XIII Zoa
El camerino huele a maquillaje y a nervios. A maquillaje y a nervios y a ese spray fijador que la actriz protagonista usa entre escena y escena. Yo estoy sentada frente al espejo, con las luces de los focos rodeando mi reflejo como si fuera una estrella de cine.
No lo soy.
Solo soy Zoa. Tengo veinte años. Estudio Arte en la NYU y esta noche es mi estreno.
Bueno, no mi estreno. Soy la ayudante de vestuario.
La que corrige dobladillos, plancha pliegues y susurra «respira» a las actrices justo antes de que salgan a escena.
Pero es mi primera noche en un teatro de verdad.
No en el taller de la universidad. No en el almacén reconvertido que usábamos en el instituto.
El Teatro de la Calle cuarenta y dos.
El cartel fuera pone «Ecos del olvido». Mi nombre está en el programa. En letra pequeña, sí. Pero está.
Y Bruno se lo va a perder.
Muerdo el labio mientras repaso los ganchos de los vestuarios.
Todo está en su sitio. Las faldas colgadas en orden de aparición.
Los sombreros alineados en la estantería superior.
Los zapatos numerados con cinta adhesiva blanca.
He revisado cada prenda cuatro veces. Cinco en realidad.
El tiempo no pasa porque sí, sino porque yo lo miro fijamente hasta que se cansa.
Mi móvil está boca abajo sobre la mesa de maquillaje. Lo cojo. Lo giro. La pantalla se ilumina.
Ningún mensaje de Bruno.
Claro. Está en la fiesta. La fiesta de ese tal Nikita —raro, imbécil —. La fiesta a la que yo le dije que fuera.
Apoyo la frente contra el espejo. El cristal está frío. Mi reflejo me devuelve una imagen borrosa por el vaho de mi respiración.
—Zoa, ¿estás bien?
La voz de Marta, la directora de vestuario, me saca de mis pensamientos. Tiene sesenta años, el pelo cano recogido en un moño apretado y una paciencia infinita para mis manías perfeccionistas.
—Sí —miento—. Solo nerviosa.
—No deberías. Lo tienes todo bajo control.
Asiento. Sonrío. Vuelvo a mirar los vestuarios.
Marta tiene razón. Todo está bajo control. Las cortinas, los cambios rápidos, los botones de repuesto en mi delantal. El teatro se llena ahí fuera, en la sala. Un público real, no familiares y amigos. Gente que ha pagado una entrada. Gente que no sabe quién soy ni le importa.
Y Bruno no está.
Guardo el móvil en el bolsillo trasero de mis vaqueros. No voy a mirarlo otra vez. No voy a pensar en él. No voy a preguntarme si estará bailando, o bebiendo, o hablando con alguien que no soy yo.
Él no vendría aunque pudiera. La fiesta es a la misma hora. Lo sé. Yo misma se lo sugerí a mi tía Val. «Dile que vaya. Necesita salir.»
Pues ahora está saliendo. Y yo estoy aquí, sola, en un camerino que huele a sudor y a pegamento de pestañas postizas.
Diez minutos para que empiece la función.
Me asomo al telón. La sala está a oscuras, pero se intuyen las filas de butacas rojas, los laterales dorados, el murmullo de las conversaciones que se apagan poco a poco.
El teatro está lleno. Todas las localidades vendidas.
Eso me han dicho. No sé si es verdad o es el típico optimismo de producción.
Elijo creer que es verdad.
Una actriz me roza el hombro al pasar.
—Zoa, el broche del cuello. ¿Dónde está?
—En la caja pequeña, etiquetada con tu nombre.
La actriz asiente y se aleja. Su vestido de terciopelo verde arrastra por el suelo. Lo planché yo esta mañana. Las arrugas desaparecieron bajo la presión de la plancha, igual que yo intento desaparecer bajo la presión de no pensar.
Pero pienso.
Pienso en Bruno. En mi primo. En mi mejor amigo desde que aprendimos a caminar. En el chico que se escondía debajo de la cama cuando su casa se llenaba de invitados. En el adolescente que leía libros de psicología a escondidas porque le daba vergüenza que le vieran con ellos.
En el hombre que esta noche está en una fiesta con desconocidos.
Sin mí.
Suena el aviso. Tres llamadas. El público enmudece. Las luces de la sala se apagan del todo. El telón se abre.
No voy a ver la función. Estoy detrás del escenario, atenta a los cambios de vestuario, a los botones que se enganchan, a las mangas que se retuercen. Pero escucho. Escucho los aplausos cuando termina la primera escena. Escucho las risas en el momento justo. Escucho el silencio en la escena triste.
La obra es buena. O eso creo. No la he visto completa nunca. Solo fragmentos, ensayos, repeticiones hasta que los actores saben los textos de memoria. Pero esta noche, con público, suena diferente. Suena viva.
El móvil vibra en mi bolsillo.
No voy a mirarlo.
Vibra otra vez.
Trago saliva. Mientras la actriz principal cambia de un vestido gris a uno azul en cuarenta y cinco segundos, yo saco el móvil con la mano libre.
Un mensaje de Bruno. Dos.
El primero: «Estoy en la fiesta.»
El segundo: «Hay mucha gente. Quiero irme. ¿Tú qué harías?»
Leo los mensajes dos veces. Las palabras bailan bajo la luz tenue del camerino. La actriz de azul sale corriendo hacia el escenario. El vestido gris queda colgado en la percha, todavía caliente de su cuerpo.
Quiero responder. Quiero escribirle «vete a casa si no estás a gusto» o «quédate un poco más y luego me cuentas». Pero mis dedos no se mueven. No porque no sepa qué decir. Sino porque no sé qué es lo correcto.
Bruno me pregunta qué haría yo.
Yo estaría aquí. En el teatro. Mirando el escenario desde las bambalinas y sintiendo que, por una noche, formo parte de algo más grande que mis propios miedos.
Pero yo no soy Bruno.
Bruno es él. Con sus inseguridades, con su sudadera gris, con su nudo en la garganta.
¿Qué haría yo si tuviera su miedo?
Probablemente, lo mismo que él. Querer huir.
Guardo el móvil. La función continúa. Segunda escena, tercera. Un actor se rompe un botón de la camisa y tengo que coserlo en el entreacto. La aguja entra y sale de la tela. Mis manos no tiemblan. Eso es bueno. En el teatro no se puede temblar.
El entreacto dura quince minutos. El público aplaude. Algunos se levantan para ir al bar. Otros consultan sus móviles. Yo aprovecho para revisar los vestuarios de la segunda parte, para asegurarme de que todo está en orden, para no pensar.
El móvil vibra otra vez.
Bruno: «Lena me ha convencido para quedarme.»
Sonrío. A pesar de todo, sonrío. Lena. La chica de clase que habla mucho y no le exige respuestas largas. La que se sienta a su lado y rellena los silencios. Me cae bien sin conocerla. Cualquiera que cuide de Bruno cuando yo no puedo estar, me cae bien.
Escribo: «Quédate. Disfruta. Y cuéntamelo TODO mañana.»
Pulso enviar. Luego guardo el móvil y vuelvo al trabajo.
La segunda parte de la obra es más intensa.
Los vestuarios se ensucian con sangre falsa, se rasgan en una pelea, se manchan de vino tinto que es en realidad jarabe de grosella.
Mis manos no paran. Desabrocho, limpio, plancho, abrocho.
Las actrices pasan por mis dedos como un río que no puedo retener.
Cuando el telón se cierra por última vez, el público aplaude. Puestos en pie. Los aplausos son como una ola que sube y baja, sube y baja. Los actores salen a saludar una, dos, tres veces. El director sube al escenario. La ovación se alarga.
Yo no salgo. No me toca. Soy la sombra de las sombras.
Pero cuando el público se va y el teatro se vacía, me quedo un momento en el escenario vacío.
Las tablas de madera crujen bajo mis zapatillas.
Las luces están apagadas, solo quedan las de emergencia, esos focos azules que hacen que todo parezca submarino.
El móvil vibra.
Bruno: «Me voy. No ha sido tan malo. Gracias.»
Guardo el móvil sin responder.
No hace falta. Ya me lo contará mañana. O pasado. O cuando pueda articular las palabras sin que el nudo se lo impida. Yo estaré aquí. En el sofá, con dos tazas de té de vainilla, escuchando sus silencios.
Porque eso hacen las primas. Las amigas. Las personas que se quedan aunque no haya aplausos.
Apago las luces del camerino. Cojo mi bolso. Salgo por la puerta de atrás del teatro, la que da a un callejón oscuro donde los contenedores de basura huelen a humedad y a orines.
El aire de Nueva York está frío. Pero no tanto como en octubre. Es noviembre ya, casi. Las luces de Navidad empiezan a colgar de los edificios.
Camino hacia el metro con las manos en los bolsillos. El móvil vibra por última vez.
Bruno: «¿Cómo ha ido el estreno?»
Sonrío. De verdad. Una sonrisa que me duele en los pómulos.
Escribo: «Lleno total. Gente de pie. Ha sido mágico. Hablamos mañana.»
Guardo el móvil. El andén del metro está casi vacío. El tren tarda en llegar. Me siento en un banco de plástico y miro los azulejos rotos de la pared.
Bruno fue a su primera fiesta. Yo tuve mi primer estreno.
Ninguno de los dos estuvo donde el otro esperaba.
Pero estamos bien.
Eso es lo que importa.
El tren llega. Las puertas se abren. Entro, me siento junto a la ventana, y dejo que el ruido de las ruedas contra las vías me lleve a casa.