Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) XVII Bruno
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XVII Bruno

La luz entra por la rendija de la cortina. No la cerré del todo anoche. O sí. No lo recuerdo. La memoria se me escapa entre los dedos como el agua, como las horas que pasé mirando el techo, como las lágrimas que no quería que nadie oyera.

Parpadeo. Mis párpados pesan como plomo. La almohada está húmeda debajo de mi mejilla.

No quiero moverme.

El móvil está en la mesilla. La pantalla apagada. No lo he mirado desde que volví de la fiesta. Desde que Lena me dejó en la puerta. Desde que mamá fingió leer un libro en el sofá y yo fingí no darme cuenta.

Apoyo la palma de la mano en la cama. La sábana está fría. Mi cuerpo se incorpora sin permiso, como si las articulaciones obedecieran a otro dueño.

Me siento en el borde de la cama. Los pies descalzos tocan la moqueta gris. La misma moqueta de siempre. La misma habitación. El mismo yo.

Pero algo ha cambiado.

Noto el peso del móvil en la mesilla como si fuera un imán. Como si sus ondas me atravesaran la piel. No quiero mirarlo. No quiero ver el chat de Nikita. No quiero leer ese mensaje que me envió anoche y que borré de las notificaciones sin abrir.

Pero lo vi.

Lo vi antes de borrarlo. El avance en la pantalla de bloqueo. Esas palabras que se me clavaron en el pecho justo cuando iba a apagar la luz.

Ojalá te hubieras quedado.

Me pongo de pie. Las piernas me tiemblan un poco. No sé si es el sueño, el cansancio o el eco de esa frase que no deja de repetirse en mi cabeza.

Salgo al pasillo. La casa está en silencio. Mi padre ya se ha ido. Su puerta está abierta, la cama hecha a medias, la sábana colgando por un lado. Igual que siempre. Mamá no está en la cocina. El aroma del café flota en el aire, pero la taza amarilla está vacía junto al frasco de azúcar.

Hay una nota en la nevera. Un imán con forma de donut la sujeta.

«Bruno: he salido a hacer unos recados. Tu desayuno está en el microondas. Te quiero. Mamá.»

Abro el microondas. Un plato con dos galletas de avena envueltas en film transparente. Las galletas que hace cuando está nerviosa. O contenta. O preocupada.

Cojo una. Está tibia todavía. La muerdo y el sabor a canela y a vainilla me llena la boca. Cierro los ojos un segundo.

No sé si mamá sabe lo que pasó anoche.

Sí lo sabe. Las madres siempre lo saben.

Termino la galleta. Bebo un vaso de agua del grifo. El agua está fría y me duele al bajar, pero el dolor es bueno. Me recuerda que estoy aquí. Que sigo vivo. Que anoche no me morí, aunque por un momento lo deseara.

Vuelvo a mi habitación.

El móvil sigue en la mesilla. Lo miro desde la puerta, como si fuera un animal peligroso. Como si fuera a morderme.

Camino hacia él. Mis dedos lo toman con cautela. La pantalla se ilumina.

Veinticuatro notificaciones.

La mayoría del grupo de la facultad. Fotos de la fiesta. Gente agradeciendo a Nikita. Gente etiquetándome en fotos donde salgo al fondo, desenfocado, con las manos en los bolsillos.

No abro ninguna.

Deslizo hacia abajo. El chat con Nikita tiene un punto azul. Un mensaje no leído.

El que ya vi.

«Ojalá te hubieras quedado.»

Lo leo otra vez. Mis dedos tiemblan sobre la pantalla. El corazón me late en las sienes.

Quiero responder. Quiero escribirle que sí, que yo también quería quedarme. Que me gustó hablar con él en la terraza, aunque solo fuera un minuto. Que cuando dijo que no dormía bien, sentí que por fin alguien me entendía.

Pero no puedo.

No puedo porque si escribo eso, se acabó. Se acaba el muro que he construido durante años. Se acaba la seguridad de la distancia. Se acaba la posibilidad de fingir que no me importa.

Y me importa.

Me importa demasiado.

Guardo el móvil en el bolsillo del pijama. Abro el armario. La ropa está ordenada por colores: gris, negro, azul marino. El uniforme de la invisibilidad.

Cojo la sudadera gris. Una como la de siempre.

Pero hoy, al ponérmela, la tela me roza la piel de otra forma. Como si la prenda fuera más pequeña. O yo más grande.

Bajo las escaleras. El edificio está silencioso. Los vecinos están en el trabajo, en la universidad, en sus vidas. Yo camino hacia la puerta de la calle con las manos en los bolsillos.

No sé a dónde voy.

Solo sé que no puedo quedarme en casa. Que las paredes de mi habitación me miran fijamente y me preguntan por qué no contesté. Por qué no fui valiente.

El aire de la calle es frío. Huele a diciembre. A Navidad que se acerca, a castañas asadas, a humo de las chimeneas de los edificios antiguos.

Camino sin rumbo. Mis pies conocen el camino de memoria. Cruzo la calle. Paso por delante de la lavandería. Giro en la siguiente esquina.

El edificio de Zoa está al final de la calle.

No he planeado venir aquí. Pero mis pies me han traído igualmente.

Toco el timbre. El tercero B.

El portero eléctrico no suena. La puerta se abre directamente. Zoa ya ha bajado.

Está en pijama. Esta vez el de franela rosa con ositos. El pelo moreno recogido en un moño desordenado y sus gafas de leer.

—Bruno —dice, y me abraza sin preguntar.

Su abrazo es firme. Cálido. Huele a su perfume de lavanda y a la crema de manos que usa en invierno.

No lloro. No voy a llorar delante de ella.

Pero apoyo la barbilla en su hombro y cierro los ojos en señal de rendición.

—Pasa —dice cuando me suelta—. Estaba desayunando.

Subo las escaleras detrás de ella. Su piso es pequeño, pero hoy me parece enorme. O quizá es que yo me siento pequeño y el mundo se ha agrandado sin avisar.

Me tiro en el sofá. Zoa se sienta a mi lado, se encoge las piernas y me mira.

—¿Qué pasó anoche? —pregunta. No es una pregunta. Es un diagnóstico.

—Fui a la fiesta.

—Ya lo sé. Me lo contaste por mensaje.

—Nikita me habló en la terraza.

—¿Y?

—Y luego vinieron dos chicas y empezaron a besarlo.

Zoa no dice nada. Solo espera.

—Y yo me fui —continúo, y mi voz se quiebra en la última palabra—. Me fui sin despedirme. Lena me acompañó a casa. Llegué, me metí en la habitación y...

—¿Y? —insiste ella.

—Lloré —susurro, y es la primera vez que lo digo en voz alta—. Lloré como un idiota.

Zoa me mira. Sus ojos marrones, tan parecidos a los míos, no me juzgan. Solo me observan.

—¿Por qué lloraste?

—Porque... —me muerdo el labio—. Porque me importa. Y no quiero que me importe.

—¿Te importa Nikita?

—No sé. Quizá. Pero no quiero. Es un imbécil. Es un creído. Es todo lo que odio.

—Pero te importa.

No respondo.

Zoa suspira. Se levanta del sofá y va a la cocina. Oigo el agua del grifo, el tintineo de las tazas, la tetera eléctrica calentándose. Vuelve con dos tazas humeantes.

—Té de vainilla —dice, dejando la mía en la mesita—. Porque siempre vainilla.

Cojo la taza. El calor me quema las yemas de los dedos, pero no la suelto. El aroma me envuelve, me calma.

—Me ha escrito un mensaje —digo, sin mirarla.

—¿Nikita?

—Sí. Anoche. Cuando ya estaba en casa. Dice... dice que ojalá me hubiera quedado.

Zoa bebe su té en silencio. Luego deja la taza en la mesita.

—¿Y qué vas a hacer?

—No lo sé.

—¿Quieres responder?

—No sé.

—Bruno —dice, y su voz es firme—. No puedes quedarte en el medio para siempre. O le respondes, o no le respondes. Pero esto de no decidir te está comiendo por dentro. Lo veo en tu cara. Lo veo en tus ojos. Lo veo en la forma en que llegaste aquí sin saber por qué.

La miro. Quiero decirle que tiene razón. Quiero decirle que estoy harto de tener miedo. Quiero decirle que quiero ser valiente, como la abuela Harmony me pide desde que tengo memoria.

Pero las palabras se me enredan en la garganta.

Así que solo asiento.

Bebo el té. El sabor a vainilla me llena la boca. Me recuerda a casa. A mamá. A la infancia. A esos días en los que el miedo aún no tenía nombre.

Zoa se queda callada. Sabe cuándo empujar y cuándo esperar. Hoy espera.

Termino el té. Dejo la taza en la mesita.

—Voy a responder —digo.

—¿Ahora?

—Ahora.

Saco el móvil. Abro el chat con Nikita.

Sus palabras siguen ahí. Ojalá te hubieras quedado.

Mis dedos tiemblan sobre el teclado. Escribo. Borro. Vuelvo a escribir. Vuelvo a borrar.

Zoa no mira. Se ha girado hacia la ventana, dándome intimidad.

Escribo al fin.

«Yo también.»

Pulso enviar.

El mensaje se queda ahí. Azul. Leído. Nikita lo ha visto. Lo sé porque el estado cambia de entregado a visto.

El corazón me late tan fuerte que creo que Zoa puede oírlo.

No responde.

Pasan segundos. Quizá un minuto. La pantalla sigue igual.

Zoa se gira.

—¿Ya está?

—Sí.

—¿Qué has escrito?

—Que yo también.

Sonríe. Una sonrisa pequeña, de esas que pone cuando está orgullosa pero no quiere decírmelo.

—Eso está bien —dice—. Es un comienzo.

Guardo el móvil. No quiero mirarlo cada dos segundos esperando una respuesta que quizá nunca llegue.

—¿Quieres quedarte a comer? —pregunta Zoa.

—Sí.

—¿Qué quieres comer?

—Lo que tú quieras.

—Pues pasta. Y después vemos una serie.

Asiento. Me estiro en el sofá. La tapicería huele a lavanda. Cierro los ojos.

El móvil vibra en mi bolsillo.

Mi mano se tensa. Pero no lo saco.

No ahora.

Zoa pone música en el equipo. Una canción suave, de esas que no molestan. El ruido de la cocina de fondo. El agua hirviendo para la pasta. El tintineo de los cubiertos.

Abro los ojos.

Miro la taza vacía en la mesita.

El aroma a vainilla todavía flota en el aire.

Y por primera vez desde anoche, respiro.

No sé si Nikita va a responder.

No sé si quiero que lo haga.

Pero he dicho la verdad.

Y la verdad, aunque duela, pesa menos que el silencio.