Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) VI Nikita
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VI Nikita

El taxi me deja frente al edificio dieciocho. Pago con un billete de cien y no espero el cambio. El conductor me mira por el retrovisor con esa mezcla de fastidio y envidia que ya conozco bien. Sonrío. Que me miren no es nuevo. Que me envidien, tampoco.

Cojo mi mochila de cuero italiano —regalo de mi madre el verano pasado, antes de que se fuera a París con su nuevo marido— y subo los escalones de dos en dos. Las chicas que entran por la puerta principal giran la cabeza al verme. Una susurra algo a su amiga. Las dos se ríen.

Me pasa desde que tengo catorce años. El pelo rubio, los ojos verdes, la mandíbula cuadrada. Cosas de la genética. Mi padre siempre dice que me parezco a él cuando era joven, y luego se ríe de su propio orgullo. No sé si es un cumplido o una advertencia.

La universidad. Nueva York. Mi padre ha tenido que usar sus contactos para conseguirme una plaza aquí ya empezado el curso. Una beca creada específicamente para mí, porque en California me hice demasiado famoso. Demasiados problemas. Demasiadas fotos en Instagram que no deberían haberse filtrado.

Pero eso es agua pasada.

La clase de Motivación y Emoción es en la segunda planta. Llego cinco minutos tarde, a propósito. Me gusta entrar cuando ya han empezado. Que todos me vean. Que se pregunten quién es el nuevo.

Abro la puerta sin llamar.

Silencio instantáneo.

El profesor —un tipo calvo de unos cincuenta, con gafas de lectura colgadas del cuello— interrumpe su explicación sobre la teoría de la autodeterminación y me mira por encima de sus gafas.

—Usted debe ser Nikita Volkov —dice, y su tono no es especialmente amable—. Llevamos quince minutos de clase.

—Lo sé —respondo, y me apoyo en el marco de la puerta con las manos en los bolsillos—. El tráfico está horrible. Cosas de Nueva York.

Miento —bueno, no exactamente—. Le he contado la trola que cuento siempre el primer día: que he venido andando desde el apartamento que mi padre me ha alquilado en el Upper East Side.

Tres habitaciones, vistas al parque, dos baños.

Realmente he tardado diez minutos. Pero he querido tomar un café antes, y luego me he entretenido eligiendo la música para el trayecto.

El profesor frunce el ceño, pero no dice nada más. Solo señala una silla vacía al fondo del aula.

—Preséntate y siéntate.

Suelto un suspiro teatral. No me gustan las presentaciones. Son aburridas. Pero bueno, si hay que hacerlo...

Me giro hacia la clase. Unos sesenta estudiantes me miran. Ciento veinte pares de ojos fijos en mí. La mayoría son chicas. Varias ya me están sonriendo. Una, la del pelo rizado de la tercera fila, incluso me ha guiñado un ojo. O eso me ha parecido.

—Bueno —empiezo, y proyecto la voz para que me oigan hasta el pasillo—.

Soy Nikita Volkov. Tengo veinte años, aunque todo el mundo dice que aparento menos.

Vengo de California. De San Francisco, concretamente.

Mi padre es dueño de una cadena de hoteles y ha creado una beca especial para que yo pueda estudiar aquí.

No preguntéis cuánto ha pagado, porque no lo sé. Y no me importa.

Alguien silba en la última fila. Una chica alta morena con gafas de sol —dentro del aula, ridículo— se ríe con descaro.

—Estudio Psicología porque no quiero trabajar en los hoteles de mi padre —continúo—. Prefiero entender por qué la gente hace lo que hace. Incluido por qué me miran tanto. Pero eso ya lo sé, soy guapo. No es culpa mía.

Hago una pausa.

Veo un par de risas nerviosas. La mayoría de la clase se queda callada, sin saber si es un chiste o si hablo en serio.

Los dos. Siempre es un poco los dos.

—Me gusta el surf, los coches rápidos y las fiestas en las que todo el mundo sabe mi nombre. No me gusta madrugar, la gente que habla demasiado ni las normas estúpidas. Eso es todo.

El profesor carraspea.

—¿Algo más, señor Volkov? —pregunta con una paciencia que parece a punto de agotarse.

—Sólo que me alegra estar aquí. Nueva York es... interesante. Y la compañía no pinta mal —respondo con esa arrogancia que me caracteriza y me hace aún más sexy.

Miro directamente a las chicas que me estaban sonriendo. Una se sonroja. Otra baja la mirada. Me encanta ese poder. Es como tener un superpoder invisible. La belleza abre puertas que la inteligencia no puede ni tocar.

Sin esperar a que el profesor me vuelva a indicar la silla, echo a andar hacia el fondo. Cruzo el aula con paso lento, dejando que mi espalda, mi pelo, mi forma de caminar hablen por mí. Las miradas me siguen como si fuera un imán.

Me siento en la última fila. No en la silla que el profesor me ha señalado, sino en la del rincón. La que tiene mejor vista de toda la clase. Desde aquí puedo observar a todos sin que nadie me observe a mí. Bueno, eso es mentira, en realidad todos me observan igual. Pero me gusta tener el control.

Dos filas delante de mí hay un chico en el que no me había fijado antes. Moreno, pelo oscuro, mirada esquiva. Viste de gris, como si quisiera pasar desapercibido. Lleva un cuaderno abierto con apuntes demasiado ordenados. No me mira. Sigue escribiendo como si yo no existiera.

Qué extraño.

Normalmente, cuando entro en una habitación, la gente no puede evitar mirarme.

Es como una ley de la física. Pero este chico...

este chico me ignora. De verdad. No es que finja.

Es que sus ojos están fijos en la pizarra, en el profesor, en sus propios dedos que garabatean palabras que no alcanzo a leer.

Me inclino ligeramente hacia él pero no surte efecto. Avanzo una fila sentándome finalmente en la silla que me indicaba el profesor. Me acerco lo suficiente para, al menos, llamar su atención.

—Soy Nikita —susurro, por encima de la voz del profesor que sigue explicando la teoría de Deci y Ryan.

El chico levanta la cabeza un instante. Sus ojos son de un marrón cálido, casi ámbar. Hay algo en ellos que no sé describir. Cansancio, quizá. O miedo. O las dos cosas.

—Bruno —dice, y su voz es tan baja que casi no la oigo.

Luego vuelve a mirar a la pizarra.

No dice «encantado». No dice «bienvenido». No dice nada más.

Me quedo descolocado. Eso no me había ocurrido nunca.

El resto de la clase pasa rápido. El profesor habla de motivación intrínseca y extrínseca, de competencia, autonomía y relaciones sociales. Yo finjo que tomo apuntes, pero en realidad estoy mirando a Bruno de reojo.

Tiene las manos ligeramente temblorosas mientras escribe. Su postura es encorvada, como si quisiera ocupar el menor espacio posible. Cuando el profesor hace una pregunta retórica, Bruno mueve los labios como si estuviera respondiendo en silencio, pero nunca levanta la mano.

Es... raro.

Y me intriga.

Al final de la clase, todos recogen sus cosas. El ruido de las sillas arrastrándose, las mochilas cerrándose, las voces superponiéndose. Yo guardo mi móvil —he estado consultando las notificaciones durante toda la hora— y me preparo para salir.

Bruno se levanta sin hacer ruido. Mete su cuaderno en la mochila negra, se la cuelga al hombro y camina hacia la puerta sin mirar a nadie. Literalmente a nadie. Pasa junto a un par de chicas que le sonríen, junto a grupos que se forman, y él sigue recto como si llevara anteojeras.

—Oye, Bruno —digo, alcanzándole en el pasillo.

Se para. No se da la vuelta del todo. Solo gira medio perfil, como si estuviera listo para huir en cualquier momento.

—¿Sí?

—¿Qué tal la clase? ¿Te gusta Motivación y Emoción?

Se queda en silencio unos segundos. Luego dice:

—Sí.

Una palabra. Una sílaba. Y ya está.

—Pues igual podemos estudiar juntos algún día —propongo, y mi voz suena más insegura de lo que me gustaría—. He llegado tarde al curso. Me vendría bien ponerme al día.

Bruno me mira. Por fin. Sus ojos recorren mi cara como si estuviera buscando algo. Una trampa, quizá. O una broma. —No acostumbro a estudiar con gente —dice al final. —Siempre hay una primera vez, ¿no?.

No responde. Solo asiente, un movimiento casi imperceptible, y se va. Se pierde entre la multitud del pasillo, su sudadera gris confundiéndose con el gris de las paredes y el gris de la luz de octubre.

Me quedo solo en mitad del pasillo, con la mochila al hombro y una sensación extraña en el pecho.

No sé qué ha sido eso. Pero tengo ganas de más.

Camino hacia la salida. El móvil vibra. Un mensaje de mi padre: «¿Cómo ha ido el primer día? ¿Ya has hecho amigos?».

Borro el mensaje sin responder.

Amigos. Qué palabra tan rara y tan absurda.

En California los tenía todos. O eso creía. Fiestas, viajes, gente que se pegaba por estar a mi lado. Pero cuando las cosas se torcieron, cuando las fotos salieron a la luz y el escándalo estuvo a punto de arruinar el apellido Volkov... desaparecieron. Todos.

Mi padre me trasladó aquí para «empezar de cero». Dice que Nueva York me enseñará humildad.

Humildad.

Qué chiste.

Yo no necesito humildad. Necesito algo que no sé nombrar. Algo que he visto hoy en los ojos de un chico de sudadera gris que ni siquiera se dignó a sonreírme.

¿Qué tiene ese tal Bruno que me despierta tanto interés?¿Será que pasa de mí sin esforzarse?

Salgo a la calle. El aire de Nueva York es frío y sucio, pero huele a posibilidad. Miro el móvil otra vez. El número de Bruno no lo tengo. Pero puedo conseguirlo moviendo algunos hilos.

Siempre consigo lo que quiero.

Sonrío para mí mismo mientras enciendo un cigarrillo, apoyado en la barandilla de la escalinata. El humo se eleva hacia el cielo gris.

Bienvenido a Nueva York, Nikita.

Esto promete.