que se lo prometiste, ¿me equivoco?

Bruno la mira. Luego me mira a mí. Luego vuelve a mirar a Lena. En sus ojos hay una lucha que conozco bien. La misma que yo tuve a su edad. El miedo y las ganas de superarlo, peleando sin tregua.

—No sé —dice, y su voz tiembla—. No sé si es buena idea.

—¿Por qué no? —pregunto, y mi voz es suave pero firme—. Lo único que haces es ayudarlo. Y pasar tiempo juntos. Sin presión. Sin expectativas. Solo estudiar.

—Pero si él…

—Si él ¿qué? —digo, y mi voz es más firme de lo que pretendía —. ¿Si él te gusta? ¿Si él te quiere? ¿Si él está tan asustado como tú?

Bruno se queda en blanco. Sus ojos recorren mi cara como si buscara una mentira, una grieta en mi determinación. Pero no la encuentra. Porque no la hay.

—No sé —repite—. No sé si estoy listo para esto.

—No se trata de estar listo —digo, y mi voz es suave pero firme —. Se trata de intentarlo. Y tú has estado intentando cosas toda tu vida, Bruno. Aunque te dé miedo. Aunque te cueste. Siempre lo intentas.

Bruno me mira. En sus ojos, en su mirada, veo todo lo que no me ha dicho. El miedo a que esto sea demasiado bueno para ser verdad. La esperanza de que no lo sea.

—Vale —dice al fin, y su voz es apenas un susurro—. Vale. Lo intentaré. Pero si sale mal…

—No va a salir mal —dice Lena, y su voz es firme—. Porque no hay nada malo en intentarlo. Solo hay miedo. Y el miedo se aprende a compartir.

El salón se queda en silencio. La luz de la lámpara parpadea. El aroma a canela y a vainilla llena el aire.

Y yo, sentada en mi butaca, con el llavero de la Z entre los dedos, sé que esto es solo el principio. Que la historia de Bruno y Nikita no ha hecho más que empezar. Y que yo estaré aquí, con mi té de vainilla y mis galletas de jengibre, para sostenerlos cuando lo necesiten.

Porque eso hacen los primos. Las amigas. Las personas que se quedan aunque no haya aplausos.

—Entonces —digo, y mi voz es más ligera de lo que esperaba —, ¿cuándo empezamos?

Bruno no responde. Pero no hace falta.

En sus ojos, en su sonrisa, veo la respuesta.

Y sé que todo va a estar bien.