Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) XXIX Nikita 1 año antes
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XXIX Nikita 1 año antes

El sol de California se está poniendo sobre la ciudad como un latido.

Una hora antes de que empiece la fiesta, me asomo al balcón de cristal del ático y el mundo entero parece caber en la palma de mi mano.

Los rascacielos de Los Ángeles brillan con esa luz dorada que solo existe aquí, en esta costa donde todo parece posible.

La infinity pool refleja el cielo como un espejo líquido, y la terraza, que podría ser perfectamente otro piso, se extiende frente a mí con sus tumbonas blancas, sus maceteros de bambú y esa barra de mármol que he mandado instalar para la ocasión.

El DJ ya está montando su equipo junto a la piscina.

Los altavoces, enormes y negros, esperan el momento de rugir.

Los camareros, con sus chalecos negros y sus sonrisas profesionales, colocan las copas en filas perfectas.

Las luces de colores se encienden y se apagan en un ciclo que parece un respiro. Todo está listo.

Todo está perfecto.

Y sin embargo, mientras me ajusto los puños de la camisa blanca —los botones superiores ya desabrochados, porque la noche de hoy no necesita formalidades— siento un cosquilleo en el estómago que no sé nombrar.

Esa mezcla de adrenalina y vacío que siempre me acompaña antes de una fiesta.

La necesidad de llenar el silencio con ruido, de llenar el vacío con cuerpos, de llenar la soledad con cualquier cosa que no sea yo mismo.

El móvil vibra en mi bolsillo. Un mensaje de mi padre: «No hagas nada que pueda manchar el apellido Volkov. Disfruta con moderación.»

Borro el mensaje sin responder. Como siempre.

Las ocho de la noche. La fiesta empieza.

Los primeros invitados llegan puntuales, como si hubieran estado esperando en la puerta.

Gente de mi círculo, los de siempre, los que siempre están en todas partes.

Caras que conozco y caras que no. Amigos de amigos, parejas de amigos, algún que otro desconocido que ha conseguido colarse porque en una fiesta de estas, la frontera entre invitado e intruso siempre es borrosa.

La música empieza a sonar, un ritmo electrónico que vibra en el suelo de la terraza.

Las luces parpadean, rojas y azules y verdes, tiñendo las caras de colores irreales.

La gente baila, bebe, ríe. Yo circulo entre ellos como un pez en el agua, con una copa de ron con limón en la mano y una sonrisa que he ensayado tantas veces que ya no sé si es mía.

—Nikita, tío, la fiesta está increíble —dice un chico moreno que no recuerdo cómo se llama, pero que me da una palmada en el hombro como si fuéramos viejos amigos.

—Lo sé —respondo, y la frase sale automática, como siempre.

Sigo avanzando entre la gente. La piscina brilla con sus luces subacuáticas, y el agua parece un líquido de otro mundo. El DJ sube el volumen. El bajo vibra en mi pecho como un segundo corazón.

Entonces la veo.

La puerta de la terraza se abre y ella entra.

Pelirroja. Ojos verdes. Un vestido rojo que le recorre la figura sin dejar nada a la imaginación, ajustándose a sus curvas como si fuera una segunda piel.

El vestido es corto, muy corto, y las tiras finas que lo sujetan a sus hombros parecen a punto de ceder bajo la presión de su propia belleza.

Mi copa se queda a medio camino de mis labios.

No la conozco. No sé quién es. Pero la forma en que camina, con esa seguridad de quien sabe exactamente el efecto que causa, me hipnotiza.

La luz de la piscina se refleja en su pelo rojo como fuego líquido.

Su sonrisa es amplia, perfecta, como la de alguien que está acostumbrada a conseguir todo lo que quiere.

—¿Quién es esa? —pregunto a mi lado, sin apartar la mirada.

—¿No la conoces? —responde un chico rubio que está a mi lado, con una botella de cerveza en la mano—. Es la hija de los Winchester. Los de la cadena hotelera. Acaban de entrar en bolsa. Supongo que ahora quieren ser los reyes del sector.

Los Winchester. La competencia. O eso dice mi padre. En el mundo de los negocios, ninguna competencia es sana. Pero en el mundo de las fiestas, eso no importa.

Ella se acerca a la barra. Pide algo, no sé qué, y mientras espera, sus ojos recorren la terraza. Buscan algo. O a alguien.

Entonces me mira.

Sus ojos verdes se fijan en los míos y no se apartan. Una sonrisa se dibuja en sus labios. Una sonrisa que dice «te he visto, y te he elegido».

El corazón me late más rápido. Y no es el alcohol. Apenas he bebido.

Dejo la copa en una mesa cercana. Paso entre la gente como si el mundo se hubiera abierto a mi paso. La música se vuelve un rumor lejano. Solo existo yo y ella y la distancia que nos separa.

—No te conozco —digo cuando llego a su altura. Mi voz es más baja de lo que pretendía, más grave.

—Y sin embargo, aquí estás —responde. Su voz es un susurro que se cuela entre los acordes de la música—. Soy Chloe. Chloe Winchester.

—Nikita Volkov.

—Lo sé. ¿Crees que vengo a una fiesta sin saber quién la organiza?

Sonrío. Esa sonrisa que sé que funciona, la que he ensayado frente al espejo mil veces. Pero algo en esta noche, en esta chica, en la

forma en que sus dedos juegan con el borde de la copa, hace que la sonrisa sea casi real.

—¿Y qué opinas de la fiesta, Chloe Winchester?

—Todavía no lo he decidido. Depende de cómo sea el anfitrión.

—El anfitrión está a tu disposición.

Ella ríe. Una risa suave, controlada, como la de alguien que sabe exactamente el efecto que causa. La música suena más alta. El DJ ha puesto una canción lenta, de esas que se cuelan en los huesos y no te sueltan.

—¿Bailas? —pregunto, y tiendo la mano.

Chloe la coge. Sus dedos son cálidos, y su palma, suave.

La llevo a la pista improvisada, donde los cuerpos se mueven al ritmo de la noche.

La gente se aparta a nuestro paso, como si supieran que estamos en el centro de algo.

Bailamos pegados. Su cuerpo contra el mío.

El olor de su perfume, algo dulce y floral, se mezcla con el aroma del alcohol y la piscina.

Sus manos recorren mi espalda. Las mías se posan en su cadera. La tela del vestido rojo es suave y fina, y puedo sentir el calor de su piel a través de ella.

—Sabes bailar —dice, y su voz es apenas un susurro contra mi oído.

—Sé hacer muchas cosas.

—¿Cómo cuáles?

No respondo. La beso.

Es un beso que no pide permiso, que no espera. Mis labios encuentran los suyos y el mundo se desvanece. La música, la gente, la luz de la piscina, todo desaparece. Solo existe ella. Chloe Winchester, la hija de la competencia, con su vestido rojo y sus ojos verdes y su sonrisa de quemar ciudades.

Ella responde al beso con la misma intensidad. Sus manos se enredan en mi pelo. Las suyas se cierran alrededor de mi cuello. El ritmo de la canción late entre nosotros, y por un momento, solo por un momento, todo es perfecto.

Nos separamos para respirar. Sus ojos verdes me miran con una mezcla de sorpresa y deseo.

—Vámonos de aquí —dice, y no es una pregunta.

La tomo en brazos. No sé cómo, pero de repente la estoy llevando en volandas, comiéndome su boca mientras camino, sintiendo el peso de su cuerpo contra el mío, el calor de sus muslos alrededor de mi cintura.

La gente se aparta. Alguien silba. Pero no me importa.

Solo existe el camino hacia mi habitación, hacia la cama que me espera.

La puerta se abre con un golpe de hombro. La cama está hecha, las sábanas blancas, impecables. La dejo caer sobre el colchón con suavidad, y ella me mira desde abajo, con los brazos extendidos y el pelo rojo esparcido sobre la almohada.

—Ven aquí —dice, y su voz es un susurro que promete todo.

Me siento en el borde de la cama. Ella se coloca sobre mí, a horcajadas, y su peso sobre mi regazo es una caricia. El vestido rojo se ha subido, dejando al descubierto la piel de sus muslos. Sus dedos recorren mi pecho, desabrochan los botones que aún quedan de mi camisa.

La beso otra vez. Es un beso más profundo, más desesperado. Sus manos exploran mi cuerpo. Las mías recorren su espalda, la curva de su cintura, el arco de su cuello. Su piel es suave y cálida, y el perfume de su pelo me envuelve como una promesa.

Se quita el vestido.

No sé cómo. Fue un movimiento rápido, como si la tela se hubiera desvanecido. Ahora solo está su cuerpo contra el mío, y la luz de la ciudad entra por la ventana y dibuja sombras en su piel.

—Tranquila —digo, y mi voz es más ronca de lo que esperaba.

—No quiero estar tranquila —responde, y se inclina para besar mi cuello, mi pecho, el hueco entre mis clavículas.

Sus manos bajan. Desabrochan mis pantalones. Sus dedos se deslizan dentro y entonces, algo se rompe.

No sé qué es. Un mecanismo, una memoria, una barrera que ni siquiera sabía que existía. Su tacto, que hace un segundo era fuego, de repente se vuelve hielo. Su cuerpo, que deseaba, de repente se vuelve extraño. Su olor, que me embriagaba, de repente me asfixia.

—Para —digo, y la palabra sale como un susurro roto—. Para.

Ella se detiene. Sus ojos verdes me miran con confusión. Sus manos se quedan inmóviles.

—¿Qué pasa? —pregunta, y hay algo en su voz que no sé nombrar. Sorpresa, quizá. O decepción.

—No puedo —digo, y me aparto—. Lo siento. No puedo.

Me levanto de la cama. Mis dedos buscan la camisa caída en el suelo, la ropa que se ha desprendido de nuestro cuerpo. Me la pongo, abrocho los botones con manos temblorosas.

—¿Es una broma? —pregunta Chloe, incorporándose en la cama. El vestido rojo está en el suelo, y ella se cubre con la sábana blanca—. ¿Qué coño pasa?

—No es broma. Es que...

No sé cómo terminar la frase. No sé cómo explicarle que en el momento en que sus dedos rozaron mi piel, algo se apagó dentro de mí.

Que lo que sentía no era deseo, sino un eco de algo que no entiendo.

Que su cuerpo, que hace un momento era todo lo que deseaba, de repente se volvió demasiado real, demasiado presente, demasiado.

—No es por ti —digo al fin—. Eres increíble. Pero no puedo.

Chloe me mira con una mezcla de incredulidad y rabia. Sus dedos se aferran a la sábana, y sus nudillos se vuelven blancos.

—Eres un gilipollas —dice, y no hay emoción en su voz. Solo un hecho.

—Lo sé.

Salgo de la habitación. La puerta se cierra a mis espaldas. Me apoyo contra la pared del pasillo y cierro los ojos. El ruido de la fiesta sigue sonando, apagado, lejano, como si estuviera al otro lado del mundo.

No vuelvo a la terraza. Me quedo en el pasillo, con la espalda apoyada en la pared y la mirada fija en la nada.

La música sigue sonando. La gente sigue riendo. Yo sigo aquí, preguntándome qué coño me pasa.

La mañana siguiente amanece gris. El sol de California, que nunca falla, parece haberse escondido detrás de una capa de nubes que no había visto en meses.

El ático está en silencio. Los restos de la fiesta, los vasos vacíos, las colillas en los pocillos, las botellas tiradas por el suelo.

La piscina, quieta y fría, refleja un cielo sin color.

Estoy tumbado en la cama de la habitación de invitados. No he dormido en la mía. No he querido. La cama donde estuve con Chloe sigue allí, con las sábanas arrugadas y el recuerdo del vestido rojo que aún no he olvidado.

El alcohol de la noche anterior se ha convertido en una resaca que me taladra las sienes, pero apenas bebí.

Solo un par de copas. Lo que me duele no es el alcohol.

Es otra cosa. Es esa sensación de haber estado a punto de algo y haberlo estropeado.

De haber tenido todo lo que quería entre las manos y haberlo dejado caer.

No sé qué me pasa. No sé por qué no pude seguir. Chloe era perfecta. Guapa, segura de sí misma, deseándome con la misma intensidad con la que yo la deseaba a ella. Y sin embargo, en el momento clave, algo se apagó.

El golpe en la puerta me saca de mis pensamientos.

No es un golpe suave. Es un aporreo, fuerte, insistente, como el de alguien que no tiene intención de esperar.

—¡Abra la puerta! —grita una voz desde el otro lado—. ¡Policía de Los Ángeles!

Parpadeo. Creo que estoy soñando. La resaca me juega malas pasadas.

—¡Abra la puerta ahora mismo!

Me levanto de la cama con las piernas temblorosas. La cabeza me da vueltas. Camino hacia la puerta del ático con pasos inciertos.

Abro.

Dos agentes de policía están en el umbral. Mejillas afeitadas, uniformes impecables, caras de no estar bromeando.

—¿Nikita Volkov? —pregunta el más alto.

—Sí, soy yo, ¿qué ocurre? —respondo, y mi voz suena ronca, como si no hubiera hablado en años.

—Está usted bajo arresto. Tiene derecho a permanecer en silencio. Todo lo que diga podrá ser usado en su contra en un tribunal. Tiene derecho a un abogado. Si no puede pagarlo, se le proporcionará uno de oficio.

—¿Qué? —La palabra sale como un susurro—. ¿De qué se me acusa?

—Agresión sexual —responde el agente, y la frase me golpea en el pecho como un puñetazo—. Una señorita, una tal Chloe Winchester ha presentado una denuncia contra usted.

El mundo se desvanece.

Agresión sexual.

Chloe.

La noche anterior.

El beso, la cama, la ropa en el suelo. El momento en que me detuve. El momento en que ella me dijo «eres un gilipollas» y yo salí de la habitación.

¿Eso es agresión sexual?

No. No puede ser. No hice nada. Ella quería. Ella vino a mí. Ella se quitó el vestido.

Pero ella dice que sí.

El agente me agarra el brazo. El otro me esposa. El metal frío rodea mis muñecas, y el chasquido de las esposas al cerrarse es el sonido más aterrador que he oído en mi vida.

—Tiene derecho a un abogado —repite el agente, como si yo no hubiera entendido la primera vez.

—Mi padre —digo, y mi voz es apenas un hilo—. Quiero llamar a mi padre.

—Podrá hacerlo en la comisaría.

Me llevan. Bajo por el ascensor con los agentes a cada lado. El vecino del quinto, un señor mayor con un perro salchicha, me mira con curiosidad. Bajo la mirada. No puedo sostener su mirada.

La comisaría huele a desinfectante y a café quemado. Me sientan en una celda. Las barras de metal son frías y grises. El suelo, de cemento, está manchado con algo que no quiero identificar. No tengo reloj, pero calculo que pasan dos horas, quizá tres, hasta que veo una cara conocida.

Mi abogado.

—Nikita —dice, y su voz es profesional pero no fría—. Vamos a sacarte de aquí. He presentado una moción de habeas corpus. El juez ha rechazado la orden de arresto por falta de pruebas, pero habrá una vista. Tendremos que preparar una defensa.

—¿Cuánto tiempo? —pregunto, y mi voz no es la mía. Es la de alguien que ha perdido el control.

—No lo sé. Depende. Pero no te preocupes. Vamos a luchar. —¿Dónde está mi padre?

—En camino. Llegará esta noche.

Asiento. No tengo fuerzas para nada más.

Salgo de la comisaría con los brazos morados por las esposas. La luz gris de la mañana se ha convertido en una tarde nublada. El coche de mi padre me espera en la puerta.

Me siento en el asiento trasero. El cuero está frío. Huele a limpiador y a fracaso.

El coche arranca. La comisaría se hace pequeña por el retrovisor.

Y yo, con las manos aún temblorosas y la cabeza llena de preguntas sin respuesta, solo puedo pensar en una cosa.

¿Qué coño pasó anoche?

Y, sobre todo, ¿por qué coño la hija de los competidores de mi padre me ha denunciado por algo que no he hecho?