Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) XXIV Lena
57%

XXIV Lena

La puerta de la habitación de Bruno se cierra detrás de mí con un clic suave, casi silencioso, como si el propio mecanismo supiera que necesito desaparecer.

Apoyo la espalda contra la madera y cierro los ojos.

El aire huele a Bruno. A su colonia, a las galletas de avena de su madre, a ese olor a hogar que no sé si merezco respirar.

No sé cuánto tiempo llevo aquí.

Minutos. Quizá una hora. Quizá solo cinco segundos.

El tiempo se ha vuelto elástico desde que mi madre me llamó desde la comisaría, desde que el detective Connors me dijo con esa voz de manual de instrucciones que «su madre ha sido detenida»,

desde que salí corriendo de clase con las piernas temblorosas y la certeza de que el suelo se iba a abrir bajo mis pies.

Las piernas me fallan. Me dejo caer en el borde de la cama de Bruno, la que tiene las sábanas azules y un osito de peluche apoyado

contra la almohada. Mi mano toca la tela y siento el calor de su cuerpo, el calor que dejó esta mañana cuando se levantó para ir a ver a Nikita. No sé cuándo volverá. No sé si he hecho bien en esconderme aquí, en su habitación, en su espacio, en el único lugar de esta casa que no huele a problemas.

El llanto llega sin avisar.

No es un llanto bonito. No es el de las películas, con lágrimas que caen en silencio y la protagonista se las seca con elegancia.

Es un llanto feo, de esos que te retuercen el estómago y te dejan sin aire.

Los sollozos salen de algún lugar profundo, de ese agujero que he estado tapando con sonrisas y con conversaciones y con «no pasa nada, estoy bien» durante años.

Mis manos se aprietan contra la colcha. Los dedos se hunden en la tela como si pudiera agarrarme a ella para no caerme al vacío. Pero el vacío está dentro de mí. Y no sé cómo llenarlo.

Mi madre. Estafa. Detenida.

Las palabras se repiten en mi cabeza como un disco rayado.

Como una canción que odias pero que no puedes dejar de escuchar porque está pegada a tus oídos.

Mi madre. La mujer que me ató a la tubería de la calefacción para castigarme.

La mujer que se gastaba el dinero de sus conquistas en cocaína.

La mujer que nunca me preguntó cómo me sentía, que nunca me abrazó sin querer algo a cambio, que nunca me miró como si yo fuera más que una criada gratis.

Pero también es mi madre. Es lo único que tengo. Y ahora está en una celda, y yo estoy aquí, llorando en la cama de un chico que apenas conozco, y no sé si eso es una liberación o una condena.

El llanto se intensifica. No puedo pararlo. No quiero pararlo. Llevo tanto tiempo conteniéndolo, tanto tiempo siendo la fuerte, tanto tiempo diciendo "estoy bien" que las palabras han perdido todo su significado. Y ahora que he empezado, no sé cómo detenerme.

El ruido de la puerta no lo oigo.

Pero oigo su voz.

—¿Lena?

Bruno está en el marco de la puerta. Su silueta recorta la luz del pasillo, la misma luz que iluminaba las fotos de la pared, las de él con ocho años y un cubo de plástico en la mano.

Lleva la sudadera gris, la de siempre, pero su cara tiene una expresión que no sé leer.

Preocupación. Cansancio. Algo más que no sé nombrar.

—¿Lena? —repite, y esta vez su voz es más baja, más suave, como si estuviera hablando con un animal asustado—. ¿Qué pasa?

Quiero decirle que no pasa nada. Quiero sonreír y secarme las lágrimas y decir «es solo que estoy cansada, no te preocupes». Es lo que he hecho siempre. Es lo que sé hacer. Sonreír y desviar y fingir que todo está bien aunque el mundo se esté desmoronando a mi alrededor.

Pero esta vez no puedo.

Las palabras se atascan en mi garganta. Los sollozos me sacuden el cuerpo. Mi mano se aferra a la colcha como si fuera una tabla de salvación.

—No sé... —logro decir, y mi voz es apenas un hilo—. No sé por dónde empezar.

Bruno da un paso hacia mí. Otro. Se sienta en el borde de la cama, a mi lado, sin tocarme. Me da espacio. Me da tiempo. Y ese gesto, tan pequeño, tan suyo, hace que las lágrimas caigan más rápido.

—Empieza por el principio —dice—. O por el medio. O por donde puedas. No importa.

—No sé si hay un principio —respondo, y las palabras salen entre sollozos—. No sé si hay un medio. Solo sé que... que mi madre está en la cárcel. Y que no sé si quiero que salga. Y que eso me convierte en una mala persona.

—No te convierte en una mala persona —dice Bruno, y su voz es firme, más firme de lo que nunca la había oído—. Te convierte en alguien que ha tenido que lidiar con cosas que nadie debería lidiar.

—Pero es mi madre —insisto, y las lágrimas me queman las mejillas—.

Es la única que tengo. Y sé que es una mierda de madre.

Sé que me ha hecho cosas que no debería.

Pero también sé que está sola, que no tiene a nadie, que siempre ha estado sola.

Y ahora está en una celda, y yo estoy aquí, y no sé si debería estar alegre o triste o enfadada o qué.

—Puedes estar todo eso a la vez —dice Bruno—. No tienes que elegir.

—Pero quiero elegir. Quiero saber cómo sentirme. Quiero que alguien me dé una respuesta. Quiero...

Mi voz se quiebra. No puedo terminar la frase.

Bruno no dice nada. Solo se queda a mi lado, en silencio, esperando. Y eso, de alguna manera, es más de lo que nadie ha hecho nunca por mí.

—Cuando era pequeña —empiezo, y las palabras salen solas, sin filtro, sin control—, mi madre me castigaba atándome a la tubería de la calefacción.

Me dejaba allí horas. A veces se olvidaba de que estaba allí.

Y yo no lloraba, Bruno. No lloraba. Aprendí a no llorar.

Porque si lloraba, me dejaba más tiempo.

Si me quedaba callada, a veces se acordaba de que existía.

Bruno no dice nada. Pero veo cómo sus manos se aprietan sobre sus rodillas.

—Y ahora —continúo, y las lágrimas caen sin parar—, ahora está en la cárcel.

Y no sé si debería sentirme aliviada. No sé si debería sentirme triste.

No sé si debería perdonarla o si debería odiarla para siempre.

Solo sé que estoy cansada. Cansada de fingir que todo está bien.

Cansada de sonreír. Cansada de ser la fuerte. Cansada de...

No termino la frase. No hace falta.

Bruno alarga la mano. No me toca. Solo la extiende, ofreciéndola, como si me dijera «puedes agarrarla o no, pero está aquí».

Y yo la agarro.

Sus dedos son fríos. Los míos están calientes por las lágrimas. Pero el contacto, ese pequeño contacto, es más de lo que he tenido en mucho tiempo.

—No tienes que ser la fuerte —dice Bruno—. No tienes que ser nada que no quieras ser. Puedes ser solo Lena. La que llora. La que está confundida. La que no sabe qué sentir. Eso también vale.

—¿Y si no sé quién es esa Lena? —pregunto, y mi voz es apenas un susurro—. ¿Y si he pasado tanto tiempo siendo la que sonríe que ya no recuerdo cómo se siente estar triste sin disculparme? Bruno aprieta mi mano. Un poco más fuerte.

—Entonces lo descubrimos juntos —dice—. No tengo respuestas.

No sé cómo se siente tener una madre en la cárcel, o no saber si perdonarla.

Pero sé cómo se siente tener miedo. Sé cómo se siente sentir que no mereces estar en un sitio.

Sé cómo se siente cargar con un peso que no has pedido.

Y sé que eso no se soluciona de la noche a la mañana.

Pero se puede llevar mejor si no lo llevas solo.

—¿Y cómo se hace eso? —pregunto, y mi voz tiembla.

—No lo sé —admite—. Pero esta noche, por ejemplo, te he visto llorar. Y no he huido. Y no te he dicho que estés bien. Y no te he preguntado cuándo vas a dejar de llorar. Solo me he quedado. Y eso, para mí, es un paso.

Una risa se escapa de mi garganta. Es una risa húmeda, entrecortada, mezclada con lágrimas. Pero es una risa.

—Eres raro —digo.

—Lo sé —responde, y casi sonríe—. Me lo dicen a menudo.

—Me gusta.

—¿El que sea raro?

—El que te quedes.

Bruno no dice nada. Solo me mira. Sus ojos marrones, esos que siempre he visto mirando al suelo o a la ventana o a cualquier sitio menos a mí, ahora me miran fijamente. Y no es incómodo. Es como si, por primera vez, alguien me viera de verdad.

—¿Sabes qué? —dice—. Necesito que me acompañes a casa de mi prima.

Arqueo una ceja.

—¿Ahora?

—Ahora. Necesito contaros algo. Algo importante. Algo que no le he contado a nadie.

—¿Qué es?

—No puedo decírtelo. No aquí. Pero necesito que vengas conmigo. Necesito que estés allí. Porque si no, no creo que lo cuente.

Le miro. No sé si quiero preguntar.

—Vale —digo—. Vamos.

Nos levantamos. Su mano sigue agarrando la mía.

Salimos de la habitación. El pasillo está en silencio.

La casa de Bruno huele a galletas, a hogar, a esa vainilla que lo impregna todo.

Y por un momento, solo un momento, siento que quizá, solo quizá, las cosas podrían ser diferentes.

Que el mundo no tiene por qué ser siempre un lugar donde te atan a tuberías y te olvidan.

Bruno coge su chaqueta del perchero. La misma chaqueta de siempre, la que lleva puesta en todas las fotos que he visto de él, la que parece parte de su piel. Pero esta noche, cuando se la pone, veo que sus dedos tiemblan ligeramente. No sé si es el frío o los nervios o las dos cosas.

—¿Llamas a tu madre para avisarle? —pregunto, y mi voz suena distraída.

—No hace falta. Volvemos pronto.

Asiento. Abre la puerta. El frío de diciembre nos golpea la cara como una bofetada.

La calle está iluminada por las luces de Navidad, por esas guirnaldas que cuelgan de los escaparates y que siempre he mirado sin ver.

Pero esta noche las veo. Esta noche, las luces parpadean como pequeños recordatorios de que la oscuridad también tiene brillos.

Caminamos en silencio durante unas calles.

El viento mueve las ramas de los árboles, y el ruido de los coches se vuelve un rumor lejano.

Bruno camina rápido, con las manos en los bolsillos, la cabeza ligeramente inclinada hacia el suelo.

No es la postura de siempre. Hay algo diferente en sus hombros, en la forma en que aprieta la mandíbula.

Como si estuviera ensayando algo en su cabeza.

—Bruno —digo, rompiendo el silencio.

—¿Sí?

—¿Estás bien?

Se detiene. Me mira. Hay algo en sus ojos que no había visto antes. Una luz rara, como si estuviera a punto de decir algo que lleva años guardando.

—No lo sé —responde, y es la respuesta más honesta que le he oído—. Pero creo que voy a estarlo. Después de esta noche. Después de contarlo.

—¿Contar qué?