XXXIII Nikita
El traje me queda como un ataúd.
Me lo puse esta mañana frente al espejo del hotel, con los dedos temblorosos y el nudo de la corbata apretado como una soga.
Es azul marino, de corte clásico, el mismo que mi padre eligió para las fotos de la gala benéfica del año pasado.
Odio cómo me queda. Odio la forma en que los hombros se marcan demasiado, como si fuera un muñeco de escaparate.
Odio la sensación de la tela rígida contra mi piel, tan diferente a la chaqueta de cuero que llevo siempre, tan diferente a cualquier cosa que me haga sentir yo mismo.
Definitivamente, odio los trajes.
En el espejo del ascensor, mi reflejo me devuelve la imagen de un extraño. Un chico rubio con los ojos hundidos y la mandíbula tensa, atrapado en un disfraz que no ha elegido. Las ojeras son más profundas que ayer. El pelo, que normalmente llevo despeinado a propósito, está
peinado hacia atrás con fijador. Parezco el novio de una tarta de bodas. Parezco todo lo que no soy.
—Señorito Volkov —dice Graham a mi lado, con su voz neutra de siempre—. El coche le espera.
Asiento sin mirarlo. No tengo fuerzas para hablar.
El trayecto hasta el juzgado es un borrón.
Las calles de Los Ángeles pasan tras la ventanilla como fotografías borrosas: palmeras, edificios bajos, letreros de neón que parpadean bajo la luz gris de la mañana.
El cielo está encapotado, como si la ciudad también supiera que hoy no es un día para brillar.
El juzgado es un edificio de piedra gris, macizo y frío, con columnas que intentan parecer imponentes pero solo consiguen ser intimidantes. Subo los escalones con las piernas de plomo. Graham camina a mi lado, silencioso, como una sombra que no puedo sacudirme.
Dentro, el olor a desinfectante y a papeles viejos me golpea como un muro. El vestíbulo está lleno de gente: abogados con maletines, secretarios con carpetas, personas que esperan su turno con caras de resignación. Todos parecen saber exactamente qué hacer. Todos menos yo.
—Esta sala —dice Graham, señalando una puerta de madera oscura al final del pasillo.
Abro la puerta. La sala es más pequeña de lo que esperaba.
Filas de bancos de madera, un estrado elevado, dos mesas enfrentadas.
Los abogados ya están allí, con sus trajes impecables y sus caras de póker.
Mi padre está sentado en la primera fila, con las manos apoyadas en el bastón que nunca usa.
Cuando me ve, asiente. Un gesto seco, profesional. Como si estuviera aprobando un informe.
No hay abrazos. No hay palabras de ánimo. Solo ese asentimiento que dice «no me falles».
El guardia de seguridad me indica dónde debo sentarme. Es un hombre corpulento, con bigote y una expresión que parece decir que ya ha visto demasiados casos como este. Señala un asiento detrás de la mesa de los abogados. La madera es dura y fría bajo mis dedos.
—Siéntese ahí —dice, y su voz no deja espacio para réplicas.
Me siento. Las manos me tiemblan. Las apoyo sobre la mesa, con los dedos entrelazados, para que no se note. El traje se arruga en los hombros. La corbata me aprieta el cuello como un puño invisible.
El murmullo de la sala se apaga de repente. Todos se ponen de pie.
La jueza entra por una puerta lateral. Es una mujer de unos sesenta años, con el pelo cano recogido en un moño y unas gafas de lectura colgadas del cuello.
Su túnica negra le da un aire de autoridad absoluta.
No mira a nadie mientras sube al estrado y se sienta.
Solo abre una carpeta, ajusta las gafas sobre su nariz, y dice:
—Pueden sentarse.
Un escalofrío me recorre la espalda. El ruido de los bancos al moverse llena la sala.
—Procedemos con el caso número 347-21 —dice la jueza, y su voz es neutra, como si estuviera leyendo una lista de la compra—. Chloe Winchester contra Nikita Volkov por agresión sexual.
La puerta de la sala se abre.
Entra ella.
Chloe Winchester.
Es la misma de aquella noche, pero también es otra.
Lleva un traje chaqueta color crema, elegante y sobrio, que le queda como si lo hubiera mandado hacer a medida.
El pelo rojo, que aquella noche estaba suelto y salvaje, ahora está recogido en un moño bajo y perfecto.
Los labios pintados de rojo, pero no tan intenso como lo recuerdo — o quizás sí, pero al estar bajo una luz diferente no lo reconozco—.
Camina hacia su asiento con la misma seguridad de aquella noche en la terraza. La misma forma de ocupar el espacio sin pedir permiso. Pero su mirada es diferente. Es fría. Calculadora. Es la mirada de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo y por qué.
Se sienta. Cruza las piernas. Coloca las manos sobre la mesa con una elegancia ensayada.
Y entonces me mira.
Sus ojos verdes, los mismos que aquella noche brillaban con deseo, ahora son dos cuchillas. No hay emoción en ellos. Solo una certeza fría, como la de quien ha ensayado este momento mil veces frente al espejo. Es la mirada de la victoria. La de la primera mujer en pisar la luna.
Yo la miro con cara de «¿por qué me has hecho esto?». Pero ella no se inmuta. Solo sostiene mi mirada unos segundos, y luego aparta los ojos hacia la jueza, como si yo ya no existiera.
Los abogados se ponen en pie.
—Su Señoría —dice el abogado de Chloe, un hombre de pelo plateado y voz de miel—. Mis argumentos iniciales son claros. Mi clienta fue sometida a una situación de violencia sexual por parte del acusado durante la fiesta celebrada en su residencia de Los Ángeles la noche del...
No escucho el resto. Las palabras se enredan en un zumbido blanco que me llena los oídos. Veo sus labios moverse, veo cómo gesticula con las manos, pero el sonido es como el de una radio sintonizada en una frecuencia que no existe.
Violencia sexual.
Las palabras me golpean como puñetazos. No hice eso. No hice nada de eso. Ella vino a mí. Ella me besó. Ella se quitó el vestido.
Pero cuando me detuve, cuando dije que no podía, ella me llamó gilipollas.
¿Y ahora esto?
—Su Señoría —la voz de mi abogado me trae de vuelta a la realidad. Es un hombre más joven, de traje gris y mirada intensa—. La defensa sostiene que no hubo agresión. Que el encuentro fue consentido en todo momento y que fue mi cliente quien detuvo la situación.
La jueza mira por encima de sus gafas.
—¿Tiene pruebas de eso?
—Tenemos testigos que pueden declarar que la señorita Winchester abandonó la fiesta en perfecto estado y que no manifestó ninguna queja hasta horas después. La acusación, por el contrario, se basa en una declaración unilateral que no ha podido ser corroborada.
—La declaración de mi clienta es suficiente —replica el abogado de Chloe—. No es necesario que haya testigos para que una agresión sexual sea real.
—Pero sí para que sea demostrable —contraataca mi abogado.
La discusión se intensifica. Los dos abogados se enfrentan en un duelo de jerga legal que apenas entiendo: «carga de la prueba», «presunción de inocencia», «violencia de género», «relación de poder»...
Las palabras vuelan sobre mi cabeza como pájaros que no logro atrapar.
No quiero atraparlas. No quiero entenderlas. Solo quiero que esto termine.
Miro a Chloe.
Ella no me mira. Tiene la vista fija en la jueza, con esa expresión de víctima que ha ensayado en el espejo. Pero sé que es una farsa. Lo sé porque la vi aquella noche. La vi desearme. La vi besarme. La vi quitarse el vestido con sus propias manos.
¿Por qué? ¿Por qué demonios ha hecho esto?
Y entonces lo entiendo.
Mi padre.
Los hoteles Volkov. Los hoteles Winchester. Competencia directa en el mercado hotelero de la costa oeste. Mi padre siempre ha sido un objetivo para sus competidores. Y qué mejor manera de hundir a un imperio que hundir a su heredero.
El nombre de los Winchester ha estado en los labios de mi padre en las cenas familiares durante los últimos meses —no sé si por arrogancia o por miedo—.
La guerra fría entre las dos cadenas hoteleras es un secreto a voces en el sector.
Cada nuevo hotel, cada adquisición, cada movimiento táctico es un paso en un tablero de ajedrez que yo nunca quise jugar.
Pero ahora estoy en medio de él.
No soy una pieza. Soy el peón que han sacrificado para ganar la partida.
Siento el peso de la mirada de mi padre en la nuca. Su mano, apoyada en el bastón, está tan rígida como su espalda. No me mira, pero sé lo que está pensando. Lo sé porque lo he visto toda mi vida. «No me falles. No arruines el apellido Volkov.»
Pero no fui yo. Nunca fui yo.
Chloe Winchester me ha utilizado. Su familia me ha utilizado. Y yo, como un idiota, caí en su trampa. Creyendo que era deseo. Creyendo que era real.
—Su Señoría —dice mi abogado, y su voz corta el aire como una cuchilla—. La defensa solicita que se desestime el caso por falta de pruebas.
El abogado de Chloe se pone en pie de un salto.
—¡Su Señoría! La declaración de mi clienta es más que suficiente. La víctima no tiene por qué demostrar su dolor.
—Pero sí tiene que demostrar que hubo agresión —replica mi abogado, y su voz es fría, profesional—. Y hasta ahora, no hay pruebas de que eso ocurriera.
La jueza levanta una mano. El silencio cae sobre la sala como un manto.
—Señores, he oído suficiente —dice, y su voz es grave, autoritaria—. Este caso queda visto para sentencia. Las partes serán notificadas del veredicto en los próximos días.
Visto para sentencia.
Ni siquiera sé si me han declarado culpable o inocente. Solo sé que el juicio ha terminado y que no tengo respuesta. Que tendré que esperar, como un condenado, a que la jueza decida mi futuro.
Chloe se levanta de su asiento con la misma elegancia con la que entró. No me mira. Solo se gira y camina hacia la puerta, seguida por su abogado. Sus pasos son firmes, seguros, como los de quien sabe que ha ganado aunque el veredicto no se haya anunciado.
Mi padre se pone de pie. Su bastón golpea el suelo con un golpe seco.
—Vámonos —dice, y no hay emoción en su voz.
Salgo de la sala con las piernas temblorosas. El pasillo está vacío. Los abogados se han ido. Chloe también. Solo queda el eco de mis pasos contra el suelo de mármol.
Graham me espera en la puerta del juzgado, con el coche negro abierto.
—Al aeropuerto —dice mi padre, y no es una pregunta.
El trayecto es un borrón. Los Ángeles, la ciudad que fue mi hogar, se desvanece tras la ventanilla como un sueño que ya no recuerdo.
Solo sé que necesito llegar a Nueva York.
Necesito ver a Bruno. Necesito aclarar las cosas.
Necesito que me mire como lo hizo aquella mañana en la entrada de la facultad, sin juzgar, sin miedo.
El aeropuerto está lleno de gente que va a alguna parte. Familias, parejas, viajeros solitarios. Todos tienen un destino. Todos saben a dónde van.
Yo solo sé que necesito volver.
Mientras espero el embarque, el móvil vibra en mi bolsillo. Es mi padre.
«Vuelve a Nueva York. Hablamos cuando sepas el veredicto.»
Borro el mensaje sin responder.
No quiero hablar con él. No quiero hablar con nadie. Solo quiero estar en el avión, y luego en Nueva York, y luego en la puerta de Bruno.
El avión despega. Los Ángeles se hace pequeña bajo las nubes.
Cierro los ojos.
Y pienso en él.
En su sudadera gris. En sus ojos marrones. En la forma en que me miró aquella mañana, como si pudiera verme de verdad.
No sé si me espera. No sé si podrá perdonarme.
Pero tengo que intentarlo.
Porque en breve es Nochebuena.
Y quiero disfrutar del encendido navideño bajo la nieve con él.
Aunque sea la última vez.