XXII Nikita
El apartamento está en silencio.
Es el mismo silencio de siempre, pero esta noche pesa más. Como si las paredes se hubieran encogido y el aire se hubiera vuelto más denso. Estoy sentado en el sofá con el móvil en la mano, la pantalla encendida, el mensaje de Bruno abierto.
«Yo también.»
Lo he leído treinta y siete veces.
Lo sé porque llevo la cuenta. Porque no sé qué hacer con esas
dos palabras. Porque cada vez que las leo, algo se mueve en mi pecho que no sé controlar.
Dejo el móvil en la mesita. Lo cojo otra vez. Lo dejo. Lo cojo.
Escribo: «¿Puedo llamarte?»
Borro.
Escribo: «Quiero verte.»
Borro.
Escribo: «No sé cómo se hace esto.»
Miro la frase. Mis dedos tiemblan sobre la pantalla.
Es verdad. No sé cómo se hace esto. No sé cómo ser sincero sin que suene a actuación. No sé cómo decirle a alguien que me importa sin que parezca que estoy interpretando un papel.
El móvil vibra en mi mano.
No es Bruno. Es el nombre de mi padre. La foto de contacto es la misma de siempre: el logo del hotel, frío y corporativo.
Mi pulgar se queda suspendido sobre la pantalla. Podría ignorarlo. Podría dejar que la llamada pasara a buzón y fingir que no he visto nada. Es lo que haría el Nikita de hace un mes. El que no le debe explicaciones a nadie. El que vive como si el mundo fuera un escenario y él el único actor.
Pero algo ha cambiado.
No sé qué. Quizá es el mensaje de Bruno. Quizá es el peso de haber estado a punto de tocar algo real en esa terraza, antes de estropearlo todo con las chicas. Quizá es solo que estoy cansado de fingir.
Deslizo el dedo para aceptar la llamada.
—Dime —digo, y mi voz suena más seria de lo que pretendía.
—Nikita —la voz de mi padre es grave, tensa, como siempre que va a darme una noticia que no quiero oír—. ¿Estás solo?
—Sí —respondo, y un frío recorre mi espalda—. ¿Qué pasa?
—El abogado de los Winchester ha filtrado algo a la prensa.
No es oficial, pero han empezado a aparecer rumores.
El New York Times ha publicado un artículo esta tarde.
No mencionan tu nombre directamente, pero hablan de un «heredero de una cadena hotelera de California» implicado en un caso de agresión sexual.
El suelo desaparece bajo mis pies.
—¿Qué? —la palabra sale como un susurro—. ¿Cómo es posible? Dijiste que el caso estaba archivado. Dijiste que no iba a salir a la luz.
—El abogado de los Winchester quiere presionar. Quiere que el caso llegue a juicio y está usando los medios para crear presión pública. No es oficial, Nikita, pero es cuestión de tiempo.
Me pongo de pie. Mis piernas tiemblan. Camino hacia la ventana y apoyo la frente contra el cristal frío. Las luces de la ciudad parpadean abajo, indiferentes.
—No fue agresión —digo, y mi voz se quiebra—. Tú lo sabes. Ella también lo sabe. Fue una noche de borrachera, los dos estábamos borrachos, y al día siguiente ella...
—Ya sé lo que pasó —me interrumpe mi padre—. Pero no importa lo que pasó. Importa lo que se puede demostrar. Y ella tiene testigos que dicen que la vieron salir de la habitación llorando.
—Esos testigos son sus amigas. Mienten.
—No importa. En un juicio, la credibilidad de la víctima pesa más que la del acusado. Y tú eres el hijo de un hombre rico. Eso no juega a tu favor.
Aprieto la mandíbula. Las palabras de mi padre se clavan en mi pecho como cuchillos.
—¿Qué tengo que hacer?
—Tienes que volver a California. Mañana. El abogado ha conseguido que te citen para declarar la próxima semana. Tienes que estar aquí.
—¿Y la universidad? ¿Las clases?
—La universidad puede esperar. Esto no.
—No puedo perder esto, papá —digo, y odio cómo suena mi voz. Rota. Pequeña—. No puedo perder la universidad. Es lo único que...
—¿Lo único que qué?
No termino la frase. No sé cómo explicarle que en Nueva York es la primera vez en años que siento que puedo ser alguien distinto. Que las clases, el frío, los desconocidos, todo es nuevo. Que aquí nadie sabe quién soy, y eso es un regalo.
Que aquí está Bruno.
—¿Cuánto tiempo? —pregunto.
—No lo sé. Depende de cómo vaya la declaración. Si el juez decide que hay suficientes pruebas para abrir juicio oral... podrían ser meses.
Meses.
La palabra resuena en mi cabeza como una sentencia.
—No puedo —digo, y mi voz es apenas un murmullo.
—No tienes elección, Nikita. Si no te presentas, te considerarán en rebeldía. Y eso solo empeorará las cosas.
Cierro los ojos. El frío del cristal se ha trasladado a mis huesos.
—¿Y si...? —empiezo, pero no sé cómo terminar la frase.
—¿Y si qué?
—Nada. Olvídalo.
—Mañana tienes que estar en el aeropuerto. He reservado un billete para las diez de la mañana. El abogado te recogerá a la llegada.
—Vale.
—Nikita...
—Dime.
—No hagas nada estúpido. No contactes con ella. No hables con nadie. No digas nada que pueda usarse en tu contra.
—Lo sé.
—De verdad, hijo. Esto es muy serio.
—Lo sé —repito, y esta vez mi voz es más firme, aunque por dentro me estoy desmoronando.
Cuelgo.
El móvil resbala de mi mano y cae sobre la alfombra. No lo recojo. Solo me quedo mirando la ciudad desde el ventanal, las luces de Manhattan titilando como estrellas falsas en un cielo que nunca está del todo oscuro.
Mi reflejo en el cristal es una sombra. Un chico rubio con los ojos hundidos y la mandíbula tensa. El heredero de una cadena hotelera. El chico de las fiestas. El que todo el mundo cree que lo tiene todo.
Y sin embargo.
Agresión sexual.
Las palabras me dan vueltas en la cabeza.
Las he oído tantas veces que ya han perdido su significado, como una canción que repites hasta que las letras se vuelven sonidos vacíos.
Pero esta noche vuelven a doler. Vuelven a clavarse como la primera vez, cuando la vi salir de la habitación y no entendí por qué lloraba, por qué sus amigas la miraban con odio, por qué al día siguiente todo había cambiado.
No fue agresión.
Estoy seguro de ello. Los dos estábamos borrachos.
Los dos estábamos en la fiesta. Los dos decidimos ir a esa habitación juntos.
Ella sonreía cuando entramos. Me besaba cuando estábamos dentro.
Las cosas se fueron calentando, y cuando quise parar porque el alcohol me estaba haciendo efecto, ella se enfadó.
Gritó. Dijo que la había engañado. Y se fue.
Al día siguiente, la historia ya era otra.
Una historia que no reconocía. Una historia en la que yo era el depredador y ella la víctima. Una historia que sus amigas alimentaron. Una historia que mi padre intentó enterrar con dinero y abogados.
Pero las historias no se entierran. Se pudren bajo la tierra hasta que alguien las desentierra.
Ahora están aquí. En el New York Times. En las noticias que alguien leerá mañana. En las conversaciones de los estudiantes de la facultad. En los ojos de la gente que empezaba a mirarme como algo más que el hijo rico de un hotelero.
Empiezo a caminar por el apartamento. Ida y vuelta. De la cocina al salón. Del salón a la terraza. Mis pies descalzos rozan el parqué, la alfombra, el mármol. Cada superficie es fría. Cada paso es un recordatorio de que estoy solo.
Me detengo frente a la puerta de la terraza. La noche de la fiesta, Bruno se apoyó en la barandilla y dijo que era bonito. Dijo que no dormía bien. Dijo siempre.
Y yo lo estropeé. Como siempre. Como todo.
Abro el móvil. El chat con Bruno sigue abierto. Sus dos palabras brillan en la oscuridad de la pantalla.
«Yo también.»
Mis dedos se mueven solos sobre el teclado.
Escribo: «Tengo que contarte algo.»
Borro.
Escribo: «Mañana me voy.»
Borro.
Escribo: «No sé cuándo vuelvo.»
Borro.
Cada frase es una mentira. Cada intento de decir la verdad se convierte en otra capa de la armadura que llevo puesta desde que tengo memoria. No sé cómo ser sincero sin que suene a manipulación. No sé cómo pedir ayuda sin parecer débil.
No sé cómo decirle que tengo miedo. Ni siquiera sé si le importará.
El miedo es nuevo. O no tan nuevo, pero antes podía disfrazarlo de arrogancia. De chulería. De «no me importa lo que piensen de mí». Pero ahora no puedo disfrazarlo. Está ahí, crudo y pesado, ocupando el espacio en mi pecho que antes llenaba el vodka.
Si el juicio sigue adelante, puedo pasar hasta dieciocho años en prisión.
Dieciocho años.
No es una broma. No es una amenaza vacía de mi padre para asustarme. Es una posibilidad real. Una que ha estado acechando en las sombras desde aquella noche en California, esperando su momento para saltar.
Veinte años de mi vida.
La universidad. Las clases. La posibilidad de estudiar lo que quiero. La posibilidad de empezar de nuevo.
La posibilidad de Bruno.
Todo eso desaparecerá si el juez cree la versión de ella.
Apoyo la espalda contra la pared y resbalo hasta el suelo. El parquet está frío bajo mis piernas. La ciudad sigue brillando al otro lado del cristal. Todo sigue igual, y sin embargo, todo ha cambiado.
El móvil vibra en mi mano.
No es mi padre. Es el grupo de la facultad.
Alguien ha compartido el enlace del artículo del New York Times.
No mencionan mi nombre, pero el grupo de la clase de Motivación y Emoción ya está especulando.
Alguien dice «¿será el hijo de los Volkov?»
. Otro responde «no puede ser, el caso es en California».
Y luego «los Volkov tienen hoteles en California».
El hilo de conversaciones se alarga. Las preguntas se multiplican. Los dedos teclean con una rapidez voraz, como si mi vida fuera un chisme más, un rumor para alimentar el aburrimiento de una tarde de noviembre.
Cierro el grupo. No tengo fuerzas para leer más. Pero mi teléfono sigue vibrando. Una vez. Otra. Otra. La gente quiere saber. La gente quiere respuestas. La gente quiere ver al hijo del rico caer.
No respondo. No voy a responder nunca.
Apoyo la cabeza contra la pared. La respiración se me acelera. El pecho se me oprime de una manera que no recuerdo haber sentido nunca. Un ataque de pánico. Eso es. He oído hablar de ellos en clase, en las clases de Psicopatología que Bruno y yo compartimos.
Y ahora lo entiendo.
Entiendo por qué Bruno se sienta siempre cerca de la ventana. Entiendo por qué su voz tiembla cuando habla en público. Entiendo por qué se encoge cuando alguien se acerca demasiado.
El miedo no es una elección. Es una respuesta del cuerpo. Una reacción química que no se puede controlar. Y ahora, cuando el miedo me atraviesa, solo puedo pensar en una cosa.
Bruno.
No sé por qué pienso en él. No sé qué tiene que ver con todo esto. Pero su nombre aparece en mi mente como una luz en la oscuridad. Como la única cosa que parece real en medio de este sueño que se está convirtiendo en pesadilla.
Cojo el móvil. Abro el chat con él. Escribo: «Necesito verte. Mañana. Antes de irme.»
Pulso enviar antes de que pueda arrepentirme.
El mensaje se queda ahí. Gris. Entregado. No leído todavía.
Espero. Cinco segundos. Diez. Treinta. La pantalla no cambia. Bruno no responde.
Probablemente está durmiendo. O estudiando. O riéndose con Lena de mi estupidez en la fiesta, sin saber que el mundo se está desmoronando a mi alrededor.
Pero mañana lo sabrá.
Mañana tendré que mirarlo a los ojos y decirle algo. No sé el qué. No sé cómo explicar todo esto sin que se asuste. Sin que me mire como los otros, como un monstruo, como el chico rico que abusó de una chica en una fiesta.
No quiero que me mire así.
No quiero que me mire como el resto.
No sé cómo se hace. No sé cómo ser sincero. Pero por primera vez, quiero intentarlo.
Guardo el móvil. La pantalla se apaga. Mi reflejo aparece en el cristal negro.
El mismo de siempre.
Pero mañana, cuando lo vea, quiero que sea diferente. Quiero que me vea a mí. Al de verdad. Al que tiene miedo. Al que no sabe qué hacer con el dinero ni con la soledad. Al que pasó toda una vida construyendo una armadura y ahora no sabe cómo quitársela.
Me levanto del suelo. Las piernas me tiemblan. Pero me levanto.
Camino hacia la terraza. El aire de noviembre es frío. Las luces de Manhattan se extienden frente a mí como un campo de estrellas caídas.
Mañana me voy a California.
Y no sé cuándo vuelvo.
Pero antes de irme, tengo que verlo.
Tengo que mirarlo a los ojos y decirle la verdad.
O al menos, una versión de la verdad.
Algo.
Cualquier cosa que no sea una mentira.
El móvil vibra en mi mano.
Bruno ha respondido.
El corazón se me acelera. Abro el mensaje con dedos temblorosos.
«¿Dónde?»
Una palabra. Dos preguntas.
Escribo: «En la facultad. Antes de clase. A las ocho.»
Pulso enviar.
La respuesta llega al instante.
«Vale.»
Solo eso.
No pregunta por qué. No pregunta qué pasa. Solo dice vale.
Y eso, de alguna manera, es más de lo que esperaba.
Me quedo en la terraza mirando el móvil hasta que la pantalla se apaga. El frío me cala los huesos, pero no me muevo.
Mañana se lo diré.
No todo. No la versión que los periódicos están publicando.
Pero algo.
Algo que sea mío.
Algo que no pueda borrar con un cheque.
Apoyo la frente en la barandilla. El metal está helado. Cierro los ojos.
Y espero a que llegue el día.