Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) XXXVII Bruno
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XXXVII Bruno

Me miro al espejo y no me reconozco.

El traje negro me queda mejor de lo que esperaba. Lena lo eligió ayer en una tienda del centro, después de que yo dijera que no sabía qué ponerme y ella pusiera los ojos en blanco y me arrastrara hasta el probador como si fuera un muñeco de tamaño natural.

—Este —dijo, señalando un modelo sencillo, de corte recto, sin demasiados adornos.

—¿Seguro? —pregunté, dudando.

—Seguro. No necesitas más. Eres tú, Bruno. Solo que con mejor ropa.

Y tenía razón.

La camisa blanca, los botones hasta arriba pero sin corbata, el chaquetón negro que me llega justo por debajo de la cadera.

Es más de lo que suelo vestir —mucho más— pero no me siento disfrazado.

Me siento... diferente. Como si la ropa que llevo pudiera cambiar también la forma en que camino, en que respiro, en que ocupo el espacio.

—¿Bruno? —la voz de Lena llega desde el salón—. ¿Estás listo? ¡Zoa ya está aquí!

—Voy —respondo, y mi voz suena más firme de lo que esperaba.

Una última mirada al espejo. El chico que me devuelve la mirada tiene los ojos marrones, el pelo oscuro ligeramente peinado hacia atrás, y una sonrisa que no sé si es mía o del reflejo. Pero no importa. Porque por primera vez en mucho tiempo, sonrío de verdad.

Salgo de la habitación. Lena está en el salón, apoyada contra el marco de la ventana, y cuando me ve, sus ojos se abren como platos.

—Joder, Bruno —dice, y su voz es un silbido—. Estás... guapo. De verdad. Guapo.

—¿Tanto?

—Tanto.

Lleva un vestido elegante, de color champán, con una abertura lateral que casi llega a su cadera.

El pelo, normalmente recogido en una coleta desordenada, cae suelto sobre sus hombros en ondas perfectas.

No parece la misma chica que se sienta a mi lado en clase y habla sin parar para llenar los silencios.

Parece otra. Pero sus ojos siguen siendo los mismos, esos que siempre parecen estar diciendo más de lo que sus palabras expresan.

—Tú también estás... —busco la palabra—. Impresionante.

—Lo sé —responde, y sonríe—. Me he puesto guapa para ti. Bueno, para vosotros. Por si las moscas.

—¿Las moscas?

—Nunca se sabe, Bruno. Puede que esta noche haya algún chico guapo en Central Park que necesite que una chica con un vestido de apertura lateral le salve la vida —o le provoque un infarto del impacto —.

Me río. Esa risa que sale sin avisar, que no necesita permiso para existir.

La puerta del ascensor se abre y Zoa aparece en el marco. Lleva un vestido más discreto que el de Lena, un jersey de cuello alto de color burdeos y unos pantalones negros de pinzas. El pelo recogido en un moño bajo, y en los labios apenas un toque de color. Se acerca y me mira de arriba abajo.

—No está mal —dice—. Has aprobado.

—¿El qué?

—La prueba de la primera cita formal. Has pasado de la sudadera gris al traje. Eso es un paso de gigante.

—No es una cita —digo, y las palabras salen antes de que mi cerebro pueda procesarlas—. Bueno, sí. Es una cita. Pero no es formal. Es solo...

—Es una cita —la interrumpe Lena—. Y es formal. Y vas a ir con tu traje negro y tu camisa blanca y a Nikita se le va a caer la mandíbula al suelo. Y punto.

Zoa se ríe. Esa risa suya que parece una cascada de campanas de cristal.

—Lena tiene razón. Y no te preocupes, que si se te cae la mandíbula a ti también, no pasa nada. Estamos aquí para sujetarla.

Salimos del edificio. El aire de diciembre nos golpea la cara, frío y limpio. Las luces de Navidad parpadean en las farolas, en los balcones, en los escaparates de las tiendas. La ciudad parece haberse vestido de fiesta solo para nosotros.

El camino hasta Central Park es corto. Caminamos los tres juntos, Lena en medio, Zoa a mi izquierda, yo a la derecha. El frío se cuela a través de la tela del traje, pero no me importa. El corazón me late tan rápido que mantiene mi cuerpo caliente.

—¿Estás nervioso? —pregunta Lena, y no es una pregunta. Es una constatación.

—Sí.

—¿Mucho?

—Mucho.

—No pasa nada. Es normal. Y además, él también estará nervioso.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque me ha llamado tres veces esta mañana para preguntarme cómo iba a ser la noche. Si te había gustado el traje que te compré. Si ibas a estar contento. Si debería traer algo.

—¿Y qué le has dicho?

—Que trajera su mejor sonrisa. Y que dejara de llamarme porque iba a llegar tarde.

Sonrío. Esa sonrisa que se me queda pegada en la cara cada vez que pienso en él.

Entramos en Central Park. La nieve cubre el suelo y las ramas de los árboles se inclinan bajo su peso. Un grupo de niños corre tras un perro, y el sonido de sus risas se mezcla con el crujido de la nieve bajo nuestros pies.

Y entonces lo veo.

Nikita está apoyado contra la barandilla del lago, frente al árbol de Navidad más grande de la ciudad.

Lleva un abrigo negro, de corte impecable, que le llega justo por encima de las rodillas, y debajo asoma un traje gris oscuro, con una camisa blanca y una corbata oscura.

El pelo rubio, normalmente despeinado, está peinado hacia atrás con un toque de fijador que le da un aire de estrella de cine.

Los zapatos negros, brillantes, reflejan las luces de Navidad que titilan a su alrededor.

Está más elegante que nunca.

Cuando me ve, su cara cambia. Primero es sorpresa. Luego algo que parece incredulidad. Luego una sonrisa que no necesita permiso para existir, que se extiende por su rostro como el sol cuando sale después de una tormenta.

—Bruno —dice, y su nombre sale de mi boca como un susurro.

—Nikita —respondo, y mi voz es más firme de lo que esperaba.

Nos acercamos. Lena y Zoa se quedan un paso atrás, intercambiando una mirada cómplice que no alcanzo a descifrar.

—Estás... —empieza él, buscando las palabras—. Estás increíble.

—Tú también —respondo, y no es un cumplido vacío. Es la verdad.

El árbol de Navidad se alza detrás de nosotros, enorme y resplandeciente. Miles de luces de colores titilan en sus ramas, rojas, verdes, doradas, azules. Algunas parpadean al ritmo de una música suena desde los altavoces del parque.

—¿Queréis beber algo? —pregunta Nikita, señalando un puesto cerca del zoo—. He visto que venden ponche caliente.

—Buena idea —dice Lena.

Caminamos hacia el puesto. La cola no es larga, y en unos minutos ya tenemos cuatro vasos de ponche caliente humeando entre las manos. El aroma a canela y a naranja se eleva en el aire frío.

—Por la noche más bonita del año —dice Nikita, alzando su vaso.

—Por la noche más bonita del año —repito, y chocamos los vasos.

El líquido caliente me quema la garganta, pero es un calor bueno. Es el calor de la noche, de la nieve, de las luces, de él.

—Mira —dice Lena, señalando el cielo—. Ya empieza.

Levanto la cabeza. Los primeros copos de nieve caen sobre nosotros, lentos y silenciosos. Se posan en nuestros hombros, en nuestros cabellos, en las ramas del árbol. Las luces de Navidad titilan más intensamente, como si la ciudad entera estuviera celebrando el mismo momento.

—Es precioso —susurro.

—Sí —responde Nikita, y cuando me giro hacia él, no está mirando el árbol. Está mirándome a mí.

El corazón me da un vuelco. Siento el pulso en las sienes, en los dedos, en la punta de la lengua.

—¿Quieres dar un paseo? —pregunta, y su voz es baja, como si no quisiera que los demás oyeran.

—Sí.

Lena y Zoa ya se han alejado, caminando hacia el lago con sus vasos en la mano, susurrando algo que no alcanzo a oír. Nos dejan solos.

Caminamos. La nieve cruje bajo nuestros pies. El árbol de Navidad se aleja lentamente, pero las luces siguen titilando en la distancia, como estrellas caídas en medio del parque.

—Bruno —dice Nikita, y se detiene.

Yo también me detengo.

—¿Sí?

—Llevo semanas esperando este momento. Días. Horas. Y ahora que está aquí, no sé qué decir.

—No tienes que decir nada —respondo, y mi voz es más firme de lo que esperaba—. Solo estar aquí.

Me mira. Sus ojos verdes tienen la misma luz de aquella noche en la terraza, la que dijo que no dormía bien. Pero ahora hay algo más. Algo que parece estar a punto de romperse, pero no de tristeza. De esperanza.

—Bruno —dice, y su nombre sale de mi boca como una oración —. ¿Puedo besarte?

La pregunta me desarma. No porque no la esperara, sino porque la ha hecho. Porque me ha pedido permiso. Porque me ha dado la opción de decir que no.

Pero no quiero decir que no.

—Sí —respondo, y la palabra sale como un susurro—. Sí.

Se acerca. Sus manos se posan sobre mis mejillas, y el contacto es tan suave que apenas lo siento. La nieve sigue cayendo a nuestro alrededor, y las luces del árbol de Navidad parpadean en la distancia.

Y entonces sus labios encuentran los míos.

No es un beso de película. No hay cámara lenta, aunque así lo siento.

No hay música de fondo. Es un beso torpe, descoordinado, como dos personas que están aprendiendo a bailar sin pisarse los pies.

Pero es real. Es nuestro. Y en el frío de diciembre, en medio de la nieve y de Central Park, es el único calor que necesito.

Cuando nos separamos, Nikita tiene una sonrisa que no había visto antes. Es una sonrisa auténtica, de esas que llegan a los ojos y se quedan allí para siempre.

—Huelo a castañas asadas —dice.

—Y a ponche caliente —respondo.

—Y a ti.

Me río. Esa risa que sale sin avisar, que no necesita permiso para existir.

—Eres un idiota.

—Lo sé. Pero soy tu idiota.

El árbol de Navidad sigue titilando a lo lejos. La nieve sigue cayendo. El mundo sigue su curso, indiferente a todo. Pero nosotros, Bruno y Nikita, estamos aquí, en medio de Central Park, celebrando nuestra primera Nochebuena juntos.

Lena y Zoa nos encuentran unos minutos después. Se acercan con sus vasos de ponche caliente y sonrisas cómplices.

—Parece que lo habéis conseguido —dice Lena.

—¿El qué? —pregunta Nikita.

—El primer beso.

Nikita me mira. Yo lo miro. Y los dos sonreímos.

—Sí —digo—. Lo hemos conseguido.

—Y ahora —dice Zoa—, ¿qué tal si vamos a ver las luces? He oído que en el puente de Bow hay una instalación impresionante.

—Suena bien —responde Nikita.

Cogemos nuestras manos. La de él es cálida, incluso con el frío de la noche. Caminamos hacia el puente, los cuatro juntos, bajo la nieve que no deja de caer.

No sé qué va a pasar mañana. No sé si el juicio realmente ha terminado, si los Winchester van a recurrir, si el apellido Volkov va a seguir pesando sobre él. Solo sé que hoy, en este momento, estamos juntos. Y eso es más de lo que podría pedir.

Esta noche, bajo el árbol de Navidad más grande de Nueva York, con la nieve cayendo sobre nosotros y las luces parpadeando en la distancia, he dado el primer beso de mi vida.

Y ha sabido a vainilla.

A final feliz.

A nosotros.

—Bruno —dice Nikita, y su voz es apenas un susurro—.

—¿Sí?

—Esto es solo el principio.

—Lo sé —respondo, y aprieto su mano—. Y estoy listo para lo que venga.

Porque he dejado de tener miedo. O al menos, he aprendido a convivir con él. A compartirlo. A entender que las historias más bonitas no son las que nos cuentan, sino las que tenemos el valor de escribir nosotros mismos.

Y esta noche, en este momento, estamos escribiendo la nuestra.