XIV Lena
Camino pegada a Bruno, tan cerca que nuestros hombros casi se tocan. El aire de la noche es frío y me arde la nariz. No sé si es por el frío o por lo que acabo de ver en esa terraza.
Bruno no habla.
Mira al frente, las manos hundidas en los bolsillos de la sudadera gris. Sus pasos son rápidos, casi de huida. La calle está vacía a estas horas, solo algún coche que pasa y el eco lejano de una sirena.
Mis dedos juegan con la correa de mi bolso. La tensión. Todo el cuerpo me late con una tensión que no sé cómo soltar.
—¿Vives lejos? —pregunto, y mi voz suena demasiado alta en el silencio.
—No. Unas diez calles.
Silencio.
Sigue caminando. Yo también.
Quiero preguntarle si está bien. Es obvio que no lo está. Lo vi en su cara cuando Nikita empezó con aquél estúpido juego. Cuando las chicas se pegaron a él. Cuando él las besó delante de todos, delante de Bruno, como si nada importara.
Pero no sé si preguntar. No sé si tengo derecho.
Solo somos compañeros de clase. Solo me siento a su lado porque me parece tranquilo y no me juzga cuando hablo demasiado. No somos amigos. No aún. O quizá sí, pero Bruno es tan difícil de leer que nunca estoy segura de nada.
Llegamos a un semáforo. El muñeco está en rojo. Nos paramos.
Bruno mira el suelo. La punta de sus zapatillas golpetea el bordillo. Tap, tap, tap. Un ritmo nervioso que me perfora los oídos.
—Oye, Bruno —empiezo, y me muerdo el labio.
—¿Sí?
Me mira. Sus ojos marrones parecen más oscuros con la luz de las farolas. Hay algo en ellos que no sé nombrar. Cansancio, quizá. O decepción. O las dos cosas.
—Lo de la terraza... —digo, y me arrepiento al instante.
El semáforo se pone verde.
Bruno echa a andar. Más rápido. Me obliga a apretar el paso para seguirle.
—No hace falta que hablemos de eso —dice, y su voz es plana. Muy plana. Como si hubiera vaciado toda la emoción por algún desagüe que yo no veo.
—Pero yo quiero...
—Lena, en serio. No hace falta.
Me callo.
No es que me guste callarme. Quien me conoce sabe que hablar es lo mío. Que lleno los silencios porque los silencios me incomodan. Pero con Bruno es diferente. Con Bruno, el silencio es como una habitación pequeña donde los dos estamos a la fuerza. Y no sé cómo salir.
Giramos en una esquina. La calle es más oscura aquí. Los árboles tapan parte de la luz.
—Era un imbécil —suelto, sin poder evitarlo.
Bruno no responde.
—Nikita, digo. Lo que ha hecho... ha sido de imbécil.
—No es asunto mío —dice Bruno.
—Pero te has ido.
—Estaba cansado.
Miente, digo para mis adentros. No está cansado.
Se ha ido porque le ha molestado —y a cualquiera le molestaría que en medio de una conversación vengan dos petardas a liarse con el que está hablando contigo—.
Porque aunque no quiera admitirlo, algo esperaba de esa noche.
Algo de Nikita, sino ¿para qué ha ido a la fiesta?
Pero no digo nada de eso. No es mi lugar.
Llegamos a la puerta de su edificio. Es uno de esos de ladrillo visto con porteros automáticos y un felpudo que pone «Bienvenidos». Bruno mete la mano en el bolsillo y saca las llaves.
Se queda un momento mirando la puerta. Como si no quisiera abrirla.
—¿Te acompaño hasta arriba? —pregunto.
—No hace falta.
—De verdad, no me importa...
—Lena.
Dice mi nombre con una firmeza que no le conocía. Me callo.
Bruno se gira hacia mí. La luz del portal le ilumina medio rostro. La otra mitad está en sombras.
—Gracias —dice—. Por venir conmigo. Por... por todo.
—No tienes que darme las gracias.
—Lo sé. Pero quiero.
Sus dedos aprietan las llaves. Veo cómo sus nudillos se ponen blancos. Quiero abrazarlo. Quiero decirle que lo de Nikita no importa, que ese tío no merece que se le dé tantas vueltas. Pero no sé si tengo derecho a decir eso. No sé si Bruno quiere que lo diga.
—¿Estás bien? —pregunto al fin. Es la pregunta que he estado mordiéndome desde que salimos de la fiesta.
Bruno me mira. Sus ojos recorren mi cara. Por un instante, creo que va a decir la verdad. Que va a soltar todo lo que le pesa.
Pero solo asiente.
—Sí —dice—. Estoy bien.
Miente otra vez.
Lo sé porque su voz tiembla al decirlo. Lo sé porque sus manos no dejan de jugar con las llaves. Lo sé porque la gente que está bien no camina tan rápido ni mira al suelo ni se va de una fiesta sin despedirse.
Pero no voy a presionarle. Al menos no esta noche.
—Vale —digo, y me obligo a sonreír—. Pues descansa. Y si necesitas algo... ya sabes.
—Ya sé.
Abre la puerta. El portal se traga su silencio. Antes de que se cierre del todo, se gira.
—¿Tú estás bien? —pregunta.
Me descoloca. No esperaba que preguntara.
—Sí —respondo—. Yo estoy bien.
Miento, esta vez yo. Los dos mentimos. Pero es una mentira amable, de esas que se dicen para no tener que explicar lo que duele.
Bruno asiente y cierra la puerta.
Me quedo en la acera. El aire huele a gasolina y a humedad. Meto las manos en los bolsillos de mi chaqueta y echo a andar hacia mi casa.
El camino es largo. Las calles están vacías. Repaso la noche en mi cabeza: la fiesta, las luces rojas y azules, Nikita besándose con esas dos chicas, Bruno apoyado en la barandilla, la forma en que sus hombros se encogieron cuando se dio la vuelta y se fue.
Y esa pregunta que no le hice. La que de verdad quería hacerle.
¿Por qué te importa tanto lo que haga Nikita?
Pero esa pregunta da miedo. Porque la respuesta quizá me dé miedo a mí también.
Llego a mi edificio. Subo las escaleras porque el ascensor está roto desde hace tres meses. Abro la puerta. El piso está oscuro. Mi madre ya duerme.
Me tiro en la cama sin cambiarme. Miro el techo.
El móvil vibra. Un mensaje de Bruno.
«Llegué bien. Gracias por acompañarme. Buenas noches.»
Sonrío. Es un mensaje pequeño. Frío, casi. Pero viniendo de Bruno es mucho.
«Buenas noches, Bruno. Que descanses.»
Guardo el móvil en la mesilla. Apago la luz.
La noche se cierra sobre mí. Pero antes de dormirme, pienso en sus ojos marrones cuando dijo «estoy bien». En cómo temblaban sus dedos alrededor de las llaves.
Y pienso que quizá, algún día, aprenda a decir la verdad.
Ojalá sea pronto.