II Enzo
El ascensor tarda una eternidad en subir.
O quizá solo son unos segundos, pero mis piernas pesan como dos yunques y el maletín me golpea contra la rodilla cada vez que el ascensor se detiene en un piso que no es el mío.
Dieciocho plantas. Nueva York me ha enseñado que la paciencia no es una virtud, es una necesidad.
Miro el reloj. Las once y veintitrés.
Llego con cuatro horas de retraso.
La puerta del piso se abre con el código que Val cambió el mes
pasado y que todavía me cuesta recordar. 2304. El cumpleaños de Bruno, que ella dice que debería ser fácil de memorizar. Lo es. Lo sé. Pero mi cabeza está llena de cifras de ventas, de plazos de imprenta, de correos electrónicos que no dejan de llegar aunque sean las once de la noche.
El recibidor está en penumbra. Solo la luz de la cocina, esa bombilla de bajo consumo que Val odia porque tarda una eternidad en encenderse del todo, proyecta un rectángulo amarillo sobre el parqué.
Huelo las galletas antes de verlas. Avena. Canela.
Y a ella.
—Llegas tarde —dice Val desde la cocina. No es un saludo. Es
un diagnóstico.
Me quito la chaqueta y la cuelgo en la percha, junto a la mochila de Bruno. La mochila nueva. La que compramos juntos el sábado pasado, aunque «juntos» signifique que yo pagué desde el móvil mientras ella elegía los colores. Estaba en una reunión por videollamada. Siempre estoy en una reunión.
—Lo sé —respondo, y mi voz suena más ronca de lo que recordaba.
Llevo desde las siete de la mañana en la redacción.
El periódico cierra edición los martes y los viernes, y hoy ha sido uno de esos días en los que todo sale mal.
El servidor, la imprenta, el columnista que entregó su artículo con dos horas de retraso—. Lo sé, cariño.
Camino hacia la cocina. Ella está de espaldas, fregando un bol.
Su espalda está tensa, los hombros altos.
Conozco esa postura. Es la misma que tenía cuando nos conocimos, hace veinte años, en aquel foro de Escritores, la Gaceta del Escritor.
Ella trabajaba en la Editorial Dragos. Yo quería cambiar el mundo con palabras.
Mira quién ha terminado cambiando el mundo.
Nadie.
—Bruno ha entrado en la universidad —dice, y suelta el bol en el escurridor con un golpe seco—. Ha sacado mil cuatrocientos veinte puntos en el SAT. Ha llamado a mi madre. Yo le he hecho galletas. Y tú has llegado a las once y veintitrés de la noche.
—Veintitrés, sí —murmuro, y me arrepiento al instante. No es momento para ser puntilloso.
Val se da la vuelta. Tiene los brazos cruzados sobre el delantal verde. Ya no lleva harina en la cara. Se la ha limpiado. Es un detalle pequeño, pero lo noto. Se ha limpiado la harina porque no quería que yo la viera como la vio Bruno. Como la madre contenta. Como la mujer que hornea para celebrar.
Ahora solo está cansada. Y enfadada.
—Llevo meses diciéndote que esto era importante para él — dice, y su voz tiembla—. Meses, Enzo. El examen, la preparación, las solicitudes. Y tú... tú estabas en la redacción. Siempre en la redacción.
—El periódico no funciona solo.
—¡Ni Bruno! —sentencia sin posibilidad de réplica.
El silencio se instala entre nosotros. Es un silencio grueso, como una manta de lana que pica.
Me apoyo en el marco de la puerta y bajo la mirada al suelo.
Las baldosas blancas tienen una mancha de vino tinto que no conseguimos quitar la semana pasada.
Me fijo en esas cosas. En los detalles pequeños.
Quizá porque los grandes son demasiado difíciles de mirar.
—No es justo —digo, aunque ni siquiera sé muy bien a qué me refiero.
—¿Qué no es justo? ¿Que tu hijo haya logrado algo increíble y tú no estuvieras aquí para verlo? ¿O que yo tenga que hacer de madre y de padre porque tú prefieres dormir en el sofá de la redacción antes que volver a casa?
—No prefiero...
—Entonces, ¿qué?
Levanto la cabeza. Sus ojos azules me atraviesan.
El mismo azul que Bruno describe como el color más seguro del mundo.
Para mí es el color de las tormentas. El de aquel día en Boston cuando decidimos mudarnos a Nueva York —por una gran oferta laboral con Velvet Crown Editions— después de que en España, en plena crisis editorial, le pidiera matrimonio.
El de la noche en que nació Bruno y ella me apretó la mano tan fuerte que casi me rompe los dedos.
—He estado construyendo algo —digo, y mi voz suena a excusa incluso para mí—. El periódico independiente nos costó cinco años de ahorros. No puedo permitirme...
—¿Permitirte qué? ¿Conocer a tu hijo? Porque Bruno tiene diecinueve años, Enzo. Diecinueve. Y tú no sabes ni qué música escucha. No sabes qué libros le gustan. No sabes qué problemas tiene y que cada día que sale de casa es una batalla para él.
Ese golpe bajo me perfora el pecho. Sé que tiene fobia social. Me lo dijo Harmony hace tiempo, en una de las pocas conversaciones que hemos tenido a solas. Pero oírlo de labios de Val, así, en seco, como un diagnóstico... duele. Duele porque es verdad.
—Lo sé —repito, y esta vez la palabra se me atraganta.
—¿Lo sabes? ¿De verdad? Porque si lo supieras, habrías estado hoy. Habrías estado aquí para abrazarlo. Para decirle que estás orgulloso. Para mirarlo a los ojos y que él vea que su padre existe.
—¡Existo! —replico.
—¡Pues no lo parece!
La voz de Val se quiebra al final. Ese es el momento que siempre he temido.
Cuando ella se rompe, yo no sé cómo recomponerla.
No sé qué palabras usar. Por eso escribo artículos, supongo.
Porque en el papel puedo borrar, corregir, reescribir hasta que suene bien.
En la vida real no hay tecla de retroceso.
—¿Dónde está Bruno? —pregunto, más para cambiar de tema que por curiosidad.
—En su habitación. Lleva una hora encerrado, escuchando música. No he querido molestarlo.
Asiento. Pienso en acercarme, llamar a su puerta, decirle algo. Pero ¿qué le digo? «Felicidades, hijo, lamento llegar tarde, papá estaba ocupado salvando el periodismo». O quizá: «Mil cuatrocientos veinte puntos es una buena nota, yo saqué menos en su día». Ninguna de las dos opciones suena bien.
Val me observa. Sabe que estoy buscando una salida. Lleva veinte años conociéndome.
—Sabes qué es lo peor —dice, y su voz ahora es más baja, más cansada—.
Que cuando Bruno era pequeño, tú eras diferente.
Le leías cuentos antes de dormir. Le enseñabas a hacer aviones de papel.
Te reías con él. Y luego nos mudamos aquí, empezaste con este periódico...
y te fuiste desvaneciendo. Poco a poco. Como si te hubieras desdibujado.
—No me he desdibujado.
—Pues mira a tu alrededor, Enzo.
Hace un gesto que abarca la cocina, el pasillo, la puerta cerrada de la habitación de Bruno. La nevera llena de imanes de museos que nunca visitamos. La foto de la graduación de Val colgada en el pasillo. El porta retratos vacío donde debería haber una foto nuestra.
—No conozco a mi hijo —susurro, y es la primera vez que lo digo en voz alta.
Val no responde. Solo se gira hacia la ventana, hacia las luces de la ciudad que nunca duerme. Nueva York. La ciudad que nos prometió todo y que se ha ido llevando pedazos de nosotros sin que nos diéramos cuenta.
—Mañana es su primer día de clase —dice al fin, sin mirarme—. Empieza a las nueve. En el edificio veinticinco, tercera planta.
—Voy a llevarlo —digo, y la certeza en mi voz me sorprende a mí mismo.
Val se da la vuelta. Me mira durante lo que parecen siglos. Luego asiente, una sola vez, y desata el delantal.
—Eso es lo mínimo que puedes hacer —murmura, y sale de la cocina.
Me quedo solo. Las galletas de avena están en una bandeja junto al microondas. Cojo una. Está fría, pero me la como igual. Muerdo y el sabor a canela me transporta a algún lugar que había olvidado. A Boston, quizá. A los desayunos con Val antes de que todo fuera complicado.
Oigo un ruido en el pasillo. Pasos. Bruno sale de su habitación, supongo que al baño. No lo veo pasar, pero oigo la puerta del baño abrirse y cerrarse. El ruido del agua.
No voy a buscarlo. No esta noche.
Pero mañana.
Mañana lo llevaré.
Y quién sabe, quizá empiece a aprender quién es mi hijo.