Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) XVIII Zoa #2
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XVIII Zoa #2

Aún no he decidido si darle el capuchino y actuar con naturalidad, o si sacar el tema de aquellas dos chicas y ver qué cara pone.

Probablemente lo segundo. Necesito saber si para él aquello fue un juego o un descuido.

—Buenos días, Bruno —espeto desde la puerta de clase, con el tono justo para que se me oiga bien. Todo el mundo en el pasillo se ha girado a verme. Algunos con curiosidad, otros con esa media sonrisa de quienes saben más de lo que deberían. Yo mantengo la mirada fija en él, ignorando el resto.

Bruno se acerca más rápido de lo normal, encogiéndose dentro de la sudadera como si quisiera ser invisible en plena facultad en hora punta. Los hombros hundidos, la mirada al suelo. No es su postura habitual. Lleva el pelo revuelto y las ojeras le marcan media cara.

—Buenos días, Lena —dice, sin levantar la vista del todo.

—Te he traído café —le ofrezco el vaso de cartón—. No sabía si te gustaba, pero tiene vainilla.

Intento que el café se convierta en la llave que abra la puerta y me cuente cómo se siente.

Que el gesto le sirva para soltar lo que sea que lleva dentro desde el sábado por la noche.

Pero es tarde. Justo cuando Bruno alarga la mano para coger el vaso, míster arrogancia entra por la puerta principal deslumbrando, como siempre.

Camisa planchada, sonrisa de anuncio y esa manera de ocupar el espacio que parece decir «aquí estoy yo, quitaros del medio que soy el bebé en el bautizo, el niño en la comunión y el muerto en el funeral».

Todos los que estaban mirándome a mí se giran hacia él.

Y Bruno, con el café en la mano, vuelve a encogerse un poco más.

La clase transcurre sin sobresaltos. El doctor Harrison desliza su puntero láser sobre las diapositivas, hablando de condicionamiento operante y refuerzos positivos, y yo escribo tan rápido que los dedos me empiezan a doler.

Cada palabra que anoto es una tabla de salvación, una prueba de que estoy aquí, de que pertenezco a este sitio.

Los alumnos de las primeras filas asienten con esa seguridad que yo envidio, la de quien sabe que puede levantar la mano y decir algo sin que la voz se le rompa.

Los de las últimas filas teclean en sus portátiles o miran el móvil escondido entre las páginas del cuaderno.

Y luego está Nikita.

No puedo evitarlo. Mis ojos se desvían hacia él cada pocos minutos, como si tuvieran voluntad propia.

Está sentado al fondo, con las piernas abiertas y la chaqueta de cuero colgada del respaldo de la silla.

No toma apuntes. Solo mira el móvil, sonríe de vez en cuando, y deja que su presencia llene el aula sin hacer nada.

Las chicas populares —las mismas que llevan gafas de sol dentro del edificio y hablan en voz alta para que todos las oigan— se giran constantemente hacia él.

Una le pasa una nota doblada. Otra se ríe de algo que no ha dicho nadie, solo para llamar su atención.

Nikita las mira, las sonríe, les dedica ese gesto de medio lado que debe de haber ensayado mil veces frente al espejo.

Pero yo sé que me está mirando a mí.

Lo noto en el peso de su mirada, en ese cosquilleo que me recorre la nuca cada vez que aparto los ojos de la pizarra.

Cuando me giro, él está ahí, apoyado en el respaldo de su silla, con el móvil en la mano pero los ojos fijos en mí.

Su expresión es difícil de leer. Hay algo de intriga, sí, como si estuviera intentando descifrar un jeroglífico que no termina de entender.

Pero también hay decepción. Como si esperara algo que no está recibiendo.

Como si mi silencio fuera una ofensa personal.

No sé qué quiere. No sé qué espera. Y esa incertidumbre me pesa más que cualquier pregunta del profesor.

Entonces ocurre.

El móvil vibra en mi bolsillo. No un zumbido suave, sino un sonido estridente, de esos que parecen diseñados para humillar en público.

«Por el amor de Dios», pienso mientras mis dedos buscan el botón de silencio sin éxito.

El doctor Harrison se detiene a mitad de frase.

Su puntero láser se queda quieto sobre la diapositiva. La clase entera se gira hacia mí.

Primero las risas. Un par de compañeros sueltan carcajadas cortas, de esas que se ahogan rápido pero que ya han hecho su daño. Alguien silba desde el fondo. No sé si es Nikita. No quiero mirar para comprobarlo.

—¿Señorita... Lena, verdad? —pregunta el doctor Harrison con la ceja arqueada.

—Lo siento —murmuro, y mi voz suena a disculpa, a siempre disculpa—. Se me ha olvidado ponerlo en silencio.

—Pues apáguelo, por favor.

Pero cuando miro la pantalla, el número que aparece me hiela la sangre. Es un número largo. Demasiado largo. De esos que solo llaman desde oficinas gubernamentales. De esos que nunca traen buenas noticias.

El corazón se me acelera. Mi cabeza se llena de imágenes: el buzón, las cartas sin abrir, la mirada esquiva de mi madre cuando le pregunto por el trabajo. La he visto nerviosa últimamente. Más de lo normal. Pero yo he preferido no preguntar. He preferido mirar hacia otro lado.

Esta vez no puedo.

Me levanto tan rápido que la silla chirría contra el suelo.

Las risas se apagan. Alguien dice «qué drama» y no sé si se refiere a mí o a la situación.

Salgo al pasillo casi corriendo, con el móvil apretado contra la oreja y las piernas temblorosas.

El silencio del pasillo, tan distinto al murmullo de la clase, me golpea como una pared.

—¿Diga? —pregunto, y mi voz tiembla tanto que casi no me reconozco.

—¿Lena Chimuela? —La voz al otro lado es grave, pausada, con ese tono neutro que solo tienen los policías cuando van a dar una noticia que saben que va a doler.

—Sí, soy yo —respondo, y las palabras me cuestan, como si las empujara desde el fondo de un pozo.

—Le llamamos de la comisaría doce de Manhattan —dice el hombre—. Soy el detective Connors. Su madre ha sido detenida esta mañana por un delito de estafa. Necesitamos que venga a la comisaría lo antes posible para prestar declaración.

Cierro los ojos. Apoyo la frente contra la pared del pasillo. El frío del ladrillo me traspasa la piel, pero no siento nada. Solo un vacío que crece, que se expande desde el pecho hasta las puntas de los dedos.

Sabía que esto iba a pasar. Lo he sabido siempre. Desde que empecé a notar los sobres que llegaban a casa con sellos rojos, desde que mi madre colgaba el teléfono demasiado rápido cuando llamaban números desconocidos, desde que dejó de mirarme a los ojos cuando le preguntaba por su trabajo.

He estado esperando esta llamada. Y ahora que ha llegado, no sé si estoy preparada para lo que viene.

—Voy para allá —digo, y mi voz suena vacía, como si ya no me perteneciera del todo.

Cuelgo. Me quedo un momento en el pasillo, con el móvil colgando de la mano, escuchando el zumbido de los fluorescentes y el rumor lejano de la clase al otro lado de la puerta.

Dentro de esa clase está Nikita, con su mirada de intriga y decepción. Dentro está Bruno, tomando apuntes ajeno a las miradas de Nikita. Dentro de esa clase está la vida que empecé a construir hace apenas unos meses, la que pensé que podría ser diferente.

Pero la vida real siempre llama cuando menos te lo esperas. Y siempre es un número largo.