Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) XXXII Enzo
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XXXII Enzo

El camino de tierra cruje bajo nuestros pies mientras caminamos.

La mañana de diciembre es fría, pero el sol se cuela entre las nubes y calienta lo suficiente para que no necesitemos los guantes.

Val va a mi lado, con la mano en la mía, y sus dedos se enredan en los míos como si nunca hubieran dejado de hacerlo.

Lleva una chaqueta azul marino que no recuerdo haberle visto antes, y el pelo suelto se mueve con el viento.

La luz de la mañana le da en la cara y, por un momento, parece la misma mujer que conocí hace veinte años en aquella cafetería Santagloria.

Willowcreek se extiende a nuestra izquierda, un puñado de casas de madera y tejados de pizarra que parecen detenidos en el tiempo. La iglesia, con su campanario blanco, se alza sobre el pueblo como un faro. Más allá, los campos de la abuela Harmony se pierden en el

horizonte, y el río, que baja cantando desde las montañas, nos acompaña con su murmullo constante.

—No sabía que este sitio existía —digo, y mi voz suena más suave de lo que pretendía.

—Siempre ha estado aquí —responde Val, y hay una sonrisa en sus labios que no había visto en mucho tiempo—. Cuando era pequeña, venía con mi abuela Daphne a recoger moras. Había un arbusto enorme justo al lado del puente. Todavía debe de estar ahí.

—¿Y las moras?

—Las llevábamos a casa y mi abuela hacía mermelada. Nunca he conseguido que me salga igual que a ella. Dice mi madre que es porque no le pongo suficiente azúcar, pero yo creo que es porque las moras de aquí tienen otro sabor.

Sonrío. Aprieto su mano un poco más fuerte.

—Echo de menos esto —digo.

—¿El qué?

—Esto. Caminar contigo. Sin prisas. Sin teléfonos. Sin noticias de última hora.

Val me mira. Sus ojos azules, ese color que Bruno describe como el más seguro del mundo, se fijan en los míos. No dice nada, pero su mano se aprieta un poco más.

—Yo también lo echo de menos —dice al fin—. No sabía cuánto hasta que hemos llegado aquí y he visto que era posible.

Seguimos caminando. El río corre a nuestra derecha, y el agua brilla bajo el sol como una cinta de plata. Las ramas de los árboles se mecen con el viento, y el olor a tierra mojada y a pino nos envuelve como una manta.

—Willowcreek no ha cambiado nada —digo, mirando las casas que se alinean a lo lejos—. Sigue siendo el mismo pueblo que me enseñaste aquel verano.

—¿Te acuerdas de aquel verano? —pregunta Val, y hay una chispa en su voz que no había oído en años.

—Cómo olvidarlo. Llegué aquí con la cabeza llena de artículos que escribir y me encontré con un pueblo que se movía al ritmo de las gallinas y el viento.

—Y con una chica que te llevó a la feria del pueblo.

—Y que me hizo subir a la noria aunque tengo vértigo.

Val se ríe. Esa risa suya, la que parece una cascada de campanas de cristal, la que había olvidado que existía.

—No tenías vértigo. Solo querías impresionarme.

—Y lo conseguí, ¿verdad?

—Lo conseguiste.

Nos detenemos en el puente de madera que cruza el río.

La estructura cruje bajo nuestros pies, pero es un crujido firme, de esos que han resistido décadas de lluvias y nevadas.

Val se apoya en la barandilla y mira el agua que corre debajo.

El viento le mueve el pelo, y yo no puedo evitar quedarme mirándola un momento.

—Enzo —dice, sin mirarme—. ¿Qué te pasa?

—¿A qué te refieres?

—Llevas toda la mañana callado. Y no es un silencio bueno. Es un silencio de esos que tienes cuando estás a punto de decir algo importante y no sabes cómo.

Bajo la mirada. Mis manos se apoyan en la barandilla de madera, y el frío de la mañana se cuela a través de la madera.

—Estaba pensando en el periódico —digo al fin.

—¿Qué pasa con el periódico?

—Que quizá ya no debería ser yo quien lo dirija.

Val se gira hacia mí. Sus ojos se abren ligeramente, y hay algo en ellos que no sé leer. Sorpresa, quizá. O incredulidad.

—¿Qué quieres decir?

—Y luego está Mónica Villalobos —dice, y el nombre cae entre nosotros como una piedra en un estanque. Pero no es una piedra cualquiera. Es una losa. Una que lleva quince años flotando en el fondo de mi memoria, esperando el momento de salir a la superficie.

El nombre me golpea en el pecho. Mónica Villalobos.

La directora de la Editorial Dragos. La que contrató a Val cuando llegó a España trabajando como traductora convirtiéndose en la escritora best seller de la editorial.

La que siempre tuvo una sonrisa demasiado perfecta y unos ojos que nunca miraban del todo a los tuyos.

La que firmó cheques que no podía justificar y aprobó manuscritos que nadie había leído.

Val se separa de mi hombro. Su mano sigue en la mía, pero su cuerpo se ha tensado. Su mandíbula está apretada, y sus ojos, esos ojos azules que siempre han sido mi puerto seguro, ahora son dos tormentas a punto de desatarse.

—Mónica —repite, y su voz es un cuchillo—. Siempre supe que había algo raro en ella. Siempre supe que sus negocios no eran del todo limpios. Pero no quería verlo. No quería aceptar que la mujer que me dio una oportunidad cuando no tenía nada...

—Val...

—No me interrumpas —dice, y su voz es firme, cortante, como la de la mujer que conocí en Madrid.

La que no se dejaba pisotear por nadie—.

Llevaba tiempo callada. Tiempo tragándome las dudas.

Tiempo mirando hacia otro lado porque no quería enfrentarme a la verdad.

Pero después de enfrentarnos a ella todo cambió, aunque me dieran esta oportunidad en Nueva York.

Se detiene. El viento mueve su pelo y el río sigue su curso, indiferente a todo. Pero ella no lo mira. Me mira a mí. Y en sus ojos hay una pregunta que no se atreve a formular.

—Mónica iba a por Emilie —digo, y las palabras salen solas, como si llevaran años esperando a ser pronunciadas—.

Sabía que estaba colaborando con nosotros.

Sabía que escribió un libro que destapó todo el entramado de corrupción, de lavado de dinero, de conexiones con la mafia. Y en lugar de detenerla…

—La dejó morir —susurra Val, y su voz se quiebra—. La dejó morir para proteger sus negocios.

—No lo sé con certeza. Pero cuando leí la noticia, todo encajó. El libro de Emilie, el silencio de Dragos, la rapidez con la que la editorial reestructuró su departamento de derechos después de su muerte... todo.

Val se queda en silencio. Sus dedos, todavía enredados en los míos, aprietan con una fuerza que no sabía que tenía. El viento mueve su pelo y el sol de diciembre se refleja en sus ojos, pero ya no veo la luz de antes. Veo algo más oscuro. Algo que lleva años esperando.

—Y yo trabajé para ella —dice al fin, y su voz es apenas un hilo —. Durante años. No solo traduje libros al español sino que también escribí el mio propio que se convirtió en best-seller…

—No tuviste la culpa —digo, y aprieto su mano—. No podías saberlo. Nadie podía saberlo. Ya no tienes que seguir martirizándote.

—Pero debería haberlo sabido —responde, y sus ojos se fijan en los míos—.

Siempre supe que algo no cuadraba. Siempre supe que las cifras no eran del todo correctas.

Pero no quise mirar. No quise arriesgar mi puesto.

No quise perder lo que había conseguido.

Y menos después del secuestro fingido durante la feria de Sant Jordi.

—Val, cariño...

—Me utilizó —dice, y su voz tiembla—. Me utilizó para encubrir sus negocios sucios. Para dar legitimidad a una editorial que estaba podrida hasta los cimientos. Y yo, como una idiota, le firmé papeles, le sonreí, le di las gracias por darme trabajo.

El llanto llega sin avisar. No es un llanto bonito.

Es un llanto de esos que salen de algún lugar profundo y retuercen el estómago.

Val se cubre la cara con las manos, y yo la abrazo sin saber qué más hacer.

La sostengo contra mi pecho, sintiendo cómo su cuerpo tiembla con cada sollozo. Está traumatizada, y no me extraña.

—Lo siento —dice entre lágrimas—. Lo siento tanto, Enzo. Debería haberme dado cuenta antes. Debería haber hecho algo.

—No pudiste —respondo, y mi voz es más firme de lo que esperaba—. No podías saberlo. Nadie podía. Mónica era experta en ocultar su rastro. Llevaba años haciéndolo.

—Pero yo trabajaba con ella. Día tras día. Veía cómo trataba a los autores, cómo presionaba a los editores, cómo desaparecían los manuscritos incómodos. Y nunca pregunté. Nunca quise saber.

—Porque tenías miedo —digo, y la verdad se siente ligera—. Como yo. Como todos. Miedo de perderlo todo. Miedo de que la verdad fuera demasiado grande.

Val levanta la cabeza. Sus ojos están rojos, hinchados. Pero hay algo en ellos que no había visto antes. Una determinación. Una furia contenida que ha estado esperando su momento.

Val me mira. Sus ojos rojos, hinchados, tienen una luz que no había visto en años. Una luz que no es de tristeza. Es de esperanza.

El sol de diciembre sigue subiendo en el cielo, y la luz de la mañana ilumina el camino de vuelta. La granja de Harmony se recorta al final del sendero, acogedora y eterna.

Y nosotros, con las manos entrelazadas, caminamos hacia ella.

Hacia lo que venga.