Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) XXIII Bruno #2
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XXIII Bruno #2

solo con el miedo escrito en la cara.

Nikita me mira. Sus ojos verdes buscan los míos y no se apartan —espero que no esté buscando aprobación por mi parte—. Hay una pregunta en ellos que no se atreve a formular. No sé si es «crees que soy un monstruo?» o «¿vas a huir?» o «¿por qué te quedas?». Quizás son todas a la vez.

—Bruno —dice, y mi nombre sale de su boca como una oración —. ¿Qué voy a hacer?

—No lo sé —respondo, y es la verdad más honesta que he dicho en mucho tiempo—. Pero no estás solo. No tienes por qué pasar esto solo. Puedes...

Un sonido estridente corta el aire.

No es suave. No es un zumbido discreto de esos que se pueden ignorar.

Es un timbre agudo, insistente, desesperado, como el de una alarma que nadie ha desactivado.

El sonido rebota en las paredes de ladrillo de la entrada, se cuela por los huecos de las puertas, vibra en el suelo de cemento bajo nuestros pies.

El vigilante de seguridad levanta la cabeza desde su puesto, sorprendido.

Una chica que pasa con auriculares puestos se gira un momento y luego sigue su camino.

Todo el embelesamiento se rompe. La burbuja en la que estábamos los dos, ese espacio suspendido donde las palabras pesaban menos y el frío de diciembre se olvidaba, estalla como una pompa de jabón contra una pared.

El mundo vuelve a su ritmo normal: los coches, las conversaciones lejanas, el rumor de los primeros estudiantes que llegan a la facultad.

Y Nikita, que hace un segundo era vulnerable y tembloroso, vuelve a ser otra cosa.

No el Nikita de las fiestas, no el que entra en las habitaciones como si fueran suyas.

Es otro. Es un animal que ha olido el peligro.

Sus manos salen de los bolsillos con una rapidez que no sabía que podía tener.

Sus dedos buscan el móvil, lo encuentran, lo levantan hacia su cara.

La pantalla se ilumina, y veo cómo su expresión cambia en una fracción de segundo.

Sus ojos, esos verdes que hace un momento estaban llenos de miedo y esperanza, se abren como platos.

—¿Qué pasa? —pregunto, y mi voz sale más alta de lo que quería.

Nikita no responde. Su mirada está fija en la pantalla, devorando el mensaje, la notificación, lo que sea que haya hecho que su cara palidezca de esa manera. Sus labios se mueven, pero no emiten ningún sonido. Sus dedos aprietan el móvil con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos.

—Nikita —digo otra vez, y esta vez mi voz tiembla—. ¿Qué ocurre?

Levanta la cabeza. Me mira. Pero no me ve. Está viendo otra cosa. Otra ciudad. Otro momento. Algo que yo no puedo alcanzar.

—Tengo que irme —dice, y su voz es apenas un hilo.

—¿Ahora?

—Ahora. Ya.

—Pero... ¿y lo que estabas diciendo? ¿Lo de California? ¿El juicio?

—No importa —responde, y sus palabras son cortadas, secas, como si estuviera racionando cada sílaba para no derrumbarse.

—Claro que importa —insisto, y doy un paso hacia él. Es un paso pequeño, pero lo siento enorme—. Estabas a punto de contármelo. Estabas a punto de...

—No, Bruno —dice, y su nombre sale de su boca con una firmeza que no le había oído antes—. No puedo. No ahora.

Se gira. Su cuerpo se mueve con una rapidez que no esperaba.

La chaqueta negra gira sobre sus hombros.

Una mano se extiende hacia el suelo, donde, sin que yo me diera cuenta, ha dejado una maleta.

Una maleta pequeña, negra, anodina, que podría pasar desapercibida en cualquier lugar.

No sé cuándo la ha traído. No sé cómo no la he visto antes.

Pero está ahí, esperando, como una sentencia que él ha estado cargando desde que salió de casa.

—Espera —digo, y mi voz se rompe—. No te vayas. Todavía no. No sabes cuándo vas a volver. No sabes si...

—Lo sé —me interrumpe, y por un momento sus ojos se fijan en los míos.

Hay algo en ellos que no sé nombrar. No es miedo.

No es tristeza. Es otra cosa. Es como si estuviera guardando mi imagen en algún lugar de su memoria para llevársela con él—.

Por eso tengo que irme ahora. Si espero, si me quedo un segundo más, no voy a poder.

Coge la maleta del suelo con una mano. La otra mano, la que sostiene el móvil, tiembla visiblemente. Veo el brillo de la pantalla apagándose, pero antes de que se oscurezca del todo, alcanzo a leer el nombre que parpadea en la notificación: «Abogado — URGENTE».

—¿Qué ha pasado? —pregunto, y esta vez mi voz es un susurro —. ¿Qué es tan urgente que no puedes quedarte a terminar lo que empezaste?

Nikita baja la mirada. Sus dedos aprietan el asa de la maleta. Sus hombros, esos hombros que siempre ha mantenido erguidos, se encogen.

—Nada, me tengo que ir —se apresura— tengo que estar en el aeropuerto en menos de dos horas.

—Entonces vamos —digo, y la palabra sale antes de que mi cerebro pueda procesarla—. Vamos juntos. Te acompaño al aeropuerto. No tienes por qué hacer esto solo.

Nikita me mira. Por un momento, algo en sus ojos se suaviza. Casi sonríe. Casi.

—No puedes —dice—. Tienes clase. Y además...

—No me importa la clase —lo interrumpo, y es la primera vez que digo eso en mi vida.

La primera vez que el miedo a perderme una lección, a que el profesor me señale por mi ausencia, a que mis compañeros se pregunten dónde estoy, pesa menos que el miedo a perderlo a él—.

Lo que importa eres tú. Y no quiero que te vayas así.

Sin haber terminado de contármelo. Sin saber cuándo vuelves.

—Bruno —dice, y mi nombre suena diferente en su boca. No es la primera vez que lo dice, pero esta vez no es una pregunta. Es una despedida. Es un «guarda esto». Es un «acuérdate de mí»—. No puedo llevarte conmigo. No sería justo para ti. Pero...

Se acerca. Un paso. Otro. La distancia entre nosotros se reduce a nada. Puedo sentir su calor a través de la chaqueta negra. Puedo oler su perfume, mezclada con el frío de la mañana y el miedo.

—Cuando vuelva —dice, y su voz es apenas un susurro—, tenemos que estudiar juntos, me lo debes.

—Sí… —respondo, y mi voz se quiebra.

Se separa. Sus ojos están brillantes, pero no hay lágrimas. Quizá las haya guardado para más tarde. Coge la maleta. Se gira. Y sin mirar atrás, echa a andar.

—¡Nikita! —grito, y mi voz se pierde en el ruido de la mañana.

No se gira.

Sigue caminando. Cruza la calle sin mirar los coches. Un conductor pita. Él ni siquiera gira la cabeza.

Lo veo alejarse. La maleta negra se hace más pequeña. La chaqueta negra se confunde con el gris de la mañana. Sus pasos, rápidos y decididos, se pierden entre el rumor de la ciudad.

Y yo me quedo en la entrada de la facultad, con el café de vainilla enfriándose en la barandilla y las manos colgando a los lados sin saber qué hacer. El vigilante me mira desde su puesto con una expresión que no sé leer. Compasión, quizá. O simple indiferencia.

El mundo vuelve a su ritmo. Los coches. Los estudiantes. El viento.

Y yo, clavado en el suelo, mirando el vacío que ha dejado su figura.

El móvil vibra en mi bolsillo.

No lo miro.

No hace falta.

Sé que es él.