XVIII Zoa
Pongo el agua a hervir mientras Bruno se estira en el sofá con los ojos cerrados. La cocina es pequeña, pero desde aquí puedo verle de reojo. La luz de diciembre entra por la ventana y le da en la cara, iluminando esas ojeras que lleva desde el instituto.
Meto la pasta en el agua hirviendo. Las espirales de colores se hunden entre burbujas. Remuevo con una cuchara de madera, la misma que usaba mi madre cuando vivíamos en Boston. Bruno tenía siete años y venía a casa con una bolsa de gominolas para compartir.
Él siempre ha sido así. Compartir sin hablar. Dar sin pedir nada a cambio.
Apoyo la cuchara en el borde de la olla y miro a Bruno otra vez. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho, la respiración lenta. No sé si duerme o solo descansa. Su teléfono asoma por el bolsillo de la sudadera gris.
Esa maldita sudadera.
La lleva desde los catorce años. Bueno, no la misma. Ha tenido varias iguales. Gris. Siempre gris. Como si el color neutro fuera un escudo contra las miradas del mundo.
Abro la nevera. Busco el queso rallado, la nata, un poco de jamón York. Saco una cebolla y la pico sobre la tabla. El cuchillo corta con un ruido seco y regular. Pik, pik, pik.
La abuela Daphne, cuando nuestros padres eran pequeños, decía que la cocina es el termómetro del alma. Que se puede saber cómo está alguien por la forma en que corta las verduras. Yo ahora corto rápido, preciso. Estoy contenta.
Bruno ha respondido.
Después de tantas horas de silencio, de vueltas en la cama, de llantos ahogados que yo sé que ha tenido aunque nunca los mencione... ha escrito «yo también».
No es mucho. Son dos palabras. Pero para él es un Everest.
Pongo la sartén al fuego. Un chorro de aceite. La cebolla chisporrotea y el aroma se extiende por la cocina. El humo suave me hace llorar un poco, pero no aparto la cara. Me gusta sentir que algo me quema suavemente. Me recuerda que estoy viva.
Muevo la cebolla con la espátula mientras pienso en Nikita.
No lo conozco. Solo sé lo que Bruno me ha contado: rubio, guapo, rico, arrogante. Pero anoche Bruno fue a su fiesta. Y esta mañana ha venido a mi casa con los ojos hinchados y el alma en un puño.
Eso no es odio.
Yo sé lo que es el odio. El odio es cuando mi madre no llamó durante tres años después del divorcio. El odio es cuando mi padre lloraba en el baño con la puerta cerrada y yo fingía no oírle.
Lo que Bruno siente por Nikita no es odio.
Nunca lo ha sido.
Añado la nata a la sartén. La salsa blanca burbujea lentamente. Remuevo con movimientos circulares mientras miro de reojo a Bruno.
Sé que es gay.
Lo sé desde que éramos niños. Desde que jugábamos a papás y mamás y él siempre quería poner las mesas y ordenar las casas de muñecas —aunque suene a topicazo estereotípico—.
Desde que en el instituto miraba a los chicos de la clase de Educación Física con esa mezcla de miedo y deseo que yo conocía bastante bien.
Pero él no me lo ha dicho.
No me lo ha dicho con palabras. Y no voy a ser yo quien se lo arranque. Esa confesión tiene que salir de él, cuando esté listo. No antes.
Echo el queso. La salsa espesa. Huele a domingo, a infancia, a esos días de lluvia en Boston donde nos refugiábamos en la cocina de mi tía y horneábamos galletas de chispas de chocolate.
Bruno se mueve en el sofá. Se incorpora un poco y me mira con los ojos entrecerrados.
—Huele bien —dice.
—Pues claro. Soy una crack.
Sonríe. Es una sonrisa pequeña, pero es de verdad. No de esas que pone para que no le pregunten cómo está. Esta sonrisa le llega a los ojos.
Escurro la pasta en el fregadero. El vapor sube y me empaña las gafas. Me las quito un momento, las limpio con el dobladillo de la camiseta, y las vuelvo a poner.
—¿Cuánto falta? —pregunta Bruno.
—Cinco minutos. Lávate las manos.
Se levanta del sofá y camina hacia el baño. Sus pies descalzos hacen poco ruido sobre el suelo de madera. Va siempre descalzo en mi casa. Desde pequeños. Mi madre le regañaba por dejar huellas en el suelo recién fregado, pero él volvía a hacerlo una y otra vez.
Mezclo la pasta con la salsa en la sartén grande. Los colores de los espirales se tiñen de blanco y queso. Apago el fuego. Busco dos platos hondos en el armario.
Bruno vuelve del baño con las manos secas y se sienta en una de las sillas de la mesa. La de siempre. La que tiene un rayón en forma de estrella que hicimos juntos con un cuchillo cuando teníamos ocho años.
Sirvo la pasta. Montaña humeante en cada plato. Espolvoreo un poco más de queso por encima.
—Toma.
—Gracias.
Bruno coge el tenedor y empieza a comer despacio. Muerdo una espiral caliente. La pasta está en su punto. Ni muy dura ni muy pasada. Como a él le gusta.
Comemos en silencio. Pero no el silencio incómodo de los extraños. Es el silencio de los que se conocen desde la cuna. El silencio que no necesita palabras.
Miro su teléfono. Sigue en el bolsillo. No lo ha mirado ni una vez desde que nos sentamos. Eso es bueno. Significa que no está esperando una respuesta con ansiedad. O que está fingiendo muy bien.
—Me alegro de que hayas ido a la fiesta —digo, entre bocado y bocado.
Bruno levanta la cabeza.
—¿Sí?
—Sí. Necesitabas salir. Necesitabas ver que el mundo no se acaba fuera de tu habitación.
—Casi se acaba —murmura.
—Pero no. Estás aquí. Comiendo mi pasta casera.
Sonríe otra vez. Esa sonrisa pequeña que me está empezando a gustar.
Termino mi plato. Bruno deja el tenedor sobre la mitad del suyo. Siempre come la mitad. Siempre desde que éramos pequeños. Mi madre decía que tenía estómago de pájaro.
—¿Quieres más?
—No, gracias.
—¿Entonces a la serie?
Asiente.
Recojo los platos y los dejo en el fregadero. Los lavaré después. Ahora toca sofá y manta.
Bruno se tumba otra vez en el sofá. Yo me siento a su lado, me encojo las piernas, y cojo el mando de la tele. Buscamos una serie. Cualquiera. No importa. Lo que importa es estar aquí.
El móvil de Bruno vibra.
Lo noto porque su cuerpo se tensa al instante. Como un resorte. Como un gato que ha oído un ruido sospechoso.
No mira el teléfono.
Sigue mirando la pantalla de la tele, donde unos actores que no conocemos fingen emociones que no sienten.
—¿No vas a mirarlo? —pregunto, con voz casual. Demasiado casual.
—Después.
—Puede ser importante.
—No lo es.
Pero lo es. Y los dos lo sabemos.
El móvil vuelve a vibrar. Dos veces seguidas.
Bruno traga saliva. Su nuez se mueve arriba y abajo. Saca el teléfono del bolsillo con los dedos temblorosos.
La luz de la pantalla ilumina su cara. Leo su expresión a través del reflejo. Primero sorpresa. Luego algo que parece miedo. Luego... ¿alivio?
No pregunto. No empujo. Solo espero.
Bruno guarda el móvil en el bolsillo sin decir nada. Su cara ha cambiado. Hay menos tensión en sus hombros. Menos arrugas en su frente.
—¿Todo bien? —pregunto.
—Sí —dice. Y esta vez, cuando lo dice, casi me lo creo.
Pongo la tele un poco más alta. Una serie de esas de médicos que no miramos nunca pero que sirven para llenar el silencio.
Bruno apoya la cabeza en el respaldo del sofá. Cierra los ojos.
Yo miro la pantalla sin verla.
Pienso en él. En mi primo. En mi hermano. En esa persona que conozco mejor que a mí misma.
Sé que le gusta Nikita. No me lo ha dicho, pero lo sé. Lo sé por la forma en que me cuenta que se encogió en la fiesta cuando las chicas se acercaron a él. Lo sé por cómo ha tardado una eternidad en responder un simple mensaje. Lo sé por esa mezcla de rabia y ternura con la que habla de él.
El amor a veces se disfraza de odio. Sobre todo cuando da miedo.
Pero no voy a decírselo.
No voy a sentarme a su lado y soltarle un «sé que te gusta Nikita». Eso sería arrancarle la armadura con violencia. Y Bruno necesita desnudarse emocionalmente solo. A su ritmo. Cuando se sienta seguro.
Mientras tanto, yo estaré aquí. Con su preciado té de vainilla. Con pasta casera. Con silencios que no juzgan.
Bruno abre los ojos.
—Zoa.
—Dime.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por estar. Por no preguntar demasiado. Por... todo. Le toco el brazo. Un gesto pequeño. Un roce rápido. —Para eso están las primas.
Vuelve a cerrar los ojos.
El móvil vibra otra vez en su bolsillo. Esta vez no se tensa. Esta vez sonríe.
Una sonrisa que no me dirige a mí. Una sonrisa que es solo para él. Para la pantalla que no alcanzo a ver.
Sonrío yo también. Para mis adentros.
No pregunto quién le ha escrito.
No hace falta.
La serie sigue. En la tele, un médico salva a un paciente. En el sofá, mi primo salva un pedacito de sí mismo.
Y eso es suficiente.
XVIX
Lena
La mañana en esta maldita casa es prácticamente una pesadilla.
No por las vistas de los grandes ventanales, que es lo único que aprecio de este cuchitril, sino porque otra vez despido en la puerta a un hombre que no sé quién es.
No sé quién es, ni cuándo, ni cómo llegó.
Solo sé que se va con la misma indiferencia con la que llegó, y que yo me quedo con el café frío y la sensación de que el tiempo se repite en bucle.
Cojo el bolso, la botella de agua y una manzana del frutero y salgo hacia la facultad.
Durante el trayecto, me viene a la cabeza Bruno.
Me pregunto qué tal estará después de dejarlo en su casa.
Sé que le incomodó sobremanera el beso de aquellas dos petardas en la fiesta del otro día.
Y, por otro lado, es lo normal: a cualquiera le habría molestado semejante estupidez.
Pero lo que me jodió no fue el beso en sí, sino que él no hiciera nada por apartarlas, ni siquiera por guardar el mínimo respeto a un invitado.
Sus invitados. Podría haberlo hecho en la
intimidad, sin público. Pero no, se quedó allí, como un pasmarote, dejando que la escena se alargara. Y yo mirando desde la barra, con la copa en la mano y una sonrisa forzada que me empezaba a doler la mandíbula.
Llego a clase quince minutos antes del timbre, así que paso por la cafetería y pido un café con leche de avena para mí y un capuchino con vainilla para Bruno.
No sé si le gusta el café, pero como siempre huele a vainilla, he decidido que esa es su bebida.
Cojo los dos vasos de cartón, pago y busco un sitio cerca de la entrada para esperarlo.