Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) XXXV Zoa
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XXXV Zoa

El teléfono vibra en mi mano mientras termino de poner las tazas de té en la mesa del salón. Las tres tazas humeantes, las galletas de jengibre que horneé esta mañana, el aroma a canela y a vainilla que impregna cada rincón de mi piso. Todo está listo. Todo perfecto. Como siempre.

Desde que vivo sola en Nueva York, he aprendido que los detalles importan.

Que una casa no se convierte en hogar por accidente, sino por decisión.

Y hoy, el día de Navidad, quiero que mi piso sea un hogar para Bruno y Lena.

Que se sientan acogidos. Que sepan que, pase lo que pase, aquí siempre hay un lugar para ellos.

La llamada a Bruno dura menos de lo que esperaba. —¿Zoa? —su voz suena al otro lado, y hay algo en ella que no había oído antes. Una ligereza. Como si el nudo que siempre lleva en la garganta se hubiera aflojado un poco—. ¿Todo bien?

—Todo perfecto. He preparado té de vainilla y galletas de jengibre. ¿Vienes con Lena?

—Sí. Estamos en casa de mi madre, pero podemos ir. ¿A qué hora?

—Cuando queráis. No tengo planes hasta la noche. Y quiero daros los regalos.

—¿Regalos? —pregunta, y puedo imaginarlo sonriendo—. No sabía que hacíamos regalos.

—Pues este año sí. Y no me vengas con excusas. Tienes que venir.

—Vale. En media hora estamos.

Cuelgo con una sonrisa. Esa sonrisa que se me queda pegada en la cara cada vez que sé que voy a verlos.

Bruno es mi primo, pero también es mi hermano.

La persona que conozco mejor que a mí misma.

Y Lena… Lena se ha convertido en algo que no sé nombrar.

Una hermana, quizá. O algo más. Algo que todavía no tengo palabras para definir.

Ellos llegan cuarenta y cinco minutos después.

Bruno entra primero, con la sudadera gris de siempre, la misma que lleva desde que éramos niños y jugábamos a construir castillos de arena en el jardín de la abuela Harmony.

Pero hay algo diferente en su forma de caminar.

Sus hombros, que siempre ha llevado encogidos, están un poco más relajados.

Su mirada, que siempre esquiva la mía, se mantiene firme.

Lena entra detrás de él, con su pelo rizado recogido en una coleta desordenada y una sonrisa que ilumina todo el pasillo. Lleva un jersey rojo de lana, demasiado grande para ella, que probablemente le ha robado a su madre. O a Bruno. No sé. Pero le queda bien. Le queda todo bien.

—¡Zoa! —grita Lena, y se lanza sobre mí con un abrazo que casi me tira al suelo—. Hueles a galletas. Y a Navidad. Y a hogar.

—Pues claro —respondo, devolviéndole el abrazo con la misma intensidad—. He estado horneando toda la mañana. Y preparando el té. Y pensando en vosotros.

Bruno se acerca con pasos más lentos. Me abraza con esa timidez que le caracteriza, pero el abrazo es más firme de lo que recuerdo. Como si hubiera dejado caer parte del peso que siempre lleva encima.

—Huele bien —dice, y su voz tiene un tono que no había oído en años. Como si algo dentro de él hubiera encontrado un lugar donde posarse.

—Pues pasad. Sentaos. El té está listo.

Se sientan en el sofá de siempre, el que tiene la funda de rayas azules y blancas que compré en un mercadillo el año pasado.

Bruno se encoge en la esquina, con las piernas recogidas bajo el cuerpo, la misma postura que tenía cuando teníamos doce años y veíamos películas de terror.

Lena se sienta a su lado, más cerca de lo que estaría una amiga normal.

No sé si es casualidad, si es costumbre o si hay algo más. Pero me fijo. Siempre me fijo.

Sirvo el té en las tazas de cerámica, las que tienen dibujos de gatos negros que compré porque me recordaban a la abuela Harmony. El vapor se eleva en espirales que bailan bajo la luz de la lámpara. El aroma a vainilla y canela llena el salón.

—Pues yo he empezado —digo, y me levanto para coger los regalos que he escondido debajo del árbol de Navidad que mi madre me envió desde Boston—. Pero quiero que primero me contéis qué tal han ido estos días.

Bruno y Lena se miran. Hay algo en esa mirada, un código secreto que no alcanzo a descifrar. Pero no pregunto. No empujo. Solo espero.

—Bien —dice Bruno, y su voz es más firme de lo que esperaba —. Muy bien, de hecho. Fue especial.

—¿Especial? —pregunto, arqueando una ceja—. ¿Más especial que la última vez que vinisteis a cenar aquí y casi quemáis la cocina?

Lena se ríe. Esa risa suya, la que parece una cascada de campanas de cristal.

—Eso fue culpa de Bruno. Él quería hacer tostadas y no sabía cómo funcionaba el horno.

—No es cierto —protesta Bruno, con una sonrisa que le ilumina medio rostro—. Tú diste la vuelta a la pizza sin mirar el temporizador.

—Porque estabas distrayéndome.

—Siempre distrayéndote.

Se ríen. Los dos. Es una risa fácil, natural, la de dos personas que han aprendido a estar juntos sin necesidad de palabras. Y yo los miro, y siento una calidez en el pecho que no sé nombrar.

—Bueno, sí, fue especial —interrumpo, para que no se pierdan en su propia burbuja—. Pero quiero detalles. ¿Qué hicisteis?

Bruno baja la mirada. Sus dedos juegan con el borde de la taza de té, trazando círculos invisibles sobre la cerámica.

—Nikita vino a cenar —dice, y su nombre sale de su boca con una fragilidad que no le había oído antes—. Yo le invité. Y fue… fue bien. Muy bien.

—¿Nikita? —pregunto, y mi voz suena más alta de lo que pretendía—. ¿El chico que te gusta aunque odies reconocerlo?

—Sí —responde Bruno entornando los ojos—. El mismo. Está pendiente de que le den el veredicto. Aún no ha terminado.

—¿Y eso? ¿Cómo ha sido?

Bruno levanta la cabeza y me mira. Sus ojos marrones tienen una luz que no había visto antes. No es la luz de la alegría, ni la de la tristeza. Es algo más complejo. Es como si hubiera estado caminando por un túnel oscuro durante meses y de repente hubiera visto una rendija de luz.

—Vino a cenar —dice—. Mi madre hizo galletas de avena. Lena hizo bromas. Y yo… yo no tuve miedo. Por primera vez en mucho tiempo, no tuve miedo.

El silencio se alarga. Lena le toca el brazo, un gesto pequeño, casi imperceptible. Pero yo lo veo. Siempre veo esas cosas.

—¿Y qué pasó después de la cena? —pregunto, intentando sonar casual.

—Nada —responde Bruno—. Se fue a su apartamento. Dijo que necesitaba descansar. Que el juicio le había dejado agotado. Pero antes de irse, me dijo que quería verme hoy. Que tenía algo que contarme.

—¿Algo importante?

—No lo sé. Solo dijo que necesitaba verme. Que tenía que decírmelo en persona.

Lena y yo nos miramos. Hay algo en sus ojos que no entiendo. Como si supiera algo que yo no sé. Pero no pregunto. No empujo. Solo espero.

El salón se queda en silencio. El tic-tac del reloj de la pared marca el ritmo de la tarde. El gato negro de la taza de té parece observarnos desde la mesa.

—Bueno —digo, cambiando de tema—, he pensado que podríamos hacer algo especial hoy. Ir a ver el encendido navideño, pasear por Central Park, comer castañas asadas…

—Suena bien —dice Lena, y su voz tiene un tono que no sé leer —. Pero antes… ¿puedo hablar contigo un momento? A solas.

Bruno la mira. Hay una pregunta en sus ojos, pero no la formula. Solo asiente, se levanta y desaparece en el baño.

Me quedo en el salón con Lena. El té se enfría en las tazas. La luz de la lámpara dibuja sombras en las paredes.

—¿Qué pasa? —pregunto, y mi voz es más baja de lo que pretendía.

Lena se sienta en el borde del sofá. Sus manos juegan con el borde de su jersey rojo. Sus ojos no se encuentran con los míos.

—Hay algo que tengo que contarte —dice, y su voz es apenas un susurro—. Algo que no le he contado a Bruno. Algo que quizá no debería contarte a ti, pero necesito decírselo a alguien.

—Cuéntame —respondo—. Estoy aquí.

Lena respira hondo. El aire entra y sale de sus pulmones como una ola.

—Nikita me llamó ayer —dice—. Antes de ir a la cena. Me llamó para para pedirme consejo.

—¿Consejo? ¿Sobre qué?

—Sobre Bruno. Sobre cómo decirle que lo quiere. Sobre cómo acercarse sin asustarlo. Sobre cómo ser sincero sin que parezca una actuación.

El corazón me late más rápido. Siento el pulso en las sienes, en los dedos, en la punta de la lengua.

—¿A Nikita le gusta Bruno? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.

—Sí. Le gusta. Pero no sabe cómo decírselo. No sabe si Bruno siente lo mismo. No sabe si está preparado para una relación. No sabe nada. Solo sabe que lo quiere. Y que tiene miedo de estropearlo todo.

—No va a estropearlo —digo, y mi voz es más firme de lo que esperaba—.

A Bruno también le gusta. Puede que no lo haya dicho, pero lo sé.

Lo veo en su mirada cada vez que habla de él.

Lo veo en la forma en que sus manos tiemblan cuando recibe un mensaje suyo.

Lo veo en la forma en que su voz se quiebra cuando dice su nombre.

Lena me mira. En sus ojos hay una mezcla de alivio y de algo que no sé nombrar.

—¿De verdad? —pregunta—. ¿Crees que Bruno está listo para esto?

—No lo sé. Pero no se trata de estar listo. Se trata de intentarlo. Y Bruno ha estado intentando cosas toda su vida. Aunque le dé miedo. Aunque le cueste. Siempre lo intenta.

Lena asiente. Sus manos dejan de jugar con el jersey.

—Entonces —dice—, ¿crees que debería animarlo? ¿Que debería decirle que Nikita lo quiere?

—No —respondo, y mi voz es firme—. Eso tiene que salir de Nikita. Y tiene que salir cuando Bruno esté preparado para escucharlo. Pero podemos crear el espacio. Podemos hacer que se encuentren. Podemos… no sé, podemos darles una excusa para estar juntos.

—¿Como qué?

Pienso un momento. El tic-tac del reloj marca el ritmo de mis pensamientos. La lámpara parpadea. El té se enfría en las tazas.

—Como estudios —digo al fin—. Los exámenes finales están a la vuelta de la esquina. Nikita ha estado fuera durante semanas. Necesita ponerse al día. Y Bruno es el mejor estudiante de la clase. Podríamos decirle que ayude a Nikita. Que estudien juntos.

—¿Y Bruno aceptará?

—Si soy yo quien se lo pide, sí. Siempre hace lo que le pido. Y si le digo que es para ayudarlo, para que no pierda el semestre, aceptará. Es demasiado bueno para negarse a ayudar.

Lena sonríe. Esa sonrisa suya que parece iluminar toda la habitación.

—Eres una genio —dice.

—Lo sé.