XX Enzo 3 días antes #2
Porque yo no te he visto. No te he visto en las cenas, en las mañanas, en las noches en las que Bruno tenía pesadillas y yo tenía que sentarme en su cama para que se durmiera.
No te he visto en las reuniones de padres, en las excursiones, en las tardes de lluvia que pasábamos viendo películas. No te he visto, Enzo.
—He estado trabajando. He estado construyendo...
—Construyendo qué —me interrumpe—. Una carrera. Una reputación. Un periódico que te consume y que te ha robado todo lo que importa. Y ahora quieres volver, como si nada hubiera pasado. Como si pudieras aparecer con sushi y velas y arreglar diez años de ausencia.
Me quedo callado. No porque no tenga nada que decir. Sino porque todo lo que iba a decir se ha quedado atascado en algún lugar de mi garganta.
Val bebe un sorbo de vino. La vela parpadea. Su sombra baila en la pared de la cocina.
—No sé si quieres volver de verdad —dice, y su voz es más baja ahora—. O si solo tienes miedo de perder lo que ya has perdido. Porque hay una diferencia, Enzo. Y no sé si tú la ves.
—Sé que la he cagado —digo al fin—. Pero quiero arreglarlo.
—¿Cómo?
—No lo sé. Pero quiero intentarlo. Quiero estar aquí. Quiero conocer a mi hijo.
—¿Conocer a tu hijo? —Val me mira con una mezcla de incredulidad y tristeza—. Enzo, Bruno ha cumplido diecinueve años. Tiene una vida. Una vida que tú no has visto. No puedes aparecer ahora y pretender ser su padre.
—No pretendo ser su padre. Lo soy. Aunque no lo haya demostrado.
—¿Y qué has hecho para demostrarlo?
Me quedo en blanco. No tengo una respuesta. Porque no he hecho nada.
—Nada —digo al fin—. No he hecho nada.
Val asiente. No es un asentimiento de aprobación. Es un asentimiento de confirmación, como quien escucha una verdad que ya sabía y solo esperaba que el otro la reconociera.
—Y ahora quieres hacerlo —dice.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que se convierta en un desconocido. Porque no quiero que, dentro de diez años, mire hacia atrás y recuerde a un padre que nunca estuvo.
—Eso no es culpa suya, Enzo. Es tuya.
—Lo sé.
Val se queda callada un instante. La vela sigue parpadeando. El sushi se está calentando en la mesa.
—¿Sabes qué? —dice al fin—. Llevo tanto tiempo esperando que digas esto, que no sé si creérmelo.
—No te pido que me creas. Te pido que me des la oportunidad de demostrarlo.
—Te la he dado tantas veces… Y siempre la has dejado pasar.
—Pero esta vez no.
Val me mira. Sus ojos recorren mi cara como si buscara algo. Una mentira, quizá. O una grieta en mi determinación.
—No te prometo nada —dice al fin—. Pero puedes intentarlo. Por Bruno. No por mí.
—Y por ti también.
—No prometas cosas que no puedes cumplir, Enzo.
—No te estoy prometiendo. Te estoy diciendo lo que voy a hacer.
Val no responde. Solo coge otro roll de sushi y lo moja en la salsa de soja.
La cena continúa en silencio. Pero es un silencio diferente. No hay tensión, pero hay algo que no sé nombrar. Una esperanza frágil, quizá. O un miedo a que esta esperanza se rompa.
Terminamos de cenar. Val recoge los platos y los deja en el fregadero. Yo las copas de vino. Nuestros hombros casi se tocan cuando pasamos junto a la encimera.
—¿Qué música escucha Bruno? —pregunto, y mi voz suena casi infantil.
Val se queda quieta un momento. Luego, sin mirarme, dice:
—Ahora escucha a un chico que se llama... Beret. No sé cómo se escribe. Pero es algo de pop urbano. Música melancólica, con guitarras. No me preguntes más porque no sé.
—¿Y antes? ¿Qué escuchaba antes?
—Indie. Rock alternativo. Cosas que no entiendo. —No sabía que le gustara el indie.
—Porque nunca preguntaste.
Guardo silencio. Val se gira hacia mí. Tiene los brazos cruzados, una postura que conozco bien. Es su postura de defensa.
—Su grupo favorito se llama Los Jardines de Tinta —dice—. Son españoles. Él los descubrió en Spotify y se obsesionó. Se sabe todas las letras. A veces las canta en la ducha.
—¿Canta en la ducha?
—Sí. Y no sabe que le oigo —o no le importa—. Pero le oigo.
Sonrío. Es una imagen que nunca había imaginado. Bruno, mi hijo, cantando en la ducha. Cantando canciones de un grupo que no conozco.
—¿Y los libros? —pregunto—. ¿Qué lee?
—Todo lo que caiga. Pero sobre todo poesía. Y novelas de misterio. Y algún ensayo de psicología que su abuela le presta.
—¿Poesía?
—Sí. Se pone a leer y se queda en su habitación durante horas. Se lo he visto hacer.
—No sabía que le gustara la poesía.
—Porque nunca preguntaste.
La frase se repite como un eco. Porque nunca preguntaste. Es una condena. Una acusación. Y es verdad.
—Quiero aprender —digo—. Quiero saber todas esas cosas. Quiero saber qué le gusta, qué le duele, qué le hace reír.
—Pues está en tu mano, Enzo. Pero no de hoy para mañana. Esto lleva tiempo. Y constancia. Y estar presente.
—Lo sé.
—¿De verdad?
—Sí.
Val me mira. La luz de la cocina es tenue y sus ojos parecen más grises que nunca.
—No te voy a decir que confío en ti —dice—. Porque no es verdad. Pero voy a darte una oportunidad. La última.
—No te voy a fallar.
—Las palabras son fáciles, Enzo. Los hechos son más difíciles.
—Lo sé. Pero voy a demostrarlo.
Val asiente. Y por primera vez en toda la noche, casi sonríe.
—¿Quieres ver las fotos que hice de Bruno el día de la graduación? —pregunta—. Están en mi móvil. Son horribles, porque le tengo que hacer fotos a escondidas, pero...
—Sí —digo—. Quiero verlas.
Val se levanta y va a buscar el móvil. Vuelve con la pantalla encendida y se sienta a mi lado en el sofá. Apoya la cabeza en mi hombro, como si el peso de la noche le hubiera ganado la partida.
Y mientras pasamos las fotos una por una, viendo a Bruno crecer en imágenes, me doy cuenta de que esto es lo que me he estado perdiendo.
No es el periódico. No es la carrera. No es la fama.
Es esto.
Estar aquí.
Con ella.
Con él.
Aunque haya tardado demasiado en entenderlo.