VIII Bruno
Guardo el cuaderno en la mochila sin mirar a nadie. Mis dedos repiten el gesto de siempre: cerrar la cremallera, ajustar las tiras, colgar el peso sobre el hombro izquierdo. La rutina me protege. Cada movimiento ensayado es una pared entre el resto del mundo y yo.
Salgo del aula. El pasillo está lleno de gente. Voces. Risas. Alguien me roza el codo al pasar y mi cuerpo se tensa como un resorte. Contengo el impulso de decir «perdón» aunque la culpa no sea mía. La palabra se queda atrapada en mi garganta, igual que siempre.
Bajo las escaleras de dos en dos. Mis piernas quieren ir más rápido que el resto de mi cuerpo. Necesito salir. Necesito aire que no haya sido exhalado por sesenta personas desconocidas.
La puerta de la facultad se abre y el frío de octubre me golpea la cara. Respiro. Una vez. Dos. El aire de Nueva York sabe a escape de
autobús y a castañas asadas del puesto de la esquina. No es precisamente la mezcla de olores de mis sueños. Pero es el mío. Camino hacia la boca de metro sin mirar atrás.
Nunca miro atrás.
El andén está medio vacío. Son las dos de la tarde y la mayoría de los estudiantes aún están en clase.
Me apoyo en un pilar de hierro, lejos del borde, lejos de la gente que espera en la zona central.
Mi espalda encuentra el frío del metal y me quedo ahí, con los brazos cruzados sobre el pecho, la mochila entre mis pies.
No quiero pensar en Nikita.
Pero pienso.
Rubio. Ojos verdes. Esa forma de caminar como si el suelo le debiera algo. La voz proyectada, el silbido de otro estudiante, la chica de las gafas de sol dentro del aula. Todo él es un espectáculo. Un circo de una sola persona.
Y lo peor no es eso.
Lo peor es que me ha pedido estudiar juntos.
¿Por qué? ¿Por qué me habrá elegido a mi para estudiar con la cantidad de gente que hay en clase que pagaría por pasar un rato con él?
Me muerdo el labio inferior. El metal del pilar se ha calentado un poco contra mi espalda, pero no me muevo.
Repaso la clase en mi cabeza. Él al fondo, yo dos filas más adelante.
No nos habíamos mirado. No le había dirigido la palabra.
Ni siquiera sabía que existía hasta que se ha plantado en la puerta con esa chaqueta de cuero que cuesta más que mi mochila, mis zapatos y mi sudadera juntos.
Me ha visto. Me ha hablado. Me ha dicho «siempre hay una primera vez».
Y yo he asentido.
¿Por qué cojones he asentido?
El metro llega. Las puertas se abren con un pitido.
Entro, busco un asiento junto a la ventana —a poder ser el más cercano a la puerta para salir— y me siento.
Apoyo la mochila en el regazo, la abrazo contra el pecho.
El vagón se llena poco a poco. Una mujer con un carrito de bebé se sienta enfrente.
Un hombre con traje hojea el periódico. Una chica con auriculares blancos mueve la cabeza al ritmo de una música que no oigo.
El tren arranca. El ruido de las ruedas contra las vías llena el vagón. Un zumbido grave, constante, que me envuelve como una burbuja.
Miro por la ventana.
Los túneles del metro de Nueva York son feos. Paredes de azulejos rotos, grafitis que el tiempo ha borrado, cables eléctricos que cuelgan como venas. La luz parpadea. A veces nos sumergimos en la oscuridad y mi reflejo aparece en el cristal.
Me miro.
Pelo oscuro, despeinado. Ojos hundidos. La sudadera gris que mi madre dice que me hace parecer más pequeño de lo que soy. Eso busco. Ser pequeño. No ocupar espacio. No molestar.
Nikita es todo lo contrario. Ocupa espacio aunque no esté. Su voz resuena aunque se haya ido. Su presencia se pega como una mancha de grasa que no se va con agua y jabón.
Y me cae mal.
No sé si es envidia. Quizá un poco. Él entra en una clase desconocida, se presenta como si fuera el dueño del mundo, y la gente le sonríe. Las chicas le guiñan el ojo. Los chicos le silban. Todo es fácil para él.
Para mí nada es fácil.
Cada palabra que digo ha sido ensayada durante horas en mi habitación. Cada gesto ha sido planeado. Cada interacción es un examen del que no sé si voy a salir aprobado.
Y él llega, suelta cuatro gilipolleces, y todos le aplauden.
Pero no es solo envidia. Es más. Es que no le soporto.
Esa forma de apoyarse en el marco de la puerta con las manos en los bolsillos, como si el tiempo de los demás no importara.
Esa sonrisa de medio lado que dice «soy mejor que tú y lo sabes».
Esa seguridad que no necesita demostrar nada porque ya sabe que le basta con existir para que el mundo se le rinda.
No soporto a la gente así.
Nunca la he soportado.
Mi madre dice que no juzgue sin conocer. La abuela Harmony dice que la arrogancia suele esconder inseguridad. Que la gente que grita lo mucho que vale es porque tiene miedo de que nadie lo vea.
Pero a mí no me importa lo que esconda. Me importa lo que muestra. Y lo que muestra es que es un imbécil.
El tren frena. Unas cuantas personas bajan. Otras suben. El hombre del traje dobla el periódico y se levanta. La chica de los auriculares blancos sigue moviendo la cabeza. La mujer con el carrito le da una galleta a su bebé.
Yo sigo mirando por la ventana.
El túnel se acaba. Salimos a la superficie por un momento. Veo edificios, calles, un cartel de una tienda de donuts. Luego volvemos a entrar en la oscuridad.
Nikita me ha pedido estudiar juntos.
No tiene sentido. Hay alrededor de sesenta personas en esa clase. Sesenta. Seguro que todas estarían encantadas de estudiar con él. Las chicas, por guapo. Los chicos, por popular. Los profesores, porque su padre ha creado una beca y eso suena a dinero.
¿Por qué yo?
¿Qué he hecho para que se fije en mí?
Me revuelvo en el asiento. La mochila cruje entre mis brazos. Quizá es una broma. Quizá quiere reírse de mí. Pasa en el instituto. La gente se acerca a los raros por curiosidad, por diversión, para ver cómo reaccionan. Luego se ríen a sus espaldas.
He aprendido a reconocerlos. A los que se acercan con segundas. A los que te miran como si fueras un bicho raro en una pecera.
Nikita tiene esa mirada. La de «eres diferente, voy a investigarte».
No voy a ser su conejillo de indias.
El tren vuelve a frenar. Mi estación. West 4th Street. Cojo la mochila, me pongo de pie y salgo. El andén está más lleno ahora. Gente que vuelve del trabajo, estudiantes de otras facultades, algún músico callejero tocando el saxofón cerca de las escaleras.
La melodía es triste. Me gusta.
Subo las escaleras. El frío me recibe otra vez. Respiro hondo. El aire de la calle es diferente al del metro. Más limpio. Más libre. Aunque bueno, estamos en Nueva York.
Camino sin pensar. Mis pies se conocen el camino de memoria. Cruzo la calle, paso por delante de la lavandería, giro en la siguiente esquina. El edificio de Zoa está al final de la calle, justo después de la tienda de mascotas.
Toco el timbre. El 3B.
El portero eléctrico no suena. La puerta se abre directamente. Zoa ya ha bajado.
Está en pijama. Un pijama de franela rosa con estampado de ositos. El pelo moreno recogido en un moño desordenado y las gafas de leer que solo usa cuando está en casa.
—Bruno —dice, y me abraza sin preguntar. Su abrazo es diferente al de mi madre. Menos efusivo, pero más firme. Como si supiera exactamente cuánta presión necesito sin asfixiarme.
—Hola, Zoa.
—Pasa. Estaba viendo una serie de mierda.
Subo las escaleras detrás de ella. Su piso es pequeño pero acogedor.
Libros por todas partes, plantas en las ventanas, una colección de tazas de cerámica en la estantería —entre ellas la que hizo mi madre con la edición especial de Un hogar llamado tú.
No sé cuantas veces he leído ese libro ya—.
El olor a velas de canela lo impregna todo.
Me tiro en el sofá. Zoa se sienta a mi lado, se encoge las piernas y me mira.
—¿Qué pasa? Te noto raro.
—Nada.
—Mientes fatal.
Cierro los ojos. Respiro. La tapicería del sofá huele a su perfume, a ese de lavanda que le regaló su madre la Navidad pasada.
—Ha empezado un chico nuevo en clase —digo al fin.
—¿Y?
—Y me ha pedido estudiar con él.
Zoa se queda en silencio. Luego suelta una risa corta.
—¿Y eso es malo? Siempre te quejas de que no tienes con quién estudiar.
—No es malo. Es... no sé. Es raro.
—¿Por raro, guapo o raro, imbécil?
Abro los ojos y la miro. Zoa me conoce desde que nacimos.
El tío Erick, el hermano pequeño de mi madre mandó a Zoa a Nueva York poco después de mudarme yo para que estudiara en la Universidad de New York, aunque en realidad sé que lo hizo para que yo no estuviera solo.
Crecimos juntos, aprendimos a leer juntos, compartimos una mancha de nacimiento similar en la nuca.
Ella sabe leer mis silencios mejor que nadie.
—Imbécil —digo.
—Cuenta.
Me incorporo en el sofá. Apoyo los codos en las rodillas y me froto la cara. Las palabras se agolpan en mi garganta, pero esta vez no hay nudo. Con Zoa nunca hay nudo.
—Se llama Nikita. Es rubio, guapo y rico. Su padre le ha pagado una beca para venir aquí desde California. El primer día llegó tarde a propósito, se presentó como si fuera un reality show, y dijo que era guapo y que no era culpa suya que la gente le mirase.
—Vaya —dice Zoa, arqueando una ceja—. Carisma a borbotones.
—Es un prepotente —suelto, y la palabra sale con más veneno del que pretendía—. Un cínico. De esos que creen que el mundo les pertenece. Y lo peor es que la gente se lo cree. Le sonríen. Le guiñan el ojo. Una tía llevaba gafas de sol dentro del aula, Zoa. ¿Quién lleva gafas de sol dentro de un aula?
—Una que quiere llamar la atención o está de resaca.
—Pues Nikita también. Es igual. Son la misma especie. Gente que necesita que todos los miren para sentirse vivos.
Zoa me observa. No dice nada. Solo espera.
—Y después de clase —continúo, porque ya no puedo parar—, me ha alcanzado en el pasillo. Me ha preguntado si me gusta la asignatura. Y luego ha dicho que podríamos estudiar juntos. Que ha llegado tarde al curso y que necesita ponerse al día.
—¿Y qué le has dicho?
—Que no suelo estudiar con gente.
—Pero has asentido.
Me quedo callado.
—Lo he visto en tu cara —dice Zoa, señalándome con el dedo —. Has asentido. Y ahora estás aquí, comiéndote la cabeza porque no entiendes por qué te ha elegido a ti.
—Eso es lo que no entiendo —admito, y mi voz suena más pequeña—.
¿Por qué yo? Hay sesenta personas en esa clase, Zoa.
Sesenta. Seguro que todas querrían estudiar con él.
Tiene pinta de ser popular. De esos que organizan fiestas y conocen a todo el mundo.
¿Por qué fijarse en el chico gris que se sienta en la esquina y no habla con nadie?
Zoa inclina la cabeza. Sus ojos marrones, tan parecidos a los míos, recorren mi cara como si buscara una respuesta en mis poros.
—Quizá —dice despacio—, por eso mismo.
—¿Qué?
—Quizá se ha fijado en ti porque eres diferente.
Porque no le has mirado. Porque no le has sonreído.
Porque no te has reído de sus chistes. La gente como Nikita está rodeada de personas que les dicen que sí a todo.
Que les aplauden, que les admiran. Tú no has hecho nada de eso.
Tú le has mirado como quien mira una farola.
—Le he mirado porque estaba haciendo el ridículo.
—Exacto. Y él lo ha notado.
Me quedo en silencio. Sus palabras tienen sentido, pero no me gustan. No quiero ser interesante para alguien como él. No quiero ser su reto. Su proyecto. Su «voy a conquistar al chico raro».
—Da igual —digo, sacudiendo la cabeza—. No voy a estudiar con él.
—¿Por qué no?
—Porque no me cae bien. Porque me da pereza. Porque no tengo que dar explicaciones.
Zoa sonríe. Es una sonrisa pequeña, de esas que pone cuando sabe que estoy siendo terco pero no quiere decírmelo.
—Vale —dice, levantándose del sofá—. No estudies con él. Pero no le juzgues solo por una presentación de cinco minutos. La gente es más compleja que eso. Tú deberías saberlo mejor que nadie.
Se dirige a la cocina. Abre la nevera.
—¿Quieres té? —pregunta.
—Sí.
—¿De qué?
—Vainilla.
—Siempre vainilla.
Sonrío. Por primera vez desde que salí de clase, los músculos de mi cara se relajan. Zoa pone el agua a calentar mientras yo me estiro en el sofá y miro el techo. Tiene una lámpara de papel colgada, de esas que parecen nubes. Ella misma la hizo en un taller de manualidades el verano pasado.
—¿Y Lena? —pregunta Zoa desde la cocina—. ¿Cómo va eso?
—Bien. Es maja. Habla mucho.
—¿Y tú hablas?
—Poco.
—Como siempre.
El agua hierve. Zoa prepara las tazas. Yo cierro los ojos y escucho los sonidos de su piso: el gas de la cocina, el tintineo de las cucharas, la nevera que zumba. Son sonidos seguros. Sonidos que me llevan de nuevo a mi infancia.
—¿Te ha dicho algo más, Nikita? —pregunta ella, sentándose a mi lado con dos tazas humeantes.
—No. Solo eso. Que podríamos estudiar juntos. Luego se ha ido.
—¿Crees que volverá a insistir?
—No lo sé.
—¿Y tú qué harás si lo hace?
Cojo la taza. El calor me quema las yemas de los dedos, pero no la suelto. El aroma a vainilla me envuelve, me calma.
—No lo sé —repito.
Pero lo sé. Voy a decirle que no. Voy a poner una excusa. Voy a inventarme que ya tengo grupo, que estudio con Lena, que no necesito ayuda. Cualquier cosa que funcione.
Zoa bebe su té en silencio. Sabe que estoy tramando algo. Pero no me pregunta.
Esa es la mejor cualidad de Zoa. Sabe cuándo empujar y cuándo callar.
Nos quedamos así un rato. Ella con su serie de mierda.
Yo con el té de vainilla. El sofá es pequeño y nuestras rodillas casi se tocan.
A veces la gente confunde nuestra complicidad con algo más, pero no.
Ella es mi prima. Es mi hermana, casi. Es el único lugar del mundo donde puedo estar callado sin que nadie piense que estoy enfadado o triste.
Simplemente estoy.
Y eso es suficiente.
Cuando el té se acaba, me levanto. Zoa me acompaña a la puerta. —¿Vas a estar bien? —pregunta.
—Siempre lo estoy.
—Mientes otra vez.
Sonrío. Me da un beso en la mejilla y cierra la puerta.
Bajo las escaleras con las manos en los bolsillos. El móvil vibra en el bolsillo trasero. Lo saco.
Un mensaje.
No está guardado en mis contactos.
«Oye, Bruno, soy Nikita. Me pasó Lena tu número. Perdón si soy muy pesado, pero lo de estudiar juntos lo decía en serio. Avísame si te parece bien. Sin compromiso.»
Leo el mensaje tres veces.
Luego guardo el móvil sin responder.
Salgo a la calle. El aire de Nueva York sigue oliendo a escape y a castañas. Camino hacia casa con las manos dentro de los bolsillos y la mirada fija en el suelo.
No voy a responder.
No esta noche.
Quizá nunca.