XI Enzo #2
Respiro hondo. El aire de la consulta huele a colonia barata y a papel viejo. No sé por qué, pero eso me da una sensación de seguridad. Lo viejo, lo gastado, lo que ha resistido el paso del tiempo. Eso lo conozco.
—Mi mujer está a punto de pedirme el divorcio —digo, y las palabras suenan más duras cuando salen de mi boca que cuando las pensé en el sofá a las cuatro de la madrugada—. Y no es que me lo haya dicho. Es que lo sé. La miro y lo veo. Lleva diez años esperando que yo cambie, y yo no he cambiado.
—¿Por qué crees que no has cambiado?
—Porque estoy atrapado en el trabajo. Dirijo un periódico, un periódico pequeño pero con historia.
Y el periódico es... es como un hijo enfermo.
Te consume. Te pide más de lo que tienes.
Y yo le he dado todo, hasta lo que no tenía.
Y mientras tanto, Val se ha ido convirtiendo en una extraña que duerme en mi cama.
La doctora Parker asiente. No escribe nada. No mira un reloj. Solo me escucha, y eso me da más miedo que si me hubiera lanzado un discurso de autoayuda.
—Cuéntame cómo era tu relación cuando érais jóvenes, antes de llegar a este punto —dice.
Y entonces, con la voz rota por el cansancio y la vergüenza, le cuento.
Le cuento que conocí a Val a través del foro de La Gaceta del Escritor, que ella trabajaba en una editorial española de prestigio y yo iba por mi cuenta como periodista.
Que fuimos a aquella cafetería Santagloria donde conocimos a Emilie y luchamos por una vida digna.
Y le cuento cuando le ofrecieron trabajar en Velvet Crown Editions y le pedí matrimonio.
—Y a partir de ahí... —digo, y me pierdo un momento—.
A partir de ahí no paramos. Ella era todo lo que yo no sabía que necesitaba.
Me hacía reír con sus ocurrencias, me leía en voz alta los poemas que escribía en servilletas, me daba besos en el cuello cuando yo estaba estresado.
Y yo... yo era el hombre que la miraba como si cada día fuera un descubrimiento.
El que llegaba a casa con una flor robada del parque.
El que se levantaba a las tres de la madrugada para hacerle un té cuando ella no podía dormir.
—¿Y ahora?
—Ahora no sé ni cuándo fue la última vez que le compré una flor.
La doctora inclina la cabeza. No juzga. Pero tampoco absuelve.
—Enzo, ¿tú quieres salvar tu matrimonio?
—Sí. Por eso estoy aquí.
—Entonces no me hables de lo que has dejado de hacer. Háblame de lo que vas a hacer a partir de hoy.
Esa pregunta me deja mudo un momento. Porque no tengo una respuesta preparada. He venido aquí esperando que ella me diera las soluciones, no que me las pidiera.
—No lo sé —admito—. Pero sé que no quiero perderla. Y sé que no quiero que Bruno crezca viendo a sus padres como dos desconocidos que comparten un piso.
La doctora sonríe. Es una sonrisa pequeña, casi invisible, pero la veo.
—Eso ya es más de lo que trae la mayoría de mis pacientes — dice—. Ahora hablemos de acciones concretas.
Y entonces, durante los siguientes cuarenta y cinco minutos, la doctora Parker me hace el mapa de lo que tengo que hacer.
No son recetas mágicas. Son pequeñas cosas.
Microgestos. Levantarme una hora antes para desayunar con Val.
Volver a casa antes de las ocho al menos dos días a la semana.
Preguntarle cómo se siente sin esperar una respuesta breve.
Llamarla dos veces al día, solo para escuchar su voz.
Y sobre todo, algo que ella llama «presencia consciente»: estar allí cuando estás allí, no estar con el cuerpo pero con la mente en la oficina.
Salgo de la consulta con la cabeza más liviana, pero el cuerpo más pesado.
Esa paradoja de cuando sabes lo que tienes que hacer pero también sabes que hacerlo te va a costar el doble de lo que imaginas.
Camino por la calle catorce con las manos en los bolsillos, esquivando a los turistas que caminan mirando el móvil, y pienso en Val.
En su pelo revuelto por la mañana. En la forma en que frunce el ceño cuando se concentra en algo.
En cómo ríe, esa risa suya que parece una cascada de campanas de cristal. Llevo mucho tiempo sin oír esa risa.
Cuando llego al periódico, el edificio me recibe con su olor a tinta y a historia. Pero hoy no lo veo igual. Hoy, por primera vez en mucho tiempo, veo el edificio como un lugar de trabajo, no como un refugio. Y eso me da cierta claridad.
Subo a mi oficina, cierro la puerta, y cojo el teléfono. Marco el número de casa con los dedos temblorosos.
—¿Sí? —La voz de Val. Tiene un tono cansado, como si no hubiera dormido bien. O como si no hubiera dormido nada.
—Val, soy yo.
—Ya lo sé. ¿Qué pasa? ¿Se ha quemado el periódico?
—No. Lo que pasa es que quiero pedirte perdón.
—¿Ahora? ¿Por teléfono?
—No. Por teléfono no. Esta noche. Quiero estar en casa para la cena. Y quiero hablar. De verdad hablar, no de lo que hemos estado haciendo hasta ahora. Quiero que vuelvas a verme, Val. Al que conociste con veintiséis años. Porque ese tipo aún existe. Solo que se había perdido en el camino.
Al otro lado del teléfono hay un silencio tan largo que pienso que se ha colgado. Pero no. Puedo oír su respiración.
—Enzo... —empieza, pero se detiene.
—No me digas nada ahora —la interrumpo—. Solo... espera. Esta noche. ¿Puedes esperarme?
Otro silencio. Luego, un susurro.
—Te espero. Pero si llegas tarde, no te prometo que vuelva a esperarte.
Cuelgo. Y entonces, por primera vez en todo el día, siento que puedo respirar. No sé si he ganado la guerra. Probablemente no. Pero al menos he plantado una bandera en el campo de batalla.
Ahora solo queda cumplir.