Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) XI Enzo
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XI Enzo

El día de hoy ha sido angustiante. Discusiones con proveedores, repartidores e incluso redactores.

El periódico está ubicado en un edificio antiguo, de esos que Nueva York conserva como un secreto a voces, una joya de ladrillo visto y hierro forjado que sobrevive entre rascacielos de cristal como un abuelo terco que se niega a morir.

El alquiler es un crimen, eso lo sé. Cada mes firmo el cheque con la mano temblorosa y un nudo en el estómago que no se deshace hasta que veo el cargo confirmado en el extracto.

Pero culturalmente compensa. Da prestigio.

Y el prestigio, en este oficio, es moneda de cambio más valiosa que el dólar.

El edificio tiene historia. Fue una imprenta a finales del siglo XIX, luego un taller de encuadernación, después la sede de un pequeño periódico obrero que los de arriba intentaron cerrar tres veces sin éxito. Ahora es nuestra casa. Las paredes huelen a tinta vieja y a papel secado

al sol, aunque el sol apenas entra por los ventanales empañados.

Las vigas de madera crujen cuando caminamos, como si el edificio respirara.

Y en la planta baja, justo detrás de la recepción de mármol agrietado, aún se conserva la prensa original, una mole de hierro oxidado que ya no funciona pero que nadie se atreve a retirar. Es nuestro talismán.

Pero hoy el talismán no ha hecho su trabajo.

Hoy ha sido una sucesión de golpes bajos.

Primero el proveedor de papel, que amenaza con cortar el suministro porque llevamos dos meses de retraso.

Después los repartidores, que se quejan de que las rutas son demasiado largas y el sueldo demasiado corto.

Y luego los redactores, que no se ponen de acuerdo ni en el color de las comillas.

He tenido que mediar entre Lara, que insiste en que el artículo de portada debe ir con un enfoque más social, y Marcos, que lo quiere más político.

He perdido dos horas. Dos horas de mi vida que no recuperaré, sentado en esa mesa de roble desconchado que ha visto más guerras editoriales que yo reuniones de consejo.

Y mientras ellos discutían, yo pensaba en casa.

En Bruno, que esta noche se habrá dormido sin que yo le haya preguntado que tal el día, como siempre en los últimos diez años.

En Val, que llevará tres horas mirando el teléfono y preguntándose si voy a llegar o si me he convertido en uno más de los muebles de la oficina.

Salgo del edificio pasadas las once y la noche neoyorquina me golpea con ese frío cortante de finales de octubre, el que se cuela por el cuello de la chaqueta y te recuerda que no eres más que carne y hueso.

Las calles están húmedas, un charco de luz amarilla refleja los letreros de los bares que aún resisten abiertos.

Camino rápido, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha, como si pudiera esquivar los pensamientos.

Llego a casa y el ascensor no funciona. Claro, el ascensor nunca funciona cuando llegas tarde y las piernas te pesan como lingotes de plomo. Subo al apartamento con el corazón acelerado, no sé si por el esfuerzo o por lo que voy a encontrar al otro lado de la puerta.

La llave gura en la cerradura con ese chirrido que siempre prometo arreglar y nunca arreglo.

Entro y el silencio es casi absoluto. El rumor de la nevera, el tic-tac del reloj de la cocina.

Y luego, al fondo del pasillo, la luz tenue de la lámpara del salón, la que Val deja encendida cuando quiere esperarme pero no quiere que lo parezca.

Bruno ya duerme. Me asomo a su habitación y lo veo, con el pijama de koalas que le compró Zoa y el osito de peluche que le regaló Harmony cuando nació apretado contra el pecho.

Su respiración es un susurro constante, como el de un animal pequeño que sueña con praderas.

Una promesa incumplida más. Las voy acumulando como cromos, y en algún momento el álbum se va a llenar.

En la cocina, Val está sentada en la misma silla de siempre, la que tiene la pata coja y que ella rellena con un trozo de cartón para que no se tambalee.

Tiene una taza de té entre las manos, pero el té está frío.

Lo sé porque no sale vapor. Lleva el pelo recogido en un moño deshecho, y su camiseta holgada le cae sobre un hombro.

La luz de la cocina le dibuja sombras debajo de los ojos, esas ojeras que aparecen cuando el cansancio se vuelve más profundo que el sueño.

Alza la mirada hacia mí. No sonríe. No dice nada. Sus ojos azules, que siempre me han parecido un atardecer de tormenta, ahora son dos láminas de acero, duras y frías. No hace falta que hable. Su cara lo dice todo.

Está harta.

No es la primera vez que veo esa expresión, pero cada vez me golpea más fuerte. Es la mirada de quien ha dejado de creer. De quien ha pasado de la rabia a la resignación. La rabia duele, pero la resignación es peor, porque la resignación es el principio del fin.

—Hay cena en el horno —dice. Su voz no tiene matices, es plana, funcional, como la de un robot que cumple con su programa—. Lentejas. Están frías, pero puedes calentarlas.

—Val...

—No hace falta que digas nada. Ya sé que has tenido un día difícil, que el periódico te come la vida, que los proveedores son unos hijos de puta, que los redactores no se ponen de acuerdo... Ya me sé el discurso de memoria, Enzo. Me lo sé mejor que el padrenuestro.

Se levanta y deja la taza en el fregadero. El gesto es seco, sin cuidado. La taza choca contra el acero inoxidable con un ruido que me atraviesa los huesos.

—Llevo diez años esperando que el discurso cambie —dice sin volverse hacia mí—. Diez años escuchando las mismas excusas, los mismos «mañana lo hablamos», los mismos «este mes me pongo a ello». Y yo aquí, como una idiota, congelando el tiempo para que tú no tengas que hacerlo.

—No es excusa, es la realidad —respondo, y sueno patético hasta para mis propios oídos—. El periódico es...

—El periódico es tu otra familia, ya lo sé. Y Bruno y yo somos los primos pobres que vienen a visitarte en Navidad.

Se da la vuelta y me mira. Sus ojos están brillantes, pero no hay lágrimas. Hace tiempo que las lágrimas se secaron.

—Mira, Enzo. Yo no te pido que dejes el periódico.

Te pido, aunque suene egoísta, que vuelvas a ser el hombre que conocí a los veintiséis años.

El que llegaba a casa con una historia que contar, el que se reía de las gilipolleces de los jefes porque era freelance, el que me cogía la mano mientras veíamos la tele y no la soltaba ni para rascarse la nariz.

El que miraba a Bruno como si hubiera sido un milagro y no una obligación.

Yo miro al suelo. Las baldosas de la cocina tienen una grieta que nunca había visto. O quizá sí, pero nunca me había fijado.

—Ese Enzo —sigue Val— se ha ido convirtiendo en un fantasma. Y yo llevo demasiado tiempo viviendo con un fantasma, Enzo. Los fantasmas no abrazan. No escuchan. No cambian. Solo están ahí, ocupando espacio, enfriando las habitaciones.

No sé qué decir. Porque tiene razón. Tiene toda la razón del mundo y eso es lo que más duele.

—Me voy a dormir —dice, y ya está saliendo de la cocina—. Si quieres, puedes dormir en el sofá. O en el periódico. O donde te dé la gana.

La oigo cerrar la puerta del dormitorio.

No con violencia, sino con una suavidad casi cortante, como quien pone un punto final sin necesidad de levantar la voz.

Me quedo solo en la cocina, con las lentejas frías en el horno y el zumbido de la nevera.

La noche se alarga frente a mí como un pasillo infinito.

No duermo. No puedo. Me tumbo en el sofá con la chaqueta puesta y miro al techo, donde las grietas del yeso dibujan un mapa de un país que no existe.

He llegado a los cincuenta y dos años con la sensación de que he perdido a mi mujer antes de perderla del todo.

Y lo peor de todo es que no sé cuándo empezó.

¿Fue cuando acepté el puesto de director?

¿Fue cuando nació Bruno y yo me escondí en el trabajo como quien se esconde en una trinchera?

No, porque Bruno fue una alegría, no una obligación.

¿Quizás fue cuando dejé de preguntarle cómo le había ido el día porque tenía miedo de que la respuesta me exigiera algo más que un «bien»?

Las cinco de la mañana. La ciudad comienza a despertar al otro lado del cristal.

Un camión de basura traga los residuos de la noche.

Un perro ladra a lo lejos. Y yo sigo aquí, con los ojos abiertos, preguntándome cuánto tiempo tendré que pasar en el sofá hasta que mi mujer decida que ya no merece la pena ni el gasto de luz de la lámpara.

Entonces, mientras miro la primera luz gris del amanecer filtrarse por las persianas, tomo una decisión. No es una epifanía ni un relámpago de sabiduría; es más bien un acto de desesperación. Pero desesperarse también es una forma de moverse.

Voy a buscar a Val antes de que ella decida dejar de buscarme.

A las ocho de la mañana estoy frente al edificio de la doctora Parker.

No he dormido, me he tomado tres cafés que me han dejado el estómago como un campo de batalla, y he dejado una nota en la nevera para Val: «Hoy llegaré temprano. Te lo prometo.»

No sé si lo leerá. No sé si le importará. Pero al menos es un principio.

La consulta está en la calle catorce, un edificio de ladrillo rojo con una placa de latón que reza «Parker & Asociados — Psicología Clínica».

Aquí todo es funcional, prácticamente clínico.

Lo cual, pensándolo bien, tiene su lógica ya que la doctora Parker es psicóloga clínica especializada en problemas de pareja.

Y una pareja en crisis no es muy distinta de una escena del crimen.

La recepcionista me mira por encima de las gafas y asiente como si ya supiera quién soy. Eso me incomoda. No sé si es bueno que la gente te reconozca en una consulta de psicólogo.

—Pase, la doctora Parker le espera —dice.

La doctora es una mujer de unos cincuenta años, con el pelo cano recogido en una coleta y una bata blanca que le da un aire de científica, no de consejera.

Su oficina es pequeña, con una ventana que da a un patio interior y una estantería llena de manuales de psicología, la mayoría con los lomos desgastados.

No hay sofá. Hay dos sillas, una frente a la otra, como en un interrogatorio.

Y quizá eso es lo que es, al fin y al cabo: un interrogatorio.

—Siéntate, Enzo —dice, sin formalismos—. Me han dicho que has pedido esta cita con urgencia. ¿Qué está pasando?