XXI Bruno
El móvil vibra en mi bolsillo mientras camino hacia la salida de la facultad. La luz de noviembre es gris y cortante, como si el sol se hubiera rendido antes de intentar calentar algo. Mis dedos buscan el teléfono con lentitud, como si ya supiera que las noticias no van a ser buenas.
El nombre de Lena aparece en la pantalla.
—¿Dime? —respondo, y mi voz sale más baja de lo que pretendía.
—Bruno —suena al otro lado, y noto algo distinto en su tono. No es la voz alegre de siempre. Es más tensa, como si estuviera sujetando algo que está a punto de romperse—. ¿Puedes hablar?
—Sí, claro. ¿Qué pasa?
—Necesito pedirte un favor.
El ruido de los estudiantes que pasan a mi lado se vuelve borroso. Un grupo de chicos ríe cerca de la fuente, pero el sonido llega como si estuviera al otro lado de un cristal. Solo escucho a Lena. Solo su voz.
—Estoy en la comisaría —dice, y la palabra comisaría me golpea en el pecho como un puñetazo—. Han detenido a mi madre.
—¿Qué? —La palabra se me escapa sin control. Mi mano aprieta el teléfono con más fuerza—. ¿Qué ha pasado?
—Estafa —responde, y su voz se quiebra apenas un segundo—. Un delito de estafa. No sé los detalles. Pero me han llamado en mitad de clase y he tenido que venir. Estoy aquí ahora mismo. Acabo de declarar.
No sé qué decir. Las palabras se atascan en mi garganta como siempre. Pero esta vez no es mi miedo. Es el suyo. Puedo sentirlo a través del teléfono, vibrar en sus silencios, en la forma en que respira.
—¿Estás bien? —pregunto, y es una pregunta estúpida. Es la pregunta que siempre hago cuando no sé qué más decir.
—No lo sé —admite—. No lo sé, Bruno. Estoy... estoy cansada. Y no quiero volver a mi casa. No quiero verla. No quiero hablar con ella. Necesito salir de aquí.
El silencio se alarga. Los estudiantes siguen pasando a mi lado. Alguien me roza el hombro y murmura perdón. Pero yo solo existo en esta conversación.
—Puedes venir a mi casa —digo, y las palabras salen solas, como si llevaran años esperando ser pronunciadas—. Si quieres. Unos días. Hasta que se calme todo.
—¿En serio? —Su voz cambia. Hay algo de alivio, pero también de incredulidad—. ¿No te importa?
—No. Mi madre no dirá nada. Te conoce. Bueno, no te conoce, pero sabe que existes. Y es buena. Te dejará quedarte.
—Bruno...
—De verdad. No es problema. Tenemos un sofá grande. Y mi madre hace galletas de avena. Bueno, no sé si hoy, pero… —Me río. Una risa corta, nerviosa, que me sale de algún lugar que no sabía que existía.
—Vale —dice Lena—. Vale. Me vendría bien. Un par de días, hasta que encuentre otro sitio.
—Cuando quieras. ¿Ahora?
—Ahora mismo. ¿Te parece?
—Sí. Te espero en la entrada de la facultad.
Cuelgo. El móvil sigue caliente en mi mano. El mundo vuelve a su ritmo normal: las risas, los pasos, las conversaciones. Pero yo estoy quieto, como si mis pies se hubieran enraizado al suelo.
Lena va a venir a casa. Lena va a dormir en mi sofá. Lena necesita ayuda y yo puedo dársela.
Es una sensación extraña. Ser útil. Ser el que sostiene, en lugar de ser sostenido.
Camino hacia la entrada principal. Me apoyo en la pared de ladrillo, junto a la puerta de cristal, y espero. El frío se cuela por el cuello de mi sudadera, pero no me muevo. No quiero perdérmela.
Lena aparece diez minutos después. Su pelo está más revuelto de lo normal, como si se lo hubiera alborotado con los dedos mil veces. Lleva la mochila colgada de un hombro y los ojos un poco rojos, aunque no ha llorado. O sí, pero se ha secado las lágrimas.
—Hola —dice, y su voz suena pequeña.
—Hola —respondo.
No sabemos qué más decirnos. No hay palabras para esto. Así que hacemos lo único que se puede hacer: caminar. Caminar hacia el metro, hacia mi casa, hacia un sofá donde pueda dormir sin tener que escuchar los pasos de su madre en el pasillo.
El metro está lleno. Nos sentamos en los asientos de la ventana, hombro con hombro. Lena apoya la cabeza en el cristal y cierra los ojos. Yo miro el túnel que pasa, las luces parpadeantes, los azulejos rotos.
—¿Le has dicho a tu madre? —pregunta Lena sin abrir los ojos.
—Todavía no. Pero lo haré ahora. Cuando lleguemos.
—¿Crees que dirá que sí?
—Sí —respondo, y no es una mentira—. Mi madre es así. Siempre dice que sí.
Lena abre los ojos y me mira. Sus ojos tienen esa luz cansada de quien ha visto demasiado en un solo día.
—Gracias, Bruno. De verdad.
—No me des las gracias. Es lo mínimo.
—No es lo mínimo. Podrías haberme dicho que lo sentías, que ya encontrarías una solución, como hace la mayoría. Pero has dicho que vaya a tu casa.
—Es que no sé hacer otra cosa —admito, y la verdad se siente ligera—. No sé dar grandes discursos ni resolver problemas. Pero sé abrir una puerta.
Lena sonríe. Es una sonrisa pequeña, frágil, pero es una sonrisa.
El tren frena en nuestra estación. Salimos.
Caminamos hacia mi edificio. Las calles están llenas de luces de Navidad, de guirnaldas que titilan en los escaparates.
Lena mira los árboles iluminados sin verlos.
Yo la miro a ella, preguntándome cómo se siente, qué piensa, si el mundo se le está desmoronando tan rápido como parece.
Llegamos a mi casa. El edificio huele a sopa de verduras y a humedad. Subimos las escaleras—el ascensor está roto desde hace tres semanas— y yo abro la puerta con mi llave.
—Mamá —llamo—. ¿Estás?
—En la cocina —responde su voz.
Dejo la mochila en el recibidor y Lena se queda detrás de mí, como si necesitara un escudo. Caminamos hacia la cocina. Mi madre está frente a la encimera, cortando verduras en trozos perfectos. Lleva el delantal verde y un jersey de lana que le compré el año pasado.
Se gira al oírnos. Su sonrisa se congela un segundo cuando ve a Lena, pero se recupera rápido. Mi madre siempre se recupera rápido.
—Hola —dice, y su voz es amable pero curiosa—. ¿Quién es tu amiga?
—Es Lena —respondo, y siento el nudo en la garganta, pero lo empujo hacia abajo—. La compañera de clase de la que te he hablado. ¿Te acuerdas?
—Ah, sí —dice mi madre, y su sonrisa se hace más cálida—. La que se sienta a tu lado. La que habla mucho.
Lena se ríe. Una risa nerviosa, pero auténtica.
—Soy yo —dice—. Mucho gusto, señora.
—Val —la corrige mi madre—. Llámame Val.
Se acercan y se dan la mano. Mi madre mira a Lena con atención, como si estuviera leyendo un libro en su cara. Luego mira a mí.
—¿Qué pasa? —pregunta, y no es una pregunta. Es una invitación. Un «cuéntamelo».
—Lena necesita un sitio donde quedarse unos días —digo, y las palabras salen sin ensayo—. Su madre ha tenido un problema y no puede estar en su casa ahora. He pensado que podría dormir en el sofá.
—El sofá se convierte en cama —añade Lena rápidamente—. No ocupo mucho espacio. Y puedo ayudar con las tareas. Hago un café buenísimo.
Mi madre la mira. La cocina se queda en silencio. El único sonido es el cuchillo sobre la tabla de cortar, que ella ha dejado de mover.
—¿Cuántos días? —pregunta al fin.
—No sé —admite Lena—. Unos días. Hasta que se calme todo.
Mi madre asiente. Luego suelta el cuchillo y se seca las manos en el delantal.
—Pues bienvenida —dice, y su sonrisa es de verdad—. La cena es a las ocho. Y no te preocupes por el café. Yo lo preparo.
Lena exhala. No sabía que estaba conteniendo la respiración.
—Gracias, señora... Val. Muchas gracias.
—No hay de qué. Bruno, enséñale dónde están las toallas. Y el sofá se abre con una palanca que está debajo del cojín izquierdo.
—Lo sé, mamá —digo.
—Pues entonces, a ocuparse.
Salgo de la cocina. Lena me sigue. Subimos las escaleras—son solo tres escalones, pero parecen muchos— y entro en mi habitación para buscar una toalla limpia. Lena se queda en el pasillo, mirando las fotos de la pared. Hay una de mí con ocho años, en la playa, con un cubo de plástico en la mano.
—Eras muy pequeño —dice.
—Ya no.
—Ya no —repite, y hay algo en su voz que no sé interpretar.
Le doy una toalla azul. La coge sin mirarla.
—Gracias, Bruno. De verdad. No sé qué habría hecho si no hubieras dicho que viniera.
—Te lo he dicho. No hace falta que me des las gracias.
—Pero te las doy igual.
Bajo la mirada. Las puntas de mis zapatillas rozan el suelo de madera.
—¿Quieres que vayamos a ver a Zoa? —pregunto, y la idea surge sin avisar—. Es mi prima. Vive cerca. Es una buena distracción.
—¿Tu prima?
—Se llama Zoa. Está en el teatro. Bueno, estudia arte. Pero también baila. Es muy... de Zoa.
—¿Baila?
—Sí, danza neoclásica. A veces.
Lena se queda callada un momento. Luego sus ojos se iluminan, como si hubiera recordado algo.
—Espera—dice—. ¿Zoa? ¿Zoa de la compañía de danza de la Calle cuarenta y dos?
—No sé cómo se llama la compañía—digo, encogiéndome de hombros—. Pero sí, está en el Teatro de la Calle cuarenta y dos.
—¡La conozco! —exclama Lena, y su voz recupera un tono que no había oído en todo el día—.
Fui a ver una función el sábado después de dejarte en casa.
Zoa era la ayudante de vestuario. Me fijé en ella porque tenía un lunar en la mandíbula y porque movía las manos de una forma muy... elegante. No sé cómo explicarlo.
Me quedo mirándola. La coincidencia es tan extraña que casi duele.
—¿De verdad la conoces?
—No la conozco, la he visto —corrige Lena—. Pero me acuerdo de ella. Y me encantó la obra. Había una escena con un vestido rojo que parecía sangre...
Su voz se pierde en el recuerdo. Yo la miro y pienso en lo pequeño que es el mundo. En cómo las vidas se cruzan sin que nos demos cuenta. Lena y Zoa, en el mismo teatro, la misma noche, sin saber que algún día se encontrarían en el pasillo de mi casa.
—Vamos a verla —digo—. Ahora mismo. Te va a encantar. Y a ella también.
Lena asiente. Coge su chaqueta. Salimos de casa y el frío de noviembre nos golpea en la cara.
—¿Cómo se llama tu prima? —pregunta otra vez mientras caminamos para llenar el vacío de la conversación.
—Zoa —repito—. Zoa a secas. Bueno, en realidad se llama Zoey, pero siempre ha sido Zoa.
—Zoa —repite Lena, saboreando el nombre—. Me gusta.
—A ella también le gustará que la conozcas.
Lena sonríe. Es una sonrisa más auténtica que la que ha tenido en toda la tarde.
El edificio de Zoa está al final de la calle. Toco el timbre. El tercero B. La puerta se abre sin preguntar —como siempre que vengo —.
Subimos las escaleras. Zoa ya está en la entrada, con el pijama rosa de ositos y las gafas de leer. Cuando ve a Lena, se queda quieta un momento. Sus ojos se abren ligeramente.
—¿Eres tú? —pregunta, y su voz es un susurro.
—Soy yo —responde Lena, y hay algo en su tono que no había escuchado antes.
Se miran. El tiempo se detiene. Yo no entiendo nada, pero lo entiendo todo.
—¿Os conocéis?—digo, y mi voz suena más alta de lo que quería.
—Danza neoclásica —dicen las dos a la vez.
Zoa ríe. Lena también. Es una risa liberadora, como si hubieran estado esperando este momento sin saberlo.
—Tú eras la de la obra del vestido rojo —dice Zoa—. Te vi en el ensayo general. Preguntaste por el dobladillo.
—Y tú me dijiste que estaba bien —responde Lena—. Que no hiciera caso a la directora.
—Porque tenía razón. La directora siempre se equivoca con los dobladillos.
—Entonces. ¿Te acuerdas de mí?
—Cómo no acordarme.
Pasan al interior. Las dos entran como si el piso les perteneciera. Yo me quedo en la puerta, mirándolas, sintiendo que el mundo se ha vuelto un poco más pequeño y un poco más grande a la vez.
—Pasa, Bruno —dice Zoa sin mirarme—. Y cierra la puerta. Hoy necesitamos té de vainilla. Y mucho.
Cierro la puerta. El piso de Zoa huele a lavanda y a hogar.
Lena y Zoa están sentadas en el sofá, hablando como si se conocieran de toda la vida. Yo me siento en la butaca, con una taza de té de vainilla en las manos, y las miro.
No sé qué está pasando.
Pero por primera vez en mucho tiempo, siento que algo bueno está empezando.
Zoa pone música. Es una canción suave, de piano. Lena cierra los ojos. Zoa la mira con una expresión que no sé descifrar.
Y yo bebo mi té.
Y el mundo, por un momento, deja de doler.