VII Lena
—Hola mamá, ya he vuelto —anuncio mi llegada como si poner un pie en esa casa fuera un delito con merecida pena de muerte.
No vivo lejos de la Universidad, pero he de reconocer que me gustaría mudarme a la otra punta de la ciudad.
No por capricho, sino porque este piso, más que un hogar, parece un castigo de revista de decoración gótica.
Es más pequeño que el anterior —sí, he dicho «pequeño» porque pequeño no significa necesariamente acogedor—.
Aquí, lo pequeño es sinónimo de claustrofóbico, de rincones donde el polvo tiene derechos de antigüedad y las paredes sudan humedad.
Lo único que salva el moho de las paredes marrones —que parecen papel pintado de hace doscientos años, con ese aire decimonónico que nadie pidió—, una luz deprimente que hace que cualquier hora parezca amanecer de tormenta,
una ventilación deficiente que recicla el mismo aire viciado desde los ochenta, y un
casero con menos diplomacia que Donald Trump, es el ventanal del salón. Ese enorme rectángulo de cristal que se asoma a uno de los parques más bonitos de Nueva York. Por él entra todo lo que esta casa no tiene: verdor, niños corriendo, perros, vida. Es mi respiración artificial.
Es mi primer año y me gustaría que mi vida fuera tranquila: hacer algún amigo, estudiar lo que me gusta —Historia del Arte, para variar — pese a todas las negativas bastante sugerentes por parte de mi familia.
«Sugerentes» como un puñetazo en la mesa, como silencios que pesan más que discursos.
Bueno, excepto mi padre —que desapareció del mapa mientras mi madre arrastraba casi ocho meses de embarazo —.
Hace poco, revolviendo entre las cosas de la mudanza, descubrí, en un recorte de periódico de hace casi veinte años, que es uno de los líderes mafiosos del narcotráfico más buscados a nivel mundial, Don Álvaro Chimuela.
Y de repente, su silencio cómplice ante mis estudios ya no me parece tan extraño.
Quizá por eso no le importa que viva en un cuchitril con vistas al parque: prefiere que esté lejos de los focos... y de sus negocios.
Mi madre, doña Mondragón, ahora se pasa los días en la cama exigiéndome que no la moleste por si la pillo con algún tipo de mala muerte que ha rescatado de un bar para echar, el que a la mañana siguiente presumirá de ser, el polvo de su vida aunque luego no se acuerde.
—¡LENA! —grita desde la otra punta de la casa aunque se hayan enterado hasta en California de que me ha llamado— ¡Prepárame el baño y la cena!
—Voy —respondo sin replicar.
La última vez que se me ocurrió desafiarla y negarme a hacerle
de esclava del hogar —porque asumamos que «esclava» queda mejor que «ama» cuando trabajas para todos los demás menos para ti— me ató en ropa interior a la tubería externa de la calefacción que sube hasta el techo con los pies a escasos milímetros del suelo para darme el placer de llegar a tocarlo
pero quitándome la más mínima oportunidad de hacerlo —me pregunto si lo habrá aprendido de mi padre—.
No conozco la historia de mi familia. Como ya he dicho, lo único que sé de mi padre lo he sabido de una manera poco elegante rebuscando entre las cajas de la mudanza.
Nunca ha ejercido como tal porque nunca ha estado así que tampoco he tenido mucha curiosidad por saber quién era.
Desde pequeña pensé que mi padre era un héroe de guerra como el padre de Lyon, un pequeño granuja tres años mayor que yo que, aunque le encantaba picarme, siempre me protegía en el colegio de todos los babosos que me acosaban por mis «exuberantes atributos».
Ya me he acostumbrado a que mi casa parezca un hostal.
Puertas que se abren a deshoras, desconocidos en el pasillo, sábanas que cambian más de inquilino que de ciclo de lavado.
Generalmente no repite con ningún tío —y eso que yo, por educación, intento no fijarme —, pero el problema no es que viva su vida sexual como si fuera un concurso de resistencia.
El problema es que si solo se dedicara a ganar dinero, pues podría mirar hacia otro lado.
Podría cerrar los ojos, ponerme cascos y fingir que esto es un piso compartido normal.
Pero no. Les estafa, les roba y luego encima se gasta el dinero en coca porque dice que así dura más tiempo en la cama.
Como si eso fuera un mérito y no un anuncio de que la noche va a terminar mal.
Me da igual que quiera impresionar a sus conquistas de turno; lo que no soporto es tener que esquivar carteras vacías por el suelo o escuchar llamadas de tipos que han descubierto que su reloj heredado ya no está en su muñeca.
Y encima, cuando le reclamo algo, me suelta esa sonrisa de quien cree que está haciendo un favor al mundo con su «rendimiento».
Vivir aquí es como estar en un hotel de mala muerte donde el único huésped fijo soy yo, y el gerente es un estafador con problemas de autoestima y un espejo donde se ve más alto de lo que es. Pero bueno, es lo que hay. Por ahora, al menos, las paredes no hablan... y el moho ya ni me molesta.
De repente el móvil, que está en la mesa de café delante del sofá, vibra. En la pantalla, que muestra las once de la noche pasadas salta una notificación de Whatsapp. Un mensaje de Bruno.
«Hola, Lena. Sí, me parece bien. Bruno.»
Pienso en mi madre, en si era así antes de tenerme —pero no tengo a quien preguntar porque mis abuelos fallecieron antes de yo nacer—, en mi padre —que ahora sé quién es—, en la universidad, en qué quiero hacer cuando me gradúe, etc.
Pero por ahora solo doy gracias a Bruno por no dejarme sola para hacer este trabajo.