Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) XII Nikita
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XII Nikita

El sábado llega más rápido de lo que esperaba.

Paso la mañana con el servicio ultimando los preparativos.

Rosa, la señora que limpia, sube y baja escaleras con bandejas de cristal.

Marcos, el chico que se encarga de los recados, llena las neveras portátiles de hielo.

Yo me limito a dar órdenes y a probar los cócteles que ha preparado un bartender contratado para la ocasión.

—Más vodka —digo, y el chico asiente sin rechistar.

A las nueve empiezan a llegar.

Primero un grupo de chicas. Las reconozco de clase. Una, la de

las gafas de sol, se acerca directamente a mí con una sonrisa que pretende ser sensual y solo consigue ser falsa.

—Nikita —dice, como si fuéramos viejos amigos—. La fiesta está increíble.

—Lo sé —respondo, y le guiño un ojo aunque no ha hecho más que empezar.

Se ríe. Se toca el pelo. Me pregunta por el apartamento, por California, por mi padre. Respondo con frases genéricas, las mismas que he repetido cien veces. Sí, es grande. Sí, California era bonito. Sí, mi padre tiene dinero. No, no sé cuánto. Pero tampoco me importa.

Más gente llega. El salón se llena de caras que conozco y caras que no. La música suena alta, un reggaetón que vibra en el suelo. La gente baila, bebe, se ríe. Yo circulo entre ellos como un pez en el agua. Saludo a todos. Me aseguro de que nadie tenga la copa vacía. Hago chistes. Sonrío.

Soy bueno en esto.

Parece que me divierto.

Las diez. Las once. El apartamento hierve de gente. Hay chicas sentadas en los brazos de los sofás, tíos apoyados en las paredes, alguien fumando en la terraza. La cocina es un caos de botellas vacías y vasos a medio llenar.

Estoy hablando con un grupo cuando veo la puerta abrirse.

Bruno.

Entra solo, con las manos en los bolsillos de la sudadera gris.

La misma de estos días. Lleva unos vaqueros negros y zapatillas que han visto días mejores.

Su pelo oscuro está ligeramente despeinado, como si se lo hubiera secado con prisa.

No mira a nadie. Camina hacia un rincón del salón con pasos cortos, casi de puntillas, como si quisiera atravesar la habitación sin tocar el suelo.

Lena viene detrás de él. La chica del pelo rizado que se sienta a su lado en clase. Le agarra por el brazo, sonriendo, y le susurra algo al oído. Bruno asiente, pero no devuelve la sonrisa.

Mi corazón da un vuelco.

No esperaba que viniera.

No esperaba que me importara que viniera.

Pero me importa.

Me aparto del grupo con una excusa cualquiera —«ahora vuelvo, tengo que saludar a alguien»— y cruzo el salón hacia ellos. La gente se aparta a mi paso. Es gracioso cómo el cuerpo se abre automáticamente cuando saben quién eres.

—Bruno —digo cuando llego a su altura—. Me alegra que hayas venido.

Me mira. Sus ojos marrones recorren mi cara como si estuviera buscando una mentira. No sé si la encuentra.

—Lena me ha traído —dice, y su voz es tan baja que casi no la oigo por encima de la música—. No sabía que era tu fiesta.

—¿Y si lo hubieras sabido?

Se encoge de hombros. No responde aunque claramente miente.

Lena nos mira a los dos con una sonrisa cómplice que no entiendo.

—Yo voy a por una copa —dice—. ¿Tú quieres algo, Bruno?

—Agua.

—Agua para el señor —se ríe ella, y se pierde entre la gente.

Nos quedamos solos. Bruno y yo. En medio de un salón lleno de desconocidos. La música late en el suelo. Las luces son tenues, rojas, azules, como las de un club.

—Tu apartamento es... grande —dice Bruno, y suena como si le costara pronunciar cada palabra.

—Lo sé.

—¿Vives solo?

—Con el servicio. Mis padres no están.

—Siempre.

Me quedo en blanco. Ese «siempre» suena a acusación. O a comprensión. No me queda claro a cuál de las dos se refiere.

—Trabajan mucho —digo, aunque suena a excusa incluso para mí.

Bruno no responde. Solo mira el suelo. Sus manos siguen dentro de los bolsillos, los hombros encogidos. Tiene el mismo aspecto que en clase. Pequeño. Frágil. Como si cualquier ruido pudiera romperlo.

Y yo, que soy experto en romper cosas, siento unas ganas enormes de protegerlo.

No sé por qué.

Lena vuelve con dos vasos. Uno de agua para Bruno, una copa de vino para ella. Me mira y sonríe.

—¿No bebes, Nikita?

—Ahora voy.

Bruno se bebe el agua de un trago. La nuez de su garganta se mueve al tragar. Me quedo mirando ese movimiento un segundo más de lo necesario.

—¿Quieres que te enseñe la terraza? —pregunto, mirando a Bruno.

—Yo ya la he visto —dice Lena, riéndose—. Me la ha enseñado un chico que intentaba ligar conmigo cuando he ido a por la bebida. Es preciosa. Bruno, deberías ver las vistas.

Bruno duda. Puedo verlo en sus ojos. Quiere decir que no. Quiere huir. Pero Lena ya le está agarrando del brazo otra vez, arrastrándolo hacia la puerta de la terraza.

—Vamos —dice ella—. Te va a gustar.

Los sigo.

La terraza es mi lugar favorito del apartamento. Central Park se extiende abajo, oscuro y enorme, salpicado de farolas que parecen estrellas caídas. El cielo de Nueva York nunca está del todo oscuro. Hay un resplandor anaranjado en el horizonte, la luz de la ciudad que no duerme.

Bruno se apoya en la barandilla. Mira hacia abajo. El viento le mueve el pelo.

—Es bonito —dice, y me sorprende. Es la primera vez que dice algo positivo desde que llegó.

—Sí.

—¿Vienes aquí a menudo?

—Cuando no puedo dormir.

Se gira hacia mí. Sus ojos me preguntan sin preguntar.

—No duermo bien —explico, encogiéndome de hombros—. Demasiado espacio, supongo. Demasiado silencio.

Bruno me mira un instante más. Luego vuelve a mirar el parque.

—Yo tampoco duermo bien —murmura, tan bajo que casi no lo oigo.

Pero lo oigo.

Es un puente. Una pequeña conexión. Quiero aprovecharla.

Quiero decirle algo que le haga entender que no soy solo el típico niñato rico y creído con dinero —aunque es cierto que lo aparento, y se me da genial, para que engañarnos—.

Que hay más cosas debajo. Que hay noches en vela, padres ausentes, un vacío que nada —ni nadie — puede llenar.

Pero antes de que pueda hablar, algo ocurre.

Dos chicas salen a la terraza. Las reconozco. Son de las que han llegado pronto. Una tiene el pelo rojo y una copa en la mano. La otra es alta, morena, con un vestido tan corto que parece un cinturón.

—Nikita —dice la del pelo rojo, acercándose—. Llevamos toda la noche buscándote.

—Pues ya me habéis encontrado —digo, intentando sonar despreocupado.

La morena se pega a mi costado. Puedo sentir el calor de su cuerpo a través de su vestido. Huele a perfume caro y a alcohol. La del pelo rojo se pone al otro lado.

—Nos han dicho que eres el anfitrión —dice trastabillando la lengua por el alcohol—. Que tienes un apartamento increíble.

—Y que eres muy guapo —añade la morena, y sus dedos recorren mi brazo.

Bruno sigue mirando el parque. No se ha movido. Pero sé que me está escuchando. Sé que está viendo esto.

Podría apartarlas. Podría decir que no.

Pero no lo hago.

No sé por qué. Quizá para demostrarle algo. Quizá para reafirmarme a mí mismo de que soy quien digo ser. El popular. El que atrae a todo el mundo. El que no necesita a nadie.

La morena se pone de puntillas y me besa. Sus labios saben a fresa y vodka. No es un mal sabor. Pero tampoco es especial.

La del pelo rojo espera un segundo. Luego gira mi cara hacia ella y también me besa.

Ellas se ríen. Se besan entre ellas. Luego vuelven a besarme a mí. Es un juego. Un espectáculo. Y yo lo permito.

Cuando miro hacia la barandilla, Bruno ya no está.

Lena sí. Me mira con los brazos cruzados y una expresión que no sé leer. ¿Desaprobación? ¿Lástima?

—¿Qué? —pregunto, separándome de las chicas.

—Nada —dice Lena—. Solo que no hacía falta.

—¿El qué?

—Eso. Montar el número delante de él. Bueno, ni de nadie.

—No sé de qué hablas.

Lena niega con la cabeza y se va. Se pierde dentro del apartamento. Las dos chicas se ríen y me preguntan si quiero seguir el juego en otro sitio.

—Luego —digo, y las aparto suavemente.

Me quedo solo en la terraza. El viento es frío. Las luces de la ciudad parpadean abajo.

Bruno se ha ido.

Y sé que no ha sido solo porque le incomodara el espectáculo. Sé que ha sido porque le he demostrado que soy eso que ven. Porque le he decepcionado.

O quizá no le he decepcionado porque nunca esperó nada de mí.

Esa es la putada. A Bruno no le importo lo suficiente como para decepcionarlo.

Entro al salón. La fiesta sigue a tope. La gente baila, se ríe, se besa. Todos felices. Todos borrachos. Yo busco a Bruno entre las caras, pero no lo encuentro. Tampoco veo a Lena.

Pregunto a un par de personas. Nadie sabe dónde están.

Salgo al pasillo. El recibidor. La puerta de entrada está abierta. Alguien ha dejado salir el frío.

Me asomo. Bruno está en la acera, con las manos en los bolsillos, caminando hacia la esquina. Lena va a su lado, hablando con gestos rápidos. No sé lo que le dice. Pero Bruno no responde. Solo camina. Más rápido. Como si quisiera huir de mí.

De nosotros.

De la noche.

Les veo girar la esquina y desaparecer.

Apoyo la frente contra el marco de la puerta de entrada. El metal está frío. Me quemo la frente con el frío. El ruido de la fiesta llega amortiguado desde dentro.

El móvil vibra.

Mamá: «¿Cómo está la fiesta? Mándame fotos.»

Papá: «No te pases con el alcohol. Y llama a tu madre de vez en cuando.»

Guardo el móvil.

No voy a mandar fotos. No voy a llamar. No voy a hacer nada de lo que ellos esperan.

Vuelvo a la fiesta. Cojo una botella de vodka de la cocina y bebo directamente. El alcohol me quema la garganta. Me sienta bien. Me ayuda a no pensar.

Una chica se acerca. No sé su nombre. Me pregunta si estoy bien.

—Sí —miento.

—¿Quieres bailar?

—No.

Se va. Vuelve otra. Le digo que sí. Bailamos pegados. Huele bien. Me besa. Le beso. No sé cómo se llama.

Cuando la fiesta termina, cuando el último invitado se ha ido y el apartamento está lleno de vasos vacíos y colillas en los pocillos, me siento en el sofá y miro el desastre a mi alrededor.

Todo está sucio. Todo está roto.

O casi todo.

Hay una servilleta doblada en la mesita de centro. Alguien ha escrito algo con rotulador. Cojo la servilleta y la leo.

«Gracias por la fiesta. Lena.»

Nada más.

Ningún mensaje de Bruno.

No sé qué esperaba. Que se quedara a ver el espectáculo. Que le gustara. Que me dijera algo, cualquier cosa.

Pero Bruno se ha ido.

Y yo me he quedado aquí, como siempre, rodeado de cosas y de nadie.

Apago la luz.

El salón se queda a oscuras. Las luces de la ciudad entran por los ventanales y dibujan sombras en las paredes.

Me tumbo en el sofá. No quiero ir a la habitación. Allí también estoy solo.

La última vez que vi a Bruno, estaba en la terraza. Con las chicas. Con sus labios pegados a los míos.

Y él se fue.

No le culpo.

Si yo pudiera, también me iría de mí mismo.

Cierro los ojos.

Mañana será otro día. Otra clase. Otra oportunidad para que Bruno no me mire.

Pero al menos lo habré intentado.

Supongo.