XX Enzo 3 días antes
El teléfono pesa en mi mano como una losa. Llevo diez minutos mirando la pantalla, el número de la tienda de sushi marcado, el pulgar suspendido sobre el botón de llamada. La doctora Parker me dijo que hiciera cosas concretas. Que no me limitara a prometer. Que actuara.
Pero actuar significa moverse, y moverse significa dejar de ser el fantasma que Val describió anoche.
Marco el número.
—Sushi House, buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle? —La voz al otro lado es rápida, profesional, con ese acento neoyorquino que comprime las palabras para que quepan en menos tiempo.
—Quisiera hacer un pedido para esta noche —digo, y mi voz suena más firme de lo que esperaba—. Para dos personas. ¿Tienen disponibilidad para recoger sobre las ocho?
—Por supuesto. ¿Qué le apetece?
Miro el papel que tengo en la mano. Lo he estado escribiendo durante la última hora, entre reunión y reunión, con la puerta de mi oficina cerrada y el teléfono en modo silencio.
He investigado. He preguntado en Google.
He llamado a la tienda de la esquina para asegurarme de que tenían los ingredientes.
—Tartar de salmón, sashimi variado, rolls de aguacate y langostino en tempura —digo, leyendo la lista—. Y quiero añadir algo especial. ¿Tienen esas velas pequeñas que se ponen en los postres?
—Sí, tenemos velas de cumpleaños.
—Perfecto. ¿Pueden poner una en el pedido? No importa el color.
—Claro. ¿Algo más?
—Sí —digo, y el nudo en mi garganta se aprieta un poco—. ¿Podrían escribir algo en la caja? Es... es para mi mujer.
—Por supuesto, dígame.
Cierro los ojos. Las palabras que he estado ensayando durante toda la tarde se agolpan en mi lengua. No sé si son las correctas. No sé si hay palabras correctas para esto. Pero tengo que intentarlo.
—«Empiezo de nuevo» —digo, y mi voz se quiebra apenas un segundo—. Eso es todo. «Empiezo de nuevo.»
—Anotado. ¿Nombre para el pedido?
—Enzo.
—Enzo, su pedido estará listo a las ocho en punto. Son ochenta y siete dólares con cincuenta.
—Perfecto. Gracias.
Cuelgo. El teléfono vuelve a la mesita de escritorio y yo me quedo mirando el techo de la oficina. Las vigas de madera del edificio antiguo crujen por el frío de diciembre. La calefacción no funciona bien en esta parte del periódico, y mi aliento forma pequeñas nubes de vapor cuando suspiro.
Saco el móvil del bolsillo. Marco el número de casa.
—¿Sí? —La voz de Val. Cansada. Plana. La misma que escuché aquella noche cuando me dijo que los fantasmas no abrazan.
—Val, soy yo.
—Ya lo sé.
—Esta noche quiero hacer algo especial. He pedido sushi. He pensado que podríamos cenar los dos, solos, en casa. He encargado velas y todo.
—Silencio al otro lado. Luego su voz, más baja, con un filo que no sé si es esperanza o desconfianza.
—¿Sushi? —dice—. ¿Tú has pedido sushi?
—Sí. He llamado a la tienda de la esquina. La que te gusta.
—La que me gusta es la de la calle doce, no la de la esquina.
—Esa. La de la calle doce. He llamado a la de la calle doce. He preguntado por el tartar de salmón que te gusta.
—Otro silencio.
—Enzo...
—No me digas nada —la interrumpo—. Solo... espera. Esta noche. ¿Puedes esperarme?
El mismo silencio de aquella noche. Luego un suspiro que parece venir de muy lejos.
—Te espero. Pero si llegas tarde, no te prometo que vuelva a esperarte.
—No llegaré tarde.
Cuelgo. Miro el reloj de la oficina. Las seis y media. Tengo hora y media para terminar lo que estoy haciendo, para salir, para recoger el sushi y volver a casa.
Y no pienso llegar tarde.
Las seis y cuarenta. Los redactores están terminando sus artículos.
Marcos discute con Lara sobre el enfoque de portada.
El ruido de los teclados, el zumbido de las impresoras, el olor a café quemado que impregna la redacción.
Todo lo mismo de siempre. Todo lo que ha sido mi vida durante los últimos diez años.
Y sin embargo, hoy todo se ve diferente.
Miro la foto de Val en mi escritorio. Hace quince años. Una foto de playa, en Coney Island, con el pelo rubio alborotado por el viento y una sonrisa que parece iluminar toda la imagen. Bruno tiene cuatro años y está sentado en sus hombros, con los brazos extendidos como si quisiera abrazar el mundo.
Ese niño ahora tiene diecinueve años. Y yo no sé ni qué música escucha.
Cierro el portátil. Cojo la chaqueta. Salgo de mi oficina sin mirar atrás.
—¿Enzo? —La voz de Marcos me alcanza en el pasillo—. ¿Te vas ya? Tenemos la reunión de cierre a las ocho.
—Hoy no puedo —digo, y mi voz suena diferente. Más firme. Como si las palabras llevaran años esperando para salir—. Hoy tengo una cena con mi mujer.
Marcos me mira con sorpresa. Luego sonríe, una sonrisa torcida que conozco bien. La de alguien que también ha perdido batallas en casa.
—Anda —dice—. Pues que vaya bien.
—Gracias.
Salgo del edificio. El aire de diciembre me golpea la cara, frío y húmedo.
Camino rápido hacia la tienda de sushi. Las calles están llenas de luces de Navidad, de gente que compra regalos, de familias que pasean.
Todo parece más brillante esta noche. O quizá solo soy yo, que he decidido mirar hacia arriba.
La tienda de sushi está casi vacía a esta hora. Un par de personas esperan en la barra, mirando el móvil. Yo me acerco al mostrador y doy mi nombre.
—Enzo —dice el chico, y me entrega una bolsa blanca con el logo de la tienda—. Aquí tiene su pedido. Las velas están en una cajita aparte, y el mensaje escrito en la caja exterior.
Abro la bolsa. La caja de sushi es blanca, elegante, con un lazo rojo. Y en la tapa, escrito con rotulador dorado: «Empiezo de nuevo.»
—Gracias —digo, y mi voz sale más ronca de lo esperado.
El chico sonríe. No pregunta. No hace falta.
Salgo de la tienda con la bolsa en la mano. El peso del sushi me recuerda que no es un sueño y debo cambiar. Que esta noche voy a intentar recomponer los pedazos de algo que he estado rompiendo durante años.
El móvil vibra. Un mensaje de Val: «¿Vienes de camino?»
Escribo: «Sí. En diez minutos estoy en casa.»
Guardo el móvil. Acelero el paso.
Abro la puerta del apartamento y el aroma a canela llena el recibidor. No es el olor de siempre. No es el olor a soledad y a trabajo. Es otro. Es un olor que no había sentido en años.
—Cariño —llamo, mientras me quito la chaqueta.
—Estoy en la cocina.
La encuentro sentada en la mesa de la cocina, con la luz tenue de la lámpara de aceite que nunca usamos.
Lleva un jersey azul oscuro que le regalé hace tres Navidades y que siempre decía que le quedaba grande.
El pelo suelto, sin el moño de siempre. Las manos apoyadas sobre la mesa, los dedos jugando con el borde de una servilleta de tela.
La mesa está puesta. Dos platos. Dos copas de vino. Una vela de verdad en el centro, de esas que compramos una vez para una cena de aniversario y que nunca volvimos a usar.
—He pensado que podríamos cenar aquí —dice, y su voz es más suave que la del teléfono—. Más íntimo. Si no te importa.
—No me importa. Es perfecto.
Dejo la bolsa del sushi en la encimera. Abro la caja con cuidado. El tartar de salmón, el sashimi, los rolls. Todo en su sitio. La cajita con las velas de cumpleaños, aunque no sea el cumpleaños de nadie.
—Tienes velas —dice Val, y hay una nota de sorpresa en su voz.
—Sí. He pensado que podríamos... no sé. Celebrar. —¿Celebrar qué?
—Celebrar que estamos aquí. Los dos. En esta cocina. Que no es demasiado tarde.
Val me mira un momento. Luego, sin decir nada, coge una de las velas y la clava en el centro del tartar de salmón. Enciende un fósforo. La llama parpadea un instante antes de estabilizarse.
—Pide un deseo —dice.
Me siento frente a ella. La luz de la vela baila entre nosotros, iluminando sus ojos azules que parecen más grises esta noche. O más tormenta. Como aquella vez en Boston.
—Deseo —digo, y mi voz es baja— volver a ser el hombre que te prometió que siempre estaría.
Val no dice nada. Solo asiente, un movimiento pequeño, y levanta su copa de vino.
—Brindo por eso —dice—. Pero sin promesas, Enzo. Solo hechos.
Chocamos las copas. El vino tintinea contra el cristal.
La cena transcurre en un silencio que no es incómodo, pero tampoco es fácil. Cojo un roll de sushi con los palillos. El sabor a salmón y aguacate se deshace en mi boca. Miro a Val, que come despacio, con la mirada fija en el plato.
—¿Cómo está Bruno? —pregunto al fin.
Val levanta la cabeza. Su expresión no es de sorpresa. Es de cansancio. De alguien que ha escuchado esa misma pregunta demasiadas veces sin que haya una respuesta sincera detrás.
—Está bien —dice—. Dentro de lo que cabe.
—¿Dentro de lo que cabe?
—Enzo, no voy a hacerte un informe de tu hijo. Si quieres saber cómo está, pregúntaselo a él.
—Lo sé. Y lo haré. Pero quiero que me cuentes tú también. Quiero saber cómo es su vida. Qué hace cuando no está en clase. Si está contento. Si tiene amigos. Si...
—Si tiene pareja —me interrumpe Val, y su voz tiene un filo que no había oído antes—. ¿Eso es lo que quieres saber?
—No sé qué quiero saber. Solo sé que no lo sé.
Val deja los palillos. Apoya los codos en la mesa y me mira fijamente. La luz de la vela dibuja sombras en su rostro.
—Llevas diez años sin saber nada de él, Enzo.
Diez años en los que no has preguntado ni una sola vez qué música escucha o cuál es su postre favorito.
No has sabido que tiene miedo a los espacios cerrados, que odia los ascensores, que desde que empezó la universidad ha tenido que sentarse al lado de la ventana en todas las clases porque si no, no puede respirar.
—No sabía eso.
—Claro que no. Porque nunca preguntaste. Porque siempre estabas demasiado ocupado salvando el mundo desde tu periódico.
—No es justo —digo, y mi voz suena más alta de lo que pretendía.
—¿Qué no es justo? —Val no levanta la voz. Es peor. Es una calma helada, como la de una tormenta que ya ha pasado y solo deja destrucción a su paso—. ¿Que te diga la verdad? ¿O que te recuerde que Bruno ha crecido sin ti?
—No ha crecido sin mí. He estado aquí.
—¿Aquí? —Val ríe. Una risa corta, amarga—.
¿Dónde, Enzo? ¿En qué parte de esta casa has estado?