Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) XXXIV Bruno
80%

XXXIV Bruno

La ventana de mi habitación empaña el frío de diciembre con mi respiración.

Apoyo la frente contra el cristal y el frío se cuela hasta mis huesos, pero no me muevo.

Al otro lado, Nueva York se extiende gris y blanca, con sus edificios que parecen recortes de papel contra un cielo que no termina de decidir si quiere nevar.

Las luces de Navidad titilan en las farolas, en los balcones, en las ventanas de los pisos de enfrente.

Todo el mundo se prepara para celebrar algo.

Todo el mundo tiene un lugar al que ir, una mesa donde sentarse, unas manos a las que agarrarse.

Yo solo tengo esta ventana.

El cuarto está en silencio. Mi mochila sigue abierta sobre la cama, con los cuadernos de clase asomando como lenguas de papel. Debería estudiar. Los exámenes finales están a la vuelta de la esquina y el doctor Harrison nos ha advertido que no va a ser un paseo. Pero no tengo

ganas. Las letras de los apuntes bailan frente a mis ojos sin formar palabras, como si mi cerebro hubiera decidido hacer una huelga indefinida.

Lena está en el salón, ayudando a mi madre a preparar algo para la cena.

Las oigo reír. Es un sonido cálido que sube por las escaleras y se cuela por la rendija de la puerta.

Mi madre no ha dejado de sonreír desde que volvimos de la granja de la abuela Harmony.

Algo ha cambiado en ella. Algo ha cambiado en mi padre también.

Ya no se miran como dos extraños que comparten un pasillo. Ahora se miran como antes.

O quizá como nunca.

No sé si debería bajar. No sé si tengo espacio para la alegría de otros cuando la mía se siente tan frágil. Es como si hubiera estado construyendo un castillo de naipes durante meses y cualquier movimiento en falso pudiera derribarlo todo.

El móvil vibra sobre la mesilla de noche. El zumbido corta el silencio de mi habitación y mi cuerpo reacciona antes de que mi cabeza pueda procesarlo. Los hombros se tensan. Los dedos se quedan suspendidos a medio camino entre la sudadera y el móvil.

No sé si quiero mirarlo.

No sé si quiero ver que es él.

No sé si quiero ver que no es él.

Pero el móvil sigue vibrando, insistente, como si supiera que necesito que alguien me empuje hacia el borde.

Lo cojo. La pantalla se ilumina.

Nikita.

«He vuelto.»

Dos palabras. Dos palabras que pesan más que cualquier discurso. Las leo una vez. Dos. Tres. Cada vez que las leo, el nudo en mi garganta se afloja un poco más, como si esas dos palabras fueran las tijeras que cortan la cuerda que me ha estado apretando durante semanas.

Mis dedos tiemblan sobre el teclado. Quiero escribirle algo. Quiero decirle que he estado esperando. Quiero decirle que no dormí bien pensando en él. Quiero decirle que la Nochebuena sin él no es una Nochebuena.

Pero no sé cómo.

Escribo: «¿Dónde estás?»

Pulso enviar. El mensaje se queda ahí, azul, esperando.

La respuesta llega al instante.

«En el campus. Donde nos vimos aquella mañana.»

El corazón me da un vuelco. La mañana en que se fue. La mañana en que me pidió que lo acompañara al aeropuerto y yo no pude. La mañana en que se fue sin mirar atrás y yo me quedé con el café de vainilla enfriándose en la barandilla.

No me lo pienso. Cojo la chaqueta de la silla, la misma chaqueta de siempre, la gris, la que mi madre dice que ya debería jubilar. Pero no puedo. Es mi armadura. Es mi caparazón. Es la única forma que tengo de salir al mundo sin sentir que me desnudo.

Bajo las escaleras de dos en dos. Mi madre levanta la cabeza desde la cocina cuando paso por el salón. Lena está a su lado, con las manos llenas de harina y una sonrisa cómplice en los labios.

—¿Vas a salir? —pregunta mi madre, y su voz no es una pregunta. Es una certeza.

—Sí.

—¿Vuelves para cenar?

—No lo sé.

Lena me guiña un ojo. No dice nada. No hace falta. Su sonrisa lo dice todo: «Ve. Corre. No te arrepientas.»

La puerta de la calle se cierra a mis espaldas. El aire de diciembre me golpea la cara, frío y limpio, como si la ciudad hubiera decidido darme un respiro. Camino rápido. Mis pies conocen el camino de memoria. La lavandería, la tienda de mascotas, la boca de metro.

El viaje hasta el campus es un borrón. Las estaciones pasan. La gente sube y baja. Pero yo no veo nada. Solo pienso en él. En sus ojos verdes. En su voz diciendo «no duermo bien». En su mensaje: «he vuelto».

Salgo del metro en West 4th Street. El campus está cubierto de nieve.

Las ramas de los árboles se inclinan bajo el peso blanco, y las farolas proyectan círculos de luz amarilla sobre el suelo.

Un grupo de estudiantes pasa riendo, con gorros de lana y guantes de colores. Sus voces se pierden entre los árboles.

Y entonces lo veo.

Nikita está sentado en el césped, apoyado contra el tronco de un árbol enorme. Lleva la chaqueta negra, la que no había visto desde aquella mañana, y las manos metidas en los bolsillos. La nieve lo rodea como un abrazo blanco, y sus ojos verdes están fijos en el cielo gris.

No se ha dado cuenta de que estoy aquí.

Me acerco con pasos lentos, como si el tiempo se hubiera vuelto elástico. La nieve cruje bajo mis zapatillas. El frío me quema las mejillas. Pero no siento nada. Solo lo veo a él.

—Nikita —digo, y mi voz es apenas un susurro.

Levanta la cabeza. Sus ojos verdes se encuentran con los míos. Y por un momento, el mundo se detiene. El ruido de la ciudad desaparece. El frío deja de existir. Solo estamos nosotros dos, en medio de la nieve, como dos puntos en un mapa que por fin han encontrado el camino de vuelta.

Se pone de pie. La nieve se desprende de su chaqueta en pequeños copos que caen al suelo. Sus manos, que han estado todo este tiempo ocultas en los bolsillos, ahora se extienden hacia mí. No me tocan. Solo se extienden, ofreciéndose, como si me dijera «puedes acercarte o no, pero estoy aquí».

Y yo me acerco.

No sé quién da el primer paso. No sé quién cierra la distancia. Solo sé que de repente estamos abrazados, y que su cuerpo contra el mío es la única temperatura que importa. Huele a frío y a ciudad. Huele a Nueva York. Huele a hogar.

—He vuelto —dice, y su voz vibra contra mi oído.

—Ya lo veo —respondo, y las palabras salen sin filtro, sin ensayo, sin pensar en si suenan bien o mal—. Te he estado esperando.

—¿Y si no hubiera vuelto?

—Entonces te habría esperado igualmente.

Siento su risa, más que la oigo. Es una risa corta, cálida, que se cuela entre las capas de ropa y me llega al pecho.

—Eres un idiota —dice.

—Lo sé.

Nos separamos. No del todo. Sus manos todavía descansan sobre mis hombros, y las mías aún están alrededor de su cintura.

Nos miramos. Y en sus ojos verdes, en su mirada, veo todo lo que no me ha dicho.

La incertidumbre del juicio. El miedo a la sentencia.

El peso del apellido que no ha elegido. Pero también veo algo más.

Veo al chico que se sentó en la terraza y dijo que no dormía bien.

Al que me pidió que me quedara. Al que volvió.

—¿Quieres sentarte? —pregunta, señalando el árbol bajo el que estaba.

Asiento. Nos sentamos en el césped, apoyados contra el tronco. La nieve está fría, pero no me importa. Nikita está a mi lado, tan cerca que nuestros hombros casi se tocan.

—El juicio no ha terminado —dice, y su voz es más baja ahora —. La jueza ha dejado el caso visto para sentencia. No sé cuándo van a dar el veredicto. No sé si me declarará culpable o inocente.

—¿Tú qué crees?

—Yo sé que no hice nada —responde, y su voz es firme, como si hubiera repetido esa frase mil veces hasta creérsela—. Ella vino a mí. Ella me besó. Ella se quitó el vestido. Yo me detuve. Pero ella dice que no. Y la jueza tiene que decidir quién dice la verdad.

—Y si ella miente pero le dan la razón...

—Entonces lo habré perdido todo. La universidad. Mi futuro. La posibilidad de empezar de nuevo. Todo.

El silencio se alarga. La nieve sigue cayendo lentamente, en pequeños copos que se posan sobre nuestras rodillas, sobre los árboles, sobre el mundo.

—No vas a perderlo todo —digo, y mi voz es más firme de lo que esperaba—. Porque yo estoy aquí.

Nikita me mira. Sus ojos verdes tienen una luz que no había visto antes. Algo que parece estar a punto de romperse, pero no de tristeza. De esperanza.

—¿Y si soy culpable? —pregunta, y su voz es apenas un susurro —. ¿Y si la jueza cree su versión?

—Entonces será injusto. Pero no te voy a dejar.

—¿Por qué?

—Porque no sé estar sin ti.

Las palabras salen solas, como si hubieran estado esperando su momento. Nikita se queda en silencio. Pero no es un silencio incómodo. Es un silencio que habla más que cualquier discurso.

—Bruno —dice al fin, y mi nombre suena diferente en su boca —. No sé qué voy a hacer si me condenan.

—Entonces lo descubrimos juntos.

Apoya la cabeza en mi hombro. El peso de su cuerpo contra el mío es un recordatorio de que esto es real. Que está aquí. Que ha vuelto.

—¿Puedo quedarme un rato? —pregunta, y su voz es tan baja que casi no la oigo.

—Todo el tiempo que quieras.

Nos quedamos en silencio. La nieve sigue cayendo. La ciudad sigue su curso. Pero nosotros estamos detenidos en el tiempo, en medio de este campus nevado, como dos puntos en un mapa que por fin han encontrado el camino de vuelta.

Y entonces, como si el silencio hubiera desatado algo dentro de mí, siento la necesidad de escribir. No sé por qué. Es como si el nudo en mi garganta, ese que llevo años cargando, hubiera decidido convertirse en palabras.

—Nikita —digo.

—¿Sí?

—Dame tu teléfono.

Me mira confundido, pero me lo da. Abro la aplicación de notas. Mis dedos se mueven sobre la pantalla con una urgencia que no sabía que tenía. Las palabras salen sin filtro, como si hubieran estado esperando su momento.

Y escribo.

Construí un castillo de papel, de puertas bien cerradas,

Donde el eco de mi voz se pierde entre las sombras.

Con una sudadera gris, fui pintando mi armadura,

Pa' que nadie viera que detrás no hay cordura.

Pero llegaste tú con tu luz de terremoto,

Desordenando todo, sin pedir permiso.

Me viste entre la multitud, y sin saber mi nombre,

Rompiendo mi silencio, me robaste el aire, hombre.