Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) XXIII Bruno
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XXIII Bruno

El reloj del hall de la facultad marca las siete y cuarenta y tres cuando llego.

No sé por qué he venido tan temprano. Podría haber esperado en casa, tomarme el café con calma, escuchar a Lena hablar de sus cosas mientras mi madre prepara el desayuno.

Pero no he podido. Las paredes de mi habitación se han vuelto demasiado pequeñas esta noche, y el techo, ese blanco que conozco mejor que mi propia cara, me miraba fijo mientras las horas pasaban sin que yo pudiera cerrar los ojos.

He dormido dos horas. Quizá tres. Lo suficiente para soñar con él.

La entrada principal de la facultad está vacía a esta hora. Solo el vigilante de seguridad, un hombre mayor con una chaqueta azul y una taza de café en la mano, me mira con curiosidad desde su puesto. Asiento, un gesto rápido, y él asiente también. No me pregunta nada.

En Nueva York, a nadie le importa por qué un chico está plantado en una puerta a las ocho de la mañana con la mirada fija en la calle.

Llevo puesta la sudadera gris. La de siempre. La de los días malos y los días neutros. Pero hoy, la tela me roza la piel como si fuera la primera vez que me la pongo. Como si el color gris ya no fuera suficiente para esconderme.

En la mano izquierda tengo un vaso de cartón.

Café con vainilla. Lo compré en el puesto de la esquina, el que abre antes de que salga el sol.

No sé si a Nikita le gusta la vainilla. No sé casi nada de él, excepto que tiene los ojos verdes y una sonrisa que a veces parece verdadera y a veces parece un disfraz.

Excepto que dijo que no dormía bien. Excepto que me escribió «ojalá te hubieras quedado» y yo, después de horas de silencio, le contesté «yo también».

Hay una palabra para esto, supongo. Una palabra que la abuela Harmony usaría.

Un término técnico que los psicólogos han inventado para describir la sensación de querer estar cerca de alguien aunque te aterre la idea de estar cerca de alguien.

Pero no la sé. O no quiero saberla. Porque si la sé, si la nombro, entonces se vuelve real. Y lo real da miedo.

El café se enfría en mi mano. Mi muñeca tiembla.

He contado los azulejos de la entrada, y son ochocientos cuarenta y siete.

También he contado las baldosas que forman el camino hacia la puerta de la clase de Motivación y Emoción, que están en la tercera planta y tienen un cartel de un gato naranja que alguien ha pegado con cinta adhesiva.

He visto a dos estudiantes pasar. Una corría.

La otra iba con el móvil y no miraba donde pisaba.

He escuchado el rumor lejano de un camión de basura que se llevaba las bolsas negras de la noche, y he oído el sonido metálico de un contenedor al cerrarse.

Y después de todo, después de contar y observar y oír, no sé qué voy a decirle cuando llegue.

«Ojalá te hubieras quedado», escribió él.

Y yo escribí «yo también».

Pero no era eso lo que quería decir. O sí, pero no solo eso.

Quería decir: «me gustó estar contigo en la terraza, a pesar de que el frío me calaba los huesos y de que no sabía qué hacer con mis manos».

Quería decir: «cuando vinieron esas chicas y te besaron, sentí que algo se rompía dentro de mí, y no sé si era envidia o asco o las dos cosas».

Quería decir: «no quiero que te vayas aunque no sé qué haría si te quedaras».

No sé cómo se hace esto.

No sé cómo se acerca uno a alguien sin tener un mapa.

Mi madre siempre dice que el amor no es complicado, que son las personas las que lo complican todo.

Pero mi madre escribe novelas románticas, y en las novelas todo es más sencillo que en la vida real.

En las novelas, los personajes siempre encuentran las palabras justas.

Siempre llegan al aeropuerto a tiempo. Siempre saben qué decir en el momento adecuado.

Yo nunca sé.

A las siete y cincuenta y siete, veo una figura al final de la calle.

Mi corazón da un salto. Un salto que siento en el pecho, en la garganta, en la punta de los dedos.

Es él. Lo reconozco por la forma de caminar, aunque hoy camina distinto.

No es el paso seguro de la fiesta, el que ocupaba espacio, el que parecía decir «aquí estoy y el mundo me debe algo».

Es un paso más lento. Más pesado. Como si las piernas le costaran.

Nikita lleva una chaqueta negra. No la de cuero de siempre, no la que huele a dinero y a noches largas.

Esta es más simple. Más anónima. Lleva los hombros encogidos y las manos en los bolsillos, y cuando levanta la cabeza y me ve, sus ojos no tienen la chispa de siempre.

Tienen una sombra. Una sombra que no había visto antes.

Dejo el café sobre la barandilla de la entrada. No sé por qué. Quizá porque necesito que mis manos estén libres. Quizá porque necesito algo que hacer.

—Hola —digo, y mi voz sale más firme de lo que esperaba.

—Hola —responde.

Se detiene a un metro de mí. Un metro exacto. No dos. No medio. Un metro, como si hubiera calculado la distancia justa para no asustarme. Y el hecho de que haya calculado eso, de que sepa que necesito espacio, me desarma más que cualquier palabra.

Sus ojos recorren mi cara. Buscan algo. No sé qué.

—No dormí —dice, y su voz es ronca, como si hubiera estado hablando solo toda la noche—. No pude. Pensé en ti.

El nudo en mi garganta se aprieta. No es el nudo de siempre, el de la ansiedad, el de la fobia, el que me impide hablar en público y pedir un café. Es otro. Es un nudo que no sé cómo deshacer.

—Yo tampoco pude —digo—. Dormir, digo.

Sonríe. Es una sonrisa pequeña, torcida, que no llega a sus ojos. Pero es una sonrisa.

—Eres malo mintiendo.

—No miento.

—Tienes ojeras.

—Tú también.

Se ríe. Es una risa corta, casi un bufido, pero es real. No la ensayada. No la de las fiestas. Me doy cuenta de que nunca lo había oído reír así. Como si se le hubiera escapado sin permiso.

—¿Qué haces aquí tan temprano? —pregunta—. Sabía que vendrías, pero no esperaba que llegaras antes que yo.

—No sabía cuándo venías.

—Te dije a las ocho.

—Lo sé. Pero no sabía... no sabía si vendrías.

—Dije que vendría.

—Lo sé. Pero...

No termino la frase. No sé cómo terminarla. Porque la verdad es que no sabía si vendría, porque en mi cabeza pasan veinte escenarios diferentes cada vez que alguien dice que va a hacer algo, y en diecinueve de ellos, la persona no aparece. Es la fobia. La certeza de que no merezco que aparezcan.

Nikita me mira. Sus ojos verdes se fijan en los míos, y no se apartan. Es una mirada que pesa, pero no es incómoda. Es como si estuviera leyendo algo en mi cara que ni yo sé que he escrito.

—Bruno —dice, y mi nombre suena diferente en su boca.

No es la primera vez que lo dice, pero esta vez no tiene la arrogancia de aquel primer día en clase.

Esta vez suena como una pregunta, como si estuviera comprobando que sigo aquí, que no me he desvanecido entre el frío de la mañana y el rumor de los primeros coches que empiezan a llenar la calle.

—Dime —respondo, y mi voz es más baja de lo que quería.

Nikita baja la mirada. Sus manos, dentro de los bolsillos de la chaqueta negra, se mueven.

No sé si está buscando algo o si solo está nervioso.

Nunca lo había visto nervioso. Nikita no se pone nervioso.

Nikita entra en las habitaciones como si fueran suyas, ocupa el espacio con la seguridad de quien sabe que nadie va a pedirle que se mueva.

Pero hoy no es así.

Hoy es otro.

—Hay algo que tengo que contarte —dice, y su voz tiembla en los bordes—. Algo que no le he contado a nadie. Bueno, a mi abogado sí. Y a mi padre. Pero no a nadie más. No a alguien que... no a alguien como tú.

El corazón me late tan fuerte que creo que puede oírlo.

Mis manos, dentro de los bolsillos de la sudadera, están húmedas.

Siento el peso del café de vainilla en la barandilla, ese vaso de cartón que ya se está enfriando, y por un momento desearía tenerlo entre las manos solo para tener algo que sujetar.

—Puedes contarme lo que sea —digo, y las palabras salen sin filtro, sin ensayo, sin pensar en si suenan bien o mal—. No voy a juzgarte.

Nikita levanta la cabeza y me mira. Sus ojos verdes tienen una luz rara, como si estuvieran a punto de romperse. Nunca había visto esa luz en nadie. O sí. En el espejo. En las mañanas en las que llevo horas sin dormir y el mundo se vuelve demasiado grande y demasiado pequeño a la vez.

—En California —empieza, y su voz es apenas un susurro—, antes de venir aquí, antes de que mi padre me enviara a Nueva York para empezar de cero, pasó algo. Algo que no debió pasar. Algo que...

Se detiene. Traga saliva. Su nuez se mueve arriba y abajo como un péndulo.

Tomo el café de vainilla que ya está frío entre mis dedos.

Lo he estado sujetando sin beber, sin mirar, solo sintiendo el cartón húmedo contra la yema de mis pulgares mientras las palabras de Nikita se enredan en el aire como hilos invisibles que no sé si quiero desenredar.

En California. Una fiesta. Una chica. Fragmentos borrosos que él mismo no sabe si son memoria o invento.

Y esa palabra que no ha dicho pero que ha estado flotando entre nosotros desde que abrió la boca, pesada como una losa que alguien ha colocado en el centro de la acera y que ninguno de los dos se atreve a tocar.

—No sé… —empieza— qué fue, o qué no fue. Sólo sé que no tengo ni idea de cómo va a suceder todo. No sé si nos volveremos a ver…

No termina. No hace falta. He leído el artículo del New York Times y he visto suficientes series, pero no quería creer que las acusaciones del grupo de clase fueran reales.

Pero no puedo apartar la mirada de sus ojos.

Por mucho que mi cabeza me diga que debería, que esto es demasiado, que no tengo herramientas para manejar esto, que soy un chico de diecinueve años con fobia social que apenas puede pedir un café sin que las manos le tiemblen, por mucho que mi instinto de autoprotección me grite que me aleje,

que esto no es asunto mío, que no tengo por qué cargar con el peso de sus demonios, no puedo.

Hay algo en su mirada que me impide moverme.

Algo en la forma en que sus manos tiemblan dentro de los bolsillos de la chaqueta negra, en la forma en que su voz se quiebra al pronunciar las palabras que ha estado guardando durante diez años, en la forma en que se ha presentado aquí, a las ocho de la mañana, sin armadura, sin la pose de siempre,