XXVIII Bruno
La mochila está abierta sobre la cama desde hace veinte minutos y apenas he metido dos camisetas y un par de calcetines.
No sé por qué me cuesta tanto hacer la maleta para un viaje que he hecho cientos de veces.
Quizá porque esta vez no voy solo. Quizá porque esta vez también viene mi padre.
O quizá porque, por primera vez en mucho tiempo, no sé qué voy a encontrar al otro lado.
—¿Necesitas ayuda? —pregunta Lena desde el marco de la puerta. Lleva su mochila colgada de un hombro y una sonrisa que intenta ser tranquilizadora, pero veo el nervio en la comisura de sus labios.
—No. Bueno, sí. No sé qué ponerme.
—No creo que tu abuela a estas alturas de la vida te juzgue por lo que lleves puesto.
—Esa me la pongo para el viaje.
—Pues ponte otra para la granja. O la misma. Da igual.
Sonrío. Lena tiene razón. Como siempre. Desde que llegó a mi vida, ha tenido la habilidad de decir lo que necesito oír sin que yo tenga que pedirlo. Esa capacidad suya de llenar los silencios sin agobiarme es algo que no sabía que necesitaba hasta que lo tuve.
Meto otra camiseta en la mochila y cierro la cremallera. El gesto es mecánico, automático, pero mis dedos tiemblan ligeramente. No es por el frío. Es la ansiedad. La misma de siempre, la que me acompaña desde que tengo memoria, la que la abuela Harmony dice que puedo aprender a domar.
—¿Estás nervioso? —pregunta Lena, y no es una pregunta. Es una constatación.
—Sí.
—¿Por el viaje?
—Por todo. Porque va mi padre. Porque no sé cómo va a ser. Porque hace al menos diez años que no hacemos algo juntos los tres.
Lena asiente. Se sienta en el borde de mi cama, justo donde yo estaba hace un momento, y me mira con esos ojos que siempre parecen estar diciendo más de lo que sus palabras expresan.
—¿Y por Nikita? —pregunta, y su voz es baja, como si supiera que está tocando un tema delicado.
Bajo la mirada. Mis dedos juegan con la cremallera de la mochila, subiéndola y bajándola sin sentido.
—No sé si debería escribirle —admito—. No sé si está bien. No sé qué ha pasado en California. No sé si quiere saber de mí o si solo fue un momento.
—¿Un momento? —Lena arquea una ceja—. ¿El chico que te pidió que te quedaras, que te pidió hablar a solas antes de irse... fue solo un momento?
—No lo sé.
—Bruno, eres el único que puede decidir si escribirle o no. Pero no te engañes a ti mismo. Eso no fue solo un momento.
Guardo silencio. Lena tiene razón, como siempre. Pero eso no hace que sea más fácil.
—Voy a escribirle —digo al fin, y las palabras salen con una firmeza que me sorprende—. No sé qué, pero voy a escribirle.
—¿Y qué vas a decirle?
—No lo sé. Pero necesito hacerlo.
Lena sonríe. Esa sonrisa suya que parece decir «estoy orgullosa de ti».
—Pues hazlo. Pero luego baja. Tu padre ya ha cargado el coche.
—¿Ya?
—Sí. Ha estado media hora subiendo y bajando maletas. Tu madre le ha tenido que decir que se tranquilizara.
Sonrío. La imagen de mi padre, con su camisa arremangada y su determinación de ser útil, es algo que no había visto en años. Quizá nunca.
Lena sale de la habitación. Me quedo solo con mi mochila y mi teléfono. Lo cojo. Abro el chat con Nikita. La última conversación sigue ahí, como una herida abierta.
«Necesito verte. Mañana. Antes de irme.»
«¿Dónde?»
«En la facultad. Antes de clase. A las ocho.»
«Vale.»
Y luego nada. El vacío de su ausencia. El silencio de su partida.
Mis dedos tiemblan sobre el teclado. No sé qué escribir. No sé si debo preguntar cómo está, si debo decirle que lo extraño, si debo fingir que todo está bien. Nada suena bien. Nada parece suficiente.
Entonces recuerdo uno de los libro de mi madre.
«Un infierno llamado tú». La novela que escribió hace dos años, la que siempre dice que es su favorita —aunque sé que su favorita es Un hogar llamado tú —.
En ella, Zoey y Ava tienen una conversación que siempre me ha gustado.
Un fragmento sobre la valentía y la esperanza.
Sobre cómo a veces lo único que podemos hacer es seguir adelante aunque no sepamos hacia dónde.
Abro el libro. Busco la página. La encuentro.
Zoey: No sé si soy valiente. Solo sé que tengo miedo. Y que a pesar del miedo, sigo aquí.
Ava: Eso es la valentía, Zoey. No es no tener miedo. Es tener miedo y seguir adelante.
Zoey: ¿Y si no sé hacia dónde voy?
Ava: Entonces caminas. Y mientras caminas, encuentras el camino.
Leo el fragmento tres veces. Luego escribo en el chat con Nikita.
«Mi abuela dice que la valentía no es no tener miedo. Es tenerlo y seguir adelante. No sé si estás bien. No sé qué ha pasado en California. Solo sé que espero que estés bien. Y que si necesitas algo, aquí estoy.»
Pulso enviar antes de que pueda arrepentirme.
El mensaje se queda ahí. Gris. Entregado. No leído todavía.
Guardo el móvil en el bolsillo. Cojo la mochila. Bajo las escaleras.
El coche está en la puerta. Mi padre está revisando el maletero por cuarta vez, asegurándose de que todo está en su sitio.
Mi madre está en la puerta de la casa, con una taza de café en la mano y una sonrisa que no había visto en años.
Lena está sentada en el asiento trasero, con la ventanilla bajada y el pelo alborotado por el viento.
—¿Listo? —pregunta mi padre.
—Listo —respondo.
Me siento en el asiento trasero, al lado de Lena. Mi madre se sienta delante, al lado de mi padre. El coche arranca. La ciudad de Nueva York se va haciendo pequeña por el retrovisor.
La Interestatal ochenta se extiende frente a nosotros como una cinta gris que promete un destino mejor.
El viaje es tranquilo. Mi padre conduce con las dos manos en el volante, los ojos fijos en la carretera.
Mi madre lo mira de reojo, y hay algo en su mirada que no había visto en mucho tiempo.
Esperanza. Y quizá, solo quizá, el principio de algo que creía perdido.
—¿Qué miras? —pregunta mi padre, sin apartar la vista de la carretera.
—A ti —responde mi madre—. Hace tiempo que no te veía así.
—¿Así cómo?
—Tranquilo.
Mi padre sonríe. Esa sonrisa torcida que apenas se nota, pero que conozco mejor que cualquier otra. La misma que tiene en las fotos de cuando era joven, las que mi madre guarda en un álbum en la estantería del salón.
—Me siento así —dice él—. Tranquilo.
Yo miro por la ventanilla. Los edificios de Nueva York han dado paso a campos abiertos, a carreteras que se pierden en el horizonte, a un cielo que parece más grande aquí que en la ciudad.
Lena está absorta en los campos de amapolas que pasan junto a nosotros, con la mirada perdida en algún lugar que no alcanzo a ver.
—¿Estás bien? —pregunto, en voz baja.
—Sí —responde, y su voz suena distante—. Solo pienso.
—¿En qué?
—En mi madre.
—¿Qué ha pasado?
—Nada. O todo. No sé. Solo pienso en ella.
No pregunto más. No hace falta. Sé que Lena necesita su espacio, igual que yo necesito el mío. Así que me giro hacia la ventanilla y dejo que el paisaje me lleve.
El móvil vibra en mi bolsillo.
Mi corazón da un salto. Lo saco con manos temblorosas. La pantalla se ilumina.
Nikita.
«Gracias. No sé si soy valiente. Pero tu mensaje me ha ayudado. Estoy en California. El juicio empieza mañana. No sé qué va a pasar. Pero tu fragmento me ha recordado que es verdaderamente la valentía. Así que voy a intentarlo. Porque quizá, cuando todo esto termine, pueda volver.»
Leo el mensaje tres veces. Cuatro. Cada palabra se graba en mi memoria como si fuera la primera vez.
El coche sigue avanzando. Los campos de amapolas se suceden unos a otros. Lena sigue mirando por la ventanilla. Mi madre y mi padre hablan en voz baja, y sus voces son un murmullo cálido que me envuelve.
Escribo: «Vuelve cuando puedas. Yo estaré aquí. Y tendrás que ponerte al día con las clases que los exámenes son en poco más de un mes».
Pulso enviar.
Guardo el móvil en el bolsillo. Apoyo la cabeza en el reposacabezas. Cierro los ojos.
Y por primera vez en mucho tiempo, siento que las cosas podrían estar bien.
Estamos a punto de entrar en Nebraska cuando el teléfono de Lena suena con un estruendo que la hace volver a la realidad.
El sonido corta el aire como un cuchillo, y todos nos giramos hacia ella.
Lena mira la pantalla con una expresión que no sé leer.
Primero sorpresa. Luego algo que parece miedo.
Finalmente, una especie de resignación cansada.
—¿Quién es? —pregunto, aunque ya lo sé.
—Mi madre —responde, y su voz es plana, como si hubiera vaciado toda la emoción por algún desagüe que yo no veo.
Acepta la llamada. La acerca a la oreja. No dice nada durante unos segundos, solo escucha. Pero el sonido de la voz de su madre, aunque no alcanzo a distinguir las palabras, es lo suficientemente alto como para que todos en el coche nos demos cuenta de que no es una llamada amistosa.
—Estoy de vacaciones —dice Lena al fin—. Con unos amigos. En la granja de la abuela de Bruno.
Pausa. Su madre grita algo que no entiendo, pero el tono es inconfundible.
—No —responde Lena, y su voz es más firme ahora—. No voy a volver. Estaré de vuelta el domingo por la noche.
Más gritos. Lena cierra los ojos. Su mano aprieta el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos.
—Te he llamado —dice—. Te he llamado varias veces. No contestaste. Y no, no voy a tener las cosas preparadas para cuando salgas. No sabía que te iban a eximir. ¿Y si me hubieras llamado para decírmelo?
Silencio al otro lado. Luego, un murmullo que parece una excusa.
—Vale —dice Lena—. Te veo el domingo. Sí. Adiós.
Cuelga. Se queda un momento mirando el móvil, con la mano todavía temblorosa.
—¿Estás bien? —pregunto.
—La han eximido —dice, y su voz es apenas un susurro—. Por falta de pruebas. Mi madre está libre. Y está cabreada porque no estoy en casa con las cosas preparadas para cuando ella saliera del calabozo. Como si yo hubiera tenido que saberlo.
—No es tu culpa —digo.
—Lo sé. Pero ella no lo entiende.
Lena guarda el móvil en el bolsillo y vuelve a mirar por la ventanilla. Los campos de amapolas siguen pasando, rojos y brillantes bajo el sol de diciembre. Pero Lena ya no los ve. Su mirada está perdida en algún lugar más allá del horizonte, en algún lugar que solo ella conoce.
Mi madre se gira desde el asiento delantero. Su mirada encuentra la de Lena, y hay algo en ella que no sé describir. Compasión, quizá. O el recuerdo de un dolor que también conoce.
—Lena —dice, y su voz es suave—. Cuando lleguemos a la granja, la abuela Harmony tendrá galletas de avena. Las que hacía la abuela Daphne. Y té de vainilla. Te va a gustar.
Lena levanta la cabeza. Sus ojos, que hace un momento estaban vacíos, se iluminan ligeramente.
—Gracias, Val —dice.
Mi madre sonríe. Se gira hacia el frente. El coche sigue su marcha.
—¿Quién era la abuela Daphne? —pregunta Lena.
—La abuela de la abuela Harmony —respondo—. Falleció el año pasado. Tenía ciento tres años.
—¿Ciento tres?
—Sí. Era increíble. Hacía las mejores galletas de avena del mundo. Y siempre decía que el secreto era la canela. Mucha canela.
Lena sonríe. Es una sonrisa pequeña, frágil, pero es una sonrisa.
—Me hubiera gustado conocerla —dice.
—Era como la abuela Harmony —digo—. Pero más vieja y más sabia. Siempre tenía un consejo para todo. Y cuando no tenía un consejo, tenía una galleta.
—Suena bien.
—Lo era. Gracias a ella mis abuelos están juntos.
El coche sigue avanzando. La carretera se extiende frente a nosotros, interminable y llena de posibilidades. Mi padre conduce en silencio. Mi madre mira por la ventanilla. Lena vuelve a sumirse en sus pensamientos.
Y yo, con el móvil en el bolsillo y el mensaje de Nikita aún caliente en mi memoria, siento que quizá, solo quizá, el viaje que estamos haciendo es más que un simple viaje a la granja de la abuela Harmony.
Es un viaje hacia nosotros mismos.
La granja aparece al final del camino de gravilla. La misma de siempre. El porche de madera, el gallinero, el gato negro del reloj que se cuela a través de la ventana de la cocina. Y en la puerta, con el delantal floreado y los brazos abiertos, está la abuela Harmony.
—¡Brunito! —grita cuando bajo del coche—. ¡Y has traído a toda la familia!
Me abraza. Huele a harina y a canela y a ese jabón de lavanda que siempre usa. Su abrazo es cálido y firme, como el de alguien que ha esperado mucho tiempo para darlo.
—Abuela —digo, y mi voz se quiebra apenas un segundo—. He traído a Lena. Y a papá.
—Lo sé —dice, y su sonrisa es la misma de siempre—. He preparado galletas de avena. Las de la abuela Daphne. Y té de vainilla. Y la habitación de arriba está lista para todos.
—Hola, pequeño granuja —una voz grave viene desde el umbral de la puerta— ¿No me saludas o qué?
—¡Abuelo Carter! —grito al verlo y me lanzo a sus brazos que me acogen con una calurosa bienvenida— La última vez que vine estabas desaparecido ¿Te busca el FBI ya o todavía no? jajajajaja
Le presento a Lena a mi abuelo que permanece apoyado contra el marco de la puerta de entrada y su cara se retuerce en una mueca de curiosidad y miedo cuando me oye decir lo del FBI.
Es una broma que sólo entendemos nosotros —bueno, y quien haya leído Un hogar llamado tú.
Kevin ha hecho mucho daño a esta familia—.
Entramos en la casa. La foto de la abuela Daphne decora el recibidor. Es una foto solemne, de esas que se hacen para las ocasiones especiales. Tiene el pelo blanco recogido en un moño y una sonrisa que parece iluminar toda la habitación.
—Hola, abuela Daphne —murmuro, y Lena me mira con una pregunta silenciosa en los ojos—. Siempre la saludo —digo—. Ella me escucha.
Lena asiente. No dice nada. No hace falta.
La abuela Harmony nos lleva a la cocina. El olor a vainilla y canela llena el aire. La mesa está puesta con tazas humeantes y un plato con galletas recién horneadas.
—Siéntense —dice—. Tenemos mucho que hablar. Y mucho que celebrar.
Mi padre se sienta en la mesa, con una sonrisa que no había visto en años. Mi madre se sienta a su lado, y sus manos casi se tocan sobre la madera. Lena se sienta a mi lado, con una taza de té entre las manos y una expresión que no sé leer.
—Abuela —digo—. Tengo muchas cosas que contarte, pero ahora mismo solo necesito que respondas una pregunta ¿Crees que las cosas pueden mejorar?
—Siempre pueden mejorar, Brunito —responde—. Solo hay que dar el primer paso.
Cojo una galleta. El sabor a canela y a vainilla me llena la boca. No sé qué sabe mi abuela pero da igual, siempre tiene un buen consejo que darme. Por ella es por quien he decidido estudiar psicología.