XXVII Nikita
El coche negro me espera en la puerta del campus, como era de esperar.
Sin necesidad de avisar, sin necesidad de esperar.
Mi padre debe de tener un radar que detecta cuándo necesito huir de algún sitio, o quizá simplemente cree que su hijo no es capaz de moverse por sí mismo sin la supervisión de uno de sus empleados.
Graham está junto al vehículo, con su chaqueta azul impecable y las manos cruzadas a la espalda.
Tiene la misma expresión de siempre: neutra, profesional, como si hubiera visto demasiadas cosas como para que algo le sorprenda.
Lleva trabajando para mi padre desde que tengo memoria.
No recuerdo un solo día en el que no estuviera allí, en la puerta, esperando.
No se queja. No habla. Simplemente obedece.
A veces pienso que mi padre tiene convenio con alguna empresa china que fabrica robots hiperrealistas para que trabajen para él, porque Graham no parece humano. Nunca
se ríe. Nunca se enfada. Nunca se sorprende. Es como un mueble con patas que se mueven.
—Buenos días, señorito Volkov —dice mientras abre la puerta trasera del coche.
—Buenos días, Graham —respondo, aunque las palabras me salen automáticas, sin pensar.
Me meto en el asiento trasero. El cuero es suave y frío.
Huele a limpiador de cuero y a ese ambientador neutro que mi padre pone en todos sus coches.
Cierro la puerta y el sonido amortiguado sella el mundo exterior.
El coche arranca sin que yo tenga que decir nada.
Graham ya sabe el destino. El aeropuerto. El vuelo a California. El juicio.
El trayecto hasta el aeropuerto dura poco más de una hora.
Es una de las pocas veces que no ha habido apenas tráfico siendo un día laborable en pleno Nueva York.
Normalmente, Manhattan es un caos de coches, taxis amarillos y gente que cruza sin mirar.
Pero hoy las calles parecen haberse vaciado solo para mí.
O quizá es que mi mente está tan llena de Bruno que el resto del mundo ha dejado de existir.
Paso el tiempo mirando por la ventana, viendo la vida pasar.
La mujer con el carrito de la compra. El hombre que corre detrás del autobús porque se le ha ido en sus narices.
La pareja que se besa en la esquina. Gente que vive sus vidas sin saber que yo estoy aquí, en este coche negro, yendo hacia mi propia sentencia, literalmente.
Pero no puedo quitarme a Bruno de la cabeza.
Ha invadido mis pensamientos como Colón invadió América hace poco más de cinco siglos, de manera lenta, fuerte y feroz.
Al principio no lo vi venir. Era solo un chico en una clase, en la esquina, con una sudadera gris que no llamaba la atención; y justo por eso decidí acercarme a él, por no mirarme exaltado como si Brad Pitt hubiera entrado por la puerta,
por no darme ese protagonismo innecesario que allá donde voy me imponen solo por ser guapo…
No sé, en definitiva por hacerme sentir un humano normal y corriente.
Pero luego, poco a poco, se fue metiendo en mi cabeza.
Su voz baja. Su forma de mirar al suelo.
El temblor de sus manos cuando escribía.
El mensaje que me respondió «yo también», y cómo esas dos palabras me atravesaron como una bala.
Ahora no puedo dejar de pensar en él. En sus ojos marrones. En su silencio que habla más que las palabras de cualquiera. En la forma en que me miró esta mañana, en la entrada de la facultad, sin juzgarme, sin huir. Y yo, como un idiota, he salido corriendo.
Graham no dice nada. Solo conduce. El silencio del coche es casi tan ruidoso como el de mi cabeza. Pero no me importa. Porque mientras miro por la ventanilla, solo veo a Bruno. Y quizá, solo quizá, eso es lo único que me mantiene con fuerzas para enfrentarme a mi posible final.
No sé en qué maldito momento se me pasó por la cabeza que era buena idea contarle al chico que he elegido —prácticamente a la fuerza— para estudiar y que vio cómo dos tías de clase me comían la boca en plena fiesta, lo que pasó en California hace apenas un año.
Si es que a imbécil no me gana nadie. Podría haberlo dejado pasar.
Podría haberle dicho que tenía que irme por temas familiares, que mi padre necesitaba verme, cualquier mentira mínimamente creíble.
Pero no. Tuve que abrir la boca y huir como el cobarde que soy cuando el mundo entero no está pendiente del chico que se atreve a todo sin temerle a nada.
Como si necesitara que él, precisamente él, supiera que soy un desastre andante con patas.
Y ahora estoy aquí, en este coche negro alejándome de la única persona que me ha mirado sin pedir nada a cambio.
Bruno no quiere mi dinero. No quiere mi apellido.
No quiere estar cerca de mí porque sea el hijo de los Volkov.
Él me miró en la terraza, con el frío de diciembre calándonos los huesos, y dijo «yo tampoco duermo bien».
Y yo, que he dormido en habitaciones de hotel de cinco estrellas y en apartamentos con vistas a Central Park, nunca me había sentido tan acompañado como en ese momento.
No sé qué va a pasar cuando llegue a California.
No sé si el juez va a creerme o si la abogada de ella va a destrozar toda mi declaración.
No sé si podré volver a Nueva York o si me quedaré atrapado en ese estado que prometía ser un nuevo comienzo y se convirtió en mi peor pesadilla.
Hay demasiadas incógnitas, demasiados hilos sueltos que podrían enredarse alrededor de mi cuello y ahogarme.
Pero por una vez en mi vida, después de haber arrasado en todos los institutos privados a los que me han enviado, de haber sido el niño que nunca pidió ser, el heredero que siempre tuvo todo y, a la misma vez, nunca tuvo nada, siento que tengo algo a lo que aferrarme.
Algo que no es dinero, ni fama, ni un apellido que pesa más que mi propia identidad.
Tengo el recuerdo de sus ojos marrones mirándome sin juzgar.
Tengo sus dedos temblorosos rozando mi brazo.
Tengo ese mensaje que me envió después de la fiesta, ese «yo también» que leí treinta y siete veces y que guardo como un talismán en el bolsillo de mi chaqueta.
Aunque sea un clavo ardiendo. Aunque pueda que acabe abrasándome.
Porque eso es lo que hace la esperanza, ¿verdad?
Te da algo por lo que luchar aunque sepas que puede hacerte daño.
Y ahora, mientras el coche se acerca al aeropuerto y Nueva York se va haciendo pequeña por el retrovisor, solo puedo pensar en él. En Bruno.
Y por primera vez en mucho tiempo, hay un lugar al que quiero volver.
—Llegas tarde —espeta mi padre al verme entrar por la puerta del avión—. Menos mal que es nuestro y no tenemos que esperar a facturar.
—Me entretuve con una cosa —miento, aunque no del todo.
La azafata se acerca con su sonrisa de manual, la misma que ha ensayado cientos de veces frente al espejo de su casa, y me ofrece algo de beber.
Rechazo sin pensarlo. No sé si porque aún me dura el alcohol de la fiesta —esa resaca moral que llevo arrastrando desde que vi a Bruno alejarse por la calle— o por el nudo que tengo en el estómago que prácticamente me impide respirar.
Nunca antes había tenido esta sensación en un avión.
De hecho, volar es uno de mis deportes favoritos —total, paga mi padre—.
Me encanta la sensación de despegue, la forma en que el suelo se aleja y todo se vuelve pequeño, insignificante.
Es como si pudiera dejar atrás mis problemas durante unas horas.
Pero hoy es uno de esos días en los que no apetece hacer nada salvo vomitar.
El despegue se siente como un recordatorio de que me estoy alejando de todo lo que ahora me importa.
De Nueva York. De la universidad. De él.
Las azafatas caminan por el pasillo con sus carritos de bebidas y sus sonrisas falsas, y yo solo quiero que este viaje termine. O que nunca empiece.
Mientras mi padre y el abogado, sentados unos asientos más adelante, tratan de organizar una defensa que me exima de todos los cargos —porque recuerdo que soy inocente, que no hice nada, que ella miente,
que todo es una maldita pesadilla de la que no puedo despertar — yo me dispongo a ponerme los cascos y evadirme de todo escuchando música.
Necesito desconectar. Necesito que el ruido del mundo se apague durante un rato y que solo exista yo y las canciones que me recuerdan que, aunque todo se esté desmoronando, al menos hay algo que sigue igual.
En el reproductor de música suena Russian Roulette de Rihanna.
Y nunca una canción había descrito mejor el momento que estoy viviendo ahora mismo.
Ese ritmo lento, casi hipnótico, la voz grave que habla de jugar a la ruleta rusa, de saber que puedes salir herido pero seguir jugando igualmente.
«And you can see my heart beating, you can see it through my chest», canta Rihanna.
Y es exactamente eso. Cualquiera que me mirara ahora podría ver mi corazón latiendo a través del pecho, saltando como un animal atrapado en una jaula.
Cierro los ojos. Apoyo la cabeza contra la ventanilla.
El frío del cristal se cuela hasta mis huesos, pero no me importa.
Prefiero el frío al calor sofocante de la incertidumbre.
La canción sigue sonando, y cada nota me golpea como un recordatorio de que estoy a punto de enfrentarme a algo que podría destruirme.
Pero también, en algún lugar de mi mente, está él.
Bruno. Con su sudadera gris y sus ojos marrones que me miraron como si pudieran verme de verdad.
Y en esa imagen encuentro un poco de calma, aunque sea solo por un momento.
El avión se eleva. Nueva York se queda atrás. Y yo, con los cascos puestos y la voz de Rihanna en los oídos, espero que el aterrizaje no sea tan duro como el despegue.