Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) IX Nikita
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IX Nikita

El apartamento huele a nuevo. A madera recién barnizada, a cuero de los sofás que nadie ha usado todavía, a flores frescas que el servicio cambia cada dos días.

Sonrío al cruzar el umbral. Tres habitaciones, dos baños y terraza con vistas a Central Park.

La cocina tiene electrodomésticos que ni sé para qué sirven.

El salón es tan grande que podría patinar de una punta a otra sin chocar con nada.

Mamá lo eligió por videollamada desde París. Papá solo dijo «paga lo que sea» y colgó.

Típico.

Me tiro en el sofá —el cuero cruje bajo mi espalda— y miro el techo. Una lámpara de diseño italiano, de esas que cuestan más que el coche de mi último profesor de surf. Todo aquí es bonito, caro e impecable.

Y vacío.

El móvil vibra. Un mensaje de mi madre: «¿Llegaste bien al apartamento? ¿Te gusta? Te mando un beso enorme, guapo. Esta semana no puedo llamar, estamos cerrando lo de la galería. Te quiero.»

Leo el mensaje dos veces. Luego lo borro.

Esta semana no. La semana pasada tampoco. La anterior, igual. Siempre hay una galería, un viaje, una cena con inversores... Desde que se divorció de papá, mamá vive como si tuviera veinticinco años y nada que perder. A veces la envidio.

Otras veces, la odio.

Papá no es mejor, pero al menos él no finge. No manda mensajes cariñosos que luego no cumple. Papá llama una vez al mes, pregunta por las notas —aunque sabe que no miro las notas— y me transfiere dinero. Siempre más dinero. Como si el dinero pudiera llenar una habitación vacía.

Aprieto los dientes. No voy a pensar en eso.

Me levanto del sofá y voy a la nevera. Está llena. El servicio la ha llenado. Zumos, agua con gas, bandejas de sushi, fruta cortada en tiras perfectas. Todo listo para que yo no tenga que hacer nada. Nunca tengo que hacer nada.

Cojo una botella de agua y bebo directamente del cuello. El vidrio frío contra mis labios.

La fiesta.

La he estado planeando desde que llegué a Nueva York. Una fiesta de inauguración. Para todos los de primer año de Psicología. Que sepan quién soy. Que hablen de mí. Que recuerden mi nombre.

Ya he enviado las invitaciones por el grupo de WhatsApp de la facultad. Ochenta y tres personas confirmadas. Más los que traigan amigos. Más los que se enteren y se cuelen. Será una buena noche.

Sonrío al pensar en las caras de mis nuevos compañeros cuando vean esto. El apartamento. La terraza. El bar que he mandado montar en la cocina. Van a alucinar. Van a hablar de mí durante semanas.

Y quizá alguno deje de mirarme como si fuera un bicho raro.

Como Bruno.

La botella se queda a medio camino de mis labios. Bruno. El chico gris. El que ni siquiera me ha respondido el mensaje. Llevo dos días mirando el teléfono, esperando un mensaje que no llega. «Oye, Bruno, soy Nikita.» Lo escribí con cuidado. Sin parecer desesperado. Sin la arrogancia de siempre.

Silencio.

Ni siquiera un «No, gracias». Nada.

Eso no me pasa nunca. La gente me responde. Siempre. Las chicas me responden antes de que termine de escribir. Los tíos también. Todos quieren algo de mí: mi dinero, mi apellido, mi cuerpo, mi atención.

Pero Bruno no quiere nada.

O eso parece.

Guardo el móvil en el bolsillo. No voy a darle más vueltas. Si no quiere estudiar conmigo es problema suyo. Yo soy Nikita Volkov. No necesito que un chico tímido que no habla me apruebe para sentirme bien.

Pero lo reclamo.

Me doy cuenta mientras miro mi reflejo en la puerta del horno. Estoy solo. Otra vez. En medio de este apartamento enorme que no es un hogar, rodeado de cosas que no he elegido, viviendo una vida que no he pedido.

La fiesta del sábado será la primera vez que el apartamento se sienta lleno de verdad.

Ojalá funcione.