Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) XXXI Lena
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XXXI Lena

El porche cruje bajo mi peso cuando me siento.

La madera está húmeda por el rocío de la noche y el frío de diciembre se cuela a través de la manta de lana que la abuela Harmony me ha puesto sobre los hombros.

Huele a tierra mojada, a pino y a ese aroma a galletas que impregna toda la granja.

El sol apenas comienza a asomarse por el horizonte, tiñendo el cielo de un naranja tan suave que parece de mentira.

Bruno está a mi lado, en el sillón de mimbre.

Lleva la sudadera gris, la de siempre, pero su cara tiene una expresión que no había visto antes.

Tranquilidad. Por primera vez desde que lo conozco, parece en paz.

Los hombros relajados, la respiración lenta y profunda, los ojos cerrados.

Es como si el peso que carga siempre hubiera decidido tomarse un descanso.

No quiero moverme. No quiero romper esto.

Pero mi móvil vibra en el bolsillo de la chaqueta.

El zumbido corta el aire como una cuchilla. Bruno ni siquiera abre los ojos. Sigue dormido —o casi—, con la cabeza apoyada en el respaldo del sillón y la taza vacía aún entre los dedos.

Saco el teléfono. La pantalla se ilumina y el nombre que veo me hace contener la respiración.

Nikita.

Miro a Bruno. No se ha movido. Su pecho sube y baja con la misma cadencia tranquila. No sé si debería despertarlo. No sé si debería contestar.

Pero el teléfono sigue vibrando. Insistente. Desesperado.

Acepto la llamada y me levanto del sillón con cuidado para no hacer ruido. Camino hacia el borde del porche, alejándome de Bruno, y apoyo el móvil en la oreja.

—¿Dime? —susurro, y mi voz suena más baja de lo que pretendía.

—Lena —la voz de Nikita al otro lado es un susurro roto. Como si hubiera estado llorando. O como si no hubiera dormido en días—. Necesito hablar contigo.

—¿Por qué conmigo? —pregunto, y no puedo evitar que mi tono suene duro. Aún recuerdo la fiesta. Aún recuerdo cómo se dejó besar por esas dos chicas delante de Bruno. Aún recuerdo cómo mi amigo se fue de allí con el alma hecha trizas—. ¿Por qué no llamas a Bruno?

Silencio. Solo su respiración entrecortada.

—Porque no puedo —dice al fin, y su voz se quiebra—. Porque tengo miedo de lo que pueda decirme. Porque tengo miedo de que no quiera escucharme. Porque tengo miedo de que después de todo lo que ha pasado, de cómo me vio en aquella fiesta...

Hago una pausa. El viento mueve las ramas de los pinos y el sonido del agua del río llega hasta aquí, mezclado con el canto de los pájaros. Miro a Bruno de reojo. Sigue dormido. Sigue tranquilo.

—Nikita —digo, y mi voz es más firme ahora—. No te he entendido bien. Estás diciéndome que no te atreves a llamar a Bruno porque no sabes si te va a escuchar porque vio cómo te besabas con dos tías en tu propia fiesta. Pero quieres que yo, su amiga, te ayude.

—Lo sé. Suena mal.

—Suena fatal.

—Lo sé. Pero necesito saber... Necesito saber si él... —su voz se pierde, como si las palabras se hubieran quedado atascadas en algún lugar de su garganta.

—¿Si él qué?

—¿Si yo le importo? —la pregunta sale como un susurro, tan bajo que casi no la oigo—. ¿O si ya lo he estropeado todo?

Me quedo en silencio. El viento frío me da en la cara y mis dedos, alrededor del móvil, se han quedado fríos.

—¿Por qué? —pregunto, y esta vez mi voz es más suave—.

¿Por qué debería importarle? Porque desde donde yo lo veo, llegaste, te presentaste como un creído, te pasaste el primer día diciendo que eras guapo y que no era culpa tuya que te miraran, y luego, en tu fiesta, mientras él estaba allí, en tu terraza, hablando contigo...

te pusiste a besar a dos tías delante de él.

—Lo sé. Fui un idiota.

—No me lo digas a mí. Díselo a él.

Otro silencio. Luego, su voz, más baja aún:

—¿Pero él...? ¿Hay algo que pueda hacer? ¿O ya no hay nada que hacer?

Reclino la cabeza sobre el sillón del porche.

El frío me cala la piel, pero no me importa.

Pienso en Bruno. En cómo se ha pasado las últimas semanas hablando de Nikita sin querer hablar de Nikita.

En cómo su cara se ilumina cuando recibe un mensaje suyo.

En cómo, a pesar de todo, ha estado esperando que vuelva.

Y sé que no soy yo quien debe decirlo. Pero también sé que a veces, la gente necesita que alguien les dé un empujón.

—Nikita —digo, y mi voz es firme—. No voy a decirte si Bruno está enamorado de ti o no. Eso es algo que tienes que escuchar de él. Y él tiene que ser quien te diga si sí o si no.

—¿Pero...?

—Pero sí te voy a decir una cosa. Ha estado preocupado por ti. Ha esperado tus mensajes. Ha ido a verte a la facultad a las ocho de la mañana. Y ha estado hablando de ti con su abuela, con su prima, conmigo... aunque no quisiera admitirlo.

—¿De verdad?

—No me hagas repetirlo.

Nikita suelta una risa entrecortada, mezclada con algo que parece un sollozo.

—Y lo de California —digo, y esta vez mi voz es más dura—. ¿Qué pasó allí?

El silencio se alarga. Puedo oír su respiración, entrecortada, como si estuviera decidiendo si decirme la verdad o no.

—No sé si puedo contártelo —dice al fin.

—¿Por qué? ¿Porque no confías en mí? ¿O porque no quieres que nadie sepa la verdad?

—Porque es complicado.

—Pues descomplica.

Nikita respira hondo. Al otro lado, oigo un ruido de fondo. Coches, quizá. Gente. No sé dónde está, pero no parece un lugar tranquilo.

—Hubo una fiesta —empieza, y su voz es un susurro—. En California. Una chica. Chloe. Me acusó de agresión sexual. Pero no fue así. Ella vino a mí, nos besamos, empezamos a... y luego me detuve. No pude seguir. Me fui. Y a la mañana siguiente, la policía estaba en mi puerta.

—¿Y por qué te acusó?

—No lo sé —su voz tiembla—. Su familia compite con la de mi padre en el negocio hotelero. Quizá fue una venganza. Quizá solo quería hacerme daño. Quizá lo de la fiesta no fue más que una excusa. Pero ahora... ahora el caso se ha reabierto. Y tengo que volver a declarar. Y no sé qué va a pasar.

—¿Y Bruno lo sabe?

—No del todo. No he tenido valor para contárselo entero.

—Pues deberías —digo, y mi voz es cortante—. Porque si quieres que confíe en ti, tienes que ser sincero. Tienes que contárselo todo. Desde el principio.

—Lo sé. Lo sé. Pero no es tan fácil.

—¿Cómo que no?

—No. No quiero que me mire como me mira todo el mundo. Como un monstruo. Como el chico rico que abusó de una chica en una fiesta.

—¿Y si no te mira así?

—Entonces sería la primera vez —susurra—. La primera vez que alguien me mira y ve algo que no sea mi dinero o mi apellido.

Me quedo en silencio. El viento mueve mi pelo y el aroma a galletas de avena llega desde la cocina. Miro a Bruno de reojo. Sigue dormido. Sigue tranquilo.

—Nikita —digo al fin—. No soy yo quien tiene que decirte esto. Pero sí te voy a decir que Bruno es diferente. No le importa ni tu dinero ni tu apellido. Le importas tú. El que se sienta en la terraza y dice que no duerme bien. El que tiene miedo. El que no sabe cómo pedir ayuda.

—¿Y eso es suficiente?

—No lo sé. Pero es un comienzo.

Otro silencio. Luego, su voz, más firme:

—Gracias, Lena. De verdad.

—No me des las gracias. Todavía no he terminado.

—¿Qué quieres decir?

—Que si vuelves a hacerle daño, si vuelves a hacer una de esas estupideces de besarte con otras delante de él, voy a ir a California yo misma y te voy a dar una paliza que ni tu padre ni tu abogado te van a poder sacar.

Nikita se ríe. Es una risa auténtica, de esas que salen sin querer.

—Lo sé. No hace falta que me lo digas.

—Mejor que lo tengas claro.

—Lena… —dice, y su voz es más seria ahora—. ¿Crees que podré volver?

—No lo sé. Pero si no lo intentas, nunca lo sabrás.

—Es fácil decirlo.

—Lo sé. No es fácil. Pero tampoco es imposible.

Cuelgo. Me quedo un momento mirando el móvil, con la pantalla apagada y el frío de diciembre calándome los dedos. El mundo sigue igual: el canto de los pájaros, el crujido del porche, el aroma a vainilla y a canela.

Pero algo ha cambiado.

Guardo el móvil en el bolsillo y miro hacia el sillón de mimbre. Bruno sigue ahí, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el respaldo. Su respiración es lenta, profunda. No sé si está dormido o solo descansando. Pero su cara tiene una expresión que no había visto antes. Tranquilidad. Paz.

No quiero despertarlo.

Me levanto del porche y camino hacia el río. El suelo de tierra cruje bajo mis zapatillas y el viento mueve las ramas de los pinos. El agua del río brilla bajo la luz del sol naciente, y el sonido de su corriente es un murmullo constante que me envuelve.

No sé si Bruno se ha dado cuenta de que me he ido. No sé si me ha visto levantarme y alejarme. Pero cuando miro hacia atrás, él sigue en el sillón, inmóvil, con la cara iluminada por los primeros rayos del sol.

Y pienso en lo que he dicho. En lo que no he dicho. En lo que debería haber dicho.

No sé si Nikita volverá. No sé si el juicio va a salir bien o si todo esto no es más que el principio del fin. Pero sé una cosa: Bruno le importa. Y a Nikita le importa a Bruno.

Y eso, aunque no sea suficiente, es un comienzo.

Me siento en una roca junto al río. El agua corre a mis pies, clara y fría. El sol de diciembre calienta mi cara y el viento mueve mi pelo. Cierro los ojos y escucho el sonido del agua, el canto de los pájaros, el crujido de las ramas.

Y por primera vez en mucho tiempo, siento que quizá, solo quizá, las cosas podrían estar bien.

No sé qué va a pasar. No sé si Bruno y Nikita van a reencontrarse. No sé si mi madre va a volver a llamar. No sé si todo esto es solo el principio de otra despedida.