XVI Nikita
El sofá me duele en la espalda.
Abro los ojos y la luz gris de la mañana se cuela por los ventanales.
No recuerdo haberme dormido. Solo sé que en algún momento la botella de vodka se quedó vacía y el salón dejó de dar vueltas.
Ahora tengo la boca pastosa, las sienes pulsando al ritmo de un martillo invisible y un sabor a alcohol rancio que me sube por la garganta.
Me incorporo despacio. La camisa apesta a perfume barato. La de la chica de anoche, la que no sé cómo se llama. O las dos. Ya no recuerdo.
El salón está hecho un desastre. Vasos por todas partes, botellas vacías, colillas aplastadas en platos que no son ceniceros. Alguien ha derramado algo rojo sobre la alfombra blanca. Vino, quizá. O algún cóctel de esas mierdas dulces que tanto les gustan a las chicas.
Miro la mancha un momento.
No la limpio.
Me levanto y los huesos me crujen. El móvil está en el suelo,
junto al sofá, con la pantalla agrietada. No recuerdo haberlo tirado. Pero la grieta está ahí, atravesando la foto de fondo que nunca cambié: una playa de California, el sol poniéndose, yo con la tabla de surf bajo el brazo.
Ese chico ya no existe.
Lo mataron los escándalos. O los padres ausentes. O el silencio de este puto apartamento enorme.
Cojo el móvil. Lo enciendo. La pantalla parpadea. Veintitrés mensajes sin leer. La mayoría del grupo de la facultad. Gente dando las gracias por la fiesta, gente pidiendo el número de alguien, gente subiendo fotos donde salgo yo con las dos chicas en la terraza.
Las fotos ya tienen comentarios. «Nikita eres un crack.» «Qué envidia.» «La fiesta fue épica.»
Sonrío. Una sonrisa que no me cuesta nada porque no es real. Es mecánica. La misma que pongo en las fotos, en las presentaciones, en los bares cuando alguien se acerca a saludarme.
Deslizo los mensajes. Busco uno en particular. El nombre de Bruno no aparece.
Claro que no.
Él no es de esos que escriben en el grupo. Él no es de esos que escriben, punto.
Borro todas las notificaciones de golpe. La pantalla se queda limpia. Vacía. Como el apartamento. Como yo.
Voy a la cocina. Abro la nevera. La luz blanca me da en la cara y me obliga a entrecerrar los ojos. Todo está en su sitio. El servicio ha pasado esta mañana. Las bandejas de sushi ya no están. La fruta cortada en tiras perfectas tampoco. Solo quedan botellas de agua con gas y algún yogur caducado.
Cierro la nevera.
Abro el armario. Cojo una botella de whisky. La miro un momento. El líquido ámbar brilla bajo la luz de la mañana.
Bebo directamente del cuello.
El alcohol me quema la garganta y el estómago se revuelve. Aguanto. Una, dos, tres veces. Hasta que el ardor se convierte en calor y el calor en una especie de entumecimiento que casi puedo confundir con tranquilidad.
Apoyo la botella en la encimera.
El grifo gotea. Me quedo mirando las gotas caer una tras otra, como una cuenta atrás que nunca termina.
El móvil vibra.
Papá.
Lo miro. La foto de contacto es la de un hotel. Siempre la misma. Nunca una foto suya. Nunca una foto nuestra.
—Dime —respondo, y mi voz suena ronca.
—¿Has visto las noticias?
Me siento en una de las sillas de la cocina. La madera está fría.
—No.
—El periódico de Boston ha publicado una entrevista con el abogado de los Winchester. Van a llevar el caso a los tribunales.
Cierro los ojos. Los Winchester. La familia de aquella chica. Las fotos filtradas. El escándalo que casi arruina el apellido Volkov. Eso fue en California. Pensé que habíamos dejado todo eso atrás.
—¿Y qué tiene que ver conmigo? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.
—Todo, Nikita. Si el caso prospera, tu nombre volverá a salir. La universidad podría...
—Podría qué? ¿Expulsarme? ¿Ya lo hicisteis con la beca?
—No seas insolente.
Me muerdo la lengua. Quiero gritarle. Quiero decirle que yo no tuve la culpa de que las fotos se filtraran. Que no fui yo quien las subió. Que solo era un crío de diecinueve años al que le gustaban las fiestas y las chicas, igual que a todos los de mi edad.
Pero él no quiere oír eso.
Él quiere que me esconda. Que sea invisible. Que no dé problemas.
—Habla con tu madre —dice—. Ella está en París, pero puede...
—No voy a llamarla.
—Nikita...
—He dicho que no.
Cuelgo.
El teléfono resbala de mi mano y cae sobre la mesa. La pantalla se ilumina un segundo. La foto de la playa. El chico feliz que ya no existe.
Apoyo los codos en la mesa y me froto la cara. La barba me ha crecido durante la noche. No me afeité ayer. No me afeitaré hoy. ¿Para qué?
El apartamento está en silencio. El mismo silencio de siempre. El que me sigue a todas horas. El que se cuela por las rendijas de las ventanas y se instala en mi pecho como una segunda piel.
Me levanto. Voy al baño. Me miro en el espejo.
Ojos rojos. Ojeras. El pelo revuelto y sucio.
Parezco otro. No el Nikita de las fiestas, el de las fotos, el que todos admiran.
Soy el Nikita de verdad. El que nadie ve.
El que se queda solo cuando la fiesta termina y los invitados se van y solo quedan las colillas en los pocillos y las manchas de vino en la alfombra blanca.
Abro el grifo. El agua sale fría. Me mojo la cara.
El agua resbala por mis mejillas. Por mi barbilla. Gotea sobre el lavabo.
Apoyo las manos en el mármol y me miro otra vez.
—Eres un imbécil —murmuro.
Mi reflejo no contradice.
Vuelvo al salón. Cojo el móvil de la mesa. Abro el chat con Bruno. El último mensaje sigue ahí, sin respuesta, desde hace días. «Oye, Bruno, soy Nikita. Me pasó Lena tu número...»
Ni siquiera un «no».
Eso es lo que más duele. Que ni siquiera se haya molestado en rechazarme. Porque para rechazar a alguien, primero hay que tenerlo en cuenta. Y Bruno no me tiene en cuenta.
O eso creía.
Pero anoche... anoche vino a la fiesta. Anoche me miró. Anoche se quedó a mi lado en la terraza y dijo que también dormía mal. Y luego se fue.
Mis dedos escriben sobre el teclado. Borro. Vuelven a escribir. Vuelven a borrar.
¿Qué se le dice a alguien como Bruno? ¿Cómo se le pide perdón sin parecer un idiota? ¿Cómo se le explica que lo de las chicas no significó nada, que fue solo un espectáculo, que lo hice porque soy un cobarde que no sabe estar a solas con alguien sin poner una armadura?
No sé.
Nunca he sabido.
Guardo el móvil en el bolsillo.
Salgo a la terraza. El aire de Nueva York está frío. Huele a humo y a gasolina y a esas castañas asadas que venden en los puestos de la calle. Abajo, Central Park se extiende como una mancha marrón y verde. Las farolas del parque ya están apagadas. La luz del día lo inunda todo.
Me apoyo en la barandilla. El metal está helado.
Bruno se apoyó aquí. Anoche. Justo en este sitio. Dijo que era bonito. Dijo que no dormía bien.
Cierro los ojos.
Puedo imaginarlo. Su pelo oscuro moviéndose con el viento. Sus manos dentro de los bolsillos de la sudadera gris. Su voz baja, casi un susurro, diciendo «yo tampoco duermo bien».
Y yo lo estropeé.
Como siempre.
Como todo.
Vuelvo a entrar. La puerta de la terraza se cierra con un golpe seco. El salón sigue igual de sucio. La alfombra manchada. Los vasos por el suelo.
Cojo la botella de whisky. Todavía queda la mitad. Bebo otro trago. Me siento en el sofá. El cuero está frío.
El móvil vibra.
Mamá: «Tu padre me ha llamado. ¿Estás bien? Contesta, por favor.»
Borro el mensaje.
No voy a contestar. No voy a dar explicaciones. No voy a fingir que estoy bien cuando llevo meses durmiendo mal, bebiendo demasiado, deseando que alguien, alguien de verdad, me mire sin querer nada a cambio.
El móvil vibra otra vez.
Mamá: «Nikita, por favor.»
Apago el teléfono.
La pantalla se queda negra. Mi reflejo aparece en ella. Otra vez yo. Siempre yo.
Me tumbo en el sofá. La botella de whisky en el suelo, junto al móvil apagado, junto a los restos de una fiesta que no recuerdo.
El techo es blanco. Muy blanco. Demasiado blanco.
Cierro los ojos.
Pienso en Bruno. En su sudadera gris. En sus ojos marrones que me miraron como si pudieran verme de verdad. En su voz diciendo «siempre», y cómo esa palabra me atravesó como un cuchillo.
Pienso en lo que Lena dijo en la terraza. «No hacía falta.» Y tenía razón.
No hacía falta montar el número. No hacía falta besar a esas chicas delante de él. No hacía falta demostrar nada.
Pero no sé estar de otra manera. No sé estar sin un público. No sé estar a solas con alguien y no tener que interpretar un papel.
El techo sigue ahí. Blanco. Impasible.
El edificio está en silencio. Los vecinos trabajan, estudian, viven. Yo estoy aquí. Solo. Con una botella de whisky a medio terminar y una alfombra manchada de vino.
Abro los ojos.
Cojo el móvil. Lo enciendo.
Abro el chat con Bruno otra vez.
Escribo: «Lo siento.»
Borro.
Escribo: «Anoche no quise...»
Borro.
Escribo: «Ojalá te hubieras quedado.»
Miro las palabras un momento. Mis dedos tiemblan sobre la pantalla.
Pulso enviar.
El mensaje se queda ahí. Azul. Solitario. Como yo.
Lo leo tres veces. «Ojalá te hubieras quedado.»
Es una mierda. Es cursi. Es patético.
Pero es verdad.
Apago el móvil. Lo dejo en la mesita. Me levanto y voy a la ducha.
El agua sale caliente. El vapor empaña los azulejos. Apoyo la frente en la pared y dejo que el agua me golpee la espalda.
No sé si va a responder.
Probablemente no.
Bruno no es de los que responden.
Pero al menos lo he intentado. De verdad. Sin pose. Sin público. Sin la armadura.
Cuando salgo de la ducha, el apartamento sigue igual de vacío. Pero algo ha cambiado. No sé qué. Quizá solo soy yo, que por una vez he dicho la verdad.
Miro el móvil.
Ninguna respuesta.
Guardo el móvil en el bolsillo del albornoz. Voy a la cocina. Preparo café. El olor llena el apartamento y durante un segundo, solo un segundo, casi parece un hogar.
Cojo la taza. Me siento en la terraza. El sol de diciembre es débil, pero calienta un poco.
Miro el parque.
Miro el móvil.
Sigo esperando.