Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) XXXIV Bruno #2
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XXXIV Bruno #2

Nikita lee por encima de mi hombro. No dice nada. Pero sus dedos, que descansaban sobre mi brazo, aprietan un poco más. Sigo escribiendo.

Y es que en esta ciudad de cristal,

Donde las miradas siempre hieren más,

Tú eres el ruido que calma mi voz,

El que se queda cuando todos se van.

En esta noche que no sabe a fin,

Tú eres el vértigo que me hace sentir,

Que hasta el que no sabe volar,

Puede encontrar quien lo mire al andar.

Nikita coge el teléfono de mis manos. Sus dedos se mueven sobre la pantalla. Luego me lo devuelve.

Ha añadido un verso.

Tengo un apartamento enorme y las paredes frías,

Donde las luces de la fiesta apagan mis vigilias.

Me disfracé de rey, pero la corona pesa,

Y cada beso falso es otra promesa que no cesa.

Y entonces te busqué, en el rincón más escondido,

Y vi que tú también dormías con el ruido.

Sin saber qué decir, te pedí que te quedaras,

Y en tu silencio supe que tú no me juzgaras.

Leo sus palabras. Y algo se deshace dentro de mí. No es el nudo entero, pero es una hebra suelta. Un principio de deshilo.

—No sabía que escribías —digo.

—No sabía que escribías tú —responde, y hay una sonrisa en sus labios.

—Mi madre es escritora. Supongo que lo llevo en la sangre. —Pues... ¿seguimos?

Asiento. Y seguimos.

Dos almas rotas sin saber juntarse,

Dos miedos distintos en el mismo lugar.

Tú no necesitas tu armadura gris,

Yo no necesito mi disfraz feliz.

Basta con mirarnos y saber que estamos,

Que no todo está perdido, que aún nos estamos encontrando.

Porque en esta ciudad de cristal,

Donde los sueños a veces son tan frágiles,

Tú eres el único que me entiende al hablar,

Con una mirada y un «ojalá».

En esta noche, llena de quimeras,

Tú eres el puente entre mis primaveras,

Y aunque el miedo intente hacerte huir,

Yo sé que aquí, contigo, quiero vivir.

Termino de escribir. Las palabras quedan ahí, brillando en la pantalla, como un eco de todo lo que no hemos dicho en voz alta.

Nikita me mira. Sus ojos verdes tienen la misma luz de aquella noche en la terraza, la que dijo que no dormía bien. Pero ahora hay algo más. Algo que parece estar a punto de romperse.

—«Ojalá te hubieras quedado...» —dice.

—«Yo también» —respondo.

Y entonces, sin saber muy bien quién da el primer paso, nos abrazamos.

No es un beso de película. No hay música de fondo ni cámara lenta. Es un beso torpe, descoordinado, como dos personas que están aprendiendo a bailar sin pisarse los pies. Pero es real. Es nuestro. Y en el frío de diciembre, en medio de la nieve y del campus vacío, es el único calor que necesitamos.

Cuando nos separamos, Nikita tiene una sonrisa que no había visto antes. No la sonrisa de las fiestas, la que ensaya frente al espejo. Es una sonrisa auténtica, de esas que llegan a los ojos.

—Bruno —dice, y su nombre sale de mi boca como un susurro —. ¿Y si no me condenan?

—Entonces estaremos juntos.

—Y si me condenan, ¿qué?

—Entonces también.

Me mira. Y en sus ojos, en su mirada, veo que me cree.

La nieve sigue cayendo. Las luces de Navidad titilan en la distancia. El mundo sigue girando, indiferente a todo. Pero nosotros, Bruno y Nikita, estamos aquí, en medio de este campus nevado, escribiendo nuestra propia historia.

No sé cuándo llegará el veredicto. No sé qué va a pasar con el juicio, con la universidad, con el futuro. Solo sé que hoy, en este momento, estamos juntos. Y eso es más de lo que podría pedir.

—¿Quieres venir a cenar? —pregunto.

—¿A tu casa?

—Sí. Mi madre hace galletas de avena. Y Lena está allí. Y es Nochebuena.

Nikita sonríe. Esa sonrisa que ya empiezo a reconocer. La de verdad.

—Me encantaría.

Nos ponemos de pie. La nieve cruje bajo nuestros pies. Cogemos el metro de vuelta a casa, y durante el trayecto, nuestras manos no se separan. La gente nos mira. Pero no nos importa.

Llegamos a mi edificio. Subimos las escaleras. Y cuando abro la puerta, el aroma a galletas de avena y a vainilla nos envuelve como un abrazo.

Mi madre está en la cocina, con el delantal verde y una sonrisa que no había visto en años. Lena está sentada en el sofá, con el móvil en la mano, y cuando nos ve, suelta un silbido.

—¡Por fin! —dice—. Ya pensaba que te habías perdido.

—He traído a alguien —digo, y mi voz suena más firme de lo que esperaba—. Mamá, te presento a Nikita.

Mi madre se acerca. Sus ojos azules recorren a Nikita con una mezcla de curiosidad y de algo que parece aprobación. Luego extiende la mano.

—Encantada —dice—. Bruno ha hablado mucho de ti.

—Espero que bien —responde Nikita, y hay una sonrisa en sus labios que no necesita permiso para existir.

—Siempre bien —digo.

Y entonces, mientras mi madre y Nikita se conocen, mientras Lena hace bromas desde el sofá y el aroma a vainilla llena la casa, me doy cuenta de que esto es lo que he estado esperando.

No un final feliz, porque aún no sé cómo va a terminar esta historia.

Sino un momento feliz. Un momento en el que todo parece posible.

Nikita me mira desde el otro lado de la cocina. Me guiña un ojo.

Y yo, que he pasado diecinueve años aprendiendo a no sentir, aprendiendo a no necesitar, aprendiendo a no esperar, siento que el nudo en mi garganta se afloja por completo.

No sé qué va a pasar mañana. No sé si el juicio va a salir bien o si todo esto es solo el principio del fin. Pero sé una cosa: no estoy solo. Y eso, aunque no sea suficiente, es un comienzo.

Esta noche, a cuatro días de Nochebuena, mientras la nieve cae sobre Nueva York y mi madre prepara la cena y Nikita está a mi lado, soy feliz.

Y no necesito nada más.

—Por cierto —dice Nikita, acercándose a mí—. La canción... ¿la has guardado?

—Sí.

—¿Podemos terminarla juntos?

Sonrío.

—Siempre.